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Transcripción
En nuestra última sesión de estudio de los pactos de la Biblia, dimos una introducción al pacto mosaico, y traté de dar énfasis a los elementos principales del contenido de ese pacto. Estos son identificados, inicialmente, por Geerhardus Vos en su Teología Bíblica. Creo que es muy útil ver estos elementos organizados de esta manera y en el estudio que hicimos la última vez, vimos el primer aspecto del contenido del éxodo, el éxodo en sí, y luego la segunda parte es la ejecución real del pacto.
Ahora, hay algo diferente en la forma en que está estructurado el pacto que es mediado a través de Moisés. He enfatizado que en los pactos anteriores, eran unilaterales, por así decirlo. Fue Dios quien hizo soberanamente la promesa de darle la bendición a Abraham, de hacer de él una gran nación, y de darles la tierra, y demás. Y ahora, por primera vez en el desarrollo de las relaciones del pacto, vemos la respuesta, de la misma manera, del pueblo que hace un juramento de lealtad al Dios del pacto. Pero, otra vez, aunque ahora tengamos la adición del otro lado, es decir, de la participación del pueblo en el pacto, de ninguna manera esto significa que tengamos un pacto acordado por participantes de un mismo nivel. De ninguna manera. Una vez más, las promesas son iniciadas por Dios, pero ahora, Dios requiere que el pueblo jure lealtad a Él.
Es interesante que este aspecto del pacto sea presentado antes de la entrega del Decálogo mismo; y lo vemos en el capítulo diecinueve de Éxodo. Quiero tomarme unos minutos para ver eso, brevemente, porque la mayoría de los cristianos son conscientes de que los Diez Mandamientos se encuentran en el capítulo veinte del libro de Éxodo, y quiero retroceder un capítulo antes para ver las circunstancias o para ver el contexto en el que los Diez Mandamientos son entregados. El capítulo 19 de Éxodo comienza con estas palabras: «Al tercer mes después de la salida de los israelitas de la tierra de Egipto, ese mismo día, llegaron al desierto de Sinaí. Salieron de Refidim, llegaron al desierto de Sinaí y acamparon en el desierto. Allí, delante del monte, acampó Israel. Moisés subió hacia Dios, y el Señor lo llamó desde el monte y le dijo: “Así dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los israelitas: ‘Ustedes han visto lo que he hecho a los egipcios, y cómo los he tomado sobre alas de águilas y los he traído a Mí…'”».
Como ven, Dios está llamando la atención a lo que ya ha hecho a través de la redención de estas personas. «”‘Ahora pues, si en verdad escuchan mi voz y guardan mi pacto, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa’. Estas son las palabras que dirás a los israelitas”. Entonces Moisés fue y llamó a los ancianos del pueblo, y expuso delante de ellos todas estas palabras que el Señor le había mandado. Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho”».
De modo que el pueblo se ha reunido aquí para pronunciar su promesa de lealtad al Dios del pacto. «Y el Señor dijo a Moisés: “Yo vendré a ti en una densa nube, para que el pueblo oiga cuando Yo hable contigo y también te crean para siempre”. Entonces Moisés comunicó al pueblo las palabras del Señor. El Señor dijo también a Moisés: “Ve al pueblo”». Ahora, aquí hay un elemento clave, «”y conságralos hoy y mañana, y que laven sus vestidos. Que estén preparados para el tercer día, porque al tercer día el Señor descenderá a la vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí. Pondrás límites alrededor para el pueblo, y dirás: ‘De ningún modo suban al monte o toquen su límite. Cualquiera que toque el monte, ciertamente morirá. Ninguna mano lo tocará, sino que morirá apedreado o a flechazos. Sea animal o sea hombre, no vivirá’. Cuando suene largamente la bocina ellos subirán al monte”. Y Moisés bajó del monte al pueblo, y santificó al pueblo. Después ellos lavaron sus vestidos».
