Renovando Tu Mente | La ascensión
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Transcripción

Pareciera que casi todos los años, alguien realiza una encuesta para identificar el capítulo favorito del Nuevo Testamento entre los cristianos. En cada encuesta que yo he visto, siempre salen los mismos dos capítulos en primer y segundo lugar.

El segundo capítulo más popular es 1 Corintios 13. El capítulo más popular que se repite siempre en las encuestas es el capítulo 14 del Evangelio de Juan. Todos estamos familiarizados con las palabras de ese texto, donde Jesús les dice a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón.»

Veamos esto brevemente, al inicio del capítulo 14, donde Jesús dice: «No se turbe su corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para vosotros. Y si me voy y preparo un lugar para vosotros, vendré otra vez y os tomaré conmigo; para que donde yo estoy, allí estéis también vosotros. Y conocéis el camino adonde voy”.

Sin importar cuán populares son estas palabras en la comunidad cristiana, me pregunto si es que realmente entendemos por qué es que Jesús dijo estas palabras; dado que constantemente lamento que tengamos la tendencia a leer la Biblia según capítulos y versículos, como si los Evangelios hubieran sido escritos con capítulos y versículos.

Y la teoría es que estas versificaciones y divisiones en capítulos fueron insertadas en el texto por un jinete itinerante a caballo. Y que algunas veces, cuando el clima no era bueno, tomaba algunas malas decisiones. Pero cada vez que vemos un nuevo capítulo en las Escrituras, debemos revisar lo que está justo antes, para ver si puede traer luz sobre la información que encontramos en el capítulo nuevo.

Ahora, no sé con certeza por qué Jesús dijo esas palabras a sus discípulos, ¿por qué les dijo: «No se turbe vuestro corazón»? Pero sí puedo especular, y no creo que sea una especulación difícil a la luz de lo que precede inmediatamente a este poderoso testimonio de ánimo que le da a sus amigos en el aposento alto.

Así que volvamos al capítulo 13, para ver lo que anticipa del capítulo 14. En el capítulo 13, empezando en el verso 31, Jesús dice esto: «Entonces, cuando salió, Jesús dijo: Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en Él. Si Dios es glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo, y le glorificará enseguida».

Ahora, aquí es donde viene el verso 33: «Hijitos, estaré con vosotros un poco más de tiempo. Me buscaréis, y como dije a los judíos, ahora también os digo a vosotros: adonde yo voy, vosotros no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros».

Allá por los años 50 en Norteamérica, la lista de libros más vendidos, con frecuencia incluía libros de eventos y días bíblicos. Y la industria cinematográfica tuvo un fantástico éxito comercial con las interpretaciones cinemato-gráficas de libros de Costain y Lloyd C. Douglas, como «La túnica sagrada», «El cáliz de plata» o «El gran pescador».

Pero uno de los triunfos del cine de los años 50 fue una película de los tiempos bíblicos que tenía un título extraño. Tenía un título latín, simplemente: «Quo Wadis», o como la gente en norteamérica lo llamaba, «Quo Vadis». Y las palabras «Quo Wadis», o «Quo Vadis» como se pronunciaba en ese entonces en su forma inglesa, son tomadas directamente del texto latín del verso que acabo de leer.

Son las palabras que Simón Pedro dijo a Jesús en el aposento alto, cuando Jesús anunció a sus discípulos: ‘Un poco más, y ya no me verán. Me voy. Y adonde yo voy, ustedes no pueden ir’. Y las palabras «Quo vadis» significan, ¿A dónde vas?

Y esta fue la ocasión cuando Pedro le dijo esas palabras a Jesús, ¿Jesús, ¿a dónde vas? ¿Dónde es ese lugar al cual tú vas y no te podemos seguir, al cual no podemos ir? ¿Qué está pasando acá?» Ahora, es en ese contexto que Jesús dice: «No se turbe vuestro corazón”. Sí, me voy a ir. Sí, muy pronto me buscarán y no me verán mas.

