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Transcripción
Vamos a continuar con nuestro estudio sobre las funciones de los ángeles en las Escrituras. En la primera sesión – en nuestra primera clase estudiamos el punto de la morada de los ángeles en el cielo, y en Isaías capítulo 6, nos concentramos en los serafines y en cómo son ellos mientras cantan en la presencia inmediata de Dios; y obtenemos más información sobre estos seres angelicales más adelante en el Nuevo Testamento.
Si vamos al capítulo 4 del libro de Apocalipsis, en mi Biblia hay un subtítulo que no forma parte del texto original, pero el subtítulo que hay dice: «Visión del trono de Dios», y el capítulo 4 de Apocalipsis comienza así: «Después de esto miré, y vi una puerta abierta en el cielo. Y la primera voz que yo había oído, como sonido de trompeta que hablaba conmigo, decía: “Sube acá y te mostraré las cosas que deben suceder después de estas”».
Entonces Juan escribe: «Al instante estaba yo en el Espíritu, y vi un trono colocado en el cielo, y a Uno sentado en el trono. El que estaba sentado era de aspecto semejante a una piedra de jaspe y sardio, y alrededor del trono había un arcoiris, de aspecto semejante a la esmeralda. Y alrededor del trono había veinticuatro tronos. Y sentados en los tronos, veinticuatro ancianos vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en la cabeza. Del trono salían relámpagos, voces, y truenos. Delante del trono había siete lámparas de fuego ardiendo, que son los siete Espíritus de Dios».
Ahora noten las ricas imágenes que Juan usa para describir esta visión celestial que recibió, y luego, en el siguiente pasaje, escucha lo que dice.
«Delante del trono había como un mar transparente semejante al cristal; y en medio del trono y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo ser era semejante a un becerro; el tercer ser tenía el rostro como el de un hombre, y el cuarto ser era semejante a un águila volando. Los cuatro seres vivientes, cada uno de ellos con seis alas, estaban llenos de ojos alrededor y por dentro, y día y noche no cesaban de decir: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir”. Y cada vez que los seres vivientes dan gloria, honor, y acción de gracias a Aquel que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante de Aquel que está sentado en el trono, y adoran a Aquel que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: “Digno eres, Señor… de recibir la gloria y el honor y el poder, porque Tú creaste todas las cosas, y por Tu voluntad existen y fueron creadas”».
Noten cuánto de las imágenes de este pasaje está incluido en el famoso himno «Santo, Santo, Santo». «La inmensa muchedumbre de ángeles… ante ti se postra bañada de su lumbre» y así por el estilo. De nuevo, aquí tenemos el privilegio de ver hacia la cámara interior del cielo, donde vemos a estos ángeles, y en otro lugar se nos dice que no solo uno, dos o tres ángeles se encuentran en la presencia de Dios, sino miríadas de ángeles – miles y decenas de miles de ángeles – todos participando en lo que llamamos «los ejércitos celestiales». Y esa palabra, «ejército», por cierto, en otras versiones de la Biblia encontrarán que se ha usado la palabra «huestes» o también la palabra «ángeles», pero esas son palabras sinónimas para representar el término «ejército».
Hay un ejército completo de ángeles que a veces se llaman serafines, otras veces querubines, y si me preguntan la diferencia entre un serafín y un querubín, no puedo decirlo. No lo sé porque parece que la Escritura usa esos términos indistintamente. Ahora, si le preguntas a Peter Paul Rubens qué era un querubín – si miras sus pinturas clásicas, él hace que los querubines parezcan ángeles bebés, pero eso es más imaginación del artista que algo basado en algún tipo de exégesis de los textos de las Escrituras.
Pero en todo caso, vemos una vez más que el lugar donde viven los serafines y los querubines está en la presencia inmediata de Dios, donde continúan alabándolo y honrándolo porque Él es digno, y lo proclaman día y noche. Además, aquí tenemos más descripción física que en Isaías 6. Aquí estos tienen diferentes aspectos, como un ternero, un hombre, un león, y cosas así, y tienen ojos por todas partes mientras contemplan la presencia de Dios. Lo que los ángeles aquí disfrutan es aquello que es la máxima esperanza del cristiano en su vida – en nuestra vida futura – y eso es lo que llamamos la visión beatífica; y les ha sido dado multitud de ojos para disfrutarlo.
La visión beatífica se llama así porque es la visión que resulta en el más alto nivel de bienaventuranza que cualquier criatura humana podría disfrutar. Es esa esperanza que se pone delante del pueblo de Dios, la promesa que Jesús da en el Sermón del monte a un grupo particular de personas, cuando dice: «Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios». Así que la promesa de la visión de Dios se da a quienes son limpios, y se nos dice que debemos ser santos y que sin santidad nadie verá la presencia de Dios.
Finalmente, en la epístola de Juan – 1 Juan – habla del asombroso amor que Dios nos da – «Cuán grande amor» es este: «que seamos llamados hijos de Dios», y continúa diciendo: «Somos hijos de Dios». Y él dice: «Y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser». La gente me pregunta todo el tiempo, «R.C., ¿cómo será el cielo?». Y yo digo: «¿Crees que ya he estado ahí?». Entonces dicen: «¿Seré viejo cuando llegue? ¿Voy a tener 85 años para siempre, o cómo voy a ser?» – Les digo: «No tengo idea, pero estoy seguro de que Dios ya lo tiene todo resuelto, y va a ser mucho mejor de lo que podemos imaginar desde el punto de vista de este mundo.
Sabemos eso y, por favor, no me pregunten por los detalles de cómo será el cielo fuera de lo que está revelado en las Escrituras». Juan dice: «Aún no sabemos lo que habremos de ser, pero esto es algo que sí sabemos: “Seremos semejantes a Él” – como Cristo – “porque lo veremos como Él es”». La fuerza de ese «como Él es» en latín – «en se est» – significa «en Su ser revelado». Esa es nuestra mayor esperanza: que tendremos lo que se llama la visión de Dios, que lo veremos. De nuevo, la gente pregunta: «¿Cómo podremos verlo aun con nuestros cuerpos resucitados? ¿Cómo lo veremos si por naturaleza es un espíritu y es invisible?».
Jonathan Edwards nos da una buena respuesta a esa pregunta. En primer lugar, el gran problema que oculta la gloria de Dios de nuestros ojos no es un defecto en nuestro nervio óptico. El defecto está en el corazón. Es el pecado lo que nos separa de Dios, y mientras haya pecado en nuestro corazón – mientras no seamos limpios de corazón – no vamos a verle. Por eso, tras la caída, Dios hizo la prohibición universal: «Nadie puede ver a Dios y vivir». Pero antes de que el pecado entrara en la humanidad, se podía percibir Su gloria; estaba la visión beatífica. Y Edwards, cuando especula sobre eso, habla de los medios.
El otro día le pregunté a alguien si vio un partido de fútbol en particular, y me dijo que sí. Le dije: «¿Quieres decir que estabas allí en el estadio?». Dijo: «No, lo vi en la televisión». Dije: «Entonces no viste el partido. Viste una imagen electrónica o reproducción del juego, un juego mediado para ti a través del medio de la televisión. No lo viste en directo ni en persona». Pero luego, cuando vamos al partido de fútbol americano, incluso ahí, si estamos realmente en el estadio, cuando vemos lo que vemos con los ojos, vemos la luz rebotando en objetos físicos que generan ciertas respuestas en nuestro ojo y en el nervio óptico, etc.
Aun ahí, lo que percibimos en el mundo exterior es mediado por nuestra mente a través de nuestros sentidos físicos, y Edwards dice: «Cuando veamos a Dios en gloria, no necesitaremos ojos. No necesitaremos nervios ópticos. La mente tendrá una percepción inmediata de la gloria de Dios». ¡Guau! Es decir, de solo pensarlo quedo absolutamente sin palabras. Pero, de nuevo, en las imágenes de las Escrituras, los ángeles presentes disfrutan de la visión beatífica, ya que tienen ojos delante y atrás.
No hay ningún lugar donde volteen y no vean la gloria de Dios. Casi como una manada de pavos. ¿Alguna vez has ido de caza y has visto un grupo de pavos? Recuerdo muchas veces sentado al pie de un árbol – perdonen la ilustración – donde cazaba pavos, y era temporada de caza – estaba observando un grupo de pavos que andaban por el bosque. Mi corazón empezó a latir y me iba emocionando, y esperaba que no me vieran ya que pueden verte pestañear a cien metros de distancia.
Uno puede ver cómo se comportan cuando caminan en grupo por el bosque. Siempre hay un pavo que está mirando atrás. Otro mira a la derecha, otro a la izquierda, otro mira adelante, y espero que ninguno esté mirando hacia arriba. Pero tienen una vista panorámica de todo su entorno, así que si uno de ellos da la alerta, todos salen disparados al instante. Por eso son tan difíciles de cazar. Pero, de nuevo, dependen del trabajo en equipo porque ningún pavo puede ver detrás de sí mismo. Necesita a alguien más que mire atrás.
Pero los ángeles que se describen aquí, los serafines, tienen ojos por todas partes, de modo que en ningún lugar Dios desaparece de su campo visual mientras disfrutan de la visión beatífica momento tras momento tras momento. Ahora, hay otros textos que me gustaría ver. Si podemos, me gustaría ver el primer capítulo del libro de Ezequiel, que es, de nuevo, uno de los capítulos más difíciles de digerir en cuanto a la riqueza de sus imágenes y simbolismo. El libro de Ezequiel comienza con estas palabras: «En el año treinta, al quinto día del mes cuarto, estando yo entre los desterrados junto al río Quebar, los cielos se abrieron y contemplé visiones de Dios».
Así como a Juan se le concedió el privilegio de mirar hacia la cámara interior del cielo en Apocalipsis en el Nuevo Testamento, Ezequiel recibe esta visión celestial y está escribiendo sobre eso. Dice: «(En aquel día cinco del mes, en el año quinto del destierro del rey Joaquín, la palabra del Señor fue dirigida al sacerdote Ezequiel, hijo de Buzi, en la tierra de los caldeos junto al río Quebar, y allí vino sobre él la mano del Señor)».
Ahora, aquí aparece lo de las ruedas giratorias. Escuchen esto: «Mientras miraba, vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube con fuego fulgurante y un resplandor a su alrededor. En su centro había algo como un metal refulgente en medio del fuego. También en su centro vi figuras semejantes a cuatro seres vivientes. Y este era su aspecto: tenían forma humana. Cada uno de ellos tenía cuatro caras y cuatro alas. Sus piernas eran rectas, y la planta de sus pies era como la planta de la pezuña del ternero, y brillaban como bronce bruñido. Bajo sus alas, a sus cuatro lados, tenían manos humanas. Los cuatro tenían caras y alas. Sus alas se tocaban una a la otra y sus caras no se volvían cuando andaban. Cada uno iba de frente hacia adelante».
He visto intentos extraños e interesantes de la gente por pintar esta escena de forma que puedan capturarla, pero ¿qué es lo que Ezequiel está viendo? Ve este círculo – esta rueda dentro de otra rueda que gira, y mientras gira y gira, nunca cambia realmente de dirección – puede ir a todas partes al mismo tiempo, más o menos, y tienes a estas criaturas con alas y demás acompañándolas. Pero fíjate en los elementos con que introduce todo – en primer lugar, viento huracanado, gran nube, fuego fulgurante, resplandor y metal refulgente en el centro – en medio del fuego.
Ahora, en las Escrituras, la teofanía principal que tenemos de Dios es el fuego o alguna forma de fuego. La idea de una teofanía es una manifestación visible del Dios invisible. Theos significa «Dios», y phaneo significa «manifestarse», o phaneros es «una manifestación». Entonces, una teofanía es una manifestación visible del Dios invisible, y normalmente la ves en la columna de fuego, en el humo o en la zarza ardiente. El autor de Hebreos nos dice que nuestro Dios es un fuego consumidor, y también lo ves en la gloria de Shekinah, la luz brillante y radiante de la que hemos hablado que acompaña la presencia de Dios.
Bueno, lo que Ezequiel está viendo son todas estas señales de deidad, de brillo de gloria y demás, moviéndose en esta rueda dentro de la rueda. ¿Qué es? Lo que está viendo aquí en esta cosa giratoria es el trono itinerante, o trono del juicio de Dios: ese trono de Dios se mueve por los cielos, indicando que Su gobierno no tiene fronteras. No tiene borde que cierre su reinado. Recuerden también la imagen sombría de la gloria de Dios partiendo de Jerusalén, donde el mismo tipo de forma se coloca sobre la puerta, sobre Jerusalén, y se va. Es el trono portátil del juicio de Dios. Por cierto, es ese tipo de cosas que se informaron en tiempos post-bíblicos, justo en el centro de Jerusalén, durante la destrucción y el ataque a Jerusalén.
El historiador Josefo dijo —y comienza sus palabras cuando da su relato de lo que ocurrió en la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.— que duda en incluir este testimonio en particular porque parecía muy extraño, pero dijo que hubo multitudes que afirmaron haber oído una voz en el cielo; y miraron hacia arriba, y vieron carros en el cielo saliendo de Jerusalén. Y la voz dijo: «Nos vamos de aquí». Y él tomó eso como señal de la partida de Dios de la ciudad santa, y la ciudad santa fue entonces abandonada a los romanos para su completa aniquilación y destrucción.
Es un pasaje interesante en los escritos de Josefo. Deberían buscarlo alguna vez y leerlo. Pero, de nuevo, lo que es consistente en ese testimonio extra-bíblico es que encaja con la descripción que encuentras en otros lugares sobre el juicio divino, de la partida de la gloria divina en este trono portátil y móvil del juicio de Dios, al que también asisten los ángeles. De nuevo, este relato de los ángeles rodeando el trono de Dios, no se encuentra solo en Apocalipsis y en la aparición de los ángeles aquí – la aparición de los seres vivientes como brasas ardientes, y se nos dice que sus alas se tocaban entre sí.
¿Dónde más encuentras esa descripción de alas angelicales tocándose? En la construcción del tabernáculo, cuando Dios da los detalles específicos a los artesanos que deben fabricar el mobiliario para el tabernáculo, y por supuesto el objeto más sagrado es el arca del pacto, que contiene la ley de Moisés, los términos de su pacto con Dios, algo de maná y la vara de Aarón. Y dentro de esa caja, al interior – ese es el trono de Dios que está ubicado en el Lugar Santísimo y la tapa ¿es qué? El propiciatorio donde se hacen las ofrendas en el día de expiación, cuando el sumo sacerdote entra una vez al año y trae la «reconciliación» (entre comillas) derramando la sangre sobre el propiciatorio del trono de Dios.
Pero lo que adorna al propiciatorio son las figuras de estos querubines que flotan, por así decirlo, sobre el trono de Dios, y están construidos de tal manera que las puntas de sus alas se tocan entre sí. Y recordemos que cuando el trono de Dios salía ante el pueblo de Israel a la batalla, ellos salían victoriosos, y ese trono – propiciatorio que se coloca en el Lugar Santísimo del tabernáculo – es una réplica terrenal del trono celestial de Dios, que también es portátil. No es fijo, pero se mueve por los cielos, siempre acompañado de este ejército de ángeles – los querubines y los serafines.
Por último, leemos que los ángeles tienen un dominio y una morada celestial, eso aparece en la declaración de Jesús en Mateo cuando los niños vinieron a Él, y los discípulos se molestaron porque pensaban que ellos eran plagas, y Jesús dijo de los niños: «¿No saben que sus ángeles siempre contemplan el rostro de Dios?». Lo que entonces plantea el tema que quizá abordemos más adelante, no estoy seguro, dependerá de nuestro tiempo sobre todo este concepto de ángeles guardianes; pero la idea es que Jesús dijo: «Estos pequeños – sus ángeles siempre contemplan el rostro de Dios». Entonces, estas huestes celestiales no son solo, como dije, un pequeño coro de ángeles, sino un ejército de seres espirituales especialmente creados cuya tarea es honrar y adorar, y estar presentes en el trono de Dios.






