
¿Cómo pastorear a tus hijos en medio de las dificultades y pruebas?
28 abril, 2026¿Está bien que los cristianos lamenten?
El sufrimiento irrumpe con una frecuencia impredecible en nuestras vidas, por lo demás agradables, y vuelve a interrumpirlas. Las experiencias dolorosas tienen una manera poco bienvenida de hacerlo: entran sin previo aviso, sin ser invitadas, dejando a quienes reciben el impacto lamentándose, afligidos y abatidos. Estas providencias dolorosas producen daño y pérdida reales. Además, nunca llegan en un buen momento porque, a decir verdad, no existe un momento ideal para enfrentar las dificultades.
Sin embargo, a veces existe en la iglesia la mentalidad de que debemos ocultar nuestro dolor, poner buena cara y seguir adelante como si estos desafíos estuvieran «bien». Respondemos al saludo habitual «¿cómo estás?» con un «bien, gracias», cuando por dentro estamos muy lejos de estar bien. Vamos al culto y cantamos cánticos que resultan demasiado alegres para nuestra situación actual.
Parece existir la idea de que los cristianos, sostenidos por la fortaleza del Señor, no necesitan —o quizá no deberían— dar cabida a la aflicción; que hay fortaleza en restar importancia a la angustia ante las dificultades de la vida. Después de todo, se nos manda: «Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas» (Stg 1:2).
Con esa perspectiva, sin embargo, los creyentes se preguntan qué lugar queda para el lamento. Eclesiastés 7:2-4 brilla por su ausencia en nuestra teología cotidiana:
Mejor es ir a una casa de luto
Que ir a una casa de banquete,
Porque aquello es el fin de todo hombre,
Y al que vive lo hará reflexionar en su corazón.
Mejor es la tristeza que la risa,
Porque cuando el rostro está triste el corazón puede estar contento.
El corazón de los sabios está en la casa del luto,
Mientras que el corazón de los necios está en la casa del placer.
Podemos comprender que el mundo no quiera lamentar, pues se aflige como quienes no tienen esperanza (1 Ts 4:13). Tal rechazo del dolor tiene sentido desde la perspectiva del mundo. ¿Pero qué hay de la iglesia? ¿Por qué nos sentimos tentados a aceptar la mentira de que el sufrimiento debe tratarse como algo pequeño y trivial? ¿Por qué evitamos la casa del luto y, en cambio, nos precipitamos hacia la casa del banquete, la risa y el júbilo?
Querido cristiano, aprendamos a padecer bien.
Quizá estemos empezando a predicarnos a nosotros mismos la solución del mundo: «comer, beber y divertirse» (Ec 8:15), «que mañana moriremos» (Is 22:13). Hemos tomado aquello que es atroz —ajeno al diseño original de Dios, que irrumpió en todo lo que Él hizo «bueno en gran manera»— y lo hemos convertido en algo trivial. Hemos dicho de este enemigo, el sufrimiento, intruso del buen diseño de Dios que vino como resultado de nuestra caída: «No eres tan malo». Sin embargo, la verdad de Dios es mucho más gloriosa que enfrentar el dolor con mero estoicismo.
En la economía de Dios, el creyente puede llamar a la angustia por lo que es: terrible y desagradable. Podemos ir a la casa del luto, llevando estas aflicciones al Señor (1 P 5:7) y guardándolas en el corazón (Ec 7:2). Al fin y al cabo, los Salmos están llenos de expresiones piadosas de lamento. De hecho, hay todo un libro de la Biblia dedicado a ello: Lamentaciones.
Al mismo tiempo, sostenemos la verdad esperanzadora de que Dios ha vencido la maldición en Jesucristo. Él ha triunfado sobre el pecado y la miseria y ha redimido incluso nuestras desdichas, poniendo las dificultades al servicio de Sus buenos propósitos. Por eso no nos lamentamos como quienes no tienen esperanza. Lamentamos como es debido y confiamos como es debido en la buena providencia del Señor en medio del dolor. Estas verdades permanecen unidas, no en tensión opuesta.
Así que, querido cristiano, aprendamos a padecer bien. Lloremos y lamentemos, pero no desesperemos. Permitamos que nuestros hermanos y hermanas lloren y no impongamos un límite «cristianamente aceptable» a su dolor antes de que deban simplemente volver a sonreír. Cobramos ánimo porque, aunque enfrentamos toda clase de aflicciones en este mundo, Cristo ha vencido al mundo (Jn 16:33).
Un día, toda tristeza será borrada (Ap 21:4). Pero hoy no es ese día. Hasta entonces decimos: «Ven, Señor Jesús».

