
¿Cómo enseñamos a nuestros hijos sobre el perdón?
23 abril, 2026¿Cómo pastorear a tus hijos en medio de las dificultades y pruebas?
Ver a nuestros hijos sufrir en medio de pruebas resulta extremadamente difícil. Incluso los padres que están bien preparados para afrontar sus propios problemas a menudo se sienten impotentes cuando es su hijo quien sufre. ¿Cómo podemos pastorear a nuestros hijos en medio de la adversidad de una manera saludable y que honre a Dios? Cuando las dificultades llegan a nuestros hijos, aquí hay tres maneras en que podemos apoyarlos.
Sé una presencia fiel
Como padres y cuidadores, cuando vemos a nuestros hijos sufrir, nuestro impulso es ponernos de inmediato en modo de acción. A veces una intervención urgente es lo correcto y necesario. Pero también suele ocurrir que los niños que atraviesan pruebas necesitan más nuestra presencia fiel que nuestras habilidades para resolver problemas. Sabemos por nuestra propia experiencia que, en tiempos de agitación, a veces simplemente queremos ser consolados por la presencia de un ser querido: alguien que se siente pacientemente a nuestro lado en lugar de apresurarse a arreglar lo que nos pasa, alguien con quien nos sentimos seguros. Nuestros hijos también anhelan ese tipo de refugio, y uno de los mayores privilegios de ser padres es reflejar en nuestros hogares este aspecto del carácter bondadoso de Dios.
Si la crianza puede compararse con el pastoreo, esta parte de nuestro papel es aquella en la que el pastor llega a conocer tan bien a sus ovejas que su sola presencia consuela al rebaño. De la misma manera, podemos encarnar la paz de Dios mientras dirigimos a nuestros hijos hacia Él como nuestra roca y refugio supremos (Sal 18:2). Cuando la crisis irrumpe en la vida de nuestros hijos, tenemos la oportunidad de estar con ellos de una manera que comunique una serena seguridad en medio de su angustia. Antes siquiera de mover un dedo para resolver la crisis del momento, nuestra presencia y actitud pueden mostrarles que estamos con ellos y a favor de ellos y, aún mejor, que también lo está Dios. En tiempos de necesidad, podemos recordarles que el Señor está cerca de todos los que lo invocan (Sal 145:18).
Aplica un pastoreo sabio
Un beneficio adicional de cultivar el hábito de una presencia fiel en la vida de nuestros hijos es que nos capacita para saber cómo intervenir cuando llega el momento oportuno. Cuanto mejor conoce un pastor a sus ovejas, mejor preparado está para atenderlas y cuidarlas. Esta sabiduría relacional será de un valor incalculable mientras ayudas a tus hijos a enfrentar los muchos obstáculos que la vida pondrá en su camino.
En su carta a los filipenses, Pablo nos ofrece un atisbo del equilibrio entre una presencia que calma y un cuidado informado y comprometido. Trae paz con el recordatorio de que «El Señor está cerca; por tanto, por nada estén afanosos», y al mismo tiempo elogia cómo los filipenses cuidaron de él: «Han hecho bien en compartir conmigo en mi aflicción» (Fil 4:5-6, 14). Para Pablo y los filipenses, la paz que compartían allanaba el camino para actos oportunos de bondad y compasión.
Cuánta paz hay cuando ayudamos a nuestros hijos a mirar más allá de la oscuridad, hacia arriba y fuera del valle, hacia la esperanza inconmovible que tenemos en la luz maravillosa de Jesús.
Un pastor sabio discierne cuándo es momento de que una presencia fiel dé un paso al frente con ayuda activa. A veces eso significa ser una barrera de contención y al mismo tiempo dar a nuestros hijos espacio para enfrentar los desafíos por sí mismos; otras veces significa intervenir para brindar apoyo directo. Sea cual sea la situación, cuando nuestros hijos están apremiados por problemas y pruebas, podemos estar atentos a maneras de ponernos a su lado para llevar su carga (Gá 6:2). Esto requiere sabiduría porque cada situación y cada hijo son diferentes. No existe un manual único; se necesita sabiduría piadosa para encontrarse con cada hijo donde se encuentre. Al evaluar la gravedad de la prueba y la capacidad de un hijo para afrontarla, la sabiduría implica ajustar nuestra intervención a la situación.
Dirígelos hacia horizontes esperanzadores
Sea cual sea la prueba, y por más cuidadosamente que estemos acompañando a nuestros hijos en medio de ella, existe el peligro de caer en la miopía. Al caminar con ellos por situaciones difíciles, podemos enfrascarnos tanto en el problema que olvidamos alzar la mirada hacia el Libertador. Pocos lo hacemos intencionalmente; más a menudo nuestras cargas nos presionan tanto —especialmente cuando nuestros hijos están afectados— que apenas alcanzamos a recobrar el aliento. Al entrar en modo de supervivencia, fijamos la atención en las circunstancias y perdemos de vista el panorama mayor. Nuestros hijos pueden reaccionar del mismo modo en tiempos de aflicción; eso nos da la oportunidad de recordarles dónde se encuentra nuestra verdadera esperanza.
Así como el pastor guía a su rebaño hacia pastos seguros, nosotros, llamados a acompañar a nuestros hijos por el valle de sombras, tenemos el privilegio de dirigir sus ojos hacia el horizonte, hacia la esperanza que tenemos en Cristo. No importa cuán oscuras sean sus circunstancias: podemos ayudarlos a mirar a Jesús, la luz del mundo (Jn 8:12), cuyo camino justo «va aumentando en resplandor hasta que es pleno día» (Pr 4:18). Cuánta paz hay cuando ayudamos a nuestros hijos a mirar más allá de la oscuridad, hacia arriba y fuera del valle, hacia la esperanza inconmovible que tenemos en la luz maravillosa de Jesús.

