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¿Qué es la oración?

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Los cristianos reformados siempre están listos para responder cuando les preguntan: “¿Qué es la oración?”. Esa es la pregunta 178 del Catecismo Mayor de Westminster, donde se responde  que: “La oración es el ofrecimiento de nuestros deseos a Dios, en el nombre de Cristo, por la ayuda del Espíritu Santo, con la confesión de nuestros pecados y reconocimiento agradecido de Sus misericordias”. Aquí vemos tres verdades centrales acerca de la oración. 

Orar es comunicar nuestros deseos a Dios, nuestro Padre. Orar no es simplemente pensar en Dios o tener preocupaciones. Más bien, orar es expresar a Dios la necesidad de nuestro corazón. En su libro Theology of Prayer [La teología de la oración], B. M. Palmer afirma que la oración es “el lenguaje en el que las criaturas expresan su dependencia”. Aquellos que no perciben sus necesidades realmente no oran. Son como el fariseo en la parábola del Señor, el cual, puesto en pie en el templo declarando a los demás cuán superior era, “oraba para sí de esta manera”, no para Dios (Lc 18:11).

Orar es ser capacitado por el Espíritu Santo para hablar con el Padre.

En cambio, las Escrituras presentan la oración verdadera como una ofrenda que se eleva buscando la atención celestial, como el incienso ofrecido ante el Señor en el templo (Ap 8:5). Orar es echar nuestras ansiedades sobre Dios (1 Pe 5:7), clamar a Dios en angustia (Sal 34:17) y dar a conocer nuestras peticiones delante de Dios en cada circunstancia (Flp 4:6-7). Orar es presentarle nuestros deseos a Dios.

Orar es venir ante el Padre por medio de la fe en los méritos de Cristo. Un ciudadano estadounidense no puede ser funcionario en el Reino Unido ni asumir que él merece privilegios especiales de parte de la reina. Del mismo modo, ningún pecador puede permanecer ante el Rey del cielo por sus propios méritos. Aún así, por fe en la obra de Cristo, somos hechos ciudadanos del reino celestial por medio de Su justicia. De esta manera, obtenemos “confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús” (Heb 10:19). Esta posición de rectitud ante Dios es lo que implica orar “en el nombre de Cristo”, como indica el catecismo. Por consiguiente, cada vez que oramos debemos recordar nuestra posición al confesar nuestros pecados y agradecer a Dios por cómo Él nos recibe misericordiosamente a través de Jesús.

Orar es ser capacitado por el Espíritu Santo para hablar con el Padre. En el momento mismo de nuestra conversión, el Espíritu Santo que regeneró nuestros corazones también nos selló como hijos adoptados de Dios. Él puso en nuestros corazones el clamor de un niño pequeño a Dios: “¡Abba, Padre!” (Rom 8:15).

El Espíritu luego continúa ayudándonos a orar, proveyendo oraciones que fueron registradas para nosotros (Mt 6:9-13), llenándonos con alabanzas bíblicas (Ef 5:18-19) y ayudándonos cada vez que pedimos al Padre (Lc 11:13). Cuando nuestro sufrimiento es demasiado grande como para expresarlo con palabras, el Espíritu incluso gime por nosotros (Rom 8:26). El Espíritu Santo es el aliento mismo de las oraciones de la Iglesia. 

En conclusión, orar es tener el aliento del Espíritu ayudándonos a comunicarnos, la sangre del Hijo abriendo el camino y el oído del Padre sintonizado a cada una de nuestras súplicas. Nuestro Dios triuno provee todo lo que necesitamos para orar.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Barry J. York
Barry J. York
El Dr. Barry J. York es presidente y profesor de teología pastoral en el Reformed Presbyterian Theological Seminary en Pittsburgh. Es el autor de Hitting the Marks [Dando al blanco].