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1 octubre, 2026La doctrina reformada de Dios
A lo largo de los años he tenido la oportunidad de enseñar teología sistemática en diversos contextos: desde aulas de seminarios y cursos universitarios hasta clases de escuela dominical en la iglesia local. Sin importar dónde la haya enseñado, por lo general comienzo con la doctrina de Dios. La teología, por supuesto, estudia a Dios, su carácter y sus caminos. Por eso, es apropiado empezar examinando su naturaleza y sus atributos antes de considerar lo que la Biblia enseña sobre la redención, la iglesia, las últimas cosas y las demás categorías de la teología sistemática.
Siempre que he enseñado la doctrina de Dios, he comenzado con dos afirmaciones que han causado bastante desconcierto entre muchos de mis alumnos. Por un lado, suelo decirles que la doctrina de Dios confesada por la tradición reformada de la teología cristiana no tiene nada particularmente singular. Los presbiterianos, los bautistas reformados, los reformados neerlandeses y otros cristianos reformados afirman los mismos atributos de Dios que los luteranos, los anglicanos, los metodistas, los ortodoxos orientales y los católicos romanos. Nuestra doctrina de Dios no es radicalmente distinta.
Sin embargo, cuando esos mismos estudiantes me preguntan cuál es el rasgo distintivo más importante de la teología reformada, les respondo que es nuestra doctrina de Dios. Sí, suena completamente contradictorio con mi primera afirmación. No obstante, digo que la doctrina reformada de Dios nos distingue de otras tradiciones porque no conozco ninguna otra teología que tome con la misma seriedad las implicaciones de la doctrina de Dios para todas las demás doctrinas. En la mayoría de las teologías sistemáticas, se hace una afirmación sobre la soberanía de Dios en la primera página del texto, pero, una vez que se pasa a la soteriología (la doctrina de la salvación), la escatología (la doctrina de las últimas cosas) y la antropología (la doctrina de la humanidad), y las demás áreas, el autor pareciera haber olvidado lo que afirmó en aquella primera página acerca de la soberanía divina.
Los teólogos reformados, por el contrario, procuran conscientemente que la doctrina de Dios informe todo el conjunto de la teología cristiana. Esta es una de las razones por las que los calvinistas suelen prestar tanta atención al Antiguo Testamento. Estamos interesados en el carácter de Dios como aquello que lo define todo: nuestro entendimiento de Cristo, de nosotros mismos y de la salvación. Acudimos al Antiguo Testamento porque es una de las fuentes más importantes de todo el universo para conocer la naturaleza y el carácter de Dios. Los cristianos reformados tienden a tomar muy en serio el Antiguo Testamento porque es una revelación extraordinariamente vívida de la majestad de Dios.
Nuestra doctrina de Dios procede de toda la Escritura, desde Génesis hasta Apocalipsis, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo.
Basta pensar en algunas de las revelaciones fundamentales de Dios en el Antiguo Testamento. En Isaías 6 encontramos una de las manifestaciones más vívidas de la santidad divina en todas las Escrituras. También tenemos, por supuesto, la revelación que el Señor hizo de Sí mismo y de su nombre pactual a Moisés desde la zarza ardiente, narrada en Éxodo 3. Este capítulo es una lectura imprescindible para todo aquel que desee comprender la independencia y la aseidad de Dios. Cuando he necesitado recordar el compromiso de nuestro Creador con la verdad y su fidelidad para cumplir las promesas del pacto, con frecuencia he acudido a Génesis 15. Allí Dios jura por Sí mismo que cumplirá la promesa hecha a Abraham de concederle una descendencia innumerable. Asimismo, para contemplar una representación vívida del amor infalible y eficaz de Dios por su pueblo —su esposa—, difícilmente encontraremos en las Escrituras un lugar mejor que el libro de Oseas.
Podría ofrecer muchos más ejemplos, pero ¿qué tienen en común todos estos acontecimientos? Cada una de estas revelaciones de Dios ocurre durante algún momento de crisis en la vida de su pueblo. Tanto Isaías como Moisés estaban a punto de ser enviados a una gran misión: proclamar la grandeza del Señor ante personas de corazón endurecido. ¿Qué era lo que más necesitaban en un momento así? No una promesa de éxito; de hecho, a Isaías se le advirtió que su mensaje endurecería los corazones (Is 6:8-13). Lo que necesitaban era comprender el carácter del Señor. Cuando Dios quiso darles seguridad, se dio a conocer a Sí mismo. Lo mismo sucedió con Abraham y Oseas. Desde una perspectiva humana, Abraham tenía pocas razones para creer que Dios le daría una descendencia numerosa. Por eso, el Señor le aseguró su fidelidad al comprometerse a sufrir su propia destrucción —algo imposible— si no cumplía su palabra. Oseas vivió en una época en la que parecía que Dios había desechado completa y definitivamente a su pueblo a causa de su infidelidad. ¿Qué esperanza podía ofrecer el Señor de que amaba a Israel con amor eterno? La esperanza vino mediante la revelación de Sí mismo como el Esposo perfecto en amor y fidelidad.
La doctrina reformada de Dios, con su énfasis en todos sus atributos en cada etapa del desarrollo de la salvación, distingue a la teología reformada de otras concepciones cristianas acerca del Señor. Nuestra doctrina de Dios procede de toda la Escritura, desde Génesis hasta Apocalipsis, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo. ¿Por qué, entonces, no habríamos de empaparnos de todo el consejo de Dios y leer ambos Testamentos con profunda devoción?
