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Transcripción
Pensaría que el teólogo más famoso del siglo XX es un hombre llamado Karl Barth. Barth, por supuesto, fue profesor de Dogmática o Teología Sistemática en la Universidad de Basilea en Suiza. Nunca tuve la oportunidad de conocer personalmente al profesor Barth, pero tengo varios amigos y colegas en el campo de teología que estudiaron directamente bajo su tutela. Y una de las historias, de hecho es una leyenda, que cuentan sobre Barth, es la historia de que un año dio conferencias durante todo el año en Basilea sobre la teología de Frederick Schliermacher. shlayermajer Schliermacher fue uno de los teólogos más famosos del siglo XIX, y este teólogo, por supuesto, fue una figura muy importante en el desarrollo, durante el siglo XIX, de la teología liberal.
Ahora, si es que tú estás tomando notas y quieres saber cómo se escribe el nombre de Schliermacher… la forma en que lo hacíamos en el seminario era escribir «Sch» y luego «estornudo». Eso nos daría una versión bastante cercana del nombre de Schliermacher. Pero, Barth había estudiado, a finales del siglo XIX… él mismo había sido educado por teólogos liberales de Europa. Luego, poco después de los inicios del siglo XX, el Dr. Barth reaccionó negativamente contra la teología del siglo XIX y buscó restaurar la Biblia a un papel más central y serio en la vida de la Iglesia. Así que sus conferencias en Basilea sobre la teología de Schliermacher fueron básicamente críticas.
Como dije, mis amigos me contaron la historia de que estando en el aula de Barth, donde él tenía un busto de bronce o cerámica, supongo que era un busto de cerámica, de Schliermacher colocado en su escritorio. Y mientras Barth daba clase, caminaba de un lado a otro del aula. Y, mientras daba clases sobre la teología de Schliermacher, dirigía sus comentarios a este busto que estaba sobre el escritorio, como si el propio Schliermacher estuviera presente en clases. Él le decía: «¿Qué te parece eso, Frederick?». Y después le decía: «otro punto Dr. Schliermacher». Y discutía con esa estatua muda durante todo el semestre.
Finalmente, en el último día, cuando Barth anotó su punto más decisivo contra este teólogo, el golpe de Estado fue que, con un barrido del brazo, Barth tiró la estatua del escritorio al suelo, la rompió en mil pedazos y dijo: «Hasta aquí llegó Frederick Schliermacher». En todo caso, Karl Barth es conocido por ser el padre, la figura central en la fundación de un movimiento teológico que arrasó el mundo en la primera mitad del siglo XX, llamado neoortodoxia. A veces se le llama «teología de crisis» por diversas razones que no voy a detallar, y también a veces simplemente teología dialéctica. Pero el nombre más común para este movimiento es neoortodoxia y, como saben por supuesto, el prefijo NEO significa, ¿qué? Nuevo. Así que esta es la nueva ortodoxia que fue impulsada por Karl Barth y algunos de sus colegas, Emil Brunner, también de Suiza, Paul Alzhouse y otros.
De todas formas, los estudiosos ortodoxos, por supuesto, no están nada satisfechos con la posición y la postura de la nueva ortodoxia. Lo ven como un paso en la dirección correcta, un paso alejándose del liberalismo y un intento de volver, al menos, en parte al cristianismo clásico, pero era una posición intermedia. Barth no solo repudió el liberalismo, sino que también mantuvo serias dudas sobre el cristianismo ortodoxo. Algunos estudiosos ortodoxos dirían algo en broma que la neoortodoxia estaría mejor escrita sin la «e» en neo. Pero sea como sea, una de las cosas más importantes que surgió de este movimiento de teología neoortodoxa fue el impacto provocado por la postura de la neoortodoxia sobre las Escrituras.
La teología neoortodoxa quería tomar la Biblia en serio, restaurarla al centro de la predicación en la vida de la Iglesia. No adoptó la postura escéptica de la Biblia que sí tenía el liberalismo del siglo XIX, cuando el liberalismo del siglo XIX prácticamente negaba cualquier cosa de connotación o contenido sobrenatural de las Escrituras, negando la propia posibilidad, por ejemplo, de profecías predictivas futuras o la historicidad de eventos como el nacimiento virginal de Jesús, la Resurrección, y demás.
