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Transcripción
Durante el ministerio terrenal de Jesús, como vemos en el Nuevo Testamento, Él participó con frecuencia en algunos debates serios y, a veces, en duras controversias con muchos de sus contemporáneos de la comunidad judía. Obviamente, fueron los saduceos y los fariseos los más hostiles hacia Jesús, como leemos en el relato del Evangelio de Mateo. Pero quizás en ninguna parte del Nuevo Testamento obtenemos más información sobre estas disputas que Jesús tuvo con sus contemporáneos que la que encontramos en el Evangelio de Juan, y Juan con frecuencia simplemente se refiere a los judíos con connotaciones de alguna manera negativas.
Una de esas controversias que estallaron entre Jesús y sus contemporáneos quedó registrada en el capítulo 8 del Evangelio de Juan, repito, el capítulo 8 del Evangelio de Juan, donde en el versículo 31, en Juan 8, leemos este comentario que Jesús hizo a aquellos judíos contemporáneos que sí lo aceptaron a Él y lo siguieron. Jesús dijo a los judíos que le creyeron: «Si ustedes permanecen en mi palabra, verdaderamente son mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres».
Ahora, esta promesa positiva que Jesús da a aquellos que se han unido a Él parece algo inocuo en la superficie, y es difícil imaginar por qué alguien se sentiría ofendido por esa promesa significativa, de que «Si permanecen en mi palabra, verdaderamente son mis discípulos. Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres». Fue la última parte de esa declaración la que provocó tanto antagonismo de parte de Sus enemigos.
Leemos en el versículo 33: «Ellos le contestaron: “Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices Tú: ‘Serán libres’?”». Así que vemos que a lo que se oponían en la declaración de Jesús era a la idea de que de alguna manera las personas iban a ser liberadas porque para ser liberadas se presupone que estás experimentando antes de esa liberación algún tipo de cautiverio. Es obvio que Jesús no hablaba a personas que en ese momento estaban detenidas en las prisiones de la época. Estaba hablando a personas que caminaban con toda normalidad, afuera y, que por todas las apariencias externas, eran libres. Jesús les dijo a estas personas que las iba a hacer libres, sugiriendo que, por supuesto, de alguna manera aún no eran libres.
Esta fue la respuesta de Sus oponentes: Puesto que «somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie, ¿cómo dices Tú: “Serán libres”? Jesús les respondió: “En verdad les digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado; y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí permanece para siempre. Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres. Sé —dijo Jesús— que ustedes son descendientes de Abraham; y sin embargo, me quieren matar porque mi palabra no tiene aceptación en ustedes. Yo hablo lo que he visto con mi Padre; ustedes, entonces, hacen también lo que oyeron de su padre”. Ellos le contestaron: “Abraham es nuestro padre”. Jesús les dijo: “Si son hijos de Abraham, hagan las obras de Abraham. Pero ahora me quieren matar, a mí que les he dicho la verdad que oí de Dios. Esto no lo hizo Abraham. Ustedes hacen las obras de su padre”».
Ahora, estos hombres están orgullosos de su herencia. Son los descendientes de Abraham. Creen que, como descendientes de Abraham, son los herederos de todas las promesas del pacto de Dios, y no tienen que disculparse con nadie por su condición. Pero Jesús les dice que ellos son esclavos, esclavos que necesitan ser liberados, y hace este sorprendente comentario: «Todo el que comete pecado es esclavo del pecado».
Ahora, permítanme sugerirles al comienzo de este estudio del libre albedrío que si hay algo que Jesús enseñó durante su vida que el mundo moderno no cree, y que no solo el mundo pagano no acepta, sino que en general, la iglesia de nuestros días tampoco acepta, es la idea de que somos, por naturaleza, esclavos del pecado. Ahora, eso plantea toda una controversia sobre la naturaleza del hombre, la naturaleza de la libertad humana, la naturaleza del libre albedrío. Y lo que vamos a hacer en este curso es ver los debates históricos que han surgido, dentro y fuera de la iglesia, sobre todo el asunto de la libertad de la voluntad. Pero quiero establecer el contexto inmediato para esta discusión y este estudio en esta disputa que tuvo lugar en el primer siglo entre nuestro Señor y aquellos que fueron hostiles en su contra.
Una de las cosas que vemos de inmediato es que aquellos que estaban en desacuerdo con la evaluación de Jesús sobre la condición humana, aunque estaban en la tradición del Israel del Antiguo Testamento y tenían el beneficio del conocimiento de la revelación divina que les había llegado a través de las páginas del Antiguo Testamento, aunque habían sido instruidos en la enseñanza histórica de la caída de la raza humana, sin embargo, el sistema de creencias que obviamente habían abrazado en este momento de la historia era uno que incluía una comprensión pagana de la humanidad.
Fue una forma temprana de humanismo que tenía una visión exaltada de la bondad innata, inherente e indestructible de la naturaleza humana. Era inconcebible para estas personas que de hecho fueran atrapados o mantenidos cautivos en sus propias almas al poder esclavizante del pecado. Esta disputa que Jesús tiene aquí es una disputa que el judeocristianismo ha tenido en todos los siglos desde los días de Jesús. La visión dominante de la humanidad en nuestra cultura actual es la del humanismo, que tiene una comprensión pagana de la naturaleza humana.
