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Bueno, al final de este período de tres años, después de la cena, ya los platos estaban retirados y fui a la cabecera de la mesa y lo puse alrededor de mi cuello otra vez y empecé a llevarlo de vuelta al estudio.
En lugar de pasar por la sala de estar, me pidió que me detuviera. Dijo que quería sentarse en el sofá de la sala, así que lo senté en el sofá y le dije: “¿Qué es lo que pasa?” Él dijo: “Tengo algo que decir”.
Ahora tienen que entender que él no hablaba con mucha claridad. Era difícil entenderlo, pero él me dijo estas palabras, dijo: “Hijo, he peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe.”
Ahora, amigos, yo no tenía idea de dónde venían esas palabras. No tenía idea de cuál era su significado bíblico y teológico.
Era tan inexperto en religión en ese momento de mi vida, tenía 17 años cuando todo esto sucedió y él me estaba diciendo esas palabras, yo entendí exactamente lo que mi padre estaba diciendo. Mi papá estaba diciendo que era el final. “Ya voy a morir”.
Y de hecho, esas palabras que pronunció esa noche fueron las últimas palabras que pronunció en este mundo, porque una hora después tuvo su cuarto derrame cerebral, entró en coma y al día siguiente murió.
Creo que todos hemos visto esto, ¿no? Ese momento de comprensión que tienen las personas cuando saben que se acerca la hora.
Y mi papá, como padre, tomó a su hijo y le dijo “siéntame que tengo que decirte algo” y me comunicó que ya era el final. Y lo hizo triunfante. “He peleado la buena pelea, he terminado la carrera, he guardado la fe”.
¿Saben cuáles fueron mis últimas palabras a mi padre? Las típicas palabras de un adolescente de 17 años que no puede soportar mirar a los ojos a la muerte. Dice en el Antiguo Testamento que hay algunas cosas que una vez que pasan no se puede volver atrás.
Si pones una flecha en un arco y acomodas la flecha y tiras hacia atrás tensando el arco y sueltas la cuerda, es demasiado tarde para llamar de vuelta a la flecha.
Entonces las Escrituras nos dicen que una vez que abres la boca y dices algo y esas palabras salen al aire y golpean el tímpano de alguien, ustedes pueden disculparse por eso. Podrían decir que no quisieron decir eso. Pero esas palabras se han dicho y no hay forma de borrarlas.
Hay muchas cosas que he dicho a muchas personas en mi vida y que daría cualquier cosa por poder traerlas de vuelta, pero la frase que más me gustaría no haber dicho es la última frase que le dije a mi padre.
Lo último que le dije a mi papá en este mundo fue: “No digas eso, papá”. Cuando estábamos pasando por esto como familia, ya saben, una de las cosas más difíciles para mí, y pasaron un par de cosas que fueron difíciles.
Yo, a los 14 años no sabía de qué se trataba llegar al final. No sabía que existía tal cosa como un problema sin solución. Cualquier cosa que se rompía podía repararse. Todo lo que salía mal se podía corregir, ese fue mi entendimiento hasta que esto sucedió en nuestra casa.
Así que no entendía todo eso. Pero una de las cosas que me perturbó profundamente fue cuando mi padre quedó paralizado y tuvo que detener todas las funciones de su vida. No podía entender qué pasó con sus amigos. Yo le decía a mi madre: “Mamá, ¿dónde está el Sr. Fulano y el Sr. Mengano? ¿Por qué no vienen a verlo?”
Y mi madre decía: “Hijo, tienes que entender, ¡no pueden!; simplemente no pueden”. “¿Cómo que no pueden?”. “Bueno, ellos no quieren ver a tu papá así. Los asusta; no saben qué decir, se sienten incapaces, están avergonzados”.
Le dije: “No tienen que decir nada, solo tienen que venir, tomar su mano y estar presentes”. Y ella dijo: “Está bien, él entiende”. Yo no lo entendía, y todavía no lo entiendo, para ser honesto. Pero, a fin de cuentas, yo también hice exactamente lo mismo. No iba a dejar que me dijera que iba a morir, porque no quería escucharlo.
No lo entendía, pero…. es casi como si él hubiera tomado una decisión. “He aguantado todo lo que pude resistir. Me voy a casa ahora y te digo adiós, hijo, y quiero que aprendas a morir”.
No sé si él me enseñó a vivir, pero espero que me haya enseñado a cómo morir. No fue hasta un par de años después que llegué a ser cristiano.
