
El vínculo del amor
21 abril, 2026¿Cómo enseñamos a nuestros hijos sobre el perdón?
Los padres somos parábolas. Nuestra vida cuenta historias a nuestros hijos. La gran historia del evangelio que esperamos que cuente nuestra vida es una de perdón. Dios nos perdona en Cristo, y un testimonio vivo de ese perdón es un corazón dispuesto a perdonar: un corazón que no solo recibe, sino que también da. Debemos comenzar enseñando a nuestros hijos sobre el perdón con el evangelio, pero también debemos convertirnos en parábolas de perdón para ellos con nuestra vida.
Una de las parábolas más impactantes sobre el perdón se cuenta en sentido negativo: la parábola del siervo despiadado. En ella, a un siervo que debía mucho se le perdona mucho, pero acto seguido exige a otro lo poco que le debía (ver Mt 18:21-35). Esta parábola enfatiza lo incongruente que resulta que quien ha sido perdonado no perdone, pero el hecho de que Jesús destaque tal incongruencia nos enseña implícitamente que primero nos convertimos en perdonadores al ser perdonados. Por eso enseñamos el perdón a nuestros hijos comenzando con la buena noticia de que somos perdonados por la encarnación, la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo.
El Catecismo de Heidelberg, en su exposición del Credo de los Apóstoles, nos ayuda a comprender el alcance de nuestro perdón en el evangelio:
P. ¿Qué crees respecto al «perdón de los pecados»?
R. Que Dios,
por causa de la satisfacción de Cristo,
no recordará nunca más
mis pecadosni mi naturaleza corrupta,
contra la cual tengo que luchar durante toda la vida.
En cambio,
me imputa por gracia la justicia de Cristo
para que nunca sea condenado ante el tribunal de Dios (P&R 56).
Como se detalla aquí, nuestro perdón es abundante, asegurado en Cristo para siempre. La siguiente lección para nuestros hijos es que, si este es nuestro perdón en el evangelio, así también debe ser nuestro perdón hacia los demás.
Enseñamos a nuestros hijos que su perdón hacia los demás debe parecerse al suyo propio:
- Nuestro perdón debe darse por causa de Cristo y en honor de Él, tal como Dios nos perdona «por causa de la satisfacción de Cristo».
- Nuestro perdón debe saber olvidar, dejando de traer a la mente los pecados pasados, así como Dios «no recordará nunca más» nuestros pecados.
- Nuestro perdón debe ser constante, así como Dios perdona «mi naturaleza corrupta, contra la cual tengo que luchar durante toda la vida».
- Nuestro perdón debe ser lleno de gracia, al renunciar a nuestras exigencias, tal como Dios «por Su gracia» nos concede la justicia de Cristo.
- Nuestro perdón debe liberar a los demás del miedo a nuestro juicio, al dejar de reprocharles los pecados pasados, así como nosotros «nunca seremos condenados ante el tribunal» de Dios.
Esto es lo inquietante para un padre: una vez que nuestros hijos conozcan el evangelio y lo que es el perdón, serán capaces de notar la incongruencia en nosotros cuando actuemos como siervos que no perdonan. Una manera en que caemos en esto como padres es sacar a relucir el pasado con nuestros hijos. Podríamos decir cosas como: «Tú siempre haces esto…» para hacerlos sentir culpables, expresar nuestras frustraciones o manipular su obediencia. Cuando hablamos así, sin proponérnoslo, nos convertimos en parábolas de siervos sin misericordia.
Debemos hablar con franqueza del perdón con nuestros hijos y, una vez creado ese espacio abierto en casa, guardar con diligencia la paz que trae la reconciliación y dejar de pecar unos contra otros.
Pero no debemos perder la esperanza. Podemos ser parábolas positivas del perdón. Los padres que son parábolas vivas de siervos dispuestos a perdonar hablan abiertamente del perdón, y nuestros hijos aprenden más acerca de él cuando nos perdonamos unos a otros.
Padres, pidan perdón a sus hijos con regularidad. Ellos tienen corazones que reaccionan al pecado y a la injusticia igual que tú. No permitan que los pecados no confesados se interpongan entre ustedes, y cuando sus hijos pequen contra ustedes, anímenlos también a pedir perdón. Esto implica no tratarlos con dureza para que se sientan cómodos al hablar de sus pecados. Cuando son pequeños, llama su pecado por su nombre y enséñales a pedir perdón más allá de decir: «Lo siento». Hay algo mucho más poderoso que se transmite sobre el pecado y la reconciliación cuando les enseñamos a preguntar: «¿Me perdonas?».
Cuando a tus hijos les resulte difícil perdonar a alguien, ora con ellos al respecto. Incluso cuando son pequeños y quizá todavía no sean conscientes de guardar rencor, ora cada día con ellos para que desarrollen corazones dispuestos a perdonar. La oración es una de las mejores maneras de comunicarte indirectamente con sus corazones. Es especialmente útil cuando no están dispuestos a escuchar instrucciones directas. Úsala como un medio para que el Espíritu ablande sus corazones.
La familia es maravillosa, pero a veces también puede ser volátil. Establece un ritmo regular de oración en familia. Puede ser tan sencillo como orar a la hora de las comidas. Este ritmo regular, aunque sea en una sola comida al día, nos da la oportunidad de presentarnos delante del Señor cada vez que surgen tensiones inevitables. Cuando acaba de estallar una pelea, Jesús nos llama a reconciliarnos. Una forma de despejar el ambiente es pedir ayuda en oración. Hay algo en la cotidianidad de una oración de acción de gracias en la mesa que vuelve naturales estas peticiones y, lo más importante, las hace parte de la vida diaria.
Debemos hablar con franqueza del perdón con nuestros hijos y, una vez creado ese espacio abierto en casa, guardar con diligencia la paz que trae la reconciliación y dejar de pecar unos contra otros. Pero cuando fallamos, perdonamos.

