
¿Está bien que los cristianos lamenten?
30 abril, 2026¿Está Dios siempre complacido con los cristianos?
Para responder correctamente esta pregunta, necesitamos establecer un fundamento firme: la gracia precede a las obras.
1. Fuera de Cristo, no podemos agradar a Dios mediante nuestra propia moralidad, esfuerzo o mérito.
Las almas no regeneradas no están dispuestas ni son capaces de agradar a Dios; por el contrario, se oponen a sus mandamientos (Ro 8:5-8). El interés propio pecaminoso, arraigado en la carne, domina sus vidas (2 Ti 3:1-5). Solo por la fe pudo Enoc caminar con Dios (He 11:5-6). Únicamente cuando ocurre una renovación radical, por gracia, de la mente, la voluntad y el corazón, podemos reconocer nuestra condición desesperada, admitir que Dios es justo y acudir a Cristo. El Espíritu Santo debe escribir primero la Ley de Dios en nuestro corazón e inclinarnos hacia ella antes de que podamos procurar verdaderamente agradarle, movidos por la gratitud y por el deseo de glorificarlo.
2. Dios jamás, ni por un instante, desde toda la eternidad, se ha arrepentido de su elección soberana.
Antes de la creación, a Dios le pareció bien predestinar a su novia, la iglesia, para que fuera su posesión más preciada y la niña de sus ojos, para regocijarse por ella con cantos de júbilo y calmarla con su amor (Sof 3:11-17). En términos generales, aunque con notables excepciones, Dios se complació en escoger a los despreciados, ignorantes y débiles para avergonzar a los nobles, sabios y poderosos (1 Co 1:20-29). Fue el beneplácito del Padre ocultar la luz de la revelación a los sabios y hacerla brillar sobre los necios (Mt 11:25-27; Lc 2:14; 12:32). A juzgar por los ejemplos de pescadores impulsivos, escribas homicidas, terroristas moribundos, rameras de mala reputación, endemoniados caóticos y recaudadores de impuestos corruptos, Dios eligió a los más improbables y a los peores para humillar el orgullo humano y obtener así mayor gloria para Sí mismo. Si Dios está satisfecho con su elección, entonces, en este sentido electivo, el cristiano agrada a Dios.
3. Aunque Dios hace el bien (es caritativo) a todos y quiere el bien (es benevolente) para los santos, solo un ser humano es siempre plenamente agradable al Padre en Sí mismo (Jn 8:29).
Dios se deleita en las enseñanzas mesiánicas de Cristo, sus milagros, su obediencia a la ley y sus padecimientos. Su luminosa declaración de aceptación resonó en los cielos: «Este es Mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mt 3:16-17; 17:5). Si, como Hijo eterno y Mediador del pacto, Jesús agrada eternamente a Dios, entonces quienes están unidos a Él han sido lavados en su sangre, revestidos de su justicia y aceptados en el Amado (Ef 1:3-6); por tanto, también son agradables a Dios.
4. La seguridad de su elección y de su posición impulsa a los discípulos agradecidos a una obediencia cada vez más agradable a Dios (Ef 5:1-10; Col 1:9-14), la cual no ignora ni descuida el llamado a las buenas obras preparadas de antemano (Ef 2:5-10).
Por el contrario, nos proponemos descubrir cómo agradar al Señor. Lo hacemos como soldados, como Timoteo, al hacer de nuestro fin principal agradar a nuestro oficial al mando, Jesús (2 Ti 2:1-4). También lo hacemos como siervos, siguiendo el modelo de Cristo, quien se humilló hasta la cruz. Ya no ansiamos el elogio humano, sino que dejamos de lado nuestras metas egoístas y preferimos las necesidades de los hermanos y de los demás, para evitar toda ofensa, edificar a los débiles y esparcir la Palabra.
5. La Escritura nos señala con frecuencia cómo podemos agradar a Dios.
Dios se complace cuando los empleados trabajan con esmero, los hijos obedecen a sus padres, los matrimonios son sólidos, los ciudadanos honran a las autoridades, los miembros de la iglesia cuidan a los ancianos y la fidelidad reemplaza el adulterio (1 Ts 4:1-8). Dios aprueba nuestra conducta cuando la paz apaga la contienda, las iglesias están llenas de la Palabra y las ovejas están alimentadas, en lugar de ser heridas o pasar hambre. El servicio cristiano es aprobado cuando la realidad interior sustituye al ritual vacío; cuando los pecadores culpables están quebrantados de corazón (Sal 51:16-17; Mi 6:6-8); cuando los santos perdonados ofrecen un servicio sacrificial, rociado con dones generosos (Fil 4:18; He 13:16); y cuando nuestras vidas están llenas de oración (1 Ti 2:1-4).
6. Dos verdades ayudan en la búsqueda de un camino que agrada a Dios.
La primera es que el impulso y el deseo de buscar la aprobación de Dios no nacen de nosotros mismos, sino que son el resultado y el efecto de la poderosa Palabra del evangelio de Cristo, aplicada por el Espíritu, obrando en nuestros corazones para impulsarnos a pensar y actuar de maneras que Dios aprueba (Fil 2:12-13; He 13:20-21).
La segunda es que, cuando dejamos de anhelar el aplauso de los demás, matamos de hambre el egoísmo, nos ofrecemos a Dios y damos preferencia a los demás, descubrimos que el camino humilde de la cruz es la senda hacia la verdadera libertad y la vida (Ro 14:1-15:33; 1 Co 10:31-33). Como dice la Escritura: «Más bienaventurado es dar que recibir» (Hch 20:35). Dios se complace en que encontremos nuestro deleite en Él.
7. La Biblia enseña sin lugar a dudas que Dios desaprueba el pecado en nuestra vida.
Cuando David tomó a Betsabé y, con arrogancia, ordenó realizar un censo, desagradó a Yahvé (2 S 11:27; 1 Cr 21:1-7). Los actos que carecen de amor entristecen al Espíritu Santo (Ef 4:25-32). Para el bien eterno de Sus santos, nuestro Padre disciplina con amor a sus hijos (He 12:5-11), incluso de manera severa cuando cometen faltas graves (1 Co 11:28-34). Aunque Cristo encontró defectos en seis de las siete iglesias de Asia (Ap 2:1-3:22), la gracia siempre tiene la última palabra. El Señor sabe que somos polvo y que no podemos pagar lo que el pecado merece, pero cuando erramos, Dios nos perdona y se compadece de nosotros con paciencia (Sal 103:8-18).
Conclusión
Con respecto a su propósito, Dios siempre se complace en los santos. En cuanto a la posición de los creyentes en Cristo, el beneplácito de Dios está asegurado. Sin embargo, en lo que concierne a nuestra conducta, Dios reprueba el pecado y aprueba la obediencia que Él mismo obra en nosotros. Si nos preguntamos por qué a Dios le agradó rescatarnos a pesar de nuestro grave pecado y nuestras faltas, fue para que Él fuera glorificado y disfrutado. Al inclinarse hasta nuestras profundidades y levantarnos hasta sus alturas, revela su corazón paciente, compasivo y perdonador, para que su propia vida eterna se manifieste en nosotros para alabanza de su gloriosa gracia.Un día, toda tristeza será borrada (Ap 21:4). Pero hoy no es ese día. Hasta entonces decimos: «Ven, Señor Jesús».

