
La búsqueda de la gloria
9 abril, 2026La vida cristiana como peregrinaje
Quien desee ver el verdadero valor,
que venga aquí;
aquí hay uno que permanecerá firme,
ya sea que vengan vientos o tormentas.
Ningún desánimo
hará que abandone
su propósito inicial
de ser peregrino.
Hace medio siglo cantaba estas palabras en actos escolares, con música compuesta por Ralph Vaughan Williams. Aparecen en la segunda parte de El progreso del peregrino, de John Bunyan, como parte del testimonio del señor Valiente para la Verdad. Antes, Valiente se había presentado al señor Gran Corazón y a sus compañeros con estas palabras: «Soy un peregrino y voy a la ciudad celestial».
Todos los cristianos son peregrinos en camino a la ciudad celestial. Bunyan simplemente reflejaba la Biblia que amaba. La Escritura afirma que los cristianos son peregrinos. En el pacto paradigmático hecho con nuestro padre Abraham, Dios le prometió Canaán como «la tierra de tus peregrinaciones» (Gn 17:8). Y en el Nuevo Testamento, Pedro refleja la misma idea cuando describe a sus lectores como «expatriados elegidos» (1 P 1:1; cf. 1:17, «el tiempo de su peregrinación»). De igual manera, al repasar a los creyentes fieles de la historia del Antiguo Testamento, el autor de Hebreos se refiere a ellos como «extranjeros y peregrinos» (He 11:13).
La vida cristiana es un viaje, una travesía emocionante. Tiene un punto de partida y un destino final. Es una metáfora de movimiento. Los cristianos no permanecen demasiado tiempo en un solo lugar, porque están encaminados hacia otro. A los primeros cristianos se les conocía como los seguidores de «el Camino», una manera de decir que parecían decididos a transitar una senda distinta (Hch 9:2; 24:14).
Aquí se plantean varios aspectos. Primero, la idea de aventura. Sí, aventura. Si Bilbo Bolsón, en El hobbit, al principio rehuía la aventura porque alteraba el equilibrio de su vida rutinaria en la Comarca, más tarde relataría su extraordinario viaje en una historia apasionante con el subtítulo Ida y vuelta.
Los cristianos emprenden una travesía algo distinta, que quizá podamos llamar De aquí a allá. Pero no por ello deja de ser igualmente emocionante, colmada de relatos de valentía y peligro. Hay algo emocionante en la vida cristiana. Nuevos destellos de la provisión, la intervención y el rescate de Dios nos esperan en cada giro del camino. No tenemos idea de lo que puede deparar un día (Pr 27:1), pero podemos tener la certeza de que nada ocurre sin que nuestro Padre celestial lo disponga. Estamos llamados a seguir a nuestro Maestro adondequiera que nos guíe: en verdes pastos junto a aguas de reposo, como también en presencia de enemigos y en un valle de sombra de muerte (Sal 23).
Mi amigo y predecesor en la iglesia donde ahora sirvo, un nombre bastante familiar para los lectores de Tabletalk, Sinclair Ferguson, solía terminar sus sermones con una exclamación: «¡Qué maravilloso es ser cristiano!». Sí, es una gran maravilla, una aventura emocionante en cada tramo del camino.
Los cristianos se involucran en la sociedad. Los cristianos transforman la sociedad. Son luz en lugares oscuros.
En segundo lugar, la peregrinación evoca la naturaleza transitoria de esta vida. «Porque no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la que está por venir» (He 13:14). «Las cosas que se ven son temporales» (2 Co 4:18). ¿Qué significa referirse a esta vida como temporal? La respuesta radica en la tensión que el Nuevo Testamento presenta entre el «ya» y el «todavía no». Los cristianos son aquellos sobre quienes «ha llegado el fin de los siglos» (1 Co 10:11). Algo del mundo venidero ya ha irrumpido en nuestra existencia y nos ha reclamado como ciudadanos de otro reino (Fil 3:20).
Esta perspectiva plantea tensiones fundamentales. En cierto sentido, aquí vivimos con diversas responsabilidades como ciudadanos de este mundo. La vida recluida de retiro y abstinencia no es una cosmovisión bíblica. Esta visión extraña de la vida quedó caricaturizada en Simeón el Estilita Viejo, un hombre que trepó a un poste en Siria en el año 423 d. C. y permaneció allí treinta y siete años hasta morir. Eso es la negación del cristianismo, no su afirmación. Los cristianos se involucran en la sociedad. Los cristianos transforman la sociedad. Son luz en lugares oscuros. A los cristianos los ha cautivado un nuevo afecto que hace que todo lo demás parezca insignificante y trivial. En palabras de Thomas Chalmers, la vida cristiana se enciende por el «poder expulsivo de un nuevo afecto».
Un tercer aspecto de la peregrinación es el sentido de dirección: una meta, un punto final. El viaje tiene un destino. El cristianismo provee shalom, un sentido de totalidad y plenitud. Los cristianos saben quiénes son y adónde van. La falta de rumbo y la deriva caracterizan buena parte de la vida sin el abrazo de Cristo.
Los cristianos «miran» las «cosas que no se ven» (2 Co 4:18, donde el verbo griego «mirar» sugiere una mirada intensa y fija). Suena a paradoja: miramos aquello que no puede verse. La gloria aguarda, y los peregrinos cristianos mantienen una disciplina constante y resuelta de mirar hacia adelante. Lo que tenemos por delante llena nuestra visión y nos mantiene expectantes. Lo que aguarda a los peregrinos perseverantes supera toda expectativa y desafía toda explicación.
«¡Adelante y hacia arriba! A Narnia y al Norte!» es una afirmación en el relato de Narnia de C. S. Lewis, El caballo y el muchacho. Todos los peregrinos de la cruz coinciden: ¡adelante y hacia arriba!

