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Transcripción
Al llegar a la conclusión de nuestra serie sobre ángeles, todavía queda mucho por cubrir respecto a la actividad de Satanás. Hemos visto que no posee atributos divinos; que aunque es más poderoso que nosotros, no es omnipotente; aunque sabe más que nosotros, no es omnisciente; y no puede estar en más de un lugar al mismo tiempo porque está limitado por su propia finitud como criatura. Pero también vimos que es un mentiroso, que es listo y astuto, y que al mismo tiempo, es resistible.
Una de las cosas que con frecuencia se pasa por alto sobre la naturaleza de Satanás y su actividad es su carácter metamórfico, y cuando hablamos de metamorfosis, hablamos de aquello que cambia en su apariencia exterior – como la mariposa cuando pasa por la metamorfosis pasando de un gusano a una criatura que vuela, muy hermosa. Lo que se quiere decir al describir a Satanás como metamórfico es su capacidad, decimos en teología, de manifestarse como sub specie boni, que significa, literalmente, «bajo la apariencia del bien» – que lejos de ser ese personaje ridículo con el traje rojo, los cuernos y el tridente del que hablamos en la última sesión, más bien tiene la capacidad de manifestarse, dice la Escritura, como un ángel de luz.
Él no se nos enfrenta mostrando colmillos, con un rostro horrible; sino que se acerca disfrazado de belleza, con aspecto atractivo. Eso es parte del atractivo de sus técnicas seductoras. Creo que si Satanás se manifestara en una persona humana, no lo haría en una persona horrible, famosa y miserablemente malvada como Sadaam Hussein u Osama bin Laden, sino que saldría al escenario de la historia luciendo como un Billy Graham (no por algo malo en Billy Graham). Solo digo que intentará parecer alguien loable, alguien que manifiesta algún tipo de rectitud, pero lo hace de una manera hipócrita porque es un mentiroso.
En las Escrituras se le llama el «príncipe de las tinieblas», «el príncipe de la potestad del aire», el que es «el príncipe de este mundo» – ese es su dominio. Y las dos funciones principales con que se relaciona con el mundo son las funciones de tentar y acusar; es muy importante para nosotros entender ambas funciones de Satanás. Con la que estamos más familiarizados es con su función como el tentador. Ya hemos visto cómo, en el paraíso, sedujo a Adán y Eva tentándolos a pecar. Sabemos que todos sus poderes y experiencia se desataron contra Jesús en Su experiencia infernal de tentación en el desierto de Judea. De nuevo, me estremezco al pensar en lo que nuestro Señor vivió en esa experiencia de 40 días.
Como ya dije, la diferencia entre el entorno en el que Jesús fue sometido al poder de Satanás, comparado al de Adán y Eva, es abrumadora. Adán y Eva fueron tentados en medio del paraíso, en medio de un huerto exuberante donde la fruta y la comida estaban disponibles en todos los rincones. Jesús es sometido al asalto de Satanás en medio del desierto de Judea, y si alguna vez has estado en Palestina – si alguna vez has estado en Israel – y has pasado por el desierto de Judea, es uno de los lugares más desolados que verás en tu vida. Los únicos seres vivos que hay allí son algunas aves, un par de conejos, escorpiones y algunas serpientes. Es un lugar horrible. Sin embargo ahí estuvo Jesús, durante 40 días en ese lugar de desolación, sometido al ataque desenfrenado del adversario, de Satanás.
El ataque llega a Adán y Eva con el estómago lleno; llega a Jesús después de 40 días de ayuno, cuando tiene los dolores naturales y biológicos del hambre. Además, el ataque se produce contra Adán y Eva mientras comparten la fuerza mutua de la compañía y la camaradería humana. Soren Kirkegaard dijo: «No hay una condición más devastadora a la que un ser humano pueda estar sometido durante un período de tiempo que la soledad». Si vamos a aumentar las penas para los presos tras las rejas, los ponemos en confinamiento solitario. Y aquí está Jesús, completamente solo, durante un período de 40 días, cuando llega la tentación.
