¿Está Dios siempre complacido con los cristianos?
25 agosto, 2026Cómo apoyar a quienes cuidan de otros en tu iglesia
Hace años, un grupo de jóvenes llenos de entusiasmo y energía llegó a nuestra iglesia. Como no teníamos «ministerios» oficiales, parecían inseguros respecto a cómo servir. Antes de un culto, nuestro pastor abordó el asunto: «Si alguien busca un ministerio, no necesita un grupo formal ni un cargo. Tenemos muchas oportunidades para servir. Pueden visitar a los ancianos, a quienes están confinados en casa o a quienes padecen alguna afección física o mental».
A los pocos días, un joven fue a visitar a mi hijo, quien vivía con una grave condición de salud mental. Más adelante se sumó otro joven, y los tres se hicieron amigos. Aquello fue un bálsamo para mi alma. La condición de mi hijo tiende a reprimir sus emociones y le dificulta las interacciones sociales. La mayoría interpretaba su reticencia a conversar como una señal de que quería que lo dejaran solo, pero nada podía estar más lejos de la verdad.
Recuerdo lo incómoda que me sentía antes de aquel momento, pues parecía una madre sobreprotectora que buscaba amigos para su hijo de veinte años. El anuncio de mi pastor resolvió el problema.
La mía es tan solo una de las muchas historias de personas dedicadas al cuidado de sus seres queridos que buscan el apoyo de sus iglesias. Sus necesidades son tan diversas como sus circunstancias, pero todas anhelan recibir un ánimo constante y una comprensión genuina.
Ánimo constante
La mayoría de las iglesias responde con rapidez ante las necesidades inmediatas. Están dispuestas a brindar apoyo material y emocional a quienes han recibido un diagnóstico preocupante, han perdido el empleo o la vivienda, o han tenido que sepultar a un ser querido. Sin embargo, el cuidado de otros suele ser un llamado a largo plazo, y los desafíos continúan mucho después de que la iglesia haya brindado su ayuda inicial con gran entusiasmo.
Los pastores pueden hacer mucho para evitar que ese apoyo se interrumpa. Además de recordar a los cuidadores y a sus seres queridos en sus oraciones públicas y privadas, pueden seguir animando a la congregación a acompañarlos mediante visitas, cartas, llamadas y actos concretos de servicio.
Mi pastor solía recordarnos que el amor puede exigir que salgamos de nuestra zona de confort. «Tienen que estar dispuestos a sentirse incómodos», decía. Su vida respaldaba sus palabras. Allí donde había una necesidad, allí estaba él, sin mostrar jamás señal alguna de estrés, como si visitar a quienes necesitaban ayuda fuera el mejor momento de su día.
«Una familia que enfrenta una situación de cuidado prolongado necesita más que unas cuantas personas que la animen al comienzo del camino», me dijo Amy después de acompañar durante meses a su hijo de nueve años en su lucha contra la leucemia. «Al igual que un corredor de ultramaratón, necesitamos puestos con agua y bebidas energéticas a lo largo del trayecto. Necesitamos personas con cencerros en distintos puntos de la ruta, que nos alienten y nos recuerden que están de nuestro lado. Este es un camino largo y agotador. No se olviden de nosotros».
El cuidado de otros suele ser un llamado a largo plazo, y los desafíos continúan mucho después de que la iglesia haya brindado su ayuda inicial con gran entusiasmo.
Es fácil olvidarse, porque todos estamos ocupados. Además, los cuidadores suelen preferir guardar sus luchas para sí mismos por temor a incomodar a los demás o a ofender a sus seres queridos al revelar detalles de la atención que requieren a diario. Por eso, cada miembro de nuestras iglesias debe acordarse de los cuidadores y de las personas a quienes atienden, acercarse a ellos cuando están en la iglesia y buscarlos cuando se ausentan.
Comprensión genuina
Aun cuando logramos salir de nuestra zona de confort para ayudar a los cuidadores de nuestras iglesias, el ritmo acelerado con el que vivimos suele impedirnos comprender sus verdaderas necesidades. Trina, quien cuidó durante años de su esposo mientras este luchaba contra la demencia y el cáncer, conserva recuerdos dolorosos de personas cuyas oraciones se limitaban a pedir la sanidad del cáncer. Sin embargo, tanto ella como su esposo consideraban que Dios había permitido la enfermedad como un desenlace misericordioso ante el rápido deterioro de sus facultades mentales. Además, nadie oró en presencia de ellos por ella ni por sus hijos.
«Necesitábamos perseverancia y nos preocupaban el alivio del dolor, las decisiones relacionadas con el final de la vida y otros asuntos», explicó. «Las personas necesitan escuchar o leer las peticiones de oración y orar específicamente por ellas, sobre todo en presencia del paciente y de quien lo cuida. Necesitamos sentir que nos escuchan aquellos de quienes esperamos recibir apoyo. Sus oraciones deben responder a la realidad, no a los deseos personales de quien ora».
Muchos padres de personas con trastornos mentales graves me han dicho que, sobre todo, necesitan aceptación, comprensión, esperanza y amor. Esto incluye amar y valorar genuinamente a la persona que necesita cuidados. «Los cuidadores no solo asumen la responsabilidad del cuidado físico de sus seres queridos, sino también la de ayudarlos a reconocer que sus vidas siguen teniendo propósito», me dijo Trina. «Yo necesitaba recordarle a mi esposo que era portador de la imagen de Dios y que todavía podía bendecir a su familia. Es importante agradecer a nuestros seres queridos por cómo nos bendicen y nos preceden. Cada vez comprendo mejor lo que el ejemplo de sufrimiento de mi esposo significa para mí y para quienes lo presenciaron de cerca». La iglesia puede ayudar en esta tarea de apreciación.
El amor, la comprensión y el aprecio exigen un compromiso de tiempo que es poco común en una sociedad pragmática que enfatiza las soluciones rápidas. Cuando visitamos a una persona necesitada, a menudo nos sentimos obligados a resolver sus problemas o, por lo menos, a ofrecer algún consejo útil. Sin embargo, esto puede ser precisamente lo peor que podemos hacer por quienes han procurado afrontar la complejidad de su situación mediante un ejercicio cuidadoso de sabiduría y atención a los consejos profesionales.
Lo mejor que podemos hacer es estar presentes como amigos fieles, dispuestos a quedarnos, escuchar y aprender. Involucrarse en la vida de los cuidadores y de sus seres queridos puede parecernos un sacrificio, pero vale mucho la pena para todos. Si estamos convencidos de que «el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos» (1 Co 12:14), y de que cada uno es necesario para la edificación de la iglesia, nos trataremos unos a otros como corresponde y, en el proceso, creceremos en madurez, amor y sabiduría.
