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Transcripción
En nuestra primera sesión del estudio sobre la autoridad de las Escrituras, estuvimos repasando los antecedentes históricos de la crisis de autoridad a la que nos enfrentamos en la iglesia. Y también en el mundo actual. Recordarán que mencioné el hecho de que Lutero acuñó la frase Sola Scriptura, por las Escrituras solamente, que se convirtió en uno de los gritos de guerra de la Reforma protestante. Y cuando se nos acababa el tiempo en esa primera parte, estuvimos discutiendo el significado del término autoridad, y definí brevemente la palabra autoridad como: «el derecho a imponer obligaciones». Vimos, por ejemplo, el episodio del encuentro de Jesús con el centurión, que sabía lo que era estar bajo autoridad, poder decir «vayan» y la gente iba, y así por el estilo.
Ahora, quiero que nos fijemos en algo irónico de esta palabra «autoridad». Tenemos una expresión en nuestra cultura que llamamos la regla de oro, y la definición jocosa de la regla de oro es que dice: «quien tiene el oro manda». Recuerdo que Karl Marx observó que «quien posee los medios de producción controla el mundo». Y yo lo entendí mucho antes de estudiar nada sobre Karl Marx. Lo entendí de niño, cuando jugábamos a la pelota en la calle, en los terrenos baldíos de Pittsburgh. No teníamos la oportunidad ni el privilegio de contar con árbitros que supervisaran y actuaran como mediadores en nuestras disputas.
Había ocasiones en que ambas partes estaban convencidas de que tenían razón y que la otra estaba equivocada. Yo decía: «Fuera». Él decía: «Dentro». Y así discutíamos… ¿Cómo lo solucionas? La forma en que resolvíamos era que el dueño del bate y la pelota tenía la razón. Él decía: «Es mi pelota, es mi bate, estoy “dentro”. ¿Entiendes? Si no lo estoy, se acabó el juego». Así es como lo hacíamos. Entendemos que hay una cierta autoridad que no solo va con la propiedad, sino (aquí está el juego de palabras) con la autoría. Por lo tanto, el tema de la autoridad de la Biblia está inseparablemente relacionado con el tema, en última instancia, de la autoría de la Biblia.
¿De dónde viene este libro? ¿Nos ofrece la Biblia simplemente una colección variada de ideas o la sabiduría de un pueblo judío primitivo? ¿Todo lo que tenemos aquí son las opiniones, como sombras en la caverna de Platón, de antiguos profetas como Jeremías, Isaías, Ezequiel, Daniel, etc., o tenemos aquí un documento escrito cuyo autor en realidad es Dios? Históricamente, la confesión de la iglesia ha sido precisamente esa, y, de nuevo, la terminología latina que se ha utilizado para confesarla históricamente son palabras como estas: que la Biblia es la Vox Dei. O el Verbum Dei. La voz de Dios. O, más comúnmente, «la Palabra de Dios».
¿Es la palabra de los hombres o es la Palabra de Dios? Ese es el quid de toda la controversia. Bueno, es el quid, no es la totalidad de toda la controversia, porque hoy en día hay personas que dicen que sí, que creen que la Biblia es la Palabra de Dios, pero que no es del todo cierta. Consideraremos esas teorías más adelante, ya que para mí es inconcebible que algo pueda ser la Palabra de Dios y no sea la verdad, pero hay quienes afirman concebirlo así. Pero, en todo caso, el quid del asunto para la mayoría de la gente es: «¿Cuál es la fuente?». ¿De quién son estas palabras en última instancia? Nadie argumenta, que yo sepa, que la Biblia llegó a la tierra en un paracaídas desde el cielo y que en la primera página dice: «A continuación está este libro que he escrito con Mi dedo. Por favor, presten atención para observar todo el contenido del mismo. Atentamente, Dios».
Sabemos que este libro no fue escrito por Dios, en lo que respecta a la causa inmediata de su compilación o su origen. Pero cuando decimos que es la Palabra de Dios, queremos decir algo más que eso, reconociendo plenamente que su redacción real fue realizada por seres humanos. Ahora, me gustaría examinar un par de pasajes de las Escrituras en los que este asunto de la autoría cobra especial importancia. Cuando Pablo escribe a la iglesia de Roma, al principio de la epístola, como era su costumbre, se identifica como autor y luego saluda a sus amigos que van a recibir la epístola.
