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Transcripción
La iglesia cristiana lleva en este planeta casi dos mil años. Y, durante los primeros mil ochocientos años de historia de la iglesia, esta ha disfrutado de una confianza prácticamente universal sobre su fuente, su fuente primaria, de autoridad escrita, es decir, las sagradas Escrituras. Pero durante los últimos doscientos años, la iglesia ha experimentado un período de crisis sin precedentes, una crisis que llega hasta la raíz misma de la vida de la iglesia en relación con la pregunta: «¿Podemos confiar en las Escrituras?». En los últimos doscientos años se ha dirigido tanta crítica académica y estudiosa contra la confiabilidad de las Sagradas Escrituras, que hemos experimentado, no solo en la iglesia sino en la cultura, una pérdida evidente de todo sentido de autoridad.
Un teólogo a principios del siglo XX hizo esta observación. Dijo: «Los días de la crítica bíblica han alcanzado tal punto que ahora nos encontramos en un período de vandalismo bíblico». Ahora, para entender este tema de la crisis de autoridad bíblica, me gustaría retroceder un poco para hacer un análisis histórico, e ir, antes que nada, al siglo XVI, a la Reforma protestante. Creo que la mayoría de la gente de la iglesia se da cuenta de que el tema central de la Reforma protestante del siglo XVI era la doctrina de Lutero de la justificación por la fe sola. El lema de la Reforma, dado que la justificación era el punto central del debate, era esta sencilla frase latina, Sola Fide, que significa «por la fe sola».
Sabemos de la historia de Lutero, que en la víspera del día de Todos los Santos, colgó las noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg. Y luego tenemos la rápida expansión de la controversia más allá de los límites de esa universidad, permeando toda Alemania, produciendo gran conmoción y terminando finalmente en la mayor fragmentación del cuerpo de Cristo concebible. De hecho, cuando Lutero fue finalmente excomulgado por el Papa en Roma, la bula papal que anunció la excomunión de Lutero se tituló «Exsurge Domine», que significa en latín «Levántate, Señor» (esas son las primeras palabras de la encíclica papal), seguida de esta observación: «Hay un jabalí suelto en tu viña». Este jabalí salvaje, por supuesto, era Martín Lutero, quien puso el mundo patas arriba por esta controversia sobre la justificación por la fe sola.
Pero, lo que a menudo se pasa por alto sobre esta disputa del siglo XVI es que existía otra controversia que quizás fue tan grave para la vida de la iglesia y para las futuras generaciones como este debate sobre la justificación. De hecho, a los historiadores de la iglesia les gusta usar una vieja y arcaica distinción presentada primeramente por Aristóteles en la antigua Atenas. Una distinción entre lo que se llama «forma» y «materia». La materia es el componente de algo y la forma, por supuesto, es la estructura en la que se vierte o moldea esa materia. Por esto hacemos una distinción en filosofía entre lo formal y lo material. Los historiadores, cuando miran el siglo XVI, dicen: «La parte material de la Reforma, el componente de esta controversia, fue el debate sobre la justificación». Pero la parte formal del siglo XVI, la estructura en la que se desarrolló todo el debate fue el tema de la autoridad final en la vida de la iglesia y del cristiano.
Después de que Lutero expusiera sus tesis en Wittenburg, y atrajera la atención e interés de las autoridades de la iglesia en Roma, y se pusiera en varios aprietos eclesiásticos, suplicó por una oportunidad para debatir e incluso participar en lo que llamaron «disputas públicas». Y como sugiere la palabra disputas, significa involucrarse en un debate teológico con representantes de la iglesia para intentar llegar a una solución pacífica a este asunto que amenazaba la unidad de la iglesia. Y, por supuesto, durante ese período, Lutero tuvo dos disputas de ese tipo, con quizás los dos mayores teólogos católicos romanos del siglo XVI, Martín Eck y el cardenal Cayetano.
Pero lo que ocurrió, curiosamente, al menos para mí, en estas controversias es que, mientras debatían el tema de la justificación, estos grandes teólogos de la iglesia señalaron a este monje agustino de Wittenberg que sus puntos de vista sobre la justificación diferían significativamente de algunas enseñanzas oficiales de la iglesia. Estas autoridades recordaron a Lutero lo que la iglesia había enseñado en sus grandes concilios cuando muchas mentes de la iglesia se reunían y reflexionaban sobre temas teológicos, y cómo llegaban a definiciones oficiales de las doctrinas, lo cual llamaban De Fide, que era la explicación de la doctrina oficial de la iglesia, lo que la hacía vinculante para cualquier miembro constituyente de la iglesia. Estos teólogos no solo hicieron referencias a los antiguos concilios eclesiásticos, sino que también se levantaron y recitaron declaraciones papales relacionadas al tema de la justificación. Y pudieron demostrar que Lutero estaba en desacuerdo tanto con el Papa como con los concilios de la iglesia.
