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Este es el cuarto artículo de la colección de artículos: Los fundamentos del discipulado cristiano
Ningún texto de la Escritura que hable sobre el discipulado merece más atención que la Gran Comisión. Esa comisión, o mandamiento, es dada a los discípulos (Mt 28:16) para hacer discípulos (Mt 28:19-20). Y Jesús establece el cómo: el bautismo cristiano y la enseñanza bíblica. Antes de que los padres hagan algo para disciplinar a un hijo, les conviene prestar atención al diseño de Cristo para hacer discípulos. La disciplina de Cristo debe caracterizar nuestros hogares. Ciertamente, eso implica disciplinar a los hijos en los términos en que solemos pensar (Pr 13:24; 19:18; 22:15; 23:13-14; 29:15-17), pero también demanda mucho más de los padres.
Sin una lectura reflexiva de Proverbios en el contexto de toda la Escritura, podemos (y a menudo lo hacemos) caer en el conductismo, un enfoque psicológico secular que considera el aprendizaje humano simplemente como un asunto de respuestas condicionadas. Pero Cristo nos enseña que nosotros y nuestros hijos somos más que eso. Tenemos corazones, centros espirituales de nuestro ser, de los cuales fluyen nuestros comportamientos (Pr 4:23; Mt 12:33-35; 15:10-20; Lc 6:43-45). La Biblia también enseña que nuestros corazones nacen en corrupción (Sal 51:5; Ro 5:12); por lo tanto, los miembros de la familia, tanto padres como hijos, necesitan en última instancia que sus problemas sean resueltos desde adentro hacia afuera.
Eso lleva a los padres de regreso a la Gran Comisión. La necesidad fundamental del discipulado es un nuevo corazón limpiado del pecado. Solo Cristo puede realizar esta obra. El Señor, hablando a través del profeta Ezequiel, declara: «Los rociaré con agua limpia… les daré un corazón nuevo… pondré dentro de ustedes Mi espíritu y haré que anden en Mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente Mis ordenanzas» (Ez 36:25-27). Es clara la relación entre el bautismo y la Gran Comisión. Ya sea que alguien afirme el credobautismo (bautismo de creyentes) o el paidobautismo (bautismo infantil), todos están de acuerdo en que el bautismo es algo que se hace por ti, no algo que haces por ti mismo. Es una señal externa que apunta a la necesidad de la obra del Espíritu. Los padres cristianos deben saber esto: ningún verdadero discipulado ocurre sin un cambio de corazón. El punto de partida del discipulado para nuestros hijos no puede separarse del bautismo.
El discipulado surgió como un mandato colectivo y se cumple mejor en un contexto colectivo.
Con la expectativa de que el Señor obre un cambio en el corazón de sus hijos, los padres pueden entonces proceder a la tarea del texto: «Enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado» (Mt 28:20). Una vez más, no se trata de una mera conformidad conductual en los niños pequeños. Los padres disciplinan correctamente a sus hijos con consecuencias apropiadas por falta de respeto, violencia injustificada, inmoralidad sexual, robo, mentira y descontento; y esto también incluirá la palabra de reprensión (Pr 29:15). Pero la ley también tiene una primera tabla centrada en Dios (los primeros cuatro mandamientos, Éx 20:2-11).
Los padres deben tomar en serio la parte que dice «todo lo que les he mandado». Eso incluye el llamado de Cristo a una lealtad inquebrantable (Jn 14:6; Lc 10:27), junto con la negación de uno
mismo y el amor al prójimo (Mt 16:24; 22:39), las Bienaventuranzas (Mt 5:3-12), la prioridad de lo espiritual sobre la prosperidad material (1 Ti 6:17-18) y una vida centrada en la iglesia (1 P 4:8; 1 Jn 4:7; 2 Ti 2:22). Discipular en estas áreas no consiste simplemente en vara y reprensión, sino en fomentar el dominio propio, cultivar la sabiduría, buscar oportunidades para servir, animar a asumir riesgos, consolar en momentos de desaliento, reorientar cuando hay extravío y ofrecer descanso. En el entrenamiento de los doce discípulos, Jesús incorporó cada uno de estos aspectos en Su programa. No aplicó el mismo método con todos. En cambio, involucró una atención consciente a las situaciones y circunstancias, considerando las capacidades, las tendencias pecaminosas, los compromisos y la conversión de aquellos a quienes estaba formando en el camino que debían seguir.