Romanos 1 comienza con estas palabras tan conocidas: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios». Una vez más, se trata de un saludo muy sencillo en el que se identifica como autor. Pero en ese solo versículo, damas y caballeros, hay una gran cantidad de información vital sobre la autoridad de las Escrituras, por no mencionar la importancia del concepto mismo de apostolado, que espero que podamos examinar más adelante, si el tiempo lo permite. Pero la frase que me llama la atención por ahora es la última. Pablo dice que ha sido llamado como apóstol. Ha sido apartado. Ha sido consagrado, ¿para qué? Para el Evangelio de Dios. El Evangelio de Dios. ¿Y entonces qué?
Bueno, cuando decimos que el Nuevo Testamento nos da el Evangelio de Jesucristo, ¿qué entendemos que significa eso? Queremos decir que el Evangelio es la buena nueva sobre la persona y la obra de Jesús. Por lo tanto, cuando decimos «el Evangelio de», ¿qué es lo que realmente queremos decir? El Evangelio sobre. Pero la estructura gramatical de este comentario que Pablo hace aquí en Romanos no permite esa interpretación de ese «de» en este caso. Aquí se trata de un «de» posesivo. Cuando dice «el Evangelio de Dios», la mejor manera de traducirlo —para entenderlo bien— es decir, no el Evangelio sobre Dios, sino el Evangelio de Dios. Pablo está diciendo que, como apóstol, está apartado para anunciar el mensaje de Dios, de modo que aquí el Evangelio no es el Evangelio sobre Dios, sino que… pertenece a Dios. Es decir, él es la fuente del anuncio.
Recientemente, estaba haciendo un estudio bíblico en Lucas. Y estaba viendo el primer capítulo del evangelio de Lucas, donde, por supuesto, Lucas repasa los episodios relacionados con la anunciación del ángel Gabriel a Zacarías. Mientras Zacarías estaba ministrando en el templo, Gabriel se le aparece y le dice que él y su anciana esposa Elisabet van a tener un hijo. Y que ese niño será el heraldo del Mesías. Será Juan el Bautista, y todo eso. Y, cuando Gabriel le da esta noticia a Zacarías, éste se queda atónito. Está estupefacto. No solo está aterrorizado por la presencia del ángel, sino que se queda allí parado, sin poder creer lo increíble que es este mensaje.
Voy a tener un hijo, mi… Mi esposa es demasiado mayor para tener hijos (es estéril, etc.), y protesta ante Gabriel, diciéndole: «Pero yo soy un anciano». ¿Saben qué le responde Gabriel? Le dice: «Yo soy Gabriel. Vengo de la presencia misma de Dios». ¿Cuál es el significado? Gabriel dice: «Soy un ángel, un mensajero de Dios. No me digas que eres demasiado viejo. Si crees que tu edad significa que mi anuncio, mi informe, mi mensaje no puede ser cierto porque eres viejo y frágil y débil, y tu esposa ha superado la edad de tener hijos, Zacarías, considera la fuente de este mensaje. Soy Gabriel. Vengo de la presencia de Dios». ¿No ves lo que está diciendo? Zacarías, el mensaje que te doy tiene la máxima autoridad posible. Y Zacarías dijo: «Oh…», y eso es todo lo que dijo durante nueve meses, como pueden recordar la historia.
Bueno, cuando consideramos el tema de la autoridad bíblica, algunas personas dicen: «¿Qué… por qué nos preocupamos tanto por eso? ¿No es todo este debate sobre las Escrituras una tormenta en un vaso de agua?». Incluso mi querido profesor de la escuela de posgrado en Holanda no podía entender la mentalidad de los cristianos estadounidenses que discutían tanto sobre el tema de la infalibilidad, la inspiración o la inerrancia de la Biblia. No podía… no podía entender a qué venía tanto alboroto. Y recuerdo haber tenido una discusión con él en su casa sobre este tema en una ocasión. Básicamente, su percepción era que la mentalidad estadounidense, al debatir el tema de la autoridad de la Biblia, es una especie de juego de policías y ladrones, los buenos y los malos.
Lo que él decía era: «Este problema de que la gente se preocupe tanto por si la Biblia es verdadera o no, es una especie de ejercicio o deseo malsano de aristotelismo griego tras la verdad, que nos aleja de la fe. Básicamente, la actitud es: «¿Qué más da si es impecable en todo lo que enseña? Se trata de algo de fe. No necesitamos tener una certeza absoluta». ¿Saben algo? Por mucho que discrepe de mi querido profesor en su opinión sobre este tema, tengo que admitir lo siguiente: que no debería haber ninguna razón por la que tengamos que tener una fuente histórica infalible o un conocimiento razonable sobre Jesús de Nazaret.
