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Dios es el Dador de la vida. Las primeras páginas de la Escritura dan testimonio de Su poder vivificante, especialmente donde lo vemos soplar en la nariz de Adán el aliento de vida (Gn 2:7). Dios creó a Adán y Eva para que experimentaran una vida perfecta mediante su comunión con Él y su sumisión a Su gobierno bondadoso. Pero la tentación de Satanás a Adán y Eva, que culminó en la caída de la humanidad, trajo el pecado y la muerte a la buena creación de Dios (Ro 5:12).
La provisión de Dios de pieles de animales para cubrir la desnudez de Adán y Eva después de su pecado revela una verdad que se despliega a lo largo de la Escritura: se requiere un sacrificio para restaurar lo que se perdió en la caída. Los santos del Antiguo Testamento confiaron en las promesas de Dios de enviar a un Redentor definitivo mientras ofrecían los sacrificios que Dios ordenó, sacrificios que prefiguraban ese sacrificio supremo: el de Su propio Hijo.
A pesar del fracaso de Israel en mantenerse fiel al pacto de Dios, Dios permaneció fiel. En el tiempo señalado por Dios, la segunda persona de la Trinidad, Jesucristo, se encarnó, nació de una virgen y caminó sobre la tierra que Él mismo había creado. A lo largo de Su ministerio terrenal, Jesús dejó clara Su identidad: Él mismo es la vida, y vino para entregar Su vida por el pueblo de Dios (Jn 14:6; 10:11). Jesús no es simplemente un camino entre otros tantos hacia la vida. Él es el único camino que conduce a la vida; todos los demás llevan a la muerte. Solo al creer que Él es el único sacrificio perfecto y definitivo que satisface las demandas de la justicia de Dios podemos tener vida (Jn 20:31).
La vida cristiana no consiste en procurar llevar una vida moral por nuestros propios esfuerzos y con nuestras propias fuerzas.
Cuando ponemos nuestra confianza únicamente en Cristo como Salvador, pasamos de la muerte espiritual a la vida (Jn 5:24). Ahora estamos unidos a Cristo. Estamos en Cristo. Y así comienza la vida cristiana.
Por lo tanto, la vida cristiana no consiste en procurar llevar una vida moral por nuestros propios esfuerzos y con nuestras propias fuerzas. La vida cristiana no se produce por asistir a la iglesia, ser una persona «buena» o acumular conocimiento bíblico. Más bien, la vida cristiana no es otra cosa que la misma vida de Cristo resucitado obrando en nosotros por medio del Espíritu Santo, capacitándonos para ver y adorar la gloria y la hermosura de Cristo, y dándonos poder para seguir Sus pasos mientras crecemos en amor por el Dios trino y en amor por los demás.
Esta es la vida cristiana: una en la que Dios trae soberanamente a Su pueblo de la muerte a la vida al darles corazones nuevos, llevándolos a abrazar a Jesús crucificado y resucitado como la única esperanza para los pecadores y, en unión con Él, a crecer en cercanía y conformidad a Su persona, y todo para la alabanza de Su gloriosa gracia (Ef 1:6).