Eso es mucho para pedir a los padres. Siendo realistas, es más de lo que ellos pueden lograr por sí solos. Pero Dios ha provisto generosamente en Su iglesia lo que les falta. El discipulado familiar integral implica una centralidad radical en la iglesia que prioriza los medios ordinarios de gracia: la predicación de la Palabra, la oración y los sacramentos (así como también la disciplina eclesiástica). Un padre que no da prioridad a la iglesia en su hogar está privando a quienes están bajo su cuidado de la Palabra que da vida y de un espacio bendecido para la santificación. Él menosprecia todos los mandatos de «los unos a los otros» del Nuevo Testamento en las cartas a las iglesias. Ya sea que lo haga por pereza o por considerarse demasiado «sabio», debería saber que no tiene derecho a esperar bendición para sí mismo ni para su familia al separarse de los piadosos. Con su elección, está produciendo algo menos que un discípulo de Cristo, quien amó a la iglesia y se entregó por ella (Ef 5:2, 25).
Por supuesto, ninguna iglesia es perfecta, pero algunas iglesias son mejores que otras (Ap 2-3). Un cuerpo local cuidadosamente escogido, con adoración corporativa en el Día del Señor, provee tanto el bautismo como la predicación de la Palabra, además de numerosas ocasiones para servir a Dios y al prójimo, morir al yo y reorientar las prioridades. A través de la formación cristiana, toda la familia escuchará la verdad de voces adicionales que dicen: «Este es el camino, anden en él» (Is 30:21). La comunión dominical ayuda a quienes intentan seguir a Cristo en este mundo a sentirse un poco menos aislados y hace que el discipulado se sienta mucho más natural. El discipulado surgió como un mandato colectivo y se cumple mejor en un contexto colectivo. La disciplina espiritual de la vida en la iglesia no es la única parte del discipulado familiar, pero es la más esencial.
Imagina a un hombre que se está ahogando en un mar turbulento y al que le lanzan un salvavidas. Desesperado, lo agarra, se aferra a él, se mete adentro. Finalmente, comienza a mantenerse a flote sobre las temibles olas. Aún lleno de temores y dudas, le angustia la posibilidad de que el salvavidas falle de algún modo y sea tragado por las profundidades. Imagina que se da cuenta de que el salvavidas tiene un pequeño folleto impermeable sujeto a él. El hombre angustiado, a pesar de las circunstancias, comienza a leer y descubre que el folleto resalta las virtudes de su salvavidas. Lee acerca de los materiales con los que está hecho, las características de su diseño y sus cualidades excepcionales de flotabilidad y fiabilidad. Lee cómo ha sido probado rigurosamente, cómo ha soportado las cargas más pesadas en los mares más embravecidos y que nadie que se haya aferrado a él se ha ahogado jamás. A medida que lee, su confianza aumenta.
¿Sigue él en medio de las tormentas del mar? Sí. ¿Podrían algunas grandes olas ocasionales causarle aún una profunda preocupación? Sí. ¿Está él más seguro o protegido que antes? No. Está tan seguro y protegido como cuando se aferró por primera vez a ese salvavidas, solo que ahora tiene una confianza mayor y en constante crecimiento en su capacidad para sostenerlo a través de todos los peligros y problemas que enfrenta, hasta que finalmente es rescatado de las aguas y llevado a tierra firme.
Reconociendo las limitaciones de la ilustración, permíteme sugerir algunos paralelismos para el crecimiento de la fe. Cuando un pecador confía por primera vez en Jesús, ese pecador es salvado y está seguro. Nadie ni nada puede arrebatarlo de las manos de Jesús. Él está todo lo seguro que puede estar. Pero puede que no comprenda completamente su seguridad. Tiene el conocimiento necesario para venir a Cristo, pero aún necesita conocer más al Cristo al que ha venido. Su confianza solo aumentará a medida que conozca más al Salvador en quien confía. ¿Cómo se puede lograr esto?
