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Transcripción
Hoy vamos a iniciar una nueva serie y estas clases estarán centradas en la naturaleza y función de los ángeles y demonios, tal como se nos instruye en las en las páginas de las sagradas Escrituras.
Recuerdo que cuando recién llegué a ser cristiano, era un estudiante universitario que estaba tomando una clase de Nuevo Testamento, y un día a la mitad de clase levanté la mano y, con cierta valentía, le dije al profesor: «¿Qué es todo eso de los ángeles que sigo leyendo en el Nuevo Testamento?», porque obviamente los ángeles no habían sido una parte integral de mi experiencia religiosa personal. Y el profesor esquivó un poco mi pregunta e hizo lo que los profesores suelen hacer con preguntas de ese tipo. Me dijo: «Si te interesan tanto los ángeles, ¿por qué no escribes tu ensayo de este semestre sobre el tema?».
Así lo hice, y no hace falta decir que no fue precisamente una tesis doctoral. Al final del semestre no sabía mucho más sobre ángeles que cuando le hice la pregunta al profesor. Pero desde ese momento hasta ahora, he sido muy consciente de la distancia entre la cosmovisión secular que tenemos en nuestra época y la cosmovisión que se nos presenta en la Biblia.
Por supuesto, en la segunda mitad del siglo XX, uno de los principales estudiosos del Nuevo Testamento, en el mundo, conocido por su análisis crítico de las Escrituras, fue Rudolph Bultmann, y en el breve libro de Bultmann «Kerygma y mito» instó a la iglesia a practicar la desmitificación del contenido de las sagradas Escrituras. Dijo: «Dado que lo que tenemos en la Biblia es una mezcla de» – lo que él llamó – «mitología e historia» – es que hay un núcleo de verdad histórica que se encuentra en las páginas, por ejemplo, del Nuevo Testamento, pero en su mayoría está incrustado dentro de esta cáscara de mitología primitiva; y así, si la humanidad moderna quiere extraer algo de valor de las páginas del Nuevo Testamento, hay que atravesar esa cáscara de la mitología y llegar al núcleo o al corazón de la verdad histórica que está ahí.
En ese libro en particular que mencioné, Bultmann hizo esta observación: «Nadie puede vivir en el siglo XX y beneficiarse de la ciencia moderna, usando la electricidad, la energía atómica, los antibióticos modernos, ni puede escuchar la radio, ver televisión, encender las luces y aun así pensar en un universo que está construido en tres niveles, los cielos arriba, el infierno abajo, la tierra en el medio, y un mundo poblado por ángeles y demonios». Entonces, Bultmann, como dije, fue muy crítico con el contenido mitológico de la Biblia. Y a lo que apeló para llegar a esa conclusión fue a las repetidas referencias que tenemos en la Biblia en cuanto a la aparición y actividad de seres angelicales.
Hace poco, en el 2002, el pueblo estadounidense contuvo la respiración durante varios días con noticias sobre mineros atrapados bajo tierra tras un derrumbe cerca de Somerset, Pensilvania, y recordamos esas imágenes de la televisión cuando los mineros fueron finalmente rescatados y sacados a la superficie, y hubo un suspiro colectivo de alivio por su redención. Cuando vi el desenlace de eso, me acordé de un episodio similar que tuvo lugar hace muchos, muchos años, no muy lejos de Somerset, en el distrito minero del oeste de Pensilvania, no muy lejos de donde crecí. De hecho, mi casa se construyó sobre una mina de carbón subterránea. Nuestra localidad se llamaba Pleasant Hills, pero antes de llamarse Pleasant Hills, simplemente era conocida como Número Cinco porque allí se realizaba la minería subterránea.
Pero en todo caso, se trató de otro terrible derrumbe: un desastre minero en el oeste de Pensilvania. Eso fue hace más de 40 años, quizá unos 50 años, y los hombres estuvieron atrapados bajo tierra más tiempo que los del evento reciente. Estuvieron un par de semanas bajo tierra, y se oían unos golpes muy débiles, y de nuevo la gente esperó días y días y días con la angustia en la garganta y una esperanza en declive de que alguien pudiera ser rescatado.