En mis inicios en la lectura del Nuevo Testamento, un largo camino a través de los evangelios, Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Romanos, 1 y 2 Corintios y todas esas epístolas paulinas y los demás; llegué a la segunda carta de Pablo a su amado discípulo Timoteo. Y estamos al final donde Pablo está en prisión y está esperando ahora a ser ejecutado, y sabemos que fue ejecutado por Nerón en el 65 dC.
Y al final de esta correspondencia, que tiene con su discípulo joven, le escribe estas palabras a Timoteo: “Porque yo ya estoy para ser derramado como una ofrenda de libación, y el tiempo de mi partida ha llegado. He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe”. (Yo vi esas palabras). ¡Esas fueron las palabras! Esas fueron las últimas palabras que … ahora entiendo lo que mi padre intentaba decirme en su lecho de muerte.
Y entonces entendí, damas y caballeros, que mi padre murió en la fe. Así es como murió. Pero ¿qué significa eso? ¿Qué significa morir en la fe? La fe es una palabra tan desgastada en nuestra cultura que casi se ha convertido en una palabra que evoca magia y superstición.
Pero el significado más simple de la palabra “fe” en el lenguaje del Nuevo Testamento es la palabra “confianza”. Esto nos lleva al punto de partida, ¿no? Una cosa es creer en Dios, otra cosa es creerle a Dios.
Una cosa es confiar en que hay un Dios; otra cosa es confiar en Dios para lo que sea y para lo que sea que pase y para lo que me pase.
Y noto la forma en que el apóstol pone todas estas palabras juntas. Él dice: “He peleado la buena batalla”. Por lo general, los cristianos piensan en pelear como algo malo puesto que Jesús dijo: “Bienaventurados los pacificadores”.
Estamos llamados a ser personas dóciles, mansas, humildes, no beligerantes y belicosos, ni personas contenciosas que están dispuestas a pelear en un abrir y cerrar de ojos.
Pero hay ciertas luchas a las que sí estamos llamados, y cuando tenemos una enfermedad grave, Dios es honrado cuando la combatimos con uñas y dientes, cuando luchamos con la mayor fuerza posible. Hacemos todo a nuestro alcance. De nuevo, en un hospital anda y pregunta a los médicos, te dirán que casi pueden predecir quién se va a recuperar y quién no. Tenemos a aquellos que cuando contraen alguna de estas enfermedades, solo dicen: “voy a luchar cada minuto que me queda”.
Y su espíritu se vuelve contagioso e inspirador para otras personas, porque la pelea en la que están comprometidos es una buena pelea.
Entonces, de inmediato, el apóstol cambia de las imágenes y el lenguaje de un concurso de pelea al de una carrera. Y esto es algo más que percibo sobre la fe cristiana, que cualquiera puede ser cristiano por cinco minutos o por cinco horas o por cinco días o por cinco años.
Pero, otra vez, el tema recurrente en la Escritura es: “El que persevera hasta el fin” ese es el que experimenta redención. Y la carrera de la que hablan los apóstoles no es una carrera de cien metros; es una maratón. Es el tipo de carrera que requiere de coraje extra para seguir adelante aun cuando sientes que ya no tienes fuerzas.
Saben, lo que Judy Griese me dijo en Miami, ella dijo: “RC, no puedo soportarlo más”. Y me acordé de cuando me uní a un grupo para bajar de peso, pensé en esta cosita tonta que hacen cuando te unes a esa organización, al menos así es en la Florida, ellos te dan un sorbete.
Te lo dan la primera noche y te dicen que te lo lleves a casa y lo pongas en el refrigerador” y yo dije: “¿Qué es eso?” Ellos dijeron: “eso representa la gota que derrama el vaso”. Que cada vez que miras ese sorbete te preguntes qué fue lo que te hizo venir aquí y decidir seguir esta dieta.
La última gota que se rebalsa… Y pensé en la imagen de un vaso, uno grande, que está lleno de agua hasta el mismo borde, hasta el tope máximo sin derramarse, y hay un punto en el que el vaso ya no puede aguantar ni una gota más de agua. Una gota más y ese vaso se derrama. Damas y caballeros, no tengo idea cuál es la última gota en mi caso y no sé tampoco cuál es la de ustedes. Incluso Judy Griese no lo sabía.
Ella dijo: “No puedo aguantar más”, y Dios le concedió 30 días más para aguantarlo. Y ella murió. Ella terminó la carrera y guardó la fe. Así es como quiero morir. Quiero morir confiando en Dios Quiero morir sin abandonar la esperanza en Él. El Nuevo Testamento nos dice que el justo vivirá por fe y también nos dice que los justos morirán en fe.
