
La autorrevelación de Dios
22 septiembre, 2026Tres consejos para mejorar tu vida de oración
No creo haber conocido jamás a un cristiano plenamente satisfecho con su vida de oración. Quizá conozcas bien esta experiencia: intentas orar, pero sientes que las palabras se desvanecen antes de llegar al techo y comienzas a preguntarte: «¿Dios me estará escuchando o estoy hablando conmigo mismo?». También está esa terrible pesadez. Intentamos mantenernos despiertos para orar, pero, como les sucedió a los discípulos, apenas cerramos los ojos y comenzamos a decir: «Amado Señor…», esas palabras parecen producirnos el efecto de un somnífero. O quizá las preocupaciones del día siguiente nos distraigan, y lo que comenzó como una petición termine convirtiéndose en una conversación imaginaria con un compañero de trabajo. Entonces llega el desánimo: ¿Por qué me cuesta tanto orar?
Lo cierto es que muchas veces hacemos las cosas más difíciles de lo necesario. Piensa en la oración como un ejercicio. No siempre tendrás ganas de orar, y algunas sesiones resultarán más satisfactorias que otras. En el ejercicio físico, la constancia produce resultados, pero también es necesario emplear la técnica adecuada y tener expectativas realistas. Estos son algunos consejos sencillos para fortalecer el músculo de la oración.
1. Arrepiéntete
En primer lugar, arrepiéntete. A Dios no le interesan las peticiones fingidas con las que pretendemos ocultar un corazón rebelde. No es casualidad que, antes de enseñar el Padrenuestro a sus discípulos en el Sermón del Monte, Jesús les diera una serie de instrucciones sobre cómo no debían orar. En resumen, les advirtió que no fueran hipócritas ni supersticiosos (Mt 6:5-8).
A veces utilizamos la oración como una máscara para escondernos. Pronunciamos las palabras correctas mientras nuestro corazón está en el lugar equivocado. La oración nunca es un medio para justificarnos delante de Dios ni una forma de lucirnos ante otros cristianos. Dios ve la falsedad de nuestras oraciones. En el libro de Isaías, dijo a Su pueblo del pacto:
Cuando extiendan sus manos,
esconderé Mis ojos de ustedes;
sí, aunque multipliquen las oraciones,
no escucharé.
Sus manos están llenas de sangre (Is 1:15; véase también Pr 15:29).
Nada seca tanto la corriente de la oración como vivir en pecado. Antes de entrar en comunión con Dios por medio de la oración, dedica un momento a confesarle tus pecados. Quizá descubras que ese bloqueo que has experimentado al orar se debe precisamente a lo que tienes en tus propias manos.
2. Recuerda quién es Dios
En segundo lugar, recuerda quién es Dios. El Padrenuestro comienza con las palabras: «Padre nuestro que estás en los cielos». En el Nuevo Testamento griego, la palabra «Padre» aparece primero. No todas las personas tienen el derecho de llamar a Dios «Padre», sino únicamente aquellos que han sido adoptados en la familia de Dios mediante la obra de Jesucristo. Pablo escribió: «Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Ro 8:15).
Recuerda que el acceso privilegiado que tienes al Padre fue concedido por medio de Jesús, el Hijo. ¡Qué camino tan maravilloso ha abierto Jesús para que los pecadores pudiéramos invocar al Dios santo con confianza! (véase He 4:16). Recordar lo que Dios ha hecho nos ayuda a descansar en nuestra identidad como Sus hijos amados. También nos da la certeza de que Él no se limita a tolerar nuestras oraciones, sino que desea escucharlas, así como un buen padre atiende el clamor de sus hijos (Mt 7:11).
3. Repite
Por último, repite. Nunca desarrollarás una vida de oración constante si oras únicamente cuando te ves obligado a hacerlo o cuando tienes ganas. Cultivar el hábito de la oración implica proponerte acudir a Dios todos los días, quizá incluso a horas determinadas. Aunque Jesús prohíbe las repeticiones vanas, no condena la perseverancia. Recuerda cómo elogió a la viuda persistente por «venir continuamente» (Lc 18:5). Llama a las puertas del cielo con tus oraciones, como si quisieras derribarlas. Cuando te desanimes, recuerda las palabras de Juan: «Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye» (1 Jn 5:14).
¿Estás orando para que se cumpla la voluntad de Dios en tu vida, para que Él te santifique y te moldee cada vez más a la imagen de Jesús? Cobra ánimo: tus llamados no quedarán sin respuesta ni serán rechazadas tus peticiones. El hecho de que Jesús enseñara a Sus discípulos a pedir el pan de cada día significa que espera escucharte hoy, y todos los días (Mt 6:11).

