
La doctrina reformada de Dios
6 octubre, 2026Un catecismo sobre el corazón
A veces la gente pregunta a los autores: «¿Cuál de sus libros es su favorito?». La primera vez que me hicieron esa pregunta, probablemente respondí: «No estoy seguro; nunca lo he pensado seriamente». Sin embargo, después de verme obligado a reflexionar sobre ello, mi respuesta habitual ha llegado a ser: «No sé cuál es mi libro favorito, pero mi título preferido es Un corazón para Dios». Rara vez me preguntan por qué, pero, en caso de que te lo preguntes, la razón es sencilla: ese título expresa lo que deseo ser, un cristiano con un corazón para Dios.
Tal vez esto se deba, en parte, a que estamos sobre los hombros de los gigantes del pasado. Pensemos en el sello y el lema de Juan Calvino: un corazón sostenido sobre la palma de una mano, acompañado de las palabras: «Te ofrezco mi corazón, Señor, pronta y sinceramente». O consideremos este himno de Charles Wesley:
¡Oh, quién me diera un corazón para alabar a mi Dios!
Un corazón liberado del pecado.
Algunos himnarios no incluyen este himno de Wesley, probablemente porque se lo interpreta como una expresión de su doctrina del amor perfecto y la santificación completa. Wesley creía que su anhelo podía cumplirse en este mundo. Sin embargo, el sentimiento expresado en el himno es indudablemente bíblico.
Detrás de los gigantes de la historia de la iglesia se alza el testimonio de la Escritura. El primero y más grande mandamiento es amar al Señor nuestro Dios con todo el corazón (Dt 6:5). Por eso, cuando Dios sustituyó a Saúl como rey, «buscó para Sí un hombre conforme a su corazón» (1 S 13:14), pues «el Señor mira el corazón» (1 S 16:7). Puede parecer una verdad muy repetida decir que, en lo que respecta a nuestra respuesta al evangelio, el corazón del asunto es un asunto del corazón. Pero, por muy repetida que sea, no deja de ser cierta.
Detrás de los gigantes de la historia de la iglesia se alza el testimonio de la Escritura.
En esta nueva columna, iremos examinando poco a poco cómo es un corazón para Dios, cómo se desarrolla, qué puede ponerlo en peligro y de qué maneras se manifiesta. Sin embargo, por ahora quizá nos resulte útil trazar algunas nociones preliminares mediante un catecismo sobre el corazón.
P.1. ¿Qué es el corazón?
R. El corazón es el centro y el impulso de mi vida intelectual (porque comprende mi mente), afectiva (porque da forma a mi alma) y totalmente (porque proporciona la energía para vivir).
P.2. ¿Está sano mi corazón?
R. No. Por naturaleza, tengo un corazón enfermo. Desde mi nacimiento, mi corazón está deformado y se opone a Dios. La intención de sus pensamientos es solo hacer siempre el mal.
P.3. ¿Puede sanar mi corazón enfermo?
R. Sí. En su gracia, Dios puede darme un corazón nuevo que lo ame y desee servirlo.
P.4. ¿Cómo hace Dios esto?
R. Dios lo hace mediante la obra del Señor Jesús por mí y el ministerio del Espíritu Santo en mí. Ilumina mi mente por medio de la verdad del evangelio; libera mi voluntad esclavizada de su sometimiento al pecado; purifica mis afectos mediante su gracia; y me mueve interiormente a vivir para Él, escribiendo su ley de nuevo en mi corazón para que comience a amar lo que Él ama. La Biblia llama a esto «nacer de lo alto».
P.5. ¿Significa esto que nunca volveré a pecar?
R. No. Continuaré luchando contra el pecado hasta que sea glorificado. Dios me ha dado un corazón nuevo, pero, por ahora, quiere que siga viviendo en un mundo caído. Por eso, cada día afronto las presiones para pecar que proceden del mundo, la carne y el diablo. Sin embargo, la Palabra de Dios promete que, sobre todos estos enemigos, puedo ser «más que vencedor por medio de Aquel que nos amó».
P.6. ¿Qué cuatro cosas me aconseja Dios hacer para que mi corazón sea guardado para Él?
R. En primer lugar, debo guardar mi corazón como si todo dependiera de ello. Esto significa que debo conservarlo como un santuario dedicado a la presencia del Señor Jesús, sin permitir que nada ni nadie más entre.
En segundo lugar, debo mantener sano mi corazón mediante una alimentación adecuada. Debo fortalecerme con el alimento regular de la Palabra de Dios: leyéndola por mí mismo y meditando en su verdad, pero, sobre todo, siendo alimentado mediante la predicación de la Palabra. También debo recordar que mi corazón tiene ojos, además de oídos. El Espíritu me muestra en el bautismo la señal de que llevo el nombre del Dios trino, mientras que la Cena del Señor aviva en mi corazón el amor por el Señor Jesús.
En tercer lugar, debo ejercitarme espiritualmente de manera regular, pues mi corazón se fortalecerá mediante la adoración, cuando entrego todo mi ser a Dios en expresiones de amor y confianza en Él.
En cuarto lugar, debo dedicarme a la oración, en la cual, mi corazón se aferra a las promesas de Dios, descansa en su voluntad y pide la gracia que me sostiene; y debo hacerlo no solo en privado, sino también con otros, para que nos animemos mutuamente a conservar un corazón para Dios.
Todo esto, y mucho más, necesita desarrollarse, explicarse y exponerse con mayor detenimiento. Sin embargo, puede resumirse en una sola frase bíblica. Escucha el llamado de tu Padre: «Dame, hijo Mío, tu corazón».