Pero ustedes tienen que entender el significado de mi partida. Tienen que entender a dónde estoy yendo, por qué voy allá, y qué voy a hacer cuando llegue allá. Ahora, todo esto lo dice en el contexto de este largo discurso, donde Él habla de su propia entrada en gloria, donde el Padre le restaurará al Hijo la gloria que el Hijo tenía con el Padre desde antes de la fundación del mundo.

Jesús está anticipando el final de su humillación y el momento de su entrada triunfal, no en esta Jerusalén, sino en la Jerusalén celestial. Entonces Jesús está animando a sus discípulos diciendo que Él va a su Padre. Él va a la casa de su Padre. Y dice: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, y una de las razones por las que los estoy dejando, y una de las cosas que voy a hacer, es que “voy a preparar un lugar para vosotros».

Y Jesús dice algo aquí que creo que es una de las cosas más reconfortantes que haya pronunciado mientras estuvo en la tierra. Él dijo, «Si no fuera así, os lo hubiera dicho». Es decir, si ustedes aquí están viviendo con una falsa esperanza de resurrección, si están aferrados a un simple espejismo, a una mera fantasía mitológica de la vida después de la muerte, yo los hubiera corregido. Se los hubiera dicho.

Pero la realidad es que hay un cielo, y hay muchos lugares de residencia allí. Y voy para allá antes que ustedes, para preparar un lugar para ustedes en la casa de mi Padre. Si creyéramos esa sola declaración de Jesús, cambiaría totalmente a la iglesia y cambiaría totalmente también al mundo. Si realmente creemos que nuestro Señor se ha marchado con el fin de preparar un lugar para nosotros, estaríamos desesperados por llegar allá, y toda nuestra visión de la muerte cambiaría.

Bueno, este discurso continúa, como ya saben, por varios capítulos, y se llama el discurso del aposento alto. Y quisiera solamente dirigir su atención al capítulo 16 de Juan por un segundo, donde Jesús aclara aun más estos asuntos. En el capítulo 16, Él dice: «Estas cosas os he dicho para que no tengáis tropiezo. Os expulsarán de las sinagogas; pero viene la hora cuando cualquiera que os mate pensará que así rinde un servicio a Dios. Y harán estas cosas porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Pero os he dicho estas cosas para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os había hablado de ellas».

Y luego el verso cinco, «Pero ahora voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿Adónde vas?’ Mas porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón».

Ahora ese es el punto que quiero que entendamos, que cuando Jesús anuncia su inminente partida de este planeta, la respuesta inicial de sus discípulos es una reacción de tristeza. Puedo escribirlo bien, lo sé.

Son curiosas las cosas que quedan en nuestra memoria, de la infancia. Los primeros años de mi vida fueron durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Mis más vívidos recuerdos de esos días son estando sentado en el regazo de mi madre, mientras ella tipeaba cada noche en su máquina de escribir.

Ella escribía esas cartas E, o como se les llame, a los militares activos y al final de cada nota que ella escribía a mi padre, me dejaba tipear la tecla X y la tecla O para poder enviar mis abrazos y besos a mi padre. Pero recuerdo que cuando tenía unos tres años, mi padre llegó a casa con permiso militar; y se quedó solo por unos días.

Y recuerdo muy vívidamente el día de su partida, porque lo iba a recoger un autobús militar, el cual tenía una parada a unos 275 metros de nuestra puerta principal. Y cuando llegó el momento de que mi padre se fuera, recuerdo que tenía todas sus pertenencias en una bolsa grande de lona, y se despidió de mi madre con un beso.

Y la única persona que fue con él hasta la parada del autobús fui yo; y lo que hizo fue que tomó la bolsa de lona, la tiró sobre un hombro, y tomó mi mano, y fuimos juntos hasta la parada de autobús. Este es uno de los primeros recuerdos que tengo de niño, tener a mi padre agachado, despidiéndose con un beso, agarrando su bolsa de lona de nuevo, subiéndose al autobús, y alejándose a la distancia.

Y recuerdo haber regresado a casa entre chillidos y sollozos. Shakespeare dijo: «La despedida es un dolor tan dulce». No había nada dulce para mí en eso. Fue un momento terrible de separación e incluso como niño pequeño llegué a entender algo de eso.

