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Transcripción
En nuestra primera sesión vimos que había dos frentes en los que se libra la batalla por el libre albedrío. Uno tiene que ver con la pregunta de cómo el libre albedrío se relaciona con los poderes externos que pueden influir o determinar nuestras decisiones de alguna manera o grado, y el segundo tiene que ver con nuestra libertad moral con respecto al pecado original. En nuestra última sesión, cerré con la mirada a la escena contemporánea del determinismo físico y naturalista tal como es tipificado, por ejemplo, por B.F. Skinner.
En el siglo XIX, recordamos a Ludwig Feuerbach, quien influyó en Karl Marx en sus teorías deterministas, y Feuerbach se hizo famoso por la expresión «Eres lo que comes», que por supuesto me recuerda la historia del hombre que cayó bajo la influencia de los escritos de Feuerbach y dijo: «Si esa es la verdad, entonces voy a cambiar mi dieta», y decidió, con la esperanza de amasar grandes riquezas, comer solo alimentos ricos. Así que se atiborró de pasteles y tartas y cosas por el estilo, y para su desesperación solo descubrió que en lugar de hacerse rico, todo lo que hacía era engordar, y hasta ahí llegó la teoría de Feuerbach de que eres lo que comes.
Pero, por supuesto, Feuerbach estaba diciendo algo más profundo que eso cuando decía que somos, en gran medida, el resultado de los procesos bioquímicos que se están desarrollando invisiblemente debajo de la superficie en nuestra propia existencia. Creo que podemos ver, como cristianos, cómo la visión bíblica de la libertad va rumbo a una colisión con todas las nociones paganas de determinismo que restringen las influencias de la realidad al reino natural y no tiene espacio en absoluto para la actividad de Dios y ve a la persona humana, en lo que respecta a las criaturas, como el ser supremo; pero incluso en su supremacía, es víctima de las fuerzas ciegas de la naturaleza que controlan su destino.
Pero la pregunta teológica más grande que enfrentamos internamente, dentro de la casa de la fe es: ¿Cómo nuestro libre albedrío se relaciona con la soberanía divina? En cada ocasión donde he participado en debates sobre el concepto bíblico de la predestinación, debates que tengo que admitir que he participado con cierta frecuencia, cada vez que he tenido la oportunidad de dar una exposición de la doctrina de la elección o de la predestinación, inevitablemente la primera pregunta que la gente plantea en respuesta a eso es: «¿Qué pasa con el libre albedrío?», porque entendemos, incluso si no hemos estudiado estas cosas con gran detalle técnico, entendemos que es una gran dificultad cuadrar la relación entre un Dios soberano, que es absolutamente soberano, y una criatura que tiene auténtica libertad.
Encontramos eso no solo con respecto a la doctrina específica de la elección, la predestinación, etc., sino con nuestra comprensión de la providencia divina porque las Escrituras enseñan una y otra vez que Dios no solo crea este universo, sino que lo sostiene con Su poder; y no solo lo mantiene en marcha, sino que lo gobierna. Él lo dirige, y en el ejercicio de Su gobierno sobre su creación, hace uso de Su propia soberanía y poder divinos.
Las Escrituras están repletas de ejemplos de Dios diciendo que Él levanta naciones, Él derriba naciones, que las cosas ocurren a través del consejo determinante de Dios, y que se nos dice, por ejemplo, que los días de un hombre están ordenados por el Señor, y que hay ciertos decretos que Dios emite que tienen que cumplirse. Y así, nos encontramos con el concepto de la predeterminación de Dios, es decir, que determina eventos futuros antes de que realmente sucedan, y la postura obvia que enfrentamos con cualquier noción de predeterminación es esta:
Si Dios ordena hoy lo que va a suceder mañana, ¿hay alguna duda de que lo que Él ha ordenado de hecho sucederá? ¿O entendemos la predeterminación de Dios simplemente como si Él estuviera haciendo conjeturas inteligentes en cuanto a lo que Él piensa que sucederá mañana? ¿Y sabe Él de antemano en realidad lo que vas a decir antes de que lo digas? Y si lo sabe, ¿no hace Su conocimiento previo que sea absolutamente seguro que lo que Él sabe que dirás, lo dirás con toda certeza? Y aun si creyeras incluso que tienes el poder de decir algo diferente de lo que Dios sabe que vas a decir, tal idea es, en el mejor de los casos, una ilusión porque el hecho de que Dios la conozca la hace cierta.
