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Transcripción
Mencioné anteriormente, en nuestro estudio de los pactos de la Biblia, que las tres figuras más prominentes en la historia del Antiguo Testamento fueron Abraham, Moisés y David. Y es interesante, para mí, que Dios usó a cada uno de estos hombres como mediador para recibir un pacto. Hemos visto el pacto con Abraham, el pacto con Moisés, y hoy vamos a ver lo que se llama el pacto davídico, el pacto que Dios hizo con el rey David.
Las raíces de ese pacto promisorio se remontan mucho antes que David mismo, hasta el período patriarcal, hasta la bendición final que Jacob dio a sus hijos cuando estaba llegando al final de su vida. Esa bendición que se transmitió a los hijos está registrada en el capítulo 49 de Génesis. Notamos que cuando Jacob reunió a sus hijos para recibir su porción de la herencia, el hijo mayor era Rubén, él era el primogénito, aquel de quien uno esperaría que recibiera el corazón de la bendición patriarcal, pero debido a sus pecados, Rubén fue pasado por alto, al igual que Simeón y Leví.
Luego llegamos al capítulo 49, versículo 8, donde Jacob se dirige a su hijo, Judá. Y esto es lo que él le dice: «A ti Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano estará en el cuello de tus enemigos; se inclinarán a ti los hijos de tu padre. Cachorro de león es Judá; de la presa, hijo mío, has subido. Se agazapa, se echa como león, o como leona, ¿quién lo despertará?». Podemos ver que la figura que se usa aquí en esta bendición patriarcal se refiere a Judá como un león. Y ese título, «El León de Judá», a partir de entonces se convirtió en un concepto importante en la historia del Antiguo Testamento, y un título que estaba vinculado, en última instancia, al Mesías prometido, que sería, de hecho, El León de Judá.
Luego en el versículo diez leemos: «El cetro no se apartará de Judá, ni la vara de gobernante de entre sus pies, hasta que venga Siloh». Ahora, esta frase, en la que Jacob se refiere al cetro, indica realeza porque el cetro es el símbolo, o la señal, del rey o del gobernante. Y así, la profecía, aquí, es que vendrá un rey de la tribu de Judá que será el que recibirá el reino, por así decirlo. Y dijo que ese cetro no se apartará de Judá hasta que venga Siloh. Ese es un pasaje muy difícil, y hay una discusión en curso sobre exactamente lo que eso significa, ya sea que se refiera a un evento o a la destrucción del santuario que estaba en Siloh, pero realmente no sabemos con precisión de a qué se refiere.
Pero continúa diciendo: «Y a él sea dada la obediencia de los pueblos. Él ata a la vid su pollino, y a la mejor cepa el hijo de su asna; Él lava en vino sus vestiduras, y en la sangre de las uvas su manto. Sus ojos están apagados por el vino, y sus dientes blancos por la leche». Así que, vemos que el estatus favorecido de la bendición patriarcal es traspasado ahora a Judá. Y eso es importante para nuestra consideración porque David es el gran rey que desciende de Judá, y es David quien se convierte en la cabeza de esta dinastía central en el Antiguo Testamento, con la cual vemos asociadas todo tipo de promesas futuras sobre el hijo supremo de David, quien vendrá y traerá el cenit de ese reino, y ese hijo supremo, por supuesto, es Cristo.
Pero cuando vemos el pacto que Dios hace con David, encontramos que en 2 Samuel, capítulo 7. Me parece muy interesante este capítulo. Tiene una gran ironía contenida en su interior. Leemos en el versículo uno estas palabras: «Sucedió que cuando el rey David ya moraba en su casa» (o sea, en su palacio), «y el Señor le había dado descanso de sus enemigos por todos lados, el rey dijo al profeta Natán: “Mira, yo habito en una casa de cedro, pero el arca de Dios mora en medio de cortinas”».
Ahora, por supuesto, el rey, aquí, es David. Y él ahora ha establecido su reino, y ha construido para sí mismo un palacio y ahora, está hablando al profeta de Dios, diciendo: «¿Qué hay de malo con esto? Aquí estoy, el rey, y tengo esta magnífica casa, este magnífico palacio, pero nuestro Dios ni siquiera tiene una casa, sino que tiene una tienda, una tienda portátil que se transporta de aquí para allá, y no hay permanencia en ese santuario central en el que él habita».