Ahora, toda la idea, aquí, es que antes de que Dios explicara las estipulaciones de este pacto en términos de los Diez Mandamientos, el pueblo, que ahora está jurando lealtad a Dios, tiene que pasar por cierto tipo de rito de purificación. Aquí se está llevando a cabo un drama, un drama de purificación. Y eso, por supuesto, se expande, se expande grandemente en el capítulo veinticuatro y a lo largo del resto del libro de Éxodo. Pero lo que tenemos aquí, en estos ritos de purificación, es el drama de la expiación.
Cuando Dios lleva al pueblo a una relación de pacto con Él, los adopta como sus hijos, los santifica, los aparta, los hace santos. Y la forma en que Él los santifica a través del ritual, es a través de la expiación. Y a lo que se refiere la expiación es, lo que más tarde llamaremos la remisión de los pecados, la remoción de la maldad de entre el pueblo y del campamento. Es debido a su pecado que no se les permite ascender al monte santo, y aun para poder recibir, recibir la gracia de este pacto, tienen que pasar por estas demostraciones de la liturgia de purificación y santificación para entrar incluso en el pacto en primer lugar.
Ahora, luego leemos lo siguiente: «Y aconteció que al tercer día, cuando llegó la mañana, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un sonido tan fuerte de trompeta, que hizo temblar a todo el pueblo que estaba en el campamento. Entonces Moisés sacó al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios, y ellos se quedaron al pie del monte. Todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego. El humo subía como el humo de un horno».
Ahora, de nuevo, vemos esa imagen del fuego y del horno, tal como vimos cuando Dios entró en pacto con Abraham en Génesis 15, «…y todo el monte se estremecía con violencia. El sonido de la trompeta aumentaba más y más. Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno. El Señor descendió a la cumbre del monte Sinaí. Entonces el Señor llamó a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió. Y el Señor dijo a Moisés: “Desciende, advierte al pueblo, no sea que traspasen los límites para ver al Señor y perezcan muchos de ellos. También que se santifiquen los sacerdotes que se acercan al Señor, no sea que el Señor irrumpa contra ellos”. Y Moisés dijo al Señor: “El pueblo no puede subir al monte Sinaí, porque Tú nos advertiste: ‘Pon límites alrededor del monte y santifícalo'”. Entonces el Señor le dijo: “Ve, desciende, y vuelve a subir, tú y Aarón contigo; pero que los sacerdotes y el pueblo no traspasen los límites para subir al Señor, no sea que Él se lance contra ellos”. Descendió, pues, Moisés y advirtió al pueblo».
Ahora tenemos el registro de la entrega de la ley, que se recapitula un par de capítulos más adelante, pero ahora, leemos en el capítulo veinte, estas palabras: «Entonces Dios habló todas estas palabras, diciendo: “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí”». Y luego tenemos el resto del Decálogo. Una vez más les recuerdo que los Diez Mandamientos no aparecen aquí como la base para la redención del pueblo de Israel, porque Israel ya ha sido redimido por la obra soberana y misericordiosa de Dios; pero ahora se presentan en el contexto de un pacto nacional que Dios hace con Israel. Ahora ha llamado a este pueblo Su pueblo. Él será el Señor de su pacto, y los está constituyendo como una nación, pero no como cualquier tipo de nación; sino que la estructura de esta nueva nación que Dios está estableciendo aquí en el desierto, es la de la teocracia.