Es por eso que los teólogos luchan con las distinciones técnicas entre la necesidad de lo consecuente y la necesidad de las consecuencias, es decir, si Dios sabe que algo va a suceder, de antemano, es absolutamente seguro que sucederá. No puede no suceder, pero ¿significa eso que Él lo ha forzado a suceder? ¿Conlleva Su conocimiento previo la idea de predeterminar lo que va a suceder? Ese es el lado difícil del estudio de la providencia divina y de la soberanía divina.
A veces encontramos personas que hablan del problema de la soberanía divina como una contradicción inherente entre la soberanía y la libertad humana, o el libre albedrío, y he escuchado esto, he escuchado intentos de resolución de esto de muchas maneras diferentes, y una de las más populares es la metáfora de las líneas paralelas. Tuve un profesor en la universidad que, cuando me presentaron este dilema por primera vez, lo resolvió diciendo que la libertad humana y la soberanía divina son líneas paralelas que se encuentran en la eternidad, o en el infinito, y la gente frunció el ceño y pensó que era algo fuerte y bastante profundo.
Recuerdo salir del salón de clases ese día y rascarme la cabeza y decir: «¿Qué hay de malo con esa imagen? Si esas líneas paralelas son de hecho paralelas, no se van a encontrar en la eternidad o en Pittsburgh o en ningún otro lugar, y de hecho si se encuentran en algún lugar en el futuro, entonces no son realmente paralelas, y eso es solo una especie de ofuscación de la dificultad de tratar de hablar en esos términos».
Es solo una forma elegante de decir: «Los conceptos son, de hecho, contradictorios, y dado que la Biblia afirma por un lado la soberanía divina y por el otro la libertad y responsabilidad humanas, y aunque estas dos ideas son contradictorias y mutuamente excluyentes, nos vemos obligados por piedad a abrazar ambos polos de la contradicción»; y tengo que decirles, francamente, que creo que esa es la forma en que la mayoría de los cristianos manejan este problema: no retroceden en absoluto ante la idea de que acaban de abrazar una contradicción, que es una prueba de falsedad.
Les diría que si conciben la libertad humana de tal manera que la ponen en contradicción absoluta con la soberanía divina, o si conciben la soberanía divina de tal manera que es absolutamente contradictoria con la libertad humana, entonces les sugeriría que al menos uno de sus conceptos, tal vez ambos, pero al menos uno de ellos es incorrecto y necesita ser ajustado y revisado. Me gustaría aclarar desde un principio que los dos conceptos de libertad humana y soberanía divina no son intrínsecamente contradictorios. Puede haber una gran cantidad de misterio sobre cómo interactúan y se relacionan los dos, pero no son intrínsecamente contradictorios. Permítanme decirles lo que es contradictorio: estos dos conceptos: soberanía y autonomía humana.
Si entendemos por libertad, libertad absoluta, o lo que llamamos autonomía donde la persona es una ley en sí misma, donde no hay una autoridad o poder general y vinculante que le impida ejercer cualquier opción que elija ejercer. Si por libertad, entiendes libertad absoluta o autonomía, entonces no hay forma en el mundo de hacer que estos dos conceptos encajen, porque si Dios es soberano… lo que significa que Su libertad es absoluta y se extiende sobre toda Su creación, de modo que tiene el poder y la capacidad de elegir lo que sea que quiera… si Dios es soberano, entonces es evidente que ninguna criatura puede ser autónoma porque ser autónomo es ser una ley para ti mismo, y ser una ley para ti mismo, y ser una ley para ti mismo excluye la posibilidad de que algo o alguien reine soberanamente sobre ti.
Por lo tanto, estos dos conceptos no pueden coexistir. Si Dios es soberano, manifiestamente no somos autónomos. Por otro lado, si somos autónomos, entonces ese es el fin de cualquier idea de un Dios soberano. Estos dos no pueden coexistir en el mismo universo. Podemos concebir la idea de la autonomía humana, y podemos concebir la idea de la soberanía divina. Lo que no podemos concebir es su coexistencia. Esto es algo así como la vieja historia de la fuerza irresistible y un