Recuerdo el día del rescate de los dos hombres que habían estado atrapados bajo tierra durante tanto tiempo, y estaban en excelente estado cuando los sacaron a la superficie; y el periódico Pittsburgh Post Gazette, el día de su rescate, tenía titulares llamativos, y los titulares eran estos: «Mineros rescatados por un milagro». La prensa secular no dudó en calificar la supervivencia de estos hombres, después de todo ese tiempo bajo tierra, sin comida ni agua, como un milagro; y luego, mientras leía el artículo, había un subtítulo que decía: «Los mineros sufren alucinaciones». Estos dos hombres se llamaban Felon y Throne.
La única razón por la que recuerdo sus nombres es por el significado de las palabras en inglés: uno cayó y el otro fue arrojado, pero estos dos tipos, cuando salieron a la superficie fueron entrevistados por los medios y explicaron que la razón por la que pudieron sobrevivir bajo tierra todo este tiempo fue porque fueron atendidos por un ángel. Y ambos dieron fe de esa experiencia. Uno de esos hombres después llegó a ser un ministro y pasó el resto de su vida recorriendo Estados Unidos contando a la gente la historia de su rescate y que fueron ministrados por un ángel.
Leí eso y pensé: «¿No es extraña la dicotomía que vemos en el periódico? Por un lado, atribuyen su rescate a una intervención sobrenatural. Por otro lado, cuando esos hombres afirmaron que en realidad habían sido visitados por un ángel, se atribuyó a una alucinación». La razón para esto es que hoy en día, tal como Bultmann señaló debidamente, la existencia de los ángeles no forma parte de la cosmovisión moderna. No forman parte de una percepción secular de la realidad, así que cuando llegamos al texto de las Escrituras, que está lleno de lo sobrenatural e inundado de milagros especialmente concentrados durante el ministerio y la vida del propio Jesús, encontramos a estos ángeles.
De nuevo, la mentalidad moderna es descartar la presencia de ángeles como meros elementos incidentales del testimonio bíblico, y lo que realmente importa desde el testimonio bíblico es la enseñanza sobre el pecado y el amor a Dios. Bueno, una de las cosas que sí recuerdo de mi estudio simple sobre el tema de los ángeles, cuando era estudiante universitario, es que busqué las referencias a los ángeles en el «Diccionario Teológico del Nuevo Testamento» y descubrí la palabra angelos, que es la palabra griega que traducimos en español como «ángel» y me sorprendió descubrir que aparece más frecuentemente en el Nuevo Testamento que la palabra para «pecado».
La palabra angelos aparece con más frecuencia en el Nuevo Testamento que la palabra agape, que es la palabra principal y primordial para «amor». Y yo dije: «Espera un momento». No puedo tratar este asunto como algo de poca importancia cuando hay tantas referencias en el Nuevo Testamento a estos seres que son descritos como ángeles. Forman parte integral del mensaje bíblico desde los primeros tiempos de la creación, desde el libro de Génesis hasta el libro de Apocalipsis. No se trata simplemente de una oleada de actividad angélica concentrada en las páginas del Nuevo Testamento durante la vida de Jesús, sino que los encontramos a lo largo de toda la historia de la redención.
Ahora, la palabra angelos, que ya he mencionado, en su definición más básica significa simplemente «mensajero», y hay ocasiones en el griego en que la palabra angelos se refiere a un mensajero humano. Cualquiera que traiga noticias puede ser llamado ángel, así que debemos hacer algún tipo de distinción entre los seres celestiales que llamamos ángeles y las personas terrenales que simplemente se dedican a la actividad de transmitir mensajes. Pero de manera casi exclusiva, cuando las Escrituras usan el término angelos, lo hacen en referencia a un ser sobrenatural o celestial y no simplemente a un mensajero terrenal. El latín distinguía entre el ángel y el nuntio, o vocero, por así decirlo.