En ese momento de las deliberaciones, Martín Lutero era percibido por algunos clérigos de la iglesia como la persona más presuntuosa y arrogante imaginable. Y ellos le hacían la pregunta: «¿Quién crees que eres, que sabes más que los concilios de la iglesia o el Santo Pontífice que está en Roma? ¿Cómo te atreves a enseñar tu doctrina de la justificación cuando vas en contra de cómo la iglesia ha definido oficialmente estos asuntos en el pasado?». Y, así, en estos debates, se le preguntó a Lutero: «¿Te opones al Papa y a los concilios de la iglesia?».
Lutero admitió, para sorpresa de los presentes, que él, efectivamente, cuestionaba algunas de estas enseñanzas de la iglesia. Y admitió ante los presentes que, en su opinión (que no parecía ser muy humilde), en su opinión, los concilios eclesiásticos pueden equivocarse. Los concilios eclesiásticos pueden cometer errores. Y no solo un concilio de la iglesia puede cometer un error en teología, sino que el propio Papa puede estar equivocado. En este punto, por supuesto, Lutero fue comparado con el hereje bohemio Juan Huss, que había sido quemado en la hoguera por observaciones similares un siglo antes. Y en ese momento Lutero fue excomulgado y se puso precio sobre su cabeza, como si fuera un prófugo.
Finalmente, debido a que tanto alboroto se había extendido por todo el mundo, se intentó llegar a una resolución final. Convocaron a La Dieta Imperial en Worms, Alemania, donde los funcionarios de la iglesia, junto con los del Estado, se reunieron para una última oportunidad de discutir estos asuntos. A Lutero se le concedió un salvoconducto (lo que significaba que podía acudir libremente a esta disputa sin temor a ser arrestado o asesinado). Así que el veto fue levantado momentáneamente, y se dirigió a Worms, y ya ustedes conocen del momento histórico en que se le pidió que se retractara de su postura sobre sus enseñanzas de la Justificación y demás.
Lutero hizo esta afirmación cuando le dijeron: «Hermano Martin, ¿te retractas?», él dijo: «A menos que me convenza las Sagradas Escrituras o la razón evidente», dijo, «no me retractaré». Luego continuó diciendo estas palabras que han tenido tanto impacto en el mundo desde entonces: «Porque mi conciencia está cautiva por la Palabra de Dios. Y actuar contra la conciencia no es ni correcto ni seguro. Aquí estoy. No puedo hacer otra cosa. Dios me ayude». . . . y así por el estilo. Y sale a cabalgar en la noche, es secuestrado por sus propios amigos, va al castillo de Wartburg y traduce la Biblia al alemán.
Pero, en todo caso, en Worms, en este momento histórico, el segundo lema de la Reforma quedó establecido. Además de Sola Fide al que ya había hecho referencia, ahora llegaba el estandarte de Sola Scriptura. De nuevo, la palabra sola significa «solo» y scriptura obviamente se refiere a la Biblia o a las Escrituras. El lema dice: «¡Algo se cree por la Escritura sola!». ¿Qué se debe creer «por la Escritura sola»? Lutero decía que la única fuente escrita en este mundo que tiene el nivel de autoridad para atar realmente la conciencia de una persona es la Biblia.
Lutero tenía un enorme respeto por las ideas, la sabiduría y la enseñanza colectiva de los grandes teólogos del pasado. Dijo: «Sin duda podemos ser instruidos por la tradición de la iglesia. Podemos ser guiados por los concilios de la iglesia, los credos y las confesiones de nuestra fe no deben ser menospreciados». Y uno sería, sin duda, indescriptiblemente arrogante si simplemente creamos nuestra propia teología sin ninguna referencia al trabajo del pasado. «Pero», dijo, «con todo y lo que respetemos esas cosas, y con todo el nivel secundario de autoridad que puedan tener para regular los asuntos de la iglesia y demás, ningún documento escrito por hombres, ninguna confesión de fe, ninguna declaración de credo, ninguna expresión conciliar puede atar la conciencia de manera absoluta. La única persona que tiene ese tipo de autoridad para pronunciar las palabras y decir: «Así he dicho y así se debe hacer» es Dios mismo. Y solo el Dios de la Palabra tiene ese peso y autoridad».
Así que, lo que vemos aquí ahora es una crisis de autoridad. ¿Se ha conferido esa autoridad a un libro? ¿O se ha conferido esa autoridad a una institución, la iglesia? Ese fue el punto formal de la Reforma protestante. Y, por supuesto, el debate continuó a partir de ese momento. La Iglesia católica romana respondió a Sola Scriptura de dos maneras generales.
En primer lugar, recordaron a Lutero, Calvino y a otros reformadores del siglo XVI que la iglesia ni siquiera tendría la Biblia si no fuera por los concilios eclesiásticos tempranos de la historia de la iglesia que definían lo que realmente es la Biblia cuando el canon de la Biblia y del Nuevo Testamento fue establecido por los concilios eclesiásticos. Vamos a dar toda una clase sobre este tema de cómo se compiló realmente el canon de las Escrituras en la historia de la iglesia. Pero el punto que Roma estaba haciendo aquí, en respuesta a Lutero, era este. Dado que la Biblia se definió por la autoridad de la iglesia, entonces la iglesia debe tener al menos la misma autoridad que ella estableció para la Biblia, o, como algunos argumentan, incluso mayor autoridad que los documentos escritos de las sagradas Escrituras.
¿Vemos cómo esta pregunta está siendo desarrollada aquí? Si la iglesia es la institución que declara que la Biblia es la Biblia, ¿no indicaría eso que la iglesia o la institución que lo hace tendría al menos tanta autoridad como la Biblia o incluso más? Por supuesto, tanto Lutero como Calvino respondieron algo indignados ante eso, y recordaron a las autoridades de Roma que la palabra, la palabra clave, que la iglesia había usado históricamente cuando realmente definía el contenido de la Biblia era la palabra latina recipimus, que traducida significa: «Nosotros recibimos». Fue entonces cuando la iglesia declaró la lista de libros que debían incluirse en los libros del Nuevo Testamento, y la iglesia dijo: «Los recibimos como Sagradas Escrituras».
Permítanme hacer una analogía aquí en la forma en que lo hizo Lutero y lo hizo Calvino. El Nuevo Testamento utiliza el término «recibir» con respecto a la relación del creyente con Jesús. Estamos llamados a recibirle. A todos los que le reciben, a aquellos les da el poder o la autoridad para ser hijos de Dios. Ahora, cuando uno recibe a Cristo como su Señor y Salvador, el que yo reciba a Jesús ciertamente no le confiere ninguna autoridad a Jesús. Jesús tiene esa autoridad, sea que yo lo reciba o no. Él es el Señor, sea que lo reconozca como Señor o que no lo reconozca como Señor. ¿No es eso obvio? Y lo que los reformadores del siglo XVI le recordaban a la iglesia era esto: en la historia primitiva de la iglesia, cuando se usaba esta palabra (recipimus), en realidad, lo que la iglesia hacía era simplemente aceptar humildemente y reconocer su sumisión a la autoridad de la Biblia.
La segunda respuesta a esto llegó a mediados del siglo XVI. Tras el inicio de la Reforma protestante que se extendió por el mundo, la Iglesia católica romana no se quedó dormida ni decidió simplemente disolverse. La Iglesia católica romana se enfrascó en una rigurosa respuesta al protestantismo llamada la Contrarreforma. Una de las cosas, por cierto, que hizo la iglesia en la Contrarreforma, fue tomar en serio algunas de las críticas que se habían hecho sobre los escándalos morales que eran espantosos en la iglesia, y realmente hubo una auténtica reforma moral de la Iglesia católica romana en la Contrarreforma.
Fue muy importante y a menudo se pasa por alto. Pero, probablemente, el acontecimiento más significativo de la Contrarreforma fue un concilio ecuménico convocado por Roma en un lugar llamado Trento. Este Concilio de Trento fue la respuesta teológica oficial de la Iglesia católica romana a la Reforma protestante. Y varios temas se discutieron en profundidad y detalle en este Concilio, no menos importante, por supuesto, la justificación basada únicamente en la fe.