En primer lugar, el crecimiento espiritual viene a través de las Escrituras. Este es el libro que no solo hace sabio al hombre para la salvación por la fe en Cristo, sino que también perfecciona al hombre de Dios. Los cristianos siempre necesitan el evangelio. Necesitamos mantener nuestros ojos fijos en Cristo, considerar al Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra confesión, Cristo Jesús (Heb 3:1). Observa cómo, frente a todas las trampas y aflicciones de la vida cristiana, todas las distracciones y engaños de las falsas enseñanzas, los apóstoles ponen a Cristo y a Él crucificado ante los ojos del pueblo de Dios para el crecimiento de su fe. Al estudiar a Cristo en las Escrituras, estamos mirando a Jesús, el Autor y Consumador de nuestra fe, y así nuestra fe crece.
Una segunda manera de crecer en la fe es orar a Dios para que Su Espíritu aumente nuestra fe. Él es el dador de la fe y, por lo tanto, debe ser quien la fortalezca. Los discípulos oraron: «¡Auméntanos la fe!» (Lc 17:5). Un padre angustiado clamó: «Creo; ayúdame en mi incredulidad» (Mr 9:24). Estas oraciones nos recuerdan que la fe verdadera puede ser más débil o más fuerte, y nos muestran que una de las formas en que la fe se fortalece es al pedir por esto. En respuesta, Cristo nos muestra más de Sí mismo. ¿Quizás no tenemos porque no hemos pedido (Stg 4:2)?
Otra manera dulce de crecer en la fe es por medio de la comunión con los santos. El mundo buscará debilitar nuestra fe y Satanás la atacará, desviándonos de Cristo, distrayéndonos de la verdad y demandando nuestra atención para otras cosas. Una manera deleitosa de contrarrestar esto es pasando tiempo con el pueblo de Dios, hablando de lo que pertenece al reino (Mal 3:16-18). En tal comunión con los santos, nuestro sentido de las cosas celestiales se renueva y restaura, y se nos imparte consuelo (1 Ts 4:18, 5:11).
Eso nos lleva a la experiencia, tanto la nuestra como la de los demás. Leer nuestras Biblias nos muestra cómo la fe del pueblo de Dios aumenta a través de las pruebas. Abraham, el padre de los creyentes, tuvo tanto pruebas como triunfos de fe (Ro 4:20). Los salmistas se fortalecían al recordar las obras pasadas de Dios. Es beneficioso leer y escuchar a otros creyentes, tanto del pasado como del presente, sobre cómo el Señor los ha sostenido y ayudado. Considera que cada ola que no nos hunde prueba nuevamente la solidez de la Roca sobre la cual estamos parados, la eficacia de nuestro gran Salvavidas.
No es simplemente nuestra fe la que nos salva. Existe el peligro de confiar en la solidez de nuestra fe, en lugar de confiar en el Señor mismo. Es Cristo quien nos salva por la fe. Cristo es el hombre fuerte al que se aferra la fe, y es en Él en quien confiamos y Él quien salva. Al mirar hacia Él, nuestra fe debe aumentar. Así, en palabras de Isaac Watts:
Aunque todos los ejércitos de la muerte
y los poderes del infierno desconocido asuman sus formas más terribles
de furia y de malicia,
estaré seguro, pues Cristo despliega poder
superior y gracia protectora.Si estás sirviendo en el ministerio juvenil o universitario, sabes que anunciar una velada de «Cena y doctrina» o «Teología esta noche» puede no ser la manera más exitosa de atraer a una multitud. Puede ser difícil involucrar a los adolescentes y jóvenes adultos en la disciplina del estudio teológico, especialmente porque a menudo han sido profundamente influenciados por una cultura de entretenimiento y redes sociales basada en videos de dos minutos y fragmentos sonoros, lo cual puede dificultar significativamente el interés por un pensamiento teológico sostenido y concentrado. Aun así, es el papel de los creyentes fieles en la iglesia local desafiar a nuestros jóvenes a pensar teológicamente y crecer en su comprensión teológica mientras son guiados por la Palabra de Dios.

