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Transcripción
En esta sesión, vamos a ver un tema de los principios en la ética cristiana que a menudo se pasa por alto en la iglesia, pero que es muy, muy importante, creo, para una comprensión plena y total de cómo la ley de Dios incide y se interrelaciona con nuestras vidas. En esta ocasión veremos lo que yo llamo las ordenanzas de la creación. Déjenme comenzar haciendo un tipo de declaración absoluta, una declaración general, que puede causar algún tipo de reacción en ustedes, y es que los cristianos siempre, en todas las sociedades, en todos los tiempos y en todas las épocas, viven bajo leyes.
Ustedes pueden decir a eso: Un momento, ¿no nos libra el Nuevo Testamento de estar bajo la esclavitud de la ley del Antiguo Testamento? ¿No se nos dice una y otra vez en el Nuevo Testamento que ya no estamos bajo la ley, sino que ahora estamos bajo la gracia?» Sí, por supuesto, yo sé que el Nuevo Testamento enseña eso y, en la tradición teológica que yo represento, ponemos gran énfasis en la importancia central de la gracia en la comprensión de la ética cristiana, pero toda la gracia que nos llega en el Nuevo Testamento no elimina por completo el hecho de que vivimos bajo leyes. Fíjense, que dije hace un momento que vivimos como cristianos del Nuevo Testamento.
¿Qué es un testamento? Si lo miramos en categorías bíblicas, vemos que la Biblia está dividida en diferentes pactos: un testamento es un pacto, y hablamos del antiguo pacto y hablamos del nuevo pacto, y veamos esto un poco más. ¿Qué es un pacto? En sus términos más simples, un pacto es un acuerdo, un contrato entre dos o más personas, y cada pacto contiene ciertos beneficios, ciertas promesas, pero siempre un pacto incluye estipulaciones, o lo que llamaríamos requisitos legales, o simplemente, leyes. No hay tal cosa como un pacto sin leyes, y el nuevo pacto, el Nuevo Testamento, es un pacto con leyes.
Jesús dijo: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos». Sí, la maldición de la ley del Antiguo Testamento fue quitada. El castigo de eso fue quitado, la espantosa servidumbre de eso. Fuimos redimidos de ella, pero eso no significa que ahora, como cristianos, somos libres de hacer lo que queramos, y libres de cualquier tipo de obligación para con Dios. Por el contrario, Cristo es un Señor que da mandamientos: «Si me aman, guarden mis mandamientos». Hay leyes en el Nuevo Testamento y hay leyes en el Antiguo Testamento.
Ahora, como cristiano, soy miembro de un grupo de pacto, una comunidad de pacto, a la que llamamos la iglesia. Cada miembro de la iglesia cristiana participa en el nuevo pacto, así como cada miembro de la casa de Israel en el Antiguo Testamento participó en lo que llamamos el antiguo pacto. Tanto los judíos como los cristianos son gente del pacto, pero ¿qué pasa con el resto del mundo? ¿Qué pasa con todos esos millones de personas en este planeta, el día de hoy, que no son miembros de la iglesia cristiana o no son miembros de la comunidad judía? ¿Tienen ellos una relación de pacto con Dios? La respuesta a esa pregunta, creo que es obvia a partir de nuestro estudio de las Escrituras. La respuesta es sí.
Todos los hombres, en todas partes, y en todo momento son partícipes de una relación de pacto con Dios. Ustedes dirán: «Pero R.C., ellos nunca se unieron a la iglesia cristiana, nunca se unieron a la comunidad judía. ¿Cómo puedes decir eso?» Lo digo por esta razón: que Dios no hizo su primer pacto con Abraham ni con Moisés, ni fue el primer pacto de la historia el que Jesús hizo con sus discípulos en el aposento alto. El primer pacto que Dios hizo con la humanidad fue hecho con Adán, y es ese pacto con Adán en el que Adán representa a toda la raza humana…
…En ese pacto, el pacto de la creación, Dios entró en una relación contractual con el hombre, no como cristiano, ni con el hombre como judío, sino con el hombre como hombre, de modo que cada descendiente de Adán pertenece por naturaleza, al pacto de la creación, por lo que la conclusión es inevitable, todos los seres humanos hasta el día de hoy están en una relación de pacto con su creador. Por supuesto, esa relación puede ser negativa. Podemos simplemente vivir las obligaciones de ese contrato, pero no podemos escapar del pacto mismo. Podemos negarlo, podemos quebrantarlo, podemos repudiarlo, podemos ser hostiles hacia él, pero no podemos deshacerlo.