La neoortodoxia, en cierta medida, quería restaurar la confianza en las Escrituras sin, al mismo tiempo, afirmar, según su postura, ninguno de esos puntos de vista arcaicos de la Biblia que incluyeran la infalibilidad, la inerrancia o la doctrina de inspiración verbal que eran sostenidos firmemente por la gente ortodoxa. Y así, en esta nueva idea de las Escrituras, en el centro de su preocupación estaba su entendimiento de la revelación, y no solo su entendimiento de la revelación, sino también cómo el concepto de revelación se relaciona con la verdad misma.
Algunos recordarán que el difunto Francis Schaeffer hizo famosa su idea de la verdad verdadera. Parecía como si el profesor Schaeffer tartamudeaba cuando hablaba de la verdad verdadera. ¿Qué otro tipo de verdad hay sino la verdad verdadera? Pero a lo que él se refería con la verdad verdadera era a la verdad entendida objetivamente, no algo abierto a los caprichos de la preferencia subjetiva. La verdad no es una nariz de cera que pueda formarse y moldearse para encajar en los prejuicios o semejanzas individuales o similares, sino que quería una comprensión objetiva de la verdad.
Bueno, una de las reacciones de la neoortodoxia, de la teología neoortodoxa, fue oponerse a las fórmulas tradicionales que se encuentran en los credos cristianos ortodoxos. Allí donde se establecía la verdad del cristianismo en las fórmulas del credo… se exponía mediante frases o proposiciones algo frías, áridas y abstractas. Por ejemplo, definimos la Trinidad diciendo que Dios es Uno en Esencia y tres en cuanto a Personas. Podemos recitar esa fórmula de forma objetiva y estéril, sin ningún tipo de celo, vida o dinámica espiritual asociada a ella. Simplemente recitamos el credo con proposiciones frías y desnudas.
Ahora, el colega de Karl Barth en Suiza, Emil Bruner, escribió un pequeño libro, de ese grueso, en alemán, que tuvo un gran impacto en este movimiento. El pequeño libro de Bruner se titulaba «Warheit Alls Begegnung», en alemán, que, traducido, significa «La verdad como encuentro». Tanto Bruner como Barth habían sido profundamente influenciados por el mosca de la filosofía del siglo XIX, Soren Kierkegard. Como saben, a Kierkegard a menudo se le llama «El Padre del Existencialismo». Lo que querían decir era que lo que Kierkegard deseaba era que el cristiano no fuera simplemente un espectador intelectual distante de la vida o de las cosas de Dios, porque la fe cristiana exige una participación personal y apasionada en las dificultades de la existencia humana.
Una de las cosas que Kierkegard decía con pasión… era que si uno solo entiende, de manera intelectual, un concepto, aún no ha captado completamente la verdad, porque hay más en la verdad que una idea desnuda, en particular, si es la verdad de Dios. La verdad de Dios, tal como la entendemos, siempre implica más que la mente, porque nuestra comprensión de Dios siempre está contenida en una relación. Así que, cuando digo «Conozco a Dios», no quiero decir que solo tengo proposiciones o fórmulas que puedo recitar y que pueden juzgarse correctas o incorrectas en un examen teológico, sino que conocer a Dios implica una relación personal que despierta en nosotros pasión. Esto es a lo que se refería Bruner cuando dijo que la verdad no es una proposición. Es una reunión. Es un encuentro que ocurre entre personas.
Ahora, ¿qué tiene que ver eso con la Biblia? Bueno, Barth y Bruner dijeron que cuando Dios se revela, en la llanura de la historia… …No lo hace dejando caer un libro de texto desde las nubes, — como dije en nuestra última clase, como si hubiera venido en paracaídas del Cielo, — con axiomas que suenan como proposiciones de Euclides o de Renée Descartes. Sino más bien, la revelación de Dios ocurre a través de Sus acciones, de Su actividad en la historia. Cuando el pueblo de Israel fue esclavizado en Egipto, y Dios los guio en el éxodo mediante el milagroso liderazgo de Moisés, y demás, Dios se estaba revelando en esos acontecimientos. De modo que, para el teólogo neoortodoxo, la revelación se considera principalmente un acontecimiento, más que una proposición.