Si miras las encuestas y lees el análisis y escuchas las suposiciones de los comentaristas modernos, todos reconocerán que hay algo que no anda bien, que nadie es perfecto, que todos nos equivocamos hasta cierto punto – «Errar es de humanos», nos dicen – sin embargo, la tesis básica del humanismo es que por más que choquemos y tropecemos con la injusticia o con formas malvadas de comportamiento, cualquier mal que nos afecte es algo realmente externo a nuestros corazones, que básicamente, en el fondo, nosotros somos buenos.
El año pasado, se realizó una encuesta de Gallup entre los cristianos evangélicos profesantes. Más de dos tercios de aquellos a quienes se les hizo la pregunta: «¿Crees que el hombre es básicamente bueno?», los encuestados respondieron afirmativamente. Creo que eso es relevante porque los evangélicos más que nadie han estado denunciando la influencia pagana del llamado humanismo secular, y todos los males de la sociedad moderna se han puesto en la puerta del humanista secular, y esta batalla de nuestros días entre el cristianismo evangélico y el humanismo secular es algo que está muy bien documentado.
Creo que todos somos muy conscientes de ello. Pero la ironía es que, esta encuesta indica que la mayoría de los evangélicos profesantes que condenan la influencia pagana del humanismo secular ya han abrazado el humanismo secular y se han rendido ante el humanismo secular en el punto de su antropología, es decir, hemos sido influenciados por una visión pagana y humanista del hombre, particularmente cuando buscamos comprender nuestro propio poder moral de libertad. En otras palabras, vivimos en una época en la que el libre albedrío ha sido tan exaltado en nuestra sociedad que el concepto de libre albedrío que informa la mayor parte de nuestro pensamiento no es un concepto de libre albedrío que nos llega de las páginas de las Escrituras, sino más bien una visión de la libertad humana que tiene sus raíces en el pensamiento pagano y humanista.
Ahora, el tema del libre albedrío es un asunto teológico que surge en varios escenarios y varios contextos cada vez que hablamos de teología, pero fundamentalmente, todo el tema del libre albedrío tiene que ver con dos asuntos teológicos distintos, aunque relacionados. Si vamos a lidiar con el tema del libre albedrío, es como si estuviéramos involucrados en una guerra que tiene dos frentes: dos puestos de avanzada distintos de preocupación. Uno tiene que ver con el libre albedrío en lo que se refiere a la soberanía de Dios. ¿Cómo entendemos que Dios sea soberano y que seamos responsables como agentes morales libres? Esa es una pregunta que veremos brevemente en unos momentos.
El otro tema que surge con respecto al libre albedrío tiene que ver con la relación de nuestra libertad con la caída de Adán y Eva, es decir, cómo debe entenderse nuestro libre albedrío a la luz de la doctrina teológica del pecado original. Solo de paso, permítanme recordarles que la doctrina del pecado original no es una doctrina que describe la ocurrencia, o el evento, del primer pecado de Adán y Eva; sino que la doctrina del pecado original se refiere específicamente a las consecuencias de la caída, al resultado del pecado de Adán y Eva, y tiene que ver con la interrogante de si hemos heredado de nuestros primeros padres una naturaleza humana corrupta.
Sabemos que hay todo tipo de teologías que compiten por la aceptación en nuestro mundo y en la iglesia, los diferentes tipos de denominaciones, pero prácticamente todas las iglesias que han estado en el Consejo Mundial de Iglesias han formulado en sus credos y en sus confesiones alguna doctrina del pecado original. No todas las iglesias están de acuerdo en todos los puntos en cuanto a la extensión y el grado de severidad, o al alcance del pecado original, pero al menos hay mucho acuerdo en que existe tal cosa como el pecado original y que no estamos hoy en la misma condición moral en la que Adán y Eva fueron creados, sino que algo ha salido mal y que somos parte de una humanidad caída.
Creo que la razón por la que cada iglesia históricamente ha tenido que formular alguna doctrina del pecado original es porque uno no puede leer las Escrituras y tomarlas en serio sin enfrentarse cara a cara con la enseñanza repetida de la Sagrada Escritura de que hay un problema de corrupción natural dentro de nuestras almas y nuestros corazones. Entonces, la pregunta es ¿hasta qué punto la caída ha influido en lo que llamamos nuestro libre albedrío? Una vez más, hay dos temas distintos: por un lado, cómo se relaciona el libre albedrío con la soberanía divina (temas de predestinación y similares) y por el otro, cómo el libre albedrío se relaciona con nuestra humanidad caída.
De nuevo, cuando hablamos de libre albedrío o de la volición humana, entendemos que hay varias teorías de cosmología y de antropología que podríamos poner o incluir bajo el título de determinismo, y el determinismo en general simplemente enseña que las decisiones que toman los seres humanos, que podemos suponer que surgen de nuestros propios deseos y de nuestras propias elecciones libres están de hecho determinadas por algo fuera de nosotros mismos, y un determinismo puro y naturalista niega cualquier idea de un libre albedrío humano.
