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¿Existe un Dios?

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie Dando una respuesta, publicada por Tabletalk Magazine. 

¿Responder la pregunta “¿existe un Dios?” en aproximadamente 775 palabras? ¿Será esta la tarea más fácil que Tabletalk me ha asignado, ya que la respuesta es tan clara? No hay ateos consistentes, solo gente que se esconde de Dios. “Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de Sus manos” (Sal 19:1). Dios es la causa ineludible que sostiene todas las cosas.

Jamás podemos negar al Deus cuya imago somos.

¿O será esta la tarea más difícil que Tabletalk me ha asignado hasta ahora? Una respuesta exhaustiva podría llenar toda una biblioteca. Lo que sigue, entonces, sería solo un fragmento aislado de un capítulo de uno de los libros de esa biblioteca.

1- Dios el Creador es la única solución al enigma supremo de Gottfried Leibniz y Martin Heidegger: “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”.

Ex nihilo nihil fit, “De la nada, nada proviene”. Notemos que la nada no es un “pre-algo”; no es “algo reducido al mínimo”. Nada significa NINGUNA cosa, no hay ALGO. La nada es un concepto imposible de comprender para la mente precisamente porque la nada carece de “realidad” en primera instancia. Transformando el famoso planteamiento de René Descartes Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo), podemos decir: Quod cogito, non cogito de nihilo (Ya que existo, no puedo concebir la nada). Esto nos lleva a otro pensamiento descartiano: Quod cogito, ergo non possible Deus non est (Ya que pienso, es imposible que Dios no exista). El cosmos, mi existencia y mi habilidad de razonar dependen del hecho de que la vida no surgió y no puede surgir de la nada, sino que requiere un origen racional y razonable. Lo opuesto (tiempo + azar = realidad) es imposible. Ni el tiempo ni el azar son fenómenos pre-cósmicos.

2- Este Dios debe ser el Dios de la Biblia por dos razones. La primera es que solo tal Dios representa un fundamento adecuado para la coherencia física del cosmos como lo conocemos. En segundo lugar, Su existencia es la única base coherente, la reconozcamos o no, para el pensamiento y la comunicación racionales. En consecuencia, el incrédulo necesariamente debe apoyarse en un fundamento bíblico, tomando prestado de este y hasta robándolo intelectualmente, para poder pensar coherentemente y vivir sensatamente. De esta forma, el humanista secular que argumenta que no hay absolutos debe tomar prestado de las premisas bíblicas para evaluar cualquier cosa como buena o mala en sí misma.

Hace poco realicé un experimento simple, pero descorcentante: dirigir mi mente a pensar en la suposición de que no hay Dios, y luego explorar las implicaciones. Recomiendo encarecidamente que no se realice este experimento mental, ya que conduce ineludiblemente a un lugar oscuro, a un abismo mental donde nada en la vida tiene sentido, de hecho, donde no hay posibilidad de un “sentido” definitivo. Aquí, todo lo que consideramos bueno, verdadero, racional, comprensible y hermoso carece de una infraestructura que les dé coherencia a estos conceptos. Por lo tanto, la naturaleza de todo lo que soy y experimento se desmorona de forma radical y se desconecta de mi conciencia acerca de dichos conceptos. Esa “conciencia” que parece comprensible es entonces una fabricación injustificable de mi propia imaginación. Y luego esa imaginación deja de tener coherencia en sí misma. En esencia, entonces, mi conciencia sumamente compleja se convierte en una serie inexplicable de intrincadas reacciones químicas sin base racional ni sentido inherente. El “sentido” mismo, en cualquier caso verdaderamente trascendente, es en sí mismo un concepto sin sentido.

Como investigadores en el peregrinaje del ateísmo consecuente, concluiremos que los “ateos” que caen en la desesperación, al entregarse a las insufribles conclusiones de sus premisas, son los únicos pensadores ateos consistentes que en verdad viven de acuerdo a sus convicciones. Aquellos que afirman tranquilamente ser ateos son desenmascarados porque de hecho rechazan la conclusión de las convicciones que profesan y reprimen lo que en el fondo saben que es verdad (que Dios existe). Esto es exactamente lo que Pablo argumenta en Romanos 1:18-25.

El novelista Martin Amis relató una pregunta que el escritor ruso Yevgeni Yevtushenko le hizo a sir Kiengsley Amis: “¿Es cierto que eres ateo?” Amis respondió: “Sí, pero es más que eso: en realidad odio a Dios”. Lejos de poder negar la existencia de Dios, confesó tanto la existencia de Dios como su propio antagonismo hacia Él.

Amis no estaba solo. Ni un caballero del Imperio Británico ni ninguno de nosotros puede dejar de ser la imago Dei (sin importar cuán mutilada esté). Por tanto, jamás podemos negar al Deus cuya imago somos. Porque Dios ha puesto una carga sobre nosotros: “También ha puesto la eternidad en sus corazones” (Ec 3:11). Como dijo Agustín, nuestros corazones están inquietos hasta que hallamos nuestro descanso en Él.

¿Por qué entonces la Biblia no pregunta si hay un Dios? Porque en su primera oración responde esa interrogante: “En el principio creó Dios…”.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluido The Whole Christ, El Espíritu Santo, Solo en Cristo y Devoted to God.