Sé que si me están escuchando y me conocen bien, que hasta ahora en esta sesión, en esta ocasión, puedo sonar para ustedes como si fuera el principal defensor de la teología neoortodoxa. No es así. No vengo a alabar la neoortodoxia, sino a enterrarla. Agradezco sus preocupaciones. Aprecio lo que intentaba reparar en cuanto al daño del escepticismo del siglo XIX. Pero creo que este tipo de distinción es extremadamente peligrosa, especialmente a la luz de lo que realmente ha ocurrido con ella. Por supuesto, Dios ha estado activo en la historia y, por supuesto, Dios se ha revelado a través de estos momentos dramáticos de la historia. Pero la Biblia, damas y caballeros, no es simplemente un registro de eventos. La Biblia también nos da la interpretación de Dios sobre el significado y la importancia de esos eventos. No solo tenemos el Evangelio, también tenemos la epístola en el Nuevo Testamento.
Veamos algo, ¿han tomado alguno de esos cursos de arte moderno en los que alguien pinta una pintura abstracta, la miras, te rascas la cabeza y piensas: «Hm, eh, me pregunto qué significa esto? ¿Lo tengo al revés? ¿Tengo que darle la vuelta de lado porque no se parece a nada que conozca y no consigo entenderlo?». De seguro has pensado así sobre ese tipo de cuadros, ¿no? …en algún momento. Pero, entonces, aparece la oportunidad de ir a una exposición de arte donde el propio pintor va a estar presente. Y tendrás la oportunidad de preguntarle al pintor: «¿Qué quisiste decir con esta pintura?». Y el pintor responde: «Yo lo pinté; tú lo interpretas». Es decir, he puesto esta pintura sobre el lienzo. Su significado y su importancia es algo que depende de ti, de lo que aportes a la pintura.
No hay un significado inherente ni un significado proposicional en esta pintura que puedas descubrir examinando la pintura en sí, sino que si hay algún significado aquí, ese significado tiene que ocurrir. Es algo que sucede… cuando te encuentras con mi obra de arte. ¿Se dan cuenta? Hemos visto este declive en todo el mundo artístico del siglo XX con un subjetivismo radical y relativismo, en los que no hay una verdad proposicional objetiva inherente por encontrar. Bueno, la postura neoortodoxa dice que la revelación de Dios es dinámica. Es activa. Todo eso es cierto. Pero es un evento no proposicional. La postura ortodoxa de la Biblia dice que las afirmaciones de las Escrituras, esas proposiciones que el apóstol Pablo escribe en Romanos, son inherentemente reveladoras.
Son inherentemente ciertas, aunque yo responda a ellas o no. Es fantástico si respondo a ellas, y estamos llamados a responder con fe y confianza, y de una manera viva, personal y apasionada. No quiero restar ninguna importancia a eso. No debemos ser, como temía Kierkegard, espectadores distantes con una mera comprensión conceptual cerebral de las cosas de Dios sin ningún compromiso apasionado. No, Dios no lo quiera. Lo que quiero decir, damas y caballeros, es que afirmar que debemos elegir entre pasión y verdad es un falso dilema. Estamos llamados, de manera subjetiva y apasionada a responder a la verdad objetiva, a una revelación que viene de Dios en y a través de las palabras.
Ahora, en todo este concepto de revelación, Barth hizo una distinción interesante. Dijo: «La Biblia es el Verbum Dei». Ahí va esa pieza. Más vale que me deshaga del resto. Está nevando. Es Verbum Dei, no el verba Dei, de nuevo, otra forma de afirmar lo mismo que acabo de decir es que la Biblia es la Palabra de Dios en un sentido especial, pero no son las palabras de Dios. Me rasco la cabeza y digo: «¿Cómo podría ser la Palabra de Dios si no son las palabras de Dios?». Esta noche escuchas las palabras de R.C. Sproul, y al irte, alguien dirá: «¿Qué dijo Sproul? ¿Cuáles fueron las palabras de Sproul?». Repetirías las palabras de Sproul para captar la palabra de Sproul, ¿verdad? Pero aquí está Barth diciendo que tenemos la Palabra de Dios sin las palabras de Dios.
No significa algo tan simple como lo que diría la ortodoxia, que sí, estas son palabras de seres humanos, autores humanos, pero bajo inspiración divina, y que debido a que están bajo inspiración divina, son la palabra de Dios. Eso no es lo que Barth quiere decir. Lo que está diciendo es que la Biblia en sí misma, tal como está sobre la mesa, o apoyada en el atril o en el púlpito de la iglesia, no es un libro que tenga revelación divina en sus páginas, en su contenido. Pero, que al leer ese libro, o al oír predicar de ese libro, y al involucrarme con el mensaje del libro, y tengo un encuentro con la presencia viviente de Dios el Espíritu Santo, entonces, en ese evento, esa transacción, escucha con atención, por la presencia del Espíritu Santo, la Biblia se convierte en la Palabra de Dios para mí, personalmente.