Cuando examinamos el uso de este término, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, podemos situar la actividad de los ángeles en dos lugares distintos. Ahora, hay diferentes funciones en ambos lugares que encontramos para los ángeles, pero primero vamos a hacer una distinción entre los lugares donde encontramos a los ángeles; y la primera es la ubicación celestial de los ángeles. Gran parte de lo que la Biblia dice respecto a los ángeles no se refiere tanto a su actividad en la tierra como a su actividad en el cielo, y me gustaría dedicar un tiempo a revisar algunos de estos textos que son famosos y bien conocidos por nosotros donde se describe la misión celestial de los ángeles.
Permítanme empezar primero con uno de mis textos favoritos que he mencionado en otras ocasiones para otros fines, y es el capítulo 6 del libro de Isaías, donde tenemos el registro de la visión de Isaías en el templo celestial donde nos dice: «En el año de la muerte del rey Uzías, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de Su manto llenaba el templo». Ahora, después de dar una breve descripción de su visión del Señor alto en Su esplendor de exaltación, continúa diciendo en el segundo versículo. «Por encima» – es decir, sobre el trono – «había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: «Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de Su gloria»».
Ahora, muchos de ustedes saben que he hecho una extensa serie sobre el tema de la santidad de Dios, y aquí está uno de los textos más importantes que tenemos para eso porque tenemos la primera aparición en las Escrituras del llamado Trisagio – el tres veces santo, donde ese atributo de Dios se repite en respuesta antifonal en la presencia inmediata de Dios por seres angelicales. Lo que los ángeles hacen aquí es adorar a Dios. Son, por así decirlo, el coro celestial, que celebra la majestuosidad trascendental del Creador cantando de Su esplendor: «Santo, santo, santo». Y esa mención tres veces es uno de esos sucesos extremadamente inusuales en las Escrituras, cuando un atributo o cualquier cosa – un objeto – se repite tres veces – es decir, que se dice tres veces. Ese es un método hebreo muy importante para hacer énfasis.
Recuerden cuando nuestro Señor enseñaba y quería decir algo importante, decía a sus discípulos: «Amén, amén», les digo – «En verdad, en verdad», o «De cierto, de cierto», les digo. Ese acto de repetición era una dimensión de énfasis que los judíos usaban en ocasiones. Pero solo en actividades inusuales algo era elevado al grado superlativo y se mencionaba tres veces. Lo encuentras en el discurso de Jeremías en el templo, cuando dijo que la hipocresía del pueblo había alcanzado niveles superlativos, cuando vinieron diciendo: «Este es el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor». Lo encontrarás de modo negativo en el libro del Apocalipsis cuando se anuncia la copa de la ira de Dios y los ángeles vienen cantando, «Ay, ay, ay», indicando el nivel más alto concebible o la peor de todas las manifestaciones posibles de miseria.
Entonces, aquí en Isaías 6 tienes la santidad de Dios exaltada al tercer grado, y lo hacen los ángeles, cuya función es ministrar en la presencia de Dios. Me interesa la forma en que los serafines se describen físicamente aquí en Isaías; en esta descripción de los serafines se dice que tienen seis alas. Dos de las alas se usan para volar. Uno pensaría que las otras cuatro serían simplemente anexos inútiles; pero sabemos que cuando Dios crea a las criaturas que diseña, las hace adecuadas para su entorno.
Cuando crea peces, les da branquias, escamas y aletas porque su entorno es el agua. Cuando crea las aves, les da estructuras esqueléticas ligeras, plumas y alas para que puedan volar con libertad y moverse por el aire sin impedimentos. Así que cuando Dios hace a los ángeles para esta ocasión, para Su presencia inmediata, les da seis alas – dos para cubrir sus rostros, y eso es importante – que incluso los ángeles, estas criaturas celestiales, cuando están en la presencia inmediata de la santidad trascendente de Dios, deben proteger los ojos de Su gloria porque el resplandor de Su gloria es tan deslumbrante, se nos dice en las Escrituras que enceguece los ojos de las criaturas, así como Pablo fue cegado por la luz que vio en el camino a Damasco. Por eso los ángeles están equipados por Dios para proteger sus propios ojos de la visión celestial que disfrutan cada día.