Puedo concebir, teóricamente, que Dios pudiera haber elaborado el drama de la persona y la vida de Jesús, hasta la cruz, la resurrección y todo lo demás, y que un grupo de personas falibles escribieran sus relatos al respecto, cometiendo pequeños errores y discrepancias, y contradicciones aquí y allá, y pusieran a prueba nuestra fe en ese momento para ver si esto es creíble o no. No exigimos infalibilidad a Heródoto, Tácito, Tucídides, Jenofonte o Josefo, y sabemos que están lejos de ser infalibles. Tampoco esperamos infalibilidad de Platón, Aristóteles o Immanuel Kant. Sin embargo, les damos gran credibilidad cuando la importancia de las cosas que enseñan nos convence y nos persuade. Entonces, ¿por qué no podría ser lo mismo con las Escrituras? ¿Por qué tenemos que estar tan obsesionados con asegurarnos de que no haya errores, etc., en la Biblia? Y yo… puedo entender lo que dice, excepto por un punto fundamental. Me estoy refiriendo a lo que las Escrituras alegan de sí mismas.
Ahora, si alguien se me acerca y dice: «Mira. No estoy muy seguro de lo que vi la semana pasada. Pero, de hecho, tengo que dudar de mis propios ojos, porque nunca antes había tenido una experiencia como esta. Pero, por si sirve de algo, el testimonio que daría en un tribunal, según puedo recordar, es que vi cómo mataban a este caballero. Vi cómo le clavaban una lanza en el costado. Vi cómo bajaban el cuerpo. Vi cómo envolvían el cuerpo para su sepultura. Y vi cómo sellaban el cuerpo en una tumba. Y sé que vas a pensar que he perdido el juicio, pero el otro día oí a algunas personas decir que salió de esa tumba al cabo de tres días y que fue visto por quinientas personas y, sí, anoche lo vi a Él».
Si eso fuera todo lo que tuviéramos, aun así querría saber más. El hombre podría ser creíble, podría ser una fuente fiable, aunque su mensaje sin duda pone a prueba toda credibilidad. Porque estaría hablando del milagro de los milagros, ¿no es así? Alguien que realmente regresó de entre los muertos. Pero ahora, supongamos, por otro lado, que ese hombre se acerca y dice: «Voy a escribir este relato, y te escribo para decirte que esta es la Palabra de Dios». Luego vi que ese testigo que dio testimonio del acontecimiento más importante de la historia de la humanidad cometió errores, errores insignificantes, errores menores, de historia, de verdad. ¿Qué pasaría con nuestra confianza en su afirmación de hablar con la autoridad de Dios? Verán, yo espero que los seres humanos cometan errores. No espero que Dios cometa errores.
Si la Biblia afirma ser la Palabra de Dios y no lo es, aun así podría ser cierta en general. Pero esta afirmación, al menos, quedaría evidenciada como un fraude. Y algo que tengo que decirles… «Soy de Missouri». No dedicaría mi vida a adorar y servir a un hombre de quien todo lo que sé proviene de una fuente que ha demostrado ser fraudulenta. Tendría que crucificar mi mente para entregar mi vida a Jesús, cuando lo único que sé sobre Jesús tiene su origen y se basa en este relato bíblico, y si los autores bíblicos, que me cuentan la historia de Jesús, afirman estar dándonos la Palabra de Dios, y no es la Palabra de Dios, entonces simplemente no voy a escucharla. Así de sencillo.
Ahora, seamos claros sobre algo. En mi opinión, el hecho de que un libro afirme ser la Palabra de Dios no lo convierte en la Palabra de Dios. Yo podría escribir un libro y decir: «Esta es la Palabra de Dios». Ustedes sabrían al instante que no es la Palabra de Dios porque me conocen. Espero que cualquiera reconozca al instante que no es la Palabra de Dios. Pero, ¿cuánto me costaría…? Es decir, ¿qué tan difícil es decir: «Esta es la Palabra de Dios»? Cualquiera podría decir eso. Decirlo no lo convierte en realidad. Pero, ¿ven lo que está en juego cuando alguien hace esa afirmación? La Biblia hace ese tipo de afirmación. Y eso es lo que quiero que veamos aquí, brevemente en esta clase.