Hemos escuchado palabras como plutocracia, y democracia, y oligarquía, y monarquía, y todas esas diferentes formas de gobierno que han competido entre sí a lo largo de la historia humana para organizar los mecanismos políticos de una nación, pero aquí tenemos, claramente, una teocracia. Y una teocracia significa un gobierno de Dios mismo. Dios es el rey de su pueblo. Y la teocracia, en cierto sentido, refleja para nosotros el concepto del reino de Dios porque el pueblo está gobernado, no por un rey terrenal, ni por un presidente, ni por un senado, ni por una forma parlamentaria de gobierno. Están gobernados por Dios mismo. Y en el contexto de esto, Él establece la estructura básica, o las reglas básicas, para esta teocracia. Una vez más, quiero recordarles que los Diez Mandamientos vienen a nosotros en el contexto del pacto. En otros cursos, hemos analizado la estructura literaria de los pactos del Antiguo Testamento porque se ha prestado mucha atención a esto en el siglo veinte, en la disciplina de los estudios del Antiguo Testamento.
Un hombre llamado George Mendenhall, de la Universidad de Michigan, a mediados del siglo XX, escribió una monografía titulada «La Ley en el Antiguo Medio Oriente» o «Antiguo Cercano Oriente», y habla de las estructuras de los pactos que se descubrieron en las excavaciones arqueológicas del siglo XX que revelaron documentos que indicaban cómo se establecían ciertos tratados entre otros pueblos semitas. Estos tratados fueron llamados tratados suzeranos – s-u-z-e-r-a-n-o – tratados suzeranos. Y estos tratados fueron populares, particularmente entre los hititas.
En los tratados suzeranos había una forma estándar que se seguía, y cada vez que se establecían estos tratados, entonces el formato que se seguía dejaba al suzerano como el rey supremo, pero este rey tenía señores o vasallos por debajo de él. Ellos no estaban en el mismo nivel que él y él entraría en acuerdos de tratados con sus vasallos y, en ese acuerdo, les exigiría juramentos de lealtad, y él -y a cambio, exigiría- les daría ciertos beneficios y protección. Daría grano del almacén del rey, y prometía el poderío de sus ejércitos para ayudar a apoyar a los vasallos locales cuando lo necesitaran, y a su vez, los vasallos, de nuevo, jurarían lealtad al suzerano. De modo que, no era un pacto entre iguales, un pacto entre pares. Sino que tenías un soberano y un vasallo.
Ahora, en estos pactos, había ciertos elementos literarios. Había un preámbulo y un prólogo histórico, y en estos elementos del tratado, en primer lugar, el suzerano se presentaba por su nombre, como «Yo, Hammurabi, rey de los Yahabibi, rey de los hititas…». Era el suzerano supremo y se identificaba a sí mismo como el suzerano. Y luego, vendría el prólogo histórico, en el que el suzerano repasaba los beneficios que había otorgado a sus vasallos a lo largo de su historia, en términos de su relación. «Yo, Yahabibi, rey de los hititas, soy el que protegió a sus hijas del asalto de los amorreos», etc. «Yo soy el que llenó vuestras arcas de grano durante la hambruna». Y él hacía este recuento de sus hazañas, y luego, había estipulaciones del tratado: «Si haces esto y aquello, yo haré esto y aquello», y prometía beneficios de su lealtad.
Y luego, también había sanciones implícitas o castigos que se llevaban a cabo si se violaban los términos del tratado. Y luego, había una disposición que proporcionaba documentos para ambas partes, dos formas del tratado, una para el soberano y la otra para los vasallos, y disposiciones para la lectura pública, de vez en cuando, si el tratado tenía que ser actualizado. Ahora, lo sorprendente que Mendenhall encontró, y que más tarde fue desarrollado por Meredith Klein y otros, es cómo los pactos bíblicos básicamente seguían la misma estructura literaria.
Y vemos eso, aquí, en el Decálogo, porque fíjense cómo se introduce el Decálogo donde dice: «Yo soy Yahvé, tu Dios». Él se nombra a sí mismo como el miembro o la parte superior de este pacto. «Yo soy el Señor tu Dios…» ¿quién hizo qué? «… que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre». Les está recordando la historia de su relación. Su Dios, su Señor del pacto, es un Dios personal con un nombre personal y una historia personal. Y eso es muy importante para nosotros en la fe cristiana. No estamos unidos por medio de un pacto a una fuerza amorfa sin nombre o a algún poder superior, sino que estamos relacionados con un Señor del pacto que es personal. Él tiene nombre y tiene una historia por medio de la cual ha obrado para nuestra redención.