Entonces esas leyes que Dios da al hombre en la creación son obligatorias para los hombres, sean o no religiosos, sean o no miembros de la casa de Israel, o de la familia cristiana. Hay un cierto corpus, un cierto cuerpo de legislación moral de la ley que Dios da a todos los hombres. Y es ese cuerpo de la ley que nos interesa bajo la rúbrica del pacto de la creación. ¿Qué clase de ordenanzas están incluidas en el pacto de la creación? Solo por mencionar algunas; hay ciertos preceptos, y ciertos principios que Dios añade a las relaciones humanas desde el principio.
En primer lugar, Dios impone en el huerto del Edén, una santidad de vida. No era necesario que la humanidad esperara a que Moisés subiera al monte Sinaí para descubrir que es malo asesinar. La prohibición contra el asesinato se expone en la ley de la creación, por lo que podemos decir que la santidad de vida se encuentra en la ordenanza de la creación. Otros principios: la santidad del matrimonio. El matrimonio no fue algo que evolucionó a través de un proceso de desarrollo cultural, arbitrariamente. No es que los hombres, por naturaleza, no estuvieran orientados a relaciones monógamas, y que más tarde, a través de los tabúes sociales, fueron manipulados para formar la unidad familiar que hoy funciona como el punto estable y central de cualquier sociedad.
La santidad del matrimonio es dada por Dios en la creación. Esta es una de las razones por la cual la iglesia reconoce la validez y la legitimidad de las ceremonias civiles del matrimonio. No limitamos el derecho de celebrar matrimonios solo a la iglesia, reconocemos el estado justo del matrimonio que es establecido por los oficiales y los magistrados del poder civil porque el matrimonio no es únicamente una ordenanza eclesiástica; es una ordenanza de la creación. Así que el Estado no solo tiene el derecho, sino que tiene la responsabilidad de regular estas cosas.
¿Qué más vemos en las ordenanzas de la creación? Una o dos cosas más que mencionaré: en primer lugar está la santidad del trabajo. Dios estableció los principios del trabajo desde el inicio de la historia de la raza humana, y los principios del trabajo fueron parte de ese contrato que Dios le dio al hombre en la creación. Además de la santidad del trabajo, también estaba la santidad del día de reposo, que originalmente estaba ligada a las ordenanzas del trabajo. Así que como pueblo cristiano, no vivimos en un solo pacto, sino que vivimos en más de un pacto. Como miembros del cuerpo de Cristo, también somos miembros del cuerpo de la creación; y seguimos aún bajo las leyes y las ordenanzas que Dios impuso al hombre como hombre.
Veamos si puedo encontrar una analogía en nuestra sociedad. En el lugar donde vivimos hay múltiples esferas de autoridad legal. Yo vivo en el estado de Pensilvania. Tú quizás vivas en el estado de Florida, y como residente de la Florida, estás obligado, mientras seas residente allí, a obedecer los estatutos de ese estado en particular; por mi parte, como residente del estado de Pensilvania, no es necesario que yo cumpla con los estatutos reglamentarios del estado de Florida, sino con las leyes del estado de Pensilvania, de modo que vivimos en dos esferas de pacto diferentes.
Por otro lado, vivo cerca de Pittsburgh; Tengo amigos que viven en Filadelfia, como a 500 km de distancia. Vivimos en dos ciudades completamente diferentes, y aunque compartimos un cuerpo de leyes común que se aplica a todos los residentes del estado de Pensilvania, mis amigos en Filadelfia tienen leyes específicas que deben obedecer y que se dan para aquellos que viven en el municipio de Filadelfia. Yo vivo bajo ciertas sanciones que se dan porque soy residente de la ciudad de Pittsburgh.
