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Transcripción
En nuestra última sesión, creo que al terminar los dejé con cierto grado de suspenso, sobre el drama que está registrado en Génesis 15, con respecto a Abraham y su pregunta a Dios: «¿Cómo puedo saber?». Quiere saber con certeza que las promesas de Dios se cumplirían. Y recordamos las extrañas instrucciones que Dios le dio a Abraham para que saliera a buscar unos animales y los partiera por la mitad y luego colocara en el suelo las partes una frente a la otra, como un camino o un desafío que cruzar. Y luego, el texto que dije que era mi texto favorito se encuentra en el versículo diecisiete, donde leemos: «Y sucedió que cuando el sol ya se había puesto, hubo densas tinieblas, y apareció un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó por entre las mitades…».
Ahora, obviamente, podríamos leer eso mil veces, y si no estuviéramos familiarizados con las costumbres de los semitas del Antiguo Testamento, nos perderíamos el significado de lo que está sucediendo aquí. Creo que estamos básicamente familiarizados con el concepto de teofanía. Teofanía es una palabra compuesta por dos palabras que han sido unidas. La palabra, Theo o Theos, significa Dios y la raíz phano, phane, proviene de phaneros, que significa manifestar, o hacer manifiesto, de modo que una teofanía es una manifestación de Dios. Sabemos que Dios es espíritu. Sabemos que no tiene cuerpo. No podemos percibirlo con nuestra visión normal porque Él es invisible, sin embargo, hay momentos en la historia bíblica en los que Él se hace visible, por así decirlo, manifestándose a Sí mismo a través de algún medio del orden creado.
Por ejemplo, cuando Dios se encontró con Moisés en el desierto madianita, se le apareció a Moisés en una zarza que ardía pero no se consumía. Durante el éxodo, el pueblo de Dios es guiado por una columna de nube y por una columna de humo, perdón, columna de fuego. Y muy a menudo, las Escrituras, cuando tienen una manifestación del Dios invisible, el medio a través del cual llega esa manifestación es algún tipo de fuego. Es por eso que, en el Nuevo Testamento, Dios es llamado un fuego consumidor.
Ahora, lo que tenemos en Génesis 15:17 es esta aparición del horno humeante y la antorcha encendida. Estos representan a Dios. Y lo que es significativo en esta aparición ante Abraham en la visión nocturna, es que la antorcha encendida y el horno ardiente van y se mueven entre las piezas. Como ya dije, este es un drama en el que Dios está promulgando algo para Abraham, y Él está pasando por esta acción para darle a Abraham seguridad y certeza de la confiabilidad de Su promesa a él. Y tenemos la mutilación de los animales. Muy a menudo, los pactos en la antigüedad eran ratificados por algún tipo de corte ritual, como veremos más adelante en la vida de Abraham, cuando la señal del antiguo pacto se convirtió en la señal de la circuncisión. Y hablaré más sobre eso más adelante.
Pero la señal del antiguo pacto era un corte ritual, en el que el prepucio de la carne se quitaba mediante un corte. Y entonces, lo que está pasando aquí, es que Dios, al cruzar a través de esos pedazos, está dramatizando Su promesa. Pero al hacer eso, esto es lo que le está diciendo a Abram: Él está diciendo: «Abram, si no cumplo la promesa que te hice, sea Yo despedazado, sea Yo cortado, así como tú has despedazado a estos animales y los has puesto en este camino». Ahora, en el Nuevo Testamento, cuando el autor de Hebreos mira hacia atrás en el tiempo a este momento, él dice, acerca de Dios que, eso es imposible, hay dos cosas que son imposibles para Dios.