Cuando hablamos de la muerte también tenemos que hablar del otro lado. La pregunta más antigua de todas es: “Si un hombre muere, ¿volverá a vivir?” ¿Hay realmente alguna razón para esperar que más allá de la tumba haya vida? Eso es lo que vamos a ver juntos en nuestra próxima sesión.
APLICACIÓN
Recuerdo que cuando estaba en el seminario hubo un gran debate que se extendió por todo el campus del seminario y se centró en esta pregunta: “¿Puede una persona en esta vida realmente estar segura de que cuando muera irá al cielo?”
Era la pregunta ancestral de la seguridad de la salvación. Y en esa disputa particular que se daba en todo el seminario las personas no solo decían: “no, no podemos estar seguros de nuestro destino futuro”, sino que hay algo cuestionable en alguien que tiene un tipo de confianza para decir: “Sí, yo estoy seguro”.
Porque como que hay una especie de aura de arrogancia cuando escuchamos que una persona dice: “Bueno, yo sé a dónde voy. Yo voy a ir al cielo cuando yo muera”.
Ahora creo que es importante que reconozcamos que hay diferentes tipos de garantías que las personas tienen sobre su futuro, y algunas de ellas, de hecho, son manifestaciones de arrogancia.
Si, por ejemplo, la manera en que creo que las cosas funcionan en el cielo es que creo que la forma de llegar allí es viviendo una buena vida y acumulando méritos y buenas obras y todo, y luego vienes a mí y dices: “RC, ¿estás seguro de que cuando mueras irás al cielo?” “Yo sé que voy a ir al cielo porque viví una vida tan maravillosa”. Eso sería demasiado arrogante si tuviera ese tipo de seguridad.
Pero, por otro lado, si Dios promete vida eterna a las personas que confían en Él, sería arrogante no tener la seguridad de nuestra condición futura porque si no tengo la seguridad de lo que estaré haciendo en realidad estaría proyectando una sombra sobre la credibilidad de la promesa de Dios. Si Dios nos promete vida eterna y yo no estoy seguro de que lo que Él promete lo cumplirá, estoy cuestionando Su integridad.
Pero por supuesto, allí es donde normalmente reside nuestra incertidumbre. Yo creo que la mayoría de las personas estarían de acuerdo en que Dios cumple sus promesas; y que Dios, de hecho, hará lo que dice que hará.
Pero la verdadera pregunta se preocupa del estado de nuestra propia fe. ¿Alguna vez te has preguntado si la fe que posees o profesas es genuina? Sé que ha habido momentos en los que he sido golpeado, de hecho, herido, por un miedo repentino de que mi propia fe sea tan superficial que en realidad es espuria, es fraudulenta; que no es la verdadera.
De hecho, cuando veo algunas de las cosas que hago, digo cómo puede la fe de una persona comportarse así. ¿Por qué tengo dudas si tengo fe verdadera? Ahora, el lugar donde eso se vuelve más complicado y difícil de mantener es en medio del sufrimiento.
Ya sea sufrimiento emocional o sufrimiento físico, hay veces en que estoy convencido de que el sufrimiento emocional es más difícil de manejar que el sufrimiento físico. Al menos en el sufrimiento físico nos pueden poner una inyección que adormezca el dolor, o tomar alguna pastilla o lo que sea.
Pero a veces, cuando tocamos el fondo en nuestras vidas con una relación rota o algo por el estilo, nos sentimos tan vacíos por dentro que sentimos todo menos fe.Más bien pasamos por la amenaza de la depresión, de la desesperación y de lo que los teólogos llaman la noche oscura del alma.
Permítanme hacerles un par de preguntas y pedirles que discutan esto entre ustedes. ¿Alguna vez has sentido un vacío de seguridad personal? ¿Hay momentos en tu vida en los que realmente no estás seguro de cómo va a terminar tu vida finalmente? Discutan esto abiertamente entre ustedes.
¿O alguna vez ha habido un momento en tu vida en el que tenías una sensación de seguridad sobre tu destino futuro? ¿Crees que es posible que una persona sepa ahora cuál será su estado más adelante? Dejen que la discusión sea amena, pero también que sea sensible porque todos luchamos con todo este asunto de la seguridad en distintos puntos de nuestras vidas y en varios niveles.
Ahora la otra pregunta que quiero que hagan, para discutir, es esta: ¿Qué tipo de cosas sacuden tu confianza, perturban tu seguridad y te hacen preguntar si realmente puedes confiar en las promesas de Dios?
Discutan eso juntos y espero no dar pie simplemente a argumentación, sino que puedan empezar a ver que no están solos con las preguntas que tienen y las dudas que les asaltan. Y espero que lo que salga de esto sea un sentido de aliento mutuo entre aquellos con quienes ustedes están estudiando en este momento.