Y pueden ver a lo largo del Antiguo Testamento, momentos en la historia del pueblo judío en los que había servicios de renovación del pacto. Y en los servicios de renovación del pacto, ese prólogo histórico era actualizado. «No solo te saqué de la tierra de Egipto», sino que la próxima vez también diría: «Y te traje a la tierra prometida y conquisté a los cananeos antes que a ti», y así sucesivamente. De modo que, tenemos ese elemento. Pero las estipulaciones, o los términos del contrato, quedan establecidos en lo que llamamos la ley, que dice: «No tendrás dioses ajenos delante de mí».
Ahora, de nuevo, este no es un camino de salvación. La ley no le es dada a Israel como un medio por el cual pueden merecer su salvación ante Dios. Son personas que ya han recibido el beneficio de Su divina gracia. Pero ahora, estos son los términos que Dios les da para que no entren en una relación de pacto con Él, sino para que permanezcan en la relación de pacto, para retener ese privilegio especial de gracia que han recibido, donde Dios está diciendo, ya sabes, «Te estoy organizando aquí como mi pueblo». Estos son los términos del estado teocrático. Y fíjense que Él no da los términos de este estado teocrático simplemente como un código de ética abstracto, o un código de ley, como ustedes podrían encontrar en algo como la Declaración de Derechos en la historia de los Estados Unidos.
Más bien, el Decálogo que establece la nación teocrática de Israel es profundamente religioso y profundamente espiritual, de modo que casi toda la primera mitad del Decálogo está dedicada a las obligaciones espirituales del pueblo en términos de cómo ven a Dios, cómo deben evitar la idolatría, cómo deben proteger la santidad del nombre de Dios y la celebración del día de reposo. Así que, vemos que esta es una organización religiosa en la teocracia desde el mismo inicio. Ahora, permítanme decir que esto se convierte en la base, no para su salvación, sino para permanecer en buena posición con el Dios del pacto.
Vemos en el resto de la historia del Antiguo Testamento, cómo el pueblo, de hecho, se volvió tan apóstata, en una violación tan grande de los mandamientos que Dios los envió al exilio, y se divorció de ellos, por así decirlo, por un tiempo porque se habían prostituido al no guardar los mandamientos del pacto. Y es muy similar al Nuevo Testamento. De nuevo, la ley no es un camino de salvación, sino que es un camino de santificación. Es una manera de manifestar la obediencia al Dios que nos salva por gracia, tal como, en el Nuevo Testamento, el nuevo moderador, Jesús, dice a sus discípulos, que no se salvan por sus obras, sino por las suyas: «Si ustedes me aman, guarden mis mandamientos».
También, la ley es dada para un propósito redentor más grande, como nos lo revela el apóstol Pablo en el Nuevo Testamento. La ley no solo revela la santidad de Dios, sino que también es un espejo por el cual vemos nuestra falta de santidad, y en eso, la ley no es algo que esté en una relación antitética con el evangelio, sino que en cierto sentido, la ley prefigura el evangelio porque es el pedagogo que nos lleva a Cristo. De modo que una de las funciones más importantes de la ley de Dios es revelarnos nuestra necesidad de gracia, nuestra necesidad del Redentor, nuestra necesidad del evangelio. Y tenía esa función en aquel entonces, igual que la tiene ahora. Entonces, tenemos que entender ese contexto.
Ahora, rápidamente, sumadas a las leyes del Decálogo, también tienes leyes posteriores que llamamos leyes rituales que no forman parte de los Diez Mandamientos mismos. Pero la ley ritual tiene que ver con las ceremonias, con las fiestas, con la Pascua, con cómo funcionan las cosas en el tabernáculo. Y en todas estas cosas, vemos una anticipación gloriosa de la redención que es nuestra en Cristo. Hay dos términos que encontramos en las categorías bíblicas para describir el significado de los rituales en las ceremonias. Primero, es el símbolo. En segundo lugar, está el tipo.