Entonces, podemos vivir en diferentes estados, y podemos vivir en diferentes ciudades, pero el residente de Filadelfia, el residente de Pittsburgh, el de Miami, Florida, esas tres personas, por muy diversas que puedan ser y por muy separadas que estén geográficamente, todas comparten una esfera común de gobierno, y eso es lo que llamamos el gobierno federal. Todo el que reside en Estados Unidos está obligado a obedecer las leyes federales. Algo así es como funcionan estas estructuras de pacto.
Un judío tiene sanciones por ser parte de la comunidad de Israel. Un cristiano tiene mandamientos particulares que debe obedecer porque se les dan a aquellos que son de la familia de Cristo, pero además, existe una esfera general de autoridad que es el pacto de la creación. ¿Cómo se aplica esto a nuestra vida diaria como cristianos? En primer lugar, debemos entender que las ordenanzas de la creación trascienden los límites de las leyes particulares que encontramos en la iglesia del Nuevo Testamento. Ahora, ¿qué significa eso? Quiere decir, que estas leyes de la creación van más allá de los confines de la iglesia cristiana. ¿Cómo se relaciona esto con el tema que nos ocupa?
Uno de los temas más controversiales en nuestros días es, ¿En qué momento sería responsable o apropiado que la iglesia se involucre en la sociedad secular en términos de incidir sobre la legislación? ¿Acaso no creemos en la separación Iglesia-Estado? ¿Cómo es posible, entonces, que la iglesia esté hablando sobre asuntos morales que tal vez no sean asunto de la iglesia? En efecto, sería una violación del concepto de separación entre Iglesia-Estado si los cristianos nos convirtiéramos en un grupo de presión lobista y tratáramos de imponer la celebración de la Cena del Señor, por ejemplo, a todos los residentes de un país determinado. Eso sería tratar de imponer un requisito legal a personas que viven fuera del marco del pacto en el que se encuentra ese mandato en particular.
Pero, ¿qué pasa cuando el estado es negligente en cumplir con su obligación delante de Dios de llevar a cabo las ordenanzas de la creación? Entonces, creo que la iglesia debe ser la iglesia. La iglesia está llamada a cumplir con el mandato al que siempre ha sido llamada, a ser la voz profética de Dios para ese pueblo en particular, a resaltar el hecho de que todos los hombres están bajo la autoridad del mandato de la creación. Pero, ¿qué pasa si las personas son ateas y no reconocen las leyes de la creación? Repito, el ateísmo no anula ni deja sin efecto las leyes que Dios le ha dado al hombre. Recuerden que les dije que el pacto de la creación es ineludible. No es tan sencillo como repudiarlo y luego obviarlo.
Podemos incumplir el pacto, pero no podemos anular el pacto de la creación. Por lo tanto, los cristianos están llamados a ser voces a favor de mantener y preservar la santidad de la vida, del matrimonio, del trabajo, incluso aún la santidad del día de reposo. Estas son áreas que se aplican a todos los hombres del mundo. ¿Cuántas veces has oído decir o incluso lo has dicho tú mismo: «Pero, no se puede legislar la moralidad»? Eso se ha dicho tanto que se ha convertido en un cliché en nuestra cultura: no se puede legislar la moralidad.
¿Sabes qué es interesante? creo, que la frase misma ha sufrido una especie de extraña metamorfosis. Ha sufrido un tipo de desarrollo en el que su significado original ha ido cambiando poco a poco, hasta que ahora significa algo casi completamente diferente de lo que originalmente se pretendía transmitir. El sentido original en el que la gente hablaba de que no se puede legislar la moralidad era este: la idea era que si la gente va a pecar, solo por pasar una ley que prohíba ese pecado, no por eso se va a acabar con el pecado.
Si ese fuera el caso, entonces, si quisiéramos una sociedad perfecta, solo tendríamos que legislar contra todo pecado concebible, y la legislación misma eliminaría el mal. Pero sabemos que no es así. Sabemos que las personas pecan aunque las leyes les digan que no lo hagan. De hecho, el mismo Pablo habla del tema en Romanos, donde dice que hay un cierto sentido en el que la presencia de la ley incita aún más a pecar. Si quieres enfurecer a la gente e incitarlos a pecar, solo diles que no se les permite hacer algo.