Uno, es imposible que Dios muera porque Él es inmutable, eterno, y todo eso, es autoexistente, pero también es imposible que Dios mienta. Y continúa diciendo: «Porque Dios no podía jurar por nada más grande, juró por sí mismo». Dios no podía decirle a Abraham: «Si no puedes confiar en mí, permíteme… permíteme levantar mi mano derecha y poner mi mano en una Biblia y jurar por otra cosa: los cielos y la tierra, o la tumba de mi madre», o algo así. No, no hay nada más alto que Dios. Nada. No hay nada más alto, nada por encima de Dios, y por lo tanto, lo más alto por lo que puede jurar es por Él mismo. Y esto es lo que Él está haciendo cuando hace esta promesa, esta promesa de pacto a Abraham y a su descendencia. Le está diciendo: «Abraham, si no guardo mi pacto, si no cumplo mi promesa, que el Dios inmutable tenga una mutación, que el Dios eterno caiga en la temporalidad, que el infinito se vuelva finito», cosas que son todas manifiestamente imposibles. Y lo que Abraham… lo que Abraham está viendo, aquí, es que Dios está diciendo: «Abraham, estoy jurando por mi propia naturaleza y carácter eternos, autoexistentes y santos».
Ahora, cuando Dios hace un juramento, no hay un nivel más alto de certeza que ese. Y así, cuando luchamos con nuestra fe, nuestra lucha con nuestra fe se basa en que nos preguntamos si las promesas de Dios son realmente dignas de confianza. Es por eso que, cuando lucho, cuando me siento agobiado, regreso a Génesis 15:17. Y yo digo: «Señor, no solo lo prometiste, sino que sellaste esa promesa con este voto por tu propia naturaleza. Has hecho un juramento por ti mismo». Y no hay base más alta para confiar en Dios o en cualquier otra persona que ese testimonio. Es por eso que todo el principio del pacto es tan básico para la vida cristiana, porque el pacto se basa en promesas. Y notamos, en este texto, en Génesis 15, Abraham no pasa por el desafío del pasillo.
Aquí no se menciona la circuncisión. La promesa es unilateral. Es Dios quien dijo: «Haré que estas cosas sucedan, Abraham, y lo juro por mí mismo». Entonces, eso plantea la pregunta sobre si el pacto abrahámico es condicional o incondicional. Vemos que Abraham ya había ejercido una fe manifiesta. Y entonces la gente dice: «Bueno, las promesas de Dios dependen de que tengamos fe. Las promesas del nuevo pacto implican la necesidad de la fe para recibir los beneficios. No puedo recibir ninguno de los beneficios de Cristo y de su pacto sin fe». Por lo que, en cierto sentido, las promesas son condicionales.
Pero aquí es donde la fe reformada tiene un giro distinto en esto, donde la fe reformada enseña la doctrina, no solo de la elección, sino de la elección incondicional, lo que significa que la gracia electiva que Dios da a aquellos a quienes salva no se basa en alguna condición que Él ve en ellos, sino que se basa soberanamente en el beneplácito de la voluntad de Dios. Y aunque Él asigna la necesidad mediadora de la fe, lo que hace es que Él actúa para cumplir con la condición de Su propio pueblo. Permítanme leer la Confesión de Westminster sobre este punto, que puede parecerles extraño.
En el capítulo siete, sección tres, leemos: «Por su caída, el hombre se hizo a sí mismo incapaz de la vida mediante aquel pacto, por lo que agradó a Dios hacer un segundo pacto, comúnmente llamado el pacto de gracia, en el cual Dios, por medio de Jesucristo ofrece gratuitamente la vida y la salvación a los pecadores, requiriéndoles fe en él», ahí está el requisito, o lo que podríamos llamar condición, «para que sean salvos… y prometiendo dar su Santo Espíritu a todos aquellos que están ordenados para vida eterna, a fin de darles la voluntad y capacidad de creer». Que Dios pone la condición, pero Él cumple con la condición en gracia para aquellos que son los objetos de Su gracia electiva. Y vemos este patrón a lo largo de la historia de Abraham y su familia.
Ahora, vayamos otra vez, atrás, y veamos parte del contenido del pacto que Dios hace con Abraham. En primer lugar, Dios le promete a Abraham que Abraham será una gran nación. De nuevo, para que eso suceda, Abraham tiene que tener este enorme número de descendientes o prole, cosa que él no tenía ninguna razón de esperar poder producir por alguna capacidad suya o de su esposa. En segundo lugar, que va a poseer la tierra de Canaán, que no es suya por derecho de nacimiento. Es puramente por gracia de parte de Dios que Él va a dar esta tierra prometida a estos extraños. Y Dios promete más adelante darles una tierra que no han labrado ni fertilizado, que beberán de pozos que no cavaron, y que arrancarán el producto de los campos que no sembraron, y así por el estilo.