El símbolo representa algo distinto de sí mismo, pero apunta más allá de sí mismo a una realidad presente que está simbolizada por algo. Por ejemplo, el tabernáculo simboliza la presencia de Dios en medio del pueblo. El tabernáculo, en sí mismo, no es la presencia de Dios. Es la tienda de reunión que llama la atención a la promesa de Dios de estar en medio de su pueblo. Pero los símbolos tienen una segunda dimensión, que es el tipo. Y la palabra tipo proviene de una palabra que originalmente significaba hacer un estampado golpeando algo contra una superficie blanda. La mejor ilustración que tengo para eso hoy en día es la máquina de escribir, donde obtenemos palabras golpeando el papel y dejando una estampa. Y así, un tipo se refiere a algo futuro que alcanza una mayor plenitud más adelante. Y el Nuevo Testamento nos habla de varios tipos y antitipos (el cumplimiento de esos tipos), del Antiguo Testamento.
Ahora, veamos de nuevo, brevemente, el tabernáculo. El tabernáculo no es solo un símbolo de la presencia de Dios, sino que es un tipo de la futura presencia de Dios que viene ¿cómo? En la Encarnación. Todo el tabernáculo es un tipo de Jesús. De hecho, Israel, en sí mismo, se convierte en un tipo de Cristo, cuando Israel sale del éxodo, y el Nuevo Testamento aplica a Jesús las palabras: «De Israel» – fuera, perdón – «De Egipto he llamado a mi Hijo» porque Cristo incorpora en sí mismo, a todo el pueblo de Israel, y en cierto sentido, su vida recapitula los acontecimientos que encontramos en el Antiguo Testamento.
Ahora, la tipología es una práctica muy peligrosa. Y, en muchas ocasiones, ha intoxicado a los eruditos en la historia de la iglesia, que han desarrollado una forma alegórica de interpretar la Biblia, y querían encontrar un tipo, o un símbolo, en todo. Por ejemplo, lees en la historia de Rahab y el cordón escarlata que luego– se convierte en el signo de su presencia, de seguridad, y algunas personas dicen: «Bueno, mira, el cordón escarlata de Rahab se refiere, tipológicamente, a la sangre de Cristo, que fue el medio de nuestra redención». No hay fin para ese tipo de especulación.
La Biblia no establece una conexión entre el cordón de Rahab y la sangre de Cristo, y es peligroso para nosotros agregar algo a eso. Pero no podemos negar, particularmente en el libro de Hebreos, que vemos muchas cosas en toda esta estructura de la ley ceremonial y los rituales del Antiguo Testamento que apuntan más allá de sí mismos: la imposición de las manos de los pecados del pueblo sobre el chivo expiatorio tipifica la obra de redención de Cristo, donde Él lleva nuestros pecados en la cruz. Y una y otra vez, y otra vez, el Nuevo Testamento se referirá a aquellas ceremonias que alcanzan su cumplimiento y consumación en el ministerio de Jesús.
Es por eso que la iglesia ya no implementa las ceremonias del Antiguo Testamento porque estaban apuntando más allá de sí mismas a un cumplimiento futuro que, una vez alcanzado, terminaba en la historia redentora. Pero de nuevo, todas estas cosas que nos llegan en el pacto por Moisés, no son un camino de salvación diferente de la salvación por la fe en Cristo, sino que llenan el contenido, donde todo, el éxodo, el pacto, la ley y las ceremonias, todo está conduciendo al evangelio. No se oponen al evangelio. No están en lugar del evangelio. Sino que son fundamentales para la revelación final del Evangelio que Dios hace.