Pensemos, por ejemplo, en la parábola del hijo pródigo, cuyo comportamiento es una cosa cuando está en la casa del padre y con la familia, y no manifiesta su degeneración radical sino hasta que va a un país lejano donde es anónimo, donde nadie lo conoce, donde no hay expectativa de cierto tipo de comportamiento. Y de igual manera, nuestro Señor experimenta este anonimato allí en el desierto; y Satanás intenta aprovecharse de ello. «Sabes, solo arrodíllate ante mí. Arrodíllate una vez. Nadie lo sabrá; nadie lo verá, y todos los reinos del mundo serán tuyos». Esta es su especialidad: acercarse al pueblo de Dios e intentar seducirlos al pecado.
Saben, el pecado en sí mismo es muy atractivo para nosotros. Si sabemos algo sobre las cosas de Dios, sabemos que el pecado nunca podrá hacer feliz a nadie; y, sin embargo, nos vemos impulsados a buscar nuestra propia felicidad. Jonathan Edwards dijo una vez que la acción de la voluntad, la acción de la volición, es que la mente elige lo que parece ser bueno para nosotros en ese momento; de modo que cuando elegimos algo, lo hacemos, no porque creamos que tiene algo de rectitud moral en sí, sino porque creemos que será bueno para nosotros.
Quedamos confundimos entre la felicidad y el placer. El pecado trae placer, pero nunca felicidad. Aún no lo hemos aprendido; no lo aprenderemos hasta que descubramos que nuestra única felicidad está en Dios y en las cosas de Dios, cuando entremos a la gloria celestial. Entre tanto, estamos sujetos a estos avances seductores de Satanás, que hace que el pecado parezca bueno a la vista, con la promesa de placer.
Ahora vemos cómo Satanás intenta seducir a Jesús. Tiene éxito con Adán y Eva. Va tras Pedro, y va tras todo el pueblo de Dios en las páginas de las Escrituras, y se nos dice que Dios nunca, jamás nos tienta. Esta es una gran diferencia entre Satanás y Dios; y sin embargo leemos con frecuencia en las Escrituras que Dios nos pondrá en el lugar de la prueba. Pone a prueba a Abraham. Es el Espíritu Santo quien impulsa a Jesús al desierto para ser puesto a prueba por Satanás, y sin embargo Santiago nos dice: «Que nadie diga cuando es tentado: «Soy tentado por Dios»» y, en ese sentido, lo que queremos decir es que Dios nunca nos seduce ni intenta guiarnos a pecar; pero puede ponernos en el lugar de la prueba.
Aquí es donde la historia de Job, en el Antiguo Testamento, resulta tan instructiva para nosotros. Vamos a ella por un momento. Leemos en el primer capítulo de este libro, esta descripción de Job: el primer versículo: «Había un hombre en la tierra de Uz llamado Job. Aquel hombre era intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal». Qué descripción tan tremenda de integridad tenemos de Job en esta introducción. «Le nacieron siete hijos y tres hijas. Su hacienda era de 7.000 ovejas, 3.000 mil camellos…». Esto pudo haberlo convertido en el hombre más rico del mundo. «Sus hijos acostumbraban ir y hacer un banquete en la casa de cada uno por turno, e invitaban a sus tres hermanas para comer y beber con ellos».
La familia era maravillosa. «Cuando los días del banquete habían pasado, Job enviaba a buscarlos y los santificaba, y levantándose temprano…» ¿para qué? Adorar a Dios, «…ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque Job decía: «Quizá mis hijos hayan pecado y maldecido a Dios en sus corazones»». Job siempre hacía así. Él fue el modelo, el paradigma de la virtud como padre en las Escrituras. ¿Y luego qué pasa? ¿Qué es lo que hace que el mundo de Job se derrumbe y se desintegre?
En el versículo 6: Un día, cuando los hijos de Dios vinieron a presentarse delante del Señor, Satanás vino también entre ellos. Y el Señor preguntó a Satanás: «¿De dónde vienes?». Entonces Satanás respondió al Señor: «De recorrer la tierra y de andar por ella». Y el Señor dijo a Satanás: «¿Te has fijado en Mi siervo Job? Porque no hay ninguno como él sobre la tierra; es un hombre intachable y recto, temeroso de Dios y apartado del mal». Satanás respondió al Señor: «¿Acaso teme Job a Dios de balde? (por nada) ¿No has hecho Tú una valla alrededor de él, de su casa y de todo lo que tiene, por todos lados? Has bendecido el trabajo de sus manos y sus posesiones han aumentado en la tierra. Pero extiende ahora Tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no te maldice en Tu misma cara». Este es el desafío que Satanás plantea a Dios.