Recuerden que cuando David se convirtió en el rey de Israel, marcó el comienzo de la edad de oro de Israel. Sus victorias militares fueron importantes en el sentido de que extendió las fronteras de Israel desde Dan hasta Beerseba. Y fue asombroso que esta diminuta y pequeña nación, en la antigüedad, se elevara al nivel de una potencia internacional como lo hizo bajo el reinado de David.
Vemos a David, no solo por sus hazañas militares, sino también por su habilidad como administrador y como rey, porque él también unió a un pueblo dividido creando una nueva ciudad capital para el pueblo judío, que había sido una provincia de paganos y jebuseos, y él capturó esta ciudad y la hizo, algo así como un lugar neutral, el nuevo cuartel general de su reino, y esa ciudad era Jerusalén. Y no solo Jerusalén se convierte ahora en la ciudad capital de toda la nación, sino que también se convierte en el sitio donde el templo sería construido y, por supuesto, se conoce como Sion y la Ciudad Santa, que tiene una historia tan notable para el resto de las páginas del Antiguo Testamento, y en el Nuevo Testamento, y de hecho, hasta el fin de este siglo donde la consumación final del reino de Dios se verá en el descenso de la ciudad del cielo, la Nueva Jerusalén, la ciudad celestial, de la cual la antigua Jerusalén era simplemente un tipo o un modelo para la ciudad final que vendría del cielo.
Entonces, ahora vemos a David deseando ser capaz de construir un santuario, de construir una casa para Dios. Su deseo es construir el templo, pero ¿qué sucede? Dios dice: «No». Volvamos al texto. Entonces Natán dijo al rey: «Vaya, haga todo lo que está en su corazón, porque el Señor está con usted». Y esa misma noche la palabra del Señor vino a Natán: «Ve y dile a Mi siervo David: “Así dice el Señor: ‘¿Eres tú el que me va a edificar una casa para morar en ella? Pues no he morado en una casa desde el día en que saqué de Egipto a los israelitas hasta hoy, sino que he andado errante en una tienda, en un tabernáculo. Dondequiera que he ido con todos los israelitas, ¿hablé palabra a alguna de las tribus de Israel, a la cual haya ordenado que pastoreara a Mi pueblo Israel, diciéndoles: «¿Por qué ustedes no me han edificado una casa de cedro?»’”. Ahora pues, así dirás a Mi siervo David: “Así dice el Señor de los ejércitos: ‘Yo te tomé del pastizal, de seguir las ovejas, para que fueras príncipe sobre Mi pueblo Israel. Y he estado contigo por dondequiera que has ido y he exterminado a todos tus enemigos de delante de ti, y haré de ti un gran nombre como el nombre de los grandes que hay en la tierra. Asignaré también un lugar para Mi pueblo Israel, y lo plantaré allí…’”».
Detengámonos un momento. «Asignaré un lugar y plantaré a Mi pueblo». Creo que es importante que, incluso hoy en día, en los labios del pueblo judío esté la oración que se escucha comúnmente: «El año que viene en Jerusalén». Creo que es importante que, a pesar de que el pueblo judío fue conquistado por los romanos en el año 70 d.C., y Jerusalén cayó en manos de los paganos, pisoteada por los gentiles, y los judíos fueron dispersados por todo el mundo, siendo exiliados de su patria, nunca perdieron su sentido de identidad nacional. Eso es extraordinario en los anales de la historia de los seres humanos.
Y, también, recuerden que, hasta este punto, en el Antiguo Testamento, la historia de Israel es la historia de un pueblo nómada que no tiene permanencia, ni raíces, y recibir la misma tierra en la que ahora están siendo plantados es el cumplimiento de la promesa que Dios le había hecho a Abraham y materializada, básicamente, como hemos visto a través de la mediación de Moisés y luego, de Josué. Y así, la pregunta ahora, es la pregunta de: ¿Continuará Dios viviendo en una tienda? ¿Va a continuar el pueblo vagando y moviéndose de santuario en santuario, o habrá un santuario central fijo, permanente que tendrá longevidad y significado perpetuo para el pueblo? Y de esto se trata esta discusión.