¿Lo oyes? No diría que la Biblia es la Palabra de Dios. Pero si, mientras la leo, Dios el Espíritu Santo usa esa lectura, o el sermón que escucho, o el mensaje de la Biblia para cambiar mi corazón, para atraerme a Cristo, entonces, en ese momento, cuando el Espíritu añade algo, la Biblia se convierte en la Palabra de Dios. Ahora, me resulta interesante que tengamos esta explicación tan elaborada de que la Biblia no es la Palabra de Dios, y cuando viene el Espíritu Santo entonces se convierte en algo que en realidad no es, y luego, después de que el Espíritu Santo se va, ¿qué ocurre? ¿Deja de ser la Palabra de Dios? Esto es de todo menos algo claro.
Mientras el enfoque ortodoxo de las Escrituras dice que el Espíritu Santo está ciertamente presente ayudándonos cuando leemos el texto de las Sagradas Escrituras, tomando ese texto de la Sagrada Escritura, iluminándolo para nosotros, usándolo como medio para convencernos de nuestros pecados, atravesando nuestras almas y nuestros corazones para producir convicción, y cosas así. Ninguna persona ortodoxa negaría que el Espíritu Santo actúa en y a través de la Palabra de Dios. Pero la diferencia básica es esta. La postura ortodoxa del asunto es que el Espíritu Santo estaba actuando cuando Pablo estaba escribiendo para asegurar que lo que Pablo escribía era, es y siempre será la Palabra de Dios. Inherentemente, en sí misma.
La ortodoxia dice que la Biblia es revelación. Es una revelación verbal. Es la revelación de Dios la que llega en palabras, en proposiciones, y las interpretaciones de esos eventos son la revelación divina del significado de los eventos. Permítanme explicar a qué me refiero con esto. Tomemos un evento fundamental — el evento más importante del Nuevo Testamento, la cruz, la cruz de Cristo. ¿Qué pasó en la cruz? ¿Es la cruz una de esas representaciones artísticas de un pintor divino que dice: «Yo pinto el cuadro; dime tú qué significa. Significa lo que tú quieras que signifique. O lo que sea que signifique para ti. Si significa algo para ti que es completamente opuesto a lo que significa para otro, entonces, no importa, ambos lo consideran significativo, está bien». No, no. Fíjate cómo la cruz era vista por la gente en el Nuevo Testamento.
Todo lo que sabemos, si somos observadores, espectadores o miembros de la prensa, de algún periódico, es que me asignan como reportero para ir y presenciar la ejecución de un hombre condenado por sedición por Poncio Pilato. Veo la ejecución. Puede que vuelva a mi sala de prensa y redacte el informe diciendo que esta tarde un judío sedicioso y aspirante al trono fue justamente ejecutado por el Imperio romano. O puedo ir al palacio de Caifás y decir: «Caifás, ¿cuál fue el significado de lo que sucedió hoy? ¿Fue simplemente la ejecución de un político fanático?». Caifás diría: «No, lo veo como, como una conveniencia histórica. Era necesario por el bien de esta Nación que muriera un hombre». Esa fue la observación de Caifás.
Después puede que vaya a entrevistar al centurión al pie de la cruz, y él me diga: «No lo sé», dice, «pasó algo extraño esta tarde. Ese hombre era diferente a cualquiera que hayamos ejecutado. Creo que es el Hijo de Dios». Luego vas y lees las cartas del apóstol Pablo, y Pablo nos dice que lo que ocurrió en la cruz fue un evento de importancia cósmica. Que una expiación tuvo lugar aquí, por la cual quienes reciben a Cristo, entre la raza humana, son reconciliados con su Creador. Que este es el Cordero de Dios que fue asesinado. Este fue el sacrificio ofrecido para satisfacer las exigencias de la justicia de Dios. Este es el punto.
Damas y caballeros, si estuvieran presentes en el Gólgota, ¿sería claramente visible para cualquiera allí? Tenemos mucho más que un simple evento. El evento es crucial. No quiero minimizar la importancia del evento. Pero no solo tenemos el evento, sino que la sagrada Escritura nos da lo que estaría oculto para nuestra comprensión. Nos brinda la revelación del significado de ese evento.






