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Transcripción
Si hay una persona en la Biblia cuyo nombre está asociado con el concepto de pacto, ese es Abraham. De hecho, Abraham emerge como una persona tan importante en la historia de la redención que se le llama el «padre de los fieles». De hecho, el Nuevo Testamento mira hacia atrás a las promesas que Dios le hizo a Abraham, y ve su cumplimiento en el nacimiento y en el ministerio de Jesús.
Ya les he mencionado sobre el Magnificat, cuando María, bajo la influencia del Espíritu Santo, hace referencia a Dios recordando las promesas que habían sido hechas a Abraham. Cuando el apóstol Pablo usa una ilustración del Antiguo Testamento para iluminar el evangelio y demostrar la doctrina de la justificación por la fe, su ejemplo principal es Abraham. Por lo tanto, necesitamos dedicar algo de tiempo a analizar las circunstancias, los términos y el contenido del pacto que Dios hizo con Abraham.
Recordemos, sin embargo, que incluso este pacto sigue siendo una extensión del concepto más amplio que ya hemos identificado como el pacto de gracia, porque claramente, el pacto que Dios hizo con Abraham fue una promulgación de gracia. En el capítulo doce de Génesis, leemos el siguiente relato: «Y el Señor dijo a Abram: “Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan”».
Aquí, vemos la gracia soberana y sobrenatural de Dios siendo otorgada a un hombre que es pagano, que vive en medio del paganismo, y en medio de un país pagano, y, probablemente, una familia pagana. La gente a menudo hace preguntas sobre las doctrinas de la gracia y la doctrina de la elección y cómo se relaciona con la redención bíblica. Y a menudo les digo: «Observen que Dios no llamó a Abraham porque Abraham era el único justo entre los mesopotámicos, ni llamó a Hammurabi de en medio del paganismo, sino que Dios eligió soberanamente a Abraham y entró en un pacto con él basado en la promesa divina».
Le dijo a Abraham: «Levántate. Sal de este país y vete a una tierra que yo te mostraré». Y se nos dice que mientras Abraham ya estaba avanzado en años, en respuesta a esta revelación, en respuesta a este mandato divino, dejó todo lo que representaba seguridad para él en su vida: su familia, su país y todo lo demás, y salió, sin saber a dónde iría, porque Dios prometió darle un país. De nuevo, el libro de Hebreos le da mucha importancia a esto de la fidelidad de Abraham y su respuesta a la promesa de Dios. Pero noten que la promesa dice: «Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. En ti serán benditas todas las familias de la tierra».
Recuerdo hace muchos, muchos años, la iglesia luterana que producía un resumen de la Biblia llamado la Serie Bíblica de Betel, y junto con las conferencias siempre venía algún tipo de gráfico que ilustraba el contenido del tema en particular que se estaba tratando. Y, con respecto al pacto que Dios hizo con Abraham, el lema que se usó en ese currículo fue la frase: «Bendito para ser una bendición». Y eso es significativo que cuando Dios hace Su promesa a Abraham, la idea no es simplemente que Abraham, individualmente, va a recibir estos beneficios que Dios le está prometiendo: Abraham será singularmente bendecido; se le dará un gran nombre, y demás. Pero el propósito de su bendición es que, a través de él, esta bendición se extienda a todo el mundo.
Ahora, quiero que nos detengamos por un momento y veamos el modelo de la promesa del pacto aquí. En este caso, el pacto fue hecho con un individuo. Pero las bendiciones no son solo para este individuo y no solo para su familia, sino que esta bendición va a ir a todo el mundo. Y así, comienzas con uno y luego se expande, como veremos que la promesa a Abraham se transmite a su hijo, Isaac, y de Isaac a su hijo, Jacob, y de Jacob a la simiente de Jacob, que se convierte en la nación de Israel. Y así se pasa de una persona a una nación. Y entonces, ¿qué pasa? Luego, vuelve a ser hecho con una persona que personifica y encarna la solidaridad corporativa de toda la nación. Y ese es Cristo. Y luego, de Cristo, de nuevo, la bendición va a toda lengua, tribu y nación. Pero aquí, en el plan de redención de Dios, Él comienza con un individuo y le da una promesa a ese individuo.
Ahora, vemos el juramento del pacto en el capítulo quince del libro de Génesis. Y he repasado esto en otras clases, como en Del Polvo a la gloria. Pero debido a que esto es tan integral para nuestra comprensión del Pacto Abrahámico, quiero dedicar algo de tiempo, de nuevo, a Génesis 15 porque comienza con estas palabras: «Después de estas cosas la Palabra del Señor vino a Abram en visión, diciendo: “No temas, Abram, yo soy un escudo para ti; tu recompensa será muy grande”». Estas son las palabras que Dios le está diciendo a Abraham. «Soy un escudo. Yo soy tu recompensa». Y Abraham se quedó perplejo por este anuncio y dijo: «Oh, Señor Dios, ¿qué me darás?» «¿Cuál es tu recompensa que voy a obtener?»
En este punto de la historia ya conocemos que Abraham es probablemente uno de los hombres más ricos del mundo entero, si no el hombre más rico del mundo. Entonces, ¿qué le das a un hombre que lo tiene todo? «¿Cuál es esta recompensa que voy a obtener?» Dice: «Yo estoy sin hijos, y el heredero de mi casa es Eliezer de Damasco». Hay algo de cinismo, aquí, ¿no es así? «¿Qué vas a hacer por mí? ¿Qué puedes darme que quizá pueda satisfacerme, a la luz de que me has negado lo más importante que siempre he querido en mi vida, y que era tener descendencia: tener hijos? Y tengo todos estos animales, y tengo todos estos territorios, y tengo todo este dinero, pero no hay recompensa aquí, Señor, porque no tengo hijos y mi heredero es el siervo de mi casa, Eliezer, de Damasco».
Entonces, ¿ven?, aquí hay una queja algo velada que Abraham está pronunciando cuando Dios le dice que Él le va a dar la recompensa porque lo último que Abraham espera es que la recompensa involucre prole porque él estaba convencido de que era demasiado tarde para eso. Y continúa, Abraham dijo: «No me has dado descendencia, y uno nacido en mi casa es mi heredero». Pero la palabra del Señor vino a él, diciendo: «Tu heredero (hablando de Eliezer de Damasco) no será éste, sino uno que saldrá de tus entrañas, él será tu heredero». El Señor lo llevó fuera, y le dijo: «Ahora mira al cielo y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas. Y añadió: ‘Así será tu descendencia».
Ahora, la primera pregunta que queremos hacer es: «¿Por qué esperaría Dios hasta que Abraham fuera un anciano y su esposa estéril para cumplir la promesa del pacto que le hizo de que iba a hacer de él una gran nación?». El objetivo del trato de Dios con Abraham es manifestar claramente que los beneficios del pacto descansan en el poder y en la gracia de Dios únicamente. No es que Dios esté parado allí diciendo: «Bueno, Abraham, si realmente trabajas en ello, te voy a ayudar a llegar a ser grande, y seré tu animador mientras cooperas con los dones que te doy para que puedas convertirte en la cabeza de una gran nación». No. Abraham es incapaz de recibir este beneficio y esta promesa aparte de la intervención sobrenatural de Dios mismo. De eso se trata.
Entonces Él dijo: «Ve fuera y cuenta las estrellas, Abram. Piensas que no tienes hijos, que no tienes herederos, que el que va a heredar tu fortuna y heredar tu bendición es tu siervo de Damasco. Déjame decirte algo. Piensas en que no tienes hijos. No te dije que iba a ser solo una recompensa, voy a ser tu gran recompensa. Ven afuera». ¿Han estado alguna vez en Palestina o en Tierra Santa, donde la atmósfera es tan delgada que es increíble? A veces, si vas a un país donde te puedes alejar del resplandor de las luces de la ciudad y mirar al cielo nocturno, podrás ver con una sensación mucho más penetrante, la vasta cantidad de estrellas que hay en el cielo.
De hecho, en una noche despejada, miras hacia arriba y ves la Vía Láctea, y la Vía Láctea parece una nube debido a los miles de millones de estrellas que hay allí. Pero, si puedes magnificar eso en la extraña atmósfera de Tierra Santa, es aún más asombroso. Eso es lo que Abraham ve al mirar hacia arriba, este cielo que está lleno de estrellas, y Dios le dice que las cuente. Básicamente, son incontables. Pero Abraham entiende el mensaje: «No vas a tener únicamente un hijo, sino que tus descendientes van a ser como las estrellas del cielo». Y entonces, ¿qué dice la Biblia? «¿Eh? Ciertamente, estás exagerando, oh Señor. Esto no puede ser verdad».
No. La respuesta de Abraham se convierte en norma para toda la historia en respuesta de pacto a las promesas de Dios. Esa es la razón y aquí es donde Pablo, el apóstol Pablo, cita a Abraham como su principal ejemplo de que el justo vivirá por fe, porque el texto dice que cuando Dios saca a Abraham y le dice que cuente el número de las estrellas en el cielo y le promete descendientes de esa magnitud, leemos en el versículo seis: estas palabras: «Y Abram creyó en el Señor, y Él se lo reconoció por justicia».
Ahora, eso es crítico porque Pablo nos dice más adelante que Abraham no es redimido por ninguna de las obras que realizó en su vida. Él fue salvado por fe de la misma manera que cualquiera de nosotros puede ser salvo, es por fe en Dios. Y ahora, decimos: «¿Creía él en Jesús?» Ni siquiera sabía de Jesús. Quizás sí contaba con los vagos indicios que se encuentran en el proto evangelio que ya hemos visto, pero el principio que vemos aquí es el mismo para nosotros. Es fe en la promesa. Dios hace una promesa de redención. Abraham cree en Dios y, se nos dice, que eso fue contado para él como justicia. Ahora, Abraham era un hijo de Adán. Abraham era un pecador. De hecho, el registro biográfico que tenemos de Abraham, en el libro de Génesis, lo muestra, con todos sus defectos.
Entonces, los fundamentos de su salvación no son sus propias obras o su propio mérito, sino que hay un ajuste de cuentas, o un recuento de justicia para alguien que, de hecho, no posee justicia. Y este es el ejemplo del tema central de la redención en el Nuevo Testamento, es que nuestra redención es por imputación. La única manera de entrar en el reino de Dios es porque Dios me considera justo cuando no lo soy, no porque mi fe tenga algún mérito que trascienda los requisitos de las obras. No. No es que, por fe, hagamos algo tan meritorio que de repente estemos cumpliendo el pacto de obras. No es que cuando Abraham creyó en Dios, de repente, hizo lo que Adán no pudo hacer. No, no, no. La base para la salvación de Abraham, aunque él no lo sabía, era la justicia de Cristo.
¿Ven?, ese es otro error que se comete ampliamente dentro de la cristiandad. La idea es que las personas, en el Antiguo Testamento, fueron salvadas de una manera y que las personas en el Nuevo Testamento fueron salvadas de otra manera. Es por eso que, si vemos cuidadosamente en Romanos 3, 4 y 5, veremos que el camino de la salvación es exactamente el mismo en el Antiguo Testamento que en el Nuevo Testamento. Abraham fue salvado por medio de la fe y la base de su salvación fue el mérito de Aquel que había de venir, que luego se le transfiere a él, a su cuenta. Por lo tanto, él es salvado por Cristo tanto como tú y yo. Este es el punto que Pablo elabora en Romanos. Pero, en todo caso, Dios cuenta o considera justo a alguien que, en sí mismo, no es justo.
De esto se trató la Reforma porque la Iglesia católica romana decía: «Dios nunca declarará a una persona justa hasta que la justicia sea inherente a la persona». Ellos enseñaron que no se puede tener esa justicia interna sin gracia, o sin fe, o sin Cristo. Necesitas todo eso, pero todas esas cosas que te ayudan a llegar allí, tienen que producir justicia inherente antes de que Dios te declare justo. El punto central del evangelio es que Dios nos declara justos a sus ojos antes de que seamos inherentemente justos. Y este fue ciertamente el caso de Abraham, quien fue considerado justo. Y entonces Dios dijo: «Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos, para darte esta tierra para que la poseas».
Ahora, inmediatamente después de que se nos dice que Abraham cree en Dios en la promesa, todavía está confundido y abrumado por la gran pregunta. «¿Cómo puedo saberlo con certeza ¿Cómo sabré que voy a heredar?». Quiero decir, esto parece como que Abraham ya se ha descarriado, que ha caído de la fe, porque un poco antes él cree en Dios cuando hace la promesa, y ahora él está diciendo: «Bueno, estoy confiando en Dios, pero como que me estoy aferrando con mis uñas. Me gustaría tener un poco más que solo tu promesa. ¿Cómo puedo saberlo con certeza?» Esa es la pregunta con la que todo cristiano tiene que lidiar en algún momento, y, como he dicho hasta que probablemente estés harto de escucharlo: cualquiera puede creer en Dios. Los demonios hacen eso. Creer a Dios es la parte difícil. Es decir, vivir sobre la base de la Palabra de Dios, confiando en las promesas de Dios incluso cuando no puedes ver los resultados frente a ti.
Entonces Abraham tiene esta crisis por la que todos pasamos: «¿Cómo puedo estar seguro? Dame alguna seguridad, Señor, de que puedo confiar en tu promesa». Y luego, lo que sigue es lo que creo que es uno de los textos más importantes de toda la Sagrada Escritura. He dicho esto antes, que si estuviera en la cárcel, encarcelado en confinamiento solitario, y solo pudiera tener un libro conmigo, querría la Biblia. Si solo pudiera tener un libro de la Biblia, querría el libro de Hebreos, pero si solo pudiera tener un capítulo de la Biblia, sería Génesis, capítulo 15. Si solo pudiera tener un versículo de la Biblia, sería el versículo 17 del capítulo 15, donde leemos: «Y sucedió que cuando el sol ya se había puesto, hubo densas tinieblas, y apareció un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó por entre las mitades…».
Ustedes saben que hay convenciones y conferencias, y en el mundo cristiano se acostumbra que la gente compra libros de autores y corren y quieren que firmes el libro o que firmes su Biblia… no sé de dónde vino eso. Yo no escribí la Biblia, pero a menudo te piden, y esto se ha convertido en una especie de tradición evangélica, que escribas el versículo de tu vida con tu firma. La primera vez que alguien me lo pidió, dije: «¿Qué es eso?». «¿Qué es el versículo de vida de uno?». Ya sabes, el versículo que escoges de la Biblia el cual es el más importante para toda tu vida. Yo dije: «Yo no tengo un versículo de vida. Todos son versículos de mi vida».
Pero finalmente accedí a esas peticiones y así, cuando firmo y la gente quiere mi versículo de vida, siempre escribo Génesis 15:17. Y la gente me da las gracias y luego se van, y una hora o más tarde o al día siguiente, se me acercan con una mirada perpleja, y dicen: «Leí Génesis 15:17. ¿Está seguro de que no cometió un error?». Les digo: «No». Y ellos dicen: «Bueno, ¿de qué se trata eso?, donde dice: “Y sucedió que cuando el sol ya se había puesto, hubo densas tinieblas, y apareció un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó por entre las mitades…”». Allí está, ese es el texto. Entonces, ¿de qué se trata?
Para entender de qué se trata, de nuevo, tenemos que volver a las instrucciones que Dios le dio a Abraham cuando hizo la pregunta: «¿Cómo puedo saber que la poseeré?» Dios dijo: «Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón. Abram le trajo todos estos, los partió por la mitad, y puso cada mitad enfrente de la otra; pero no partió las aves. Y las aves de rapiña descendían sobre los animales sacrificados, pero Abraham las ahuyentaba».
Así que, tenemos una idea de la situación, que Dios le dijo: «Si quieres saber, con certeza, que Mis promesas son algo en lo que puedes confiar, entonces quiero que salgas y consigas estos animales, y los traigas aquí, y los cortes a lo largo, a todo lo largo, por la mitad. Entonces, quiero que los coloques marcando un camino en el suelo», organizándolos, por así decirlo, como una especie de desafío, donde alguien tiene que cruzar entre esas piezas. Y Abraham está ahuyentando a los buitres porque están revoloteando sobre el lugar debido a todos esos cuerpos muertos.
Están buscando a los animales muertos en este proceso. Y ahora leemos en el versículo doce: «A la puesta del sol un profundo sueño cayó sobre Abram. El terror de una gran oscuridad cayó sobre él. Y Dios dijo a Abram: “Ten por cierto que tus descendientes serán extranjeros en una tierra que no es suya, donde serán esclavizados y oprimidos durante 400 años. Pero Yo también juzgaré a la nación a la cual servirán, y después saldrán de allí con grandes riquezas. Tú irás a tus padres en paz, y serás sepultado en buena vejez”». Y luego, lo que sigue es el drama de este fuego, esta antorcha, este horno ardiente, que pasa entre las mitades.
Bueno, nuestro tiempo se ha acabado por hoy, así que tendré que pedirles que esperen hasta nuestra próxima sesión para examinar más a fondo el profundo significado del drama que se ha desarrollado aquí, en el capítulo quince.