Aquí ya está acusando a Job de hipocresía. Dice: «He estado por todo el mundo, y todos los que están ahí abajo están en mi bolsillo. Soy el príncipe de este mundo. Todos me están siguiendo». Dios dijo: «¿Y Job? ¿Has visto a Mi siervo Job, que está firme, sin culpa?» «¡Ja!» dice Satanás. «¡Por supuesto! A caballo regalado no se le mira el diente. Has puesto un cerco a su alrededor; le has dado más dinero que a nadie en el mundo. ¿Te sirve Job de gratis? Claro que no. Pero déjamelo a mí. Déjamelo a mí y te demostraré que Job es solo un amigo en las buenas. Cuando termine con él, te maldecirá en la cara». Este es el desafío… que Satanás le hace a Dios.
Entonces Dios dijo: «Bien, adelante. Quitaré el cerco y veremos qué pasa». Y tenemos esta historia increíble en el Antiguo Testamento de la persistente miseria humana causada por Satanás sobre la vida, sobre la familia, sobre las posesiones de este hombre piadoso. Antes que nada, esto debería enseñarnos algo sobre la actividad de Satanás. Satanás puede causar grandes daños a nuestras vidas: aflicciones corporales, pérdida de posesiones, todo tipo de sufrimiento.
Pero aquí es donde más somos tentados a separar a Satanás de Dios y a culpar a Satanás de todas nuestras calamidades, todas nuestras desgracias, como si Satanás tuviera poder en sí mismo para causar estragos en nuestras vidas. Pero todo lo que Satanás hace está siempre bajo la autoridad soberana de Dios. Satanás no puede mover un dedo sin el permiso divino. Ahora, Jesús entiende eso, y entiende la situación en la que está Job; entiende la situación que enfrentaron Adán y Eva cuando estaban en el huerto; y ciertamente nunca olvidó Su experiencia de soledad en el desierto de Judea, de modo que cuando enseñó a sus discípulos a orar, dijo: «Cuando oren, oren así: «No nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal»».
Las dos cosas que quiero mencionar sobre esa parte del Padre nuestro. La primera es que se expresa en una forma gramatical llamada paralelismo, donde la segunda línea significa lo mismo, solo que en palabras distintas a la primera. Y la segunda es que, por más que intento, no entiendo por qué las Biblias en español han traducido por años y siglos esa frase: «Líbranos de – No nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal», porque cuando se habla del mal en abstracto, se usa en el neutro en lugar del género masculino; y la palabra aquí en el Padre nuestro, en griego es la palabra ‘poneros’, que, más exactamente, se traduciría como: «No nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno». ‘Poneros’ es un título para Satanás.
¿Qué está diciendo Jesús? Que oremos para que Dios ponga una valla a nuestro alrededor y mantenga esa valla a nuestro alrededor, y no nos deje en el lugar donde estemos expuestos a este ataque de Satanás. Esa debería ser nuestra oración, sabiendo que somos vulnerables todo el tiempo ante el enemigo, y por eso decimos: «Dios, protégenos. Sé nuestra ciudadela. Sé nuestro castillo fuerte. Protégenos de los ataques de Satanás». Eso es lo que Jesús nos dijo que oráramos porque vemos lo que ocurre con Job.
La valla cae, y literalmente todo se derrumba en su vida – tanto que su sufrimiento es tan severo e intenso que sus mejores amigos, que antes pensaban que era un hombre de gran integridad, ahora vienen a él mientras está sentado en un montón de estiércol con sus heridas y todo eso, diciéndole: «Job, debes haber hecho algo realmente malo para estar en este estado porque eres el hombre más miserable del mundo. Debes tener el historial de pecado más miserable del mundo para que esto te ocurra». Y además, su compañera más cercana, su esposa, no soporta ver sufrir a su marido, y le dice: «Déjalo ya, Job. Maldice a Dios y muérete. El único alivio que vas a tener es si maldices a Dios».
Es decir, esto es como los discípulos de Jesús, sus amigos más cercanos: «No vayas a Jerusalén. Hagas lo que hagas, no seas obediente a Dios. Te costará demasiado». Y aquí está su propia esposa, mientras él está allí diciendo: «Aunque me mate, confío en Él, le serviré», ella dice: «Para ya. Ya no más. Maldícelo y muérete». Pero no lo hace, y Satanás es derrotado. Y en esto Dios es glorificado, y el propio Job es vindicado, pues todo lo que ha perdido le es restaurado abundantemente. Qué historia tan fantástica del Antiguo Testamento sobre el poder de Satanás y sobre la vindicación del pueblo de Dios por parte del Señor.