Dios dijo: «”‘Asignaré también un lugar para Mi pueblo Israel, y lo plantaré allí a fin de que habite en su propio lugar y no sea perturbado de nuevo, ni los malvados los aflijan más como antes, desde el día en que ordené que hubiera jueces sobre Mi pueblo Israel. A ti te daré reposo de todos tus enemigos. El Señor también te hace saber que el Señor te edificará una casa’”». Ahora, aquí está el primer y más importante ingrediente del Pacto Davídico. Todo esto sucede cuando David pregunta acerca de la construcción de una casa para Dios. Dios dijo: «Nunca te pedí que me construyas una casa». Y como sabemos, más tarde, Él no le da esa oportunidad a David, sino que se la da a su hijo, Salomón, quien entonces construyó el templo en el Antiguo Testamento.
Pero los términos del pacto, aquí, con David, es que tiene que ver con una casa. Quiere construir una morada para Dios. Dios dice: «No». Y de nuevo, David está diciendo esto porque dice: «Ya tengo esta magnífica casa de cedro. Quiero construirte una casa». Y Dios dice: «No. Te voy a construir una casa». Pero Él no está hablando de otro palacio de cedro. La casa que Dios le promete a David es una dinastía. Está prometiendo la sucesión dinástica de los hijos de David.
Ustedes saben que en la antigüedad, las dinastías eran extremadamente importantes para la realeza. Y en el antiguo Medio Oriente, vimos, por ejemplo, las dinastías de los faraones en Egipto. Pero en toda la historia de Egipto, la dinastía más larga que haya tenido lugar duró 250 años. Dos dinastías se establecieron en el reino del norte de Israel después de que el reino se dividiera entre el norte y el sur, y la dinastía más larga en el reino del norte duró 100 años.
En contraste con estas dinastías, la dinastía de David duró 400 años, lo cual, solo en el plano humano de la historia, es un fenómeno extremadamente notable, y aquí vemos que Dios le prometió a David que Dios le iba a construir una casa. Y luego, Él continúa diciendo esto: «”‘Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, levantaré a tu descendiente después de ti, el cual saldrá de tus entrañas, y estableceré su reino. Él edificará casa a Mi nombre, —ahora está hablando de Salomón— y Yo estableceré el trono de su reino para siempre. Yo seré padre para él y él será hijo para Mí. Cuando cometa iniquidad, lo castigaré con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres, pero Mi misericordia no se apartará de él, como la aparté de Saúl a quien quité de delante de ti. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre delante de Mí; tu trono será establecido para siempre’”». Conforme a todas estas palabras y conforme a toda esta visión, así Natán habló a David.
Así que ahora, añadido a la idea de una dinastía, está el concepto de que los reyes davídicos, quienes, de nuevo, todavía están reinando en una teocracia, son mediadores entre Dios y el pueblo, que a estos reyes en la línea de David, se les dará el título de «Hijos de Dios». Son adoptados en la familia de Dios para que el rey, en la línea de David, tenga esta designación especial de hijo de Dios, no el Hijo de Dios en el sentido teológico supremo que es Jesús, pero el rey davídico, sin embargo, tiene esta relación íntima con Dios, y esta relación va a durar para siempre. Y apunta más allá de sí mismo, de nuevo, hacia algo más grande: el Hijo supremo de David, que no solo es el Hijo de David, sino que también es el Señor de David.
Ahora, veamos el segundo capítulo del libro de los Salmos para obtener un poco más de este sabor de la filiación. El Salmo 2 es muy conocido y es muy importante como salmo mesiánico. Es un Salmo de David y comienza con una pregunta: «¿Por qué se sublevan las naciones, y los pueblos traman cosas vanas? Se levantan los reyes de la tierra, y los gobernantes traman unidos». Pueden ver esta cumbre de todos los gobernantes del mundo, y el propósito de su cumbre es trazar una estrategia para derrocar al rey de los judíos. «Traman unidos contra el Señor y contra su Ungido». Y el término «ungido» es el término del cual obtenemos la palabra griega christos, o Cristo.