Oímos de varias formas de determinismo mencionadas y difundidas en las conversaciones. Uno es el término «fatalismo». Ahora, no creo que haya muchas personas en nuestra sociedad actual, si es que hay alguna, que crean en el fatalismo en su sentido clásico. El término «fatalismo» proviene de la antigua mitología que postulaba que, además de la existencia de los dioses, las diosas, las musas, etc., estaban las Parcas o destinos, que eran criaturas algo caprichosas y traviesas que atormentaban a los seres humanos sin el más mínimo acuerdo de los seres humanos.
De ahí surgió la idea de un destino sombríamente determinado sobre el que nadie tenía ningún control, y la idea del karma, la suerte o el destino es algo que algunas personas dicen que está determinado por los cursos de las estrellas en los cielos, como lo harían los astrólogos: que tu estado de ánimo, tu comportamiento, tu fortuna hoy está determinada por la conjunción de planetas entre sí y cuál es tu signo de nacimiento. La gente lee todos los días los horóscopos que aparecen en los periódicos para ver qué les depara el destino en las próximas 24 horas. Pero esa es una forma burda de determinismo que enseña que nuestra suerte o destino está determinado por las estrellas o por algunos demonios traviesos y diabólicos que son sub-deidades que juegan con nuestras vidas.
Las formas más sofisticadas de determinismo son aquellas que están relacionadas con una visión mecanicista del universo que argumenta que todo lo que sucede en el universo sucede de acuerdo con causas naturales fijas que operan como una máquina, y se desgastan inexorablemente y que somos, por así decirlo, víctimas de estos factores físicos que determinan nuestra existencia. Incluso nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras esperanzas son, en última instancia, reducibles a reacciones bioquímicas que están ocurriendo dentro de nuestros cuerpos, o a la influencia determinante de la sociedad que nos rodea.
Recordamos el libro de Menninger escrito hace unos años titulado, ¿Qué ha sucedido con el pecado? Y poco después, un abogado, un conocido abogado, hizo la predicción de que en un futuro cercano el asesinato ya no iba a ser considerado un delito debido a la actitud predominante de que las personas actúan según sus patrones de comportamiento como resultado de fuerzas fijas que dan forma a su personalidad, la influencia de su entorno, la influencia de su hogar, y nadie puede ser realmente responsable de sus acciones porque no son realmente libres.
Castigar a alguien por un crimen, ya sea un asesinato, un robo o cualquier otra cosa, es responsabilizarlo y asumir que es capaz de responder, que tiene voz en el asunto, y que no se deja llevar por los caprichos del azar. La idea de que nuestras vidas están controladas por el azar es otra que está estrechamente relacionada con este determinismo, por irracional que sea, ya que sabemos que no existe el azar. El azar no tiene poder porque no tiene ser.
Pero esta idea del determinismo físico ha dado un salto cuántico en el pensamiento de nuestra sociedad, en gran parte debido a las ciencias del comportamiento y en cierto grado como resultado de la influencia de B.F. Skinner, quien escribió su libro más vendido titulado Más allá de la libertad y la dignidad , en el que dice que tenemos que renunciar a cualquier ilusión de libertad real porque somos el resultado neto de la colisión de átomos que toman lugar de manera física y determinista en nuestro entorno; y tenemos que renunciar a nuestra ilusión de la dignidad que proviene de pensar de nosotros mismos como si tuviéramos alguna influencia determinante en el resultado de nuestros destinos o de nuestras vidas.
Una de las ironías, por supuesto, del trabajo de Skinner es que se tomó el tiempo de escribir un libro importante para tratar de persuadir a las personas de que su pensamiento estaba determinado por lo que comían o por su composición biológica, y no por una respuesta a argumentos cuerdos; y, sin embargo, trató de dar un argumento cuerdo para convencer a la gente de que nunca fueron convencidos por argumentos cuerdos, lo cual fue contraproducente, por supuesto, y cayó por su propio peso. Y como dijo un crítico de Skinner: «Lo único que está más allá de la libertad y la dignidad es la esclavitud y la indignidad».
Sin embargo, esa es la conclusión a la que muchos han llegado, que el libre albedrío es una ilusión a la luz de las fuerzas de la materia que controlan nuestros destinos, y que estas son fuerzas impersonales, las fuerzas de la naturaleza sin referencia a Dios por ningún lado, y que, de nuevo, el libre albedrío es una ilusión. Es una especie de ingenuidad optimista que tenemos para asignar significado porque es difícil para nosotros imaginar que cada decisión que tomamos ha sido ordenada por causas naturales y que no somos realmente libres, y que no tenemos influencia sobre nuestras propias vidas. Eso nos reduce a meros objetos en lugar de agentes que actúan y escogen, y nos quita cualquier esperanza de dignidad. Pero hay quienes, como digo, en la cultura que están dispuestos a dar ese paso, estando tan convencidos de que somos víctimas del determinismo naturalista.
Ahora, veremos en la próxima sesión cómo eso se relaciona con el determinismo, o la determinación de Dios según Dios se relaciona con las decisiones que tomamos.