De hecho, la semana siguiente me llevaron a casa de mi madre en un patrullero. La policía me había recogido aproximadamente a unos 6 km. de nuestra casa, deambulando a lo largo de una carretera a las afueras de Pittsburgh. La policía me había preguntado qué estaba haciendo, y le dije a la policía que estaba caminando a Italia porque iba a ir a ver a mi padre.

No tenía idea de cuán lejos estaba Italia. En mi mente pensaba que estaba a la siguiente curva. Pero todos hemos tenido esos momentos de separación de las personas que amamos. Y cuando Jesús les dice a sus discípulos que él va a dejarlos, ellos se encuentran abrumados con un espíritu de melancolía.

Ahora, cuando leemos el relato de su partida real, encontramos, por ejemplo, al final del Evangelio de Lucas y a inicios del libro de los Hechos, un par de cosas a las que quisiera que le prestemos atención. En primer lugar, vamos a ver el libro de Hechos y luego vamos a ver el relato de Lucas en su propio Evangelio.

En el libro de Hechos, en el primer capítulo, versículo cuatro, leemos lo siguiente: «Y reuniéndolos, les mandó que no salieran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre: La cual, les dijo, oísteis de mí; pues Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días.

Entonces los que estaban reunidos, le preguntaban diciendo: Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel? Y Él les dijo: No les corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad; pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.

Después de haber dicho estas cosas, fue elevado mientras ellos miraban, y una nube lo recibió y le ocultó de sus ojos. Y estando mirando fijamente al cielo mientras Él ascendía, aconteció que se presentaron junto a ellos dos varones en vestiduras blancas, que les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá de la misma manera, tal como le habéis visto ir al cielo».

Y luego, todo lo que Lucas dice es que se volvieron a Jerusalén desde Monte de los Olivos, etcétera. Ahora, al final de su Evangelio, cuando presenta el otro relato, leemos en el versículo 50 del capítulo 24 del Evangelio de Lucas: «Entonces los condujo fuera de la ciudad, hasta cerca de Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba al cielo. Ellos, después de adorarle, regresaron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el templo alabando a Dios».

Recuerdo que como estudiante en la Universidad de Ámsterdam, en los 60s, estaba estudiando información académica en relación con la ascensión de Jesús. Y había trabajado en este segmento de Cristología durante todo el día,
centrándome en la importancia de la ascensión.

Y esa noche, a las 10:00 de la noche, quería ir a dormir como era mi costumbre, pero cuando fui a la cama, no podía dormir. Así que me levanté y empecé a caminar y caminar, y pensar; puedo recordar que caminaba alrededor de este apartamento en el tercer piso, en Holanda, a las 3:00 de la mañana, diciéndome a mí mismo una y otra y otra vez, «Es increíble. Es increíble. Es increíble». Me di cuenta de que nunca había entendido la importancia de este acontecimiento redentor histórico.

Pensé, «La iglesia en nuestros días no entiende el significado de este acontecimiento redentor histórico». Todos nos entusiasmamos con la expiación. Nos entusiasmamos con la resurrección, todos nos entusiasmamos con el regreso de Jesús, pero muy poco celebramos la ascensión de Cristo.

Actuamos como si aún viviéramos en el Antiguo Testamento. Miramos con envidia, con envidia a las personas que vivían en la tierra cuando Jesús estaba aquí, y deseamos ser contados entre los que seguirán vivos en su regreso.

Y creemos que, en el ínterin, en el entretiempo, somos, de todas las personas, los más desafortunados porque tenemos que vivir durante su ausencia. Ahora, cuando Jesús dijo a sus discípulos que Él se iba, se llenaron de tristeza.

Sus corazones se turbaron. Pero lo que encontramos en este pequeño versículo del Evangelio de Lucas es que después de que Jesús fue separado de ellos, después de ascender delante de sus propios ojos, ellos volvieron a Jerusalén gozosos y los encontraban alabando a Dios por toda la ciudad.

