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Este es el tercer artículo de la colección de artículos: Figuras históricas
Mientras la joven Lady Juana Grey, de dieciséis años, se encontraba en el patíbulo en una gris mañana de invierno, miró con calma a la multitud de espectadores. Entonces, reuniendo la fuerza que había pedido a Dios que le proporcionara, habló con tal aplomo y convicción que incluso sus verdugos se conmovieron.
Después de una breve y habitual admisión de culpa (todos los condenados a muerte debían admitir la justicia de su castigo), Juana enfatizó lo que le importaba más que cualquier otra cosa en el mundo. «Les ruego a todos ustedes, buenos cristianos», dijo, «que sean testigos de que muero como una verdadera mujer cristiana, y que no espero ser salvada por algún otro medio sino solo por la misericordia de Dios y los méritos de la sangre de Su único Hijo Jesucristo». Confesó algunos pecados pasados, en particular el amor a sí misma y al mundo, agradeció a Dios por Su misericordia y luego pidió oración, pero se cuidó de añadir: «mientras estoy viva», señalando así la futilidad de la creencia católica romana en la oración por los muertos.
Juana había gobernado Inglaterra por menos de dos semanas, durante uno de los períodos más turbulentos de su historia. El joven rey Eduardo VI acababa de morir de una enfermedad pulmonar, dejando órdenes no confirmadas para la instalación de Juana en el trono. Aprovechando el fuerte apoyo popular, María Tudor, la primogénita de Enrique VIII, reunió rápidamente sus fuerzas para reclamar sus derechos al trono. Juana fue arrestada, confinada a una sección de la Torre de Londres, y juzgada y declarada culpable de traición. Inicialmente, María parecía decidida a mostrar misericordia. Eso fue hasta que el padre de Juana fue atrapado como parte de una conspiración para derrocar al gobierno. En ese momento, Juana se convirtió en un riesgo demasiado grande para el reinado de María. Siempre y cuando ella estuviera viva, alguien podría intentar liberarla y reinstaurarla como reina. Su sentencia de muerte estaba sellada.
Sabemos relativamente poco de la vida de Juana hasta la muerte de Eduardo y la promulgación de su testamento, pero de los pocos documentos disponibles, ella emerge como una adolescente típica. Sus primeras cartas reflejan un simple deseo de alejarse de casa y una agradable demostración de habilidad literaria. Su queja, a menudo idealizada, de que sus padres no apreciaban su amor por los estudios superiores suena, en realidad, como el intento de una adolescente de suscitar simpatía en un momento de frustración personal. Incluso su maestro, John Aylmer, se mostró muy preocupado cuando ella comenzó a mostrar un interés aparentemente vano por la moda y la música.
Curiosamente, es en esta cotidianidad donde podemos encontrar el mayor aliento para nosotros y nuestros hijos. Cuando esta joven, completamente normal, repentinamente tuvo que enfrentar humillación, encarcelamiento y, finalmente, la muerte, las Escrituras y la teología que había aprendido de manera constante y casi imperceptible, día tras día, cuando era niña —principalmente en la iglesia, la escuela y los devocionales familiares— tomaron protagonismo en su vida.
La vida de Juana es un aliento para perseverar. Si estamos arraigados en el evangelio y en una teología sólida, las pruebas no nos tomarán desprevenidos.
Su formación teológica destaca particularmente en su relato de una discusión de tres días que tuvo con John Feckenham, un abad enviado por la reina María para persuadirla de aceptar la fe católica romana. Totalmente convencida de que «solo la fe salva», Juana desmanteló con confianza y pasión los argumentos de Feckenham respecto a la misa, señalando que Cristo se sacrificó una vez y para siempre en la cruz y que Él estaba ofreciendo un trozo de pan ordinario mientras estaba presente en cuerpo con los discípulos cuando dijo: «Esto es mi cuerpo» (Lc 22:19).
Su familiaridad con las Escrituras también es evidente en las cartas que escribió durante su encarcelamiento, particularmente una dirigida a Thomas Harding, su antiguo capellán, quien había renunciado a su fe en el evangelio. En solo un párrafo de ese mensaje audazmente explícito, ella citó de forma natural alrededor de once versículos bíblicos.
Finalmente, su última carta a su hermana menor Catalina refleja las palabras de consuelo e instrucción que Juana debió haber escuchado en sus años más jóvenes:
Desea, hermana, comprender la ley del Señor tu Dios. Vive para morir, para que por la muerte puedas entrar en la vida eterna, y luego disfrutar de la vida que Cristo ha ganado para ti con Su muerte. No pienses que solo porque ahora eres joven, tu vida será larga, porque jóvenes y ancianos mueren según la voluntad de Dios… Niega al mundo, desafía al diablo, desprecia la carne y deléitate solo en el Señor. Arrepiéntete de tus pecados, pero no desesperes. Sé fuerte en la fe, pero no presumas. Así como San Pablo, desea morir y estar con Cristo, con quien, incluso en la muerte, hay vida.
Juana inscribió la misma frase que escribió a su hermana—«Vive para morir, para que por la muerte puedas entrar en la vida eterna»—en la dedicatoria de su libro de oraciones que dejó a su carcelero. En sus últimos días, su muerte como cristiana fue lo único que importó, y asumió esa tarea con diligencia y devoción.
A veces es fácil vernos a nosotros mismos o a nuestros hijos como la joven Juana: asistiendo casi rutinaria o incluso distraídamente a los medios de la gracia y al estudio de la Palabra de Dios, y viendo poco fruto; pero la vida de Juana es un aliento para perseverar. Si estamos arraigados en el evangelio y en una teología sólida, las pruebas no nos tomarán desprevenidos. Fortalecerán la fe que «viene del oír», mientras que «el que comenzó en [nosotros] la buena obra, la perfeccionará» (Ro 10:17; Fil 1:6).