Ahora, de nuevo, Satanás viene de dos maneras para destruir a Job. En primer lugar, intenta tentarlo para que repudie a Dios, y el poder de la tentación está en el dolor que él trae. Pero no solo eso, viene en su modo favorito de actividad para el creyente. Otro título para Satanás en la Biblia es diábolos, que significa ‘acusador’, y Satanás es visto como el acusador de los hermanos; y la acusación que presenta contra Job es que la única razón por la que Job sirve a Dios es por la prosperidad que Dios le ha dado. Y eso no es cierto. Es un cargo falso; es una falsa acusación.
Todos estamos familiarizados con la forma en que Satanás nos tienta, pero lo principal que hace contra el cristiano, es acusarlo, señalar con su dedo tu culpa, alejarte de la cruz, del Evangelio, y señalarte lo malo que eres. Y lo más terrible sobre Satanás ejerciendo su función de fiscal es que no tiene que inventar acusaciones que sean falsas. Puede señalar la realidad de nuestros pecados e intentar quitarnos el gozo, intentar quitarnos la paz, intentar quitarnos la confianza en el Evangelio.
Una de las cosas difíciles en la vida cristiana es discernir entre la obra del Espíritu Santo al convencernos del pecado y la obra de Satanás al acusarnos de pecado, porque ambas pueden estar apuntando a la misma transgresión; pero he notado esta diferencia: cuando el Espíritu Santo nos convence de pecado, por más doloroso que sea por un momento, siempre hay algo dulce en ello porque al traer convicción, el Espíritu siempre nos da la promesa de perdón y restauración; mientras que Satanás, cuando nos acusa, el propósito y el objetivo de su acusación es destruirnos, paralizarnos, hacernos abandonar toda esperanza.
Por eso Pablo, cuando habla de la elección, cuando habla de la gracia de Dios que es tan abundante y tan magnífica, levanta una acusación desafiante contra Satanás. «¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica». Por eso, cuando Satanás viene con sus acusaciones, tenemos que decir: «A palabras necias, oídos sordos. Fuera de aquí. Sabemos que somos culpables, pero tenemos a Cristo. Tenemos el Evangelio, y ese es nuestro escudo contra tus acusaciones». Por eso me encanta en el Catecismo de Heidelberg, la afirmación de que Cristo es nuestra única esperanza en la vida y en la muerte. Por eso tengo que aferrarme a Él, aferrarme al Evangelio, porque Satanás nos va a acusar cada minuto.
Por último, leemos en las Escrituras que Satanás tiene todo un ejército de asistentes – los daimonion – los demonios, y vemos que su actividad se intensificó mucho durante la vida de Jesús en esta tierra. De hecho, los primeros seres en reconocer la identidad completa de Jesús fueron los demonios. Lo llamaban el Santo de Israel, el Hijo de Dios. «¿Por qué vienes a atormentarnos antes de tiempo?». Lo entendían, sabían que sus días estaban contados. Sabían que llegaría un momento en que serían derrotados, pero también sabían que el tiempo aún no había llegado, y estaban intentando negociar con Jesús.
Jesús aún los liberó de habitar en el hombre al que atormentaban, los echó hacia los cerdos y los envió a su propia destrucción. La gente dice: «¿Por qué no los envió al infierno?». Porque aún no había llegado el momento. Pero Él se ocupó de esto, y estos demonios están por todas partes. En la Biblia los vemos poseyendo y oprimiendo a las personas, causando daños corporales, daños materiales y todo tipo de cosas salvajes. Y el cristiano siempre se enfrenta a esta pregunta: ¿Puedo ser poseído por un demonio? No lo creo.
Creo que las personas pueden estar poseídas por demonios, pero no que un cristiano pueda ser poseído – no un verdadero cristiano, no una persona regenerada porque en un regenerado reside Dios el Espíritu Santo, y las Escrituras nos dicen: «Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad». Así que ningún demonio puede tenernos rehenes del poder de Satanás. Pueden oprimirnos, pueden acosarnos, pueden tentarnos, atacarnos, hacer todo eso, pero gracias a Dios, Aquel que está en nosotros es mayor que el que está en el mundo.