Ahora, de nuevo, en este caso, en primera instancia, el rey ungido es David. Él es el tipo del Cristo que ha de venir. Y estos, y en esta reunión cumbre, los gobernantes paganos se reúnen y dicen: «¡Rompamos sus cadenas y echemos de nosotros sus cuerdas!». Y así, esta es una conspiración para rebelarse contra la autoridad de Dios y contra Su hijo ungido. Y la respuesta de Dios a este escenario es esta: «El que se sienta como Rey en los cielos se ríe, el Señor se burla de ellos». Dios mira desde el cielo, ve todo el conglomerado de poder y fuerza de los reyes de este mundo apuntando sus armas a Su Mesías, y Dios se ríe y se burla de ellos. «Luego les hablará en Su ira, y en Su furor los aterrará, diciendo…». Y esto fue lo que dijo: «Pero Yo mismo he consagrado a Mi Rey sobre Sión, Mi santo monte».
Ahora, de nuevo, en la primera referencia a esto se refiere al reinado de David allí, en Jerusalén. «Ciertamente anunciaré el decreto del Señor que me dijo: “Mi Hijo eres Tú, Yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré las naciones como herencia Tuya, y como posesión Tuya los confines de la tierra…”», etc. Y luego, continúa diciendo: «Adoren al Señor con reverencia, y alégrense con temblor. Honren al Hijo para que no se enoje y perezcan en el camino».
Una vez más, la aplicación principal e inicial de este Salmo fue a David, pero su mayor aplicación, su aplicación mesiánica fue a Cristo, ante quien todos los reinos del mundo se levantan en una posición adversa, tratando de derrocar al Rey de Reyes, lo cual será un ejercicio inútil porque Dios ha establecido a Su Hijo como Rey para siempre. Ahora, en términos de esta relación de filiación y realeza, miremos hacia atrás a I Reyes, capítulo once. Esto describe algo del reinado del hijo de David, el rey Salomón.
«Pero el rey Salomón, además de la hija de Faraón, amó a muchas mujeres extranjeras, moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas, etc.…». Y aunque se les había dicho que no se casaran con ellas, se nos dice que «Salomón se apegó a ellas con amor». «Y tuvo 700 mujeres que eran princesas y 300 concubinas, y sus mujeres desviaron su corazón. Porque cuando Salomón ya era viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras otros dioses, y su corazón no estuvo dedicado por completo al Señor su Dios, como había estado el corazón de David su padre. Porque Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas», etc.
«Así hizo también para todas sus mujeres extranjeras, las cuales quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses. Entonces el Señor se enojó con Salomón… se le había aparecido dos veces, y le había ordenado… que no siguiera a otros dioses», pero no obedeció. He aquí lo que el Señor dijo a Salomón: «Porque has hecho esto, y no has guardado Mi pacto y Mis estatutos que te he ordenado, ciertamente arrancaré el reino de ti, y lo daré a tu siervo. Sin embargo, no lo haré en tus días, –escuchen– por amor a tu padre David, sino que lo arrancaré de la mano de tu hijo. Tampoco arrancaré todo el reino, sino que daré una tribu a tu hijo por amor a Mi siervo David y por amor a Jerusalén la cual he escogido». Y lo que sigue es la división radical del reino: Jeroboam y Roboam.
Pero incluso durante todo el período del reino dividido, siempre hubo un rey davídico en el trono, en Jerusalén, hasta el colapso final de ese reinado y de Jerusalén en el cautiverio. Incluso en ese punto, aunque parecería que las promesas de Dios habían fallado porque Él prometió un reino eterno a David y ese reino eterno, incluso después de 400 años de dinastía, se derrumbó y hubo un período intermedio donde no había ningún hijo de David en el trono en Jerusalén, no había templo en Jerusalén, hasta que leemos la profecía de Amós, donde dio la Palabra de Dios al pueblo diciendo: «El tabernáculo caído de David, que es su trono, que se ha caído y ahora está invadido de cizaña y se ha oxidado y se está descomponiendo, Dios dice: “Voy a restaurar el tabernáculo caído de David”». Mirando más allá del exilio, mirando hacia el regreso del exilio y hacia el establecimiento final del último rey davídico que, de hecho, es el rey que reinará para siempre.