Ahora, ¿qué pasó entre el momento en que Jesús les dijo: ‘Me voy’, cuando se llenaron de tristeza, y el momento cuando Él en realidad los dejó y sus corazones se llenaron de gozo? ¿Cómo podemos explicar el cambio radical en su comportamiento con respecto a su partida? ¿Cómo puede alguien estar feliz por la partida de Jesús?

Bueno, la razón de su gozo es simple. Llegaron a entender por qué se fue, a dónde iba y lo que iba estar haciendo. Ahora, recuerden, recuerden a los hombres que caminaban en el camino a Emaús. Ellos hablaron con Jesús, y no sabían que estaban hablando con Jesús. Y Jesús les preguntó: «¿Qué cosas?»

Y estos hombres dijeron, ‘Esperábamos que este Jesús fuera el Mesías. Esperábamos que nos redimiera. Esperábamos que él fuera nuestro rey. Pero Él nos decepcionó. Ahora, si ustedes tuvieran una invitación a la coronación de Jesucristo como Rey de Reyes y como Señor de Señores, ¿no les gustaría verlo? ¿No quisieran ir para allá?

Si no pudieran ir, sin duda querrían verlo en la televisión o en los titulares de las noticias, pero no querrían perdérselo. Lo que ocurre aquí es lo siguiente, a través de su ministerio de enseñanza, Jesús no seguía refiriéndose, en primer lugar, a su ascensión, sino a su descenso, donde dijo: «Nadie ha ascendido al cielo, sino el que bajó del cielo», el que bajó del cielo.

En nuestro idioma, la palabra «ascender» significa simplemente subir y nuestra tendencia es a pensar en la ascensión de Jesús a los cielos desde el Monte de los Olivos, sobre lo cual acabamos de leer aquí, que su ascensión meramente se refiere a su levantamiento en el aire, arriba en el cielo, para volver a casa a estar con Dios en el cielo.

No, el concepto de ascensión desde el período más antiguo en la literatura bíblica del Antiguo Testamento no era solo de subir una colina, o ascender a una ciudad, o ascender al cielo, sino el ascender a un lugar en particular para un propósito muy particular.

Y ese propósito particular es el de ser coronado en el cielo como el Rey de Reyes. Y entonces, cuando Jesús deja esta Tierra, se va para su coronación. Se va para ser investido como El Rey, y nosotros actuamos como si el Reino de Dios fuera algo completamente para un futuro lejano.

Y olvidamos que el anuncio fundamental del Nuevo Testamento es que nuestro Rey reina ahora mismo. Ese reino es invisible; de hecho, la última pregunta que los discípulos hicieron antes de que partiera es: «¿Restaurarás en este tiempo el reino a Israel? Él les dijo: No es de su incumbencia saber cuándo lo voy a hacer. ¿Cuál es tu labor? Ser mis testigos en Jerusalén, Judea, Samaria, hasta los confines de la tierra. Como dijo Calvino, «La tarea de la iglesia es hacer el reino invisible de Jesucristo visible por nuestra fidelidad, y por nuestra celebración y nuestro gozo por su partida al cielo para convertirse en el Rey de Reyes, para entrar en el santuario celestial como nuestro gran sumo sacerdote.

Y cuando vaya allá, enviará al Espíritu para que actúe como su presencia en su ausencia entre nosotros, para fortalecer a la iglesia para su misión. Él dijo: «No os dejaré huérfanos”, es necesario que me vaya para que el Espíritu Santo venga sobre ustedes. Porque recibirán poder.

Y estando de pie observaron la gloria de la nube de la Shekinah transportando a Jesús a su trono. Y vinieron los ángeles y dijeron: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?» ¿Quién no estaría allí de pie mirando al cielo? «Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros”, aún no ha terminado. Esta es la inauguración de su reino, pero vendrá a consumar su reinado en la misma gloria.

Creo que la ascensión de Jesús es uno de los momentos más importantes en toda la historia bíblica, la cual los salmistas anhelaban con ansias en los salmos de ascensión y en los salmos de entronización del Antiguo Testamento, donde nuestro Rey recibe su corona.