Veamos, por supuesto, el texto más conocido, el de la segunda carta a Timoteo, donde Pablo escribe a su amado hijo en la fe y, quizás, esto es al final de la vida de Pablo, y le encarga a Timoteo la sagrada responsabilidad de continuar, etc. Y le dice en el capítulo 3 de la segunda carta a Timoteo, versículo 13: «Los hombres malvados y los impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados». Me resulta interesante que… en el Nuevo Testamento, engañar a la gente, ser engañoso, se describe aquí como una característica de personas malvadas. Sé que la palabra «malvado» es un arcaísmo en nuestro vocabulario actual. No vamos por ahí diciendo: «Ese tipo es malvado, esa persona es malvada, esa mujer es malvada. Podemos decir que son corruptos, o algo por el estilo. Malvados. El Nuevo Testamento no se anda con rodeos. Dicen: «Estas personas son malvadas porque engañan».
Ahora, ¿qué es un engaño? Un engaño, amados, es una distorsión de la verdad. Lo único que me desconcierta cada día de mi vida, como teólogo, es la poca importancia que el mundo cristiano le da a la verdad. Pero el Nuevo Testamento valora mucho la veracidad, y ahora que Pablo le está pasando la batuta a Timoteo, le dice: «Ten cuidado. Los hombres malvados, los impostores, irán de mal en peor, engañando y siendo engañados. Tú, sin embargo, continúa en las cosas que has aprendido y de las que te has convencido, sabiendo de quién las has aprendido».
Cuando era niño, a veces era víctima de insultos insensibles. Uno pasa por esos dolorosos años de la adolescencia y, cuando menos te lo esperas, te salen los dientes definitivos torcidos. Los niños empezaron a llamarme Conejo. Oye, dientes de conejo. Vaya, eso solía herirme mucho. Recuerdo que llegaba a casa llorando y mi madre me decía: «¿Por qué lloras?». Y yo le respondía: «Porque fulano me llamó Conejo». Y la panacea de mi madre para todos los insultos, cuando era niño, era esta frase que repetía sin cesar: «Hijo», decía, «considera la fuente». Y yo ni siquiera sabía lo que significaban esas palabras: «considera la fuente». ¿Qué quiere decir «considera la fuente»? En otras palabras, me decía: «Antes de sentirte herido por lo que alguien dice, considera quién es la persona que lo dice».
Lo he hecho toda mi vida. Tengo que escuchar las críticas de la gente, y hay ciertas personas que, cuando me critican, me saltan los oídos de la cabeza. Quiero asegurarme de escuchar cada palabra de la crítica. Valoro mucho su opinión. Hay otras personas que pueden criticarme hasta el infinito, y me entrará por un oído y me saldrá por el otro, porque no tienen credibilidad para mí. Todos somos así. Consideramos la fuente. Y Pablo dice: «Timoteo, quiero que te mantengas en aquellas cosas que has aprendido y de las que te has convencido, y que recuerdes dónde las aprendiste y de quién las oíste».
Quizás Pablo se refiera simplemente a la fuente de su abuela. Pero creo que es más que eso. Él dice que «desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús». Y luego viene la clásica declaración, 2 Timoteo 3:16: «Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda buena obra». Toda la Escritura, toda la graphe, que en este contexto solo puede referirse a un cuerpo de literatura. Literalmente significa todos los escritos.
Pero es un término técnico, y en este período solo puede referirse a los escritos sagrados. Y, por supuesto, el enfoque principal de lo que Pablo está hablando aquí es el Antiguo Testamento, aunque el término graphe no excluye necesariamente los escritos que ahora se están produciendo como Nuevo Testamento. Como en otros lugares, un apóstol habla del escrito de otro apóstol y lo incluye bajo la categoría de graphe, el resto de las Escrituras, el resto, igual que el resto de los escritos. Así que incluso los apóstoles reconocían los escritos de los demás como pertenecientes a esa categoría de graphe, de la sagrada Escritura. El punto que Pablo hace aquí es este: que todo el graphe es theopneustos, en griego. Dice aquí que traducido es: «inspirado por Dios.»
Tendré que ser sincero con ustedes, señoras y señores, no me gusta esa traducción. Nunca me ha gustado. El difunto Benjamin Warfield escribió un magnífico ensayo sobre esta palabra theopneustos y señaló que el significado literal de esta palabra griega es «sopladas por Dios». Un último punto: 2 Pedro, capítulo 1, «Pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios». Es en el origen de la Escritura, en Dios y en Su cuidado, en el que se fundamenta la autoridad de la Escritura.