Pero antes incluso de discutir la justificación, que tuvo lugar en la sexta sesión, en la cuarta sesión de Trento, se abordó el tema de la autoridad. Y, en esta cuarta sesión, la Iglesia católica romana en el Concilio de Trento dejó bastante claro que hoy en día hay dos fuentes de autoridad divina en el mundo. Esas dos fuentes — no entraré en detalles aquí… Lo hago en otra serie de clases, y no creo que esté en vídeo. Está en audio, sobre teología católica romana. — Pero las dos fuentes son la Escritura y… (uso el latín del concilio et) — et (lo saben desde niños, ¿verdad?) Realmente está ahí en el diccionario de la Academia. — Escritura y Tradición. Esto indica lo que llamamos una fuente dual de revelación divina escrita especial… debes poder encontrarlo en las Escrituras o en la tradición de la iglesia. ¿Y eso qué significa? Significa esto. La Iglesia católica romana siempre ha tenido una opinión extremadamente alta de la Biblia.
La Iglesia católica romana no negaba en absoluto la autoridad de las Escrituras. La Iglesia católica romana, entonces y ahora, sostiene oficialmente que la Biblia no es nada menos que la Palabra de Dios, inspirada, infalible, etc. No lo negaban. Pero dijeron: «Además de esa fuente, tenemos otra fuente infalible de la verdad de Dios, y esa fuente infalible es la tradición». Aquí es donde surge el problema. ¿Qué pasa si había un conflicto entre la enseñanza de la tradición y la enseñanza de las Escrituras? Eso era lo que estaba sucediendo con Lutero. Él decía: «Sé lo que enseña la tradición, pero no veo cómo encaja con lo que Pablo enseña sobre la justificación en su carta a los Romanos». Y la iglesia respondió que es función de la tradición no solo dar una fuente de información que no se encuentra en las Escrituras, sino también dar la interpretación infalible de la Biblia. Y así, Lutero, al negar la tradición, en la opinión de Roma, también negaba la Biblia. Porque Roma dice: «La tradición y la Biblia coinciden». Y esa disputa, por supuesto, continúa hasta hoy.
Ahora, en los pocos minutos que me quedan, quiero preparar bien las bases para esta serie. Puedes ver hasta aquí de qué se trata este debate; he dedicado mucho tiempo al siglo XVI porque básicamente es el mismo debate que tenemos hoy en día. El debate en la vida de la iglesia es: «¿Cuál es la autoridad? ¿Cada uno por su cuenta? ¿Abrazamos el relativismo cultural, el relativismo filosófico?». Incluso en el periódico de esta mañana, leí uno de los editoriales de Charlie Reese que decía que hoy vivimos en una sociedad que no tiene moralidad. No es inmoral. Es amoral. No hay un estándar. No hay autoridad absoluta. Esa es la crisis que estamos viviendo hoy, «¿Existe una autoridad?».
Cuando estaba en la universidad, leí un pequeño libro, pero era un libro profundo, muy filosófico… con el título… Es una pregunta. Este era el título del libro, ¿Con qué estándar? No sé cuántas veces he pensado en el título de ese libro desde que lo leí como estudiante universitario. ¿Según qué criterio determinamos quién dice la verdad? ¿Existe un estándar? ¿Hay algún examen? ¿Podemos saber algo con certeza? ¿O han desaparecido todos los estandartes entre nosotros? De nuevo, se trata de un asunto de autoridad, y antes de profundizar en este tema de la autoridad de la Biblia, quiero dedicar los últimos minutos que tengo en este segmento a algunas breves definiciones del significado de la palabra autoridad.
¿Qué significa la palabra autoridad? Déjame escribirlo en la pizarra. Estoy poniendo a prueba esta pizarra, y espero que disculpen todo el polvo de tiza que les está llegando. La definición simple de autoridad es «el derecho a imponer una obligación». El derecho a imponer obligaciones. En nuestra cultura usamos un lenguaje autoritativo todo el tiempo. Decimos: «Debes, deberías, tienes que…». Y la persona pensante, cuando oye a alguien decir: «Deberías hacer esto, o tienes que hacer esto, o deberías hacer aquello», la persona que piensa, al menos en su mente, piensa: «¿Quién lo dice? ¿Por qué debería? ¿Por qué voy a dejar que impongas una obligación sobre mí? ¿Con qué autoridad intentas dirigirme y hacerme responsable de cualquier patrón o acción de comportamiento?». Esa es la pregunta.
¿Según qué estándar? ¿Con cuál autoridad respondemos la pregunta? Eso es lo que está en juego con el tema de la autoridad de la Biblia.






