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Comiendo carne, bebiendo sangre

Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

Estas son palabras difíciles, no hay duda de eso; no menos difíciles para los lectores de Juan que para los que oyeron a Jesús. Para muchos en ese día, fue demasiado, por lo que se fueron. Justo el día anterior, Jesús alimentó a cinco mil personas con cinco panes y dos pescados (Jn 6:1-14). Una vez que estaban bien alimentados, habiendo disfrutado de los beneficios del milagro de Jesús, la gente concluyó: «Verdaderamente este es el Profeta que había de venir al mundo», y decidieron que Él debía ser rey (vv. 14-15). Qué diferencia hace un día.

En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis Su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (Jn 6:53–56).

¿A qué se refería Jesús con comer Su carne y beber Su sangre? Para la multitud judía, esto era ofensivo. Después de todo, comer sangre es impuro de acuerdo a la Ley Mosaica (Lv 17:12). Para la gente hoy día, Sus palabras pueden sonar confusas y chocantes, aún si no son tomadas literalmente. Y aunque no nos alejemos por causa de estas palabras, podríamos prácticamente ignorarlas.

Las palabras de Jesús nos llevan a considerar que solo podemos vivir por medio de Él.

El significado de las palabras de Jesús se encuentra en los versículos anteriores donde Él dice algo similar. En lugar de hablar de comer carne y beber sangre, dice: «Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna, y yo mismo lo resucitaré en el día final» (Jn 6:40). Jesús usa un lenguaje gráfico para mostrar a Sus oyentes el verdadero instrumento de la vida eterna: la fe solo en Él. Jesús nos invita a encontrar alimento eterno en Él por medio de la fe. De manera similar, Jesús dijo: «Esta es la obra de Dios: que creáis en el que Él ha enviado» (v. 29). En el desierto, Dios proveyó maná para los israelitas (vv. 31-32; Éx 16), y por medio de ello su fe fue probada. Ellos tenían que creer que Dios les daría exactamente lo que necesitaban cada día, por lo que se les dijo que no recogieran más de lo que necesitaban cada día. El maná prefiguraba el pan que habría de venir: Cristo. Debemos creer que en Él tenemos todo lo que necesitamos. Las palabras de Jesús nos llevan a considerar que solo podemos vivir por medio de Él.

Jesús dijo: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6:35). Las palabras de Jesús nos llaman a aferrarnos solo a Él por fe, a Aquel quien derramó Su sangre por nuestros pecados y que resucitó de los muertos para darnos vida eterna. En Él, probamos y vemos que el Señor es bueno (Sal 34:8).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Brian J. Vickers
Brian J. Vickers
El Dr. Brian J. Vickers es profesor de interpretación del Nuevo Testamento y Teología Bíblica en The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.