Por alguna razón esto tiene un efecto casi mágico en ciertas personas: que esto va a producir aún más deseo para hacer eso que tal vez ni siquiera se habrían molestado en hacer si no hubiera habido una regla que romper. A eso me refería al principio: que la legislación, en sí misma, no necesariamente va a cambiar el comportamiento humano. Pero ha llegado a significar en la mente de muchas personas que está mal que el gobierno apruebe una legislación de naturaleza moral, y por lo tanto, el tema ahora es que no se debe legislar sobre temas morales, no se deben aprobar leyes contra asuntos que son de interés moral. Es un pensamiento interesante, lo escuchas decir todo el tiempo.
He escuchado a muy pocas personas pensar en las implicaciones de eso. ¿Qué pasaría en una sociedad en la que no se permita aprobar una legislación que sea de naturaleza moral? Los legisladores no tendrían prácticamente nada que hacer. ¿Qué podrían legislar? ¿La bandera del estado? ¿El ave del escudo? Aún la elección del ave, si presionamos un poco, tiene ciertos matices éticos, ciertas implicaciones morales, porque el tomar una especie en particular y otorgarle un estatus especial que no se le dará a las demás aves, tendrá cierto impacto sobre los problemas ecológicos del medio ambiente. De modo que la ventaja del ave del escudo tendrá implicaciones éticas y morales de largo alcance, aunque sean distantes y remotas.
¿Es la forma en que una persona conduce en la carretera un asunto moral? Si pongo en peligro la vida de una persona, por mi actitud egoísta e imprudente, ¿tiene eso implicaciones morales? Si vendo mis productos en el mercado y pongo etiquetas engañosas del contenido del producto dando pesos y medidas falsas, ¿tiene eso implicaciones morales? ¿Robar la propiedad de otra persona tiene implicaciones morales? Si no se puede legislar la moralidad, no se pueden tener leyes contra el asesinato, tampoco leyes contra el robo, ni leyes contra pesos y medidas falsos, ni leyes contra las conductas temerarias y desenfrenadas en público, porque son asuntos morales.
Por supuesto, si lo piensas detenidamente, te das cuenta de que en el corazón de la legislación está la legislación de los asuntos morales. La pregunta no es si el Estado debe legislar la moralidad. La pregunta es, ¿qué moralidad debería el Estado estar legislando? ¿Cómo deben aprobarse las leyes? Si hay algún punto en nuestra cultura en el que hemos experimentado una crisis profunda, es precisamente en este punto, donde surge la pregunta: ¿qué debería legislar el gobierno? ¿Cuál es la pauta para las leyes del país? Hemos visto un cambio significativo, no solo en la historia de Estados Unidos, sino en la historia de la civilización occidental, alejándose de una idea y un concepto judeocristiano de la ley.
Históricamente, incluso dentro de nuestra propia historia, vemos tres especies de ley. Existe lo que llamamos la ley eterna, luego está lo que llamamos ley natural y luego lo que llamamos ley positiva. Veámoslo de atrás hacia delante. La ley positiva no es más que una ley en particular, una ley en particular que aparece en los libros: que no se deben vender canastas de trigo con medidas falsas en el mercado. Esa es una ley positiva. La pregunta puede surgir de inmediato: «Entonces ¿por qué no deberíamos vender medidas de trigo con pesos falsos en el mercado? ¿Por qué no podemos mentir sobre los ingredientes que contiene algo que estamos vendiendo?»
Históricamente hemos visto que este tipo de venta implica fraude, una violación de ciertos principios, y el primer principio aquí, es el principio de la integridad del trabajo, por no mencionar un principio de la santidad de la verdad; y también los ingredientes del producto en particular pueden ser dañinos para la salud y la vida humana, por lo que incluso violamos la santidad de la vida. Por lo tanto, sería actuar en contra de la ley natural, que en la naturaleza hay ciertos principios, la ley de la supervivencia, por ejemplo, y actuar en contra de las necesidades de la supervivencia humana sería actuar en contra de la naturaleza, y hemos juzgado que eso está mal.