Leemos muchas veces en las Escrituras sobre el resplandor de la gloria de Dios, que incluso cuando llegamos a la conclusión del Nuevo Testamento, con el anuncio del descenso de la Nueva Jerusalén que baja del cielo, se nos dice que en la ciudad santa, la ciudad celestial, no hay sol ni luna, y sin embargo no hay oscuridad allí porque la ciudad está iluminada por la gloria de Dios y del Cordero. Ese es el brillo inmediato e intenso de la gloria divina en el que los ángeles están llamados a ministrar con sus canciones de alabanza y adoración.
El problema es que a veces pasamos por alto que el Nuevo Testamento nos enseña que la adoración de los santos en este mundo, en nuestras asambleas solemnes, implica una trascendencia mística. La comunión de los santos significa que ya no estamos separados de la presencia de Dios, como lo estuvo el pueblo de Israel, cuando fueron llamados a acercarse al monte Sinaí, cuando Dios los visitó y dio Su ley y solo permitió que Moisés subiera inicialmente al monte, pero a todos los demás se les prohibió siquiera tocar la montaña porque si lo hacían, serían ejecutados de inmediato.
Pero el autor de Hebreos nos dice que ya no estamos en esa situación. No venimos ahora a un monte que no puede ser tocado con las manos; ahora ascendemos al santuario celestial, a la Jerusalén celestial; de modo que cuando nos reunimos para adorar, místicamente participamos en la presencia inmediata de Dios, en la presencia de Cristo, con la asamblea general de los santos, de los espíritus de los justos hechos ya perfectos, ¿y de qué más? Y de los ángeles. Para que seamos parte de este coro al reunirnos para la adoración del domingo en la mañana. Pero esta es la tarea que mantiene ocupados a los serafines día tras día tras día: la alabanza de Dios en Su santuario.
También vemos que, además de las dos alas que cubren su rostro, se nos dice que con dos alas cubren sus pies, y eso no se explica de manera específica en el texto, pero creo que podemos hacer inferencias legítimas del resto de las Escrituras sobre por qué Dios equipa a los serafines con un par especial de alas para cubrir sus pies. Recuerden el incidente en el que Moisés se acerca a la zarza ardiente en el desierto madianita, y ve esta zarza que arde pero no se consume. Y se voltea para verla, y una voz le habla desde la zarza diciendo: «Moisés, Moisés… Quítate las sandalias de los pies porque el lugar donde estás parado es» – ¿qué? «Tierra santa».
Ahora, ¿qué la hacía santa? No fue Moisés quien la hizo santa, sino que este pedazo de terreno fue el lugar al que Dios descendió para comunicarse en este evento especial con Moisés, y fue la presencia de Dios la que santificó este lugar, y entonces le dice a Moisés que se quite las sandalias. ¿Qué es eso de los pies? Bueno, si ven las Escrituras, se dice que somos polvo. Somos de la tierra – terrenales – y tenemos pies de barro. Y son nuestros pies los que nos unen, por así decirlo, a la creación, a la esfera en la que vivimos nuestros días, que es la de la tierra. Somos de la tierra – terrenales.
Los ángeles están en el cielo. Sin embargo, siguen siendo criaturas, y la marca de que son criaturas, igual que nuestra marca de que somos criaturas, son los pies. Así que, cuando están en la presencia de Dios, aunque hayan sido creados especialmente para ese propósito, no solo cubren sus ojos de la gloria de Dios, sino que cubren lo que los marca como criaturas de la vista divina mientras vuelan sobre el trono, cantando constantemente: «Santo, santo, santo es el Señor Dios de los ejércitos. Llena está toda la tierra de Su gloria».
Bueno, esa es solo una referencia a la actividad celestial de los ángeles, y analizaremos más a fondo esa dimensión de su actividad en nuestra próxima sesión.
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