Luego leemos, en segundo lugar, la posesión de la tierra de Canaán, y en tercer lugar, que es una bendición para el mundo. Ahora, estas tres promesas se cumplen sobre la base de lo que llamamos monergismo. Es decir, el monergismo es una acción o una obra —tenemos la palabra ergio, es una unidad de trabajo. De donde obtenemos la palabra energía. Cuando hablamos de monergismo, estamos hablando de una obra que está realizada por un solo actor. Y en este caso, el contenido de la promesa que Dios le hace a Abraham se cumple, no en una empresa conjunta entre Dios y Abraham, no es que tengamos un pacto, aquí, entre iguales, sino que se lleva a cabo soberanamente, sobrenaturalmente por Dios.
Dios es el que da hijos a Abraham. Es por eso que, de nuevo, la historia elabora el punto de que Abraham era demasiado viejo para tener hijos, y que su esposa, Sara, era demasiado mayor. Y lo asombroso es que incluso después de que Dios le da esta promesa a Abraham cuando ya es un anciano, pasan los años y la promesa no se cumple, por lo que ahora, tanto Abraham como su esposa, Sara, están en pánico y Sara viene con una solución al problema. «¿Por qué no te llevas a mi sierva, Agar? Todavía es fértil. Soy estéril. De manera que si esta promesa se va a cumplir, tenemos que cooperar con Dios. Tenemos que hacer nuestro trabajo para que eso suceda». Y así, Abraham se va con Agar y Agar da a luz un hijo y su nombre es Ismael. Y Dios dijo: «No. No. Uh-uh. Ese no es el hijo de la promesa. Mi pacto que he hecho contigo es que uno de tus propios lomos y de tu esposa va a ser tu heredero. ¿Y piensas que puedes resolver esto con tus propios esquemas y tramas? No. Mmm-mm».
¿Por qué creen que Dios hizo la promesa a dos personas que ya habían pasado la edad de dar a luz? Para que quedara absolutamente claro que cuando el hijo de la promesa naciera, que fue obra de Dios. Eso es lo más difícil de asimilar para la gente en la fe cristiana, incluso en este día: que la salvación es del Señor. Es el Señor quien salva. Y así, el niño nace completamente a través del poder de Dios. Es Dios quien trae a los descendientes de Abraham a la tierra prometida. Todo el libro de Josué está repleto de referencias de que la conquista de Canaán será obra del Señor y no de los ejércitos de Josué. Es sobrenatural. De nuevo, la bendición es la que Dios hace a los descendientes de Abraham y a los que le siguen.
Ahora, notamos que, a medida que avanza la historia, Abraham tiene a su hijo, Isaac, y la promesa, la promesa del pacto que se le da a Abraham se transmite a Isaac. Y es significativo que no todos los hijos de Abraham reciben la promesa porque Ismael no es el hijo de la promesa. Otra vez el apóstol Pablo insiste en ese punto en el Nuevo Testamento: que el hijo de la promesa es Isaac. »En Isaac será llamada mi descendencia», de nuevo, volviendo a la gracia electiva de Dios. Pero aun así, la promesa se transmite del patriarca: esta es la era patriarcal; Y la palabra patriarca significa jefe, cabeza o padre gobernante.
Abraham es el patriarca y su sucesor es Isaac y a quien se le da la transferencia de la promesa del pacto. Y luego, Isaac, su esposa, Rebeca, tiene gemelos. Ahora, era costumbre en el antiguo Medio Oriente, que la bendición familiar, o la bendición patriarcal, siempre fuera para el hijo mayor o el hijo de más edad. Era el varón heredero de la bendición familiar. Pero en el caso de Rebeca, ella tiene dos hijos, Jacob y Esaú, ¿y quién es el mayor? Esaú. Pero, ¿quién recibe la promesa del pacto? Es Jacob. ¿Por qué? ¿Por qué se elimina la costumbre? ¿Por qué se deja de lado el concepto humano?