Pero, ¿por qué está mal? ¿Solo porque la naturaleza dice que está mal? No. Clásica e históricamente, el cristiano ha dicho que esas leyes que encontramos en la naturaleza no son más que las manifestaciones externas, las leyes temporales presentes que reflejan la ley eterna de Dios. Porque recuerda que dijimos al principio que toda ley verdadera y justa se basa en última instancia en el carácter de Dios y Su ser eterno, y de esos principios eternos que son parte de la composición de Dios mismo, obtenemos un reflejo de Dios en la ley natural. Y luego están las leyes particulares y positivas que se promulgan en este mundo, las cuales están llamadas a reflejar la ley natural, la cual a su vez, refleja la ley eterna, de modo que una ley se considera buena o justa si corresponde en última instancia a los estándares de justicia de Dios.
Pero dije que tenemos una crisis, una crisis de proporciones profundas en la civilización occidental, y es una crisis de principios éticos. Lo que ha sucedido es que, a lo largo del siglo XVII y hasta el siglo XVIII, una tremenda reacción contra la revelación bíblica se manifestó en Europa, con el surgimiento de la Ilustración, y se llegó a la confianza en una fuente revelada de conocimiento de la ley eterna, y la sociedad trató de establecerse de una manera revolucionaria, basando su estructura legal en la ley natural independiente de una consideración de la ley revelada de Dios.
De hecho, una de las naciones que surgió en ese momento de la historia fue la república de los Estados Unidos de América, y ¿recuerdan cuáles eran los principios en la Constitución, en la Declaración de Independencia, había confianza en un fundamento de principio permanente, y se podía descubrir a través de la ley natural, un lenguaje como este: «Nuestro Creador nos ha dotado de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se encuentra la búsqueda de la vida, la libertad y la felicidad».
La idea de la santidad de la vida enraizada y fundamentada en la creación es parte de los cimientos del ethos filosófico de nuestra nación. Pero a lo largo del siglo XIX, la confianza comenzó a erosionarse en la ley natural con el surgimiento del llamado positivismo. Hombres como Oliver Wendell Holmes, cuando fue presidente de la Corte Suprema, dijo que la ley ya no se puede promulgar apelando a los principios trascendentes de la verdad última, sino que la ley simplemente refleja en cada momento, los gustos y las preferencias de la sociedad actual. Eso, queridos amigos, crea la debacle legal en la que ahora vivimos, donde las leyes se aprueban positivamente, separadas de su fundamento clásico.
De modo que ahora el criterio para una ley no depende de la verdad eterna, ni del principio eterno, ni del carácter de Dios, sino de los deseos y anhelos de la mayoría más poderosa o más vocal. Aquello que el grupo de interés especial es capaz de legislar es lo que se convierte en la ley del país, y cuando eso sucede, entonces, queridos amigos, comenzamos a vivir sobre la base de la conveniencia, en lugar de sobre la base de los principios. En ese momento de la historia es cuando le corresponde a la iglesia y al pueblo de Dios abrir la boca y llamar la atención sobre la lex aeterna, la ley eterna.
La ley eterna de Dios que se manifiesta en la lex naturalis, la ley natural que está incorporada en la creación para que esa sociedad, esa comunidad humana no esté a merced de la tiranía de la mayoría, que nuestro gobierno, nuestras vidas y nuestra comunidad no sean de hombres, sino de leyes. Hay una diferencia entre el gobierno de los hombres y el gobierno de la ley. Ustedes dicen: «Pero los hombres hacen las leyes». Sí. Pero no estoy hablando de eso. Los hombres hacen leyes, pero se supone que las leyes que hacen están subordinadas a la ley de Dios. Esa es la norma suprema para una sociedad.
Por lo tanto, como cristianos, debemos estar muy atentos a este cambio radical en el tejido de nuestra propia sociedad y, ciertamente, en el tejido de nuestro propio sistema judicial, y debemos abrir la boca y decir NO cuando veamos a nuestros legisladores legislar sobre la base de la conveniencia más que sobre la base de principios. Pero, por supuesto, si va a haber una contrarrevolución, si va a haber una contrarreforma, tiene que empezar por nosotros, en nuestras propias vidas, porque lo que la cultura haga o deje de hacer, en última instancia, no afecta mi responsabilidad ante Dios. Yo estoy llamado a ser un hombre de principios, y tú estás llamado a ser una persona de principios, y donde la reforma comienza es cuando tú y yo comenzamos a vivir por principios y no por conveniencia.