Bueno, de nuevo, el apóstol Pablo elabora ese punto en el capítulo nueve de Romanos, para que el propósito de Dios conforme a la elección fuera preservado: «el mayor servirá al menor». Y Dios hace ese juicio antes de ellos siquiera nacer, sin haber hecho ni bien ni mal. Y de nuevo, Pablo insiste en el punto de que la bendición que recibe Jacob no tiene nada que ver con el hecho de Jacob habérsela ganado, merecido, o de haber contribuido a ello de alguna otra forma. Una vez más, Dios no previó alguna diferencia en el comportamiento entre Esaú y Jacob.
Cuando piensas en las personas que piensan que la elección se basa en acciones previstas, si Dios estuviera basando Su elección en acciones previstas, ¿qué había en la vida de Jacob que haría que Él eligiera a Jacob en lugar de a Esaú? Jacob fue el mentiroso, el suplantador, el tramposo desde el principio. Pero para que quede claro que no es del que corre ni del que quiere, sino de Dios que tiene misericordia, para que se manifieste la gracia soberana de la salvación de Dios, la promesa del pacto no se da a Esaú sino a Jacob.
Luego, por supuesto, Jacob tiene doce hijos. Y recordarán el final del libro de Génesis, que una vez más, no es el hijo mayor quien recibe la promesa. Y no todo Israel es de Israel. De modo que, la promesa no se da indiscriminadamente a una nación, que era el punto del debate entre Jesús y los fariseos. Le dijeron: «Oye, mira, te puedo dar mi certificado de nacimiento. Puedo mostrarte mi herencia biológica o ascendencia desde los patriarcas. Somos hijos de Abraham». No hijos de la promesa. Eso no se basó en la biología. Eso se basó en la gracia divina y electiva de la promesa del pacto de redención que Dios le había hecho al padre Abraham.
Ahora, es años después que Abraham se somete a la circuncisión. Y después de que el bebé, Isaac, nace, Abraham es circuncidado, como una señal de esta promesa del pacto, cuando él es un adulto. Eso es muy significativo. A Isaac, su hijo, se le da la señal del pacto cuando era un infante. Abraham, después de tener fe; Isaac, antes de tener fe, porque la promesa de Dios es dada a todos los que creen, pero no, simplemente, después de que creen. La promesa es la promesa, ya sea que se reciba antes de que tú creas o después de que tú la creas; sigue siendo la promesa de Dios. Y eso es lo que está pasando allí. ¿Y cuál era el significado de esta circuncisión?
Básicamente, la circuncisión, en el antiguo Medio Oriente, porque no estaba restringida a los judíos, era un rito de purificación, un rito de purificación. Y tenía el significado de que la persona que nacía, por naturaleza, nacía impura. Y así, la circuncisión era una señal de regeneración, de purificación, de santificación. Ahora, aquellas cosas de las que era una señal no se recibían automáticamente por el hecho de recibir la señal. Ahí es donde, de nuevo, el pueblo judío se equivocó. Ellos dijeron: «Bueno, yo estoy circuncidado. Debo ser salvo». Los cristianos hicieron lo mismo. «Estoy bautizado. Debo ser salvo». Ese es uno de los puntos de paralelismo entre el bautismo y la circuncisión.
Ambos son señales del pacto y ambos son señales de purificación. Pero ninguno de ellos transmite automáticamente lo que significan, sino que muestran la respuesta de aquellos que han recibido los beneficios del pacto de jurar ahora fidelidad y obediencia al Dios de toda gracia que los redime, no sobre la base de su obediencia. Y así, se supone que nuestra santificación fluye de nuestra justificación. Nuestra obediencia debe ser una respuesta de gratitud a Aquel que nos salvó antes de que hiciéramos cualquiera de las obras de la ley.
Muy bien, continuaremos con esto en nuestra próxima sección, analizando el pacto tal como es administrado por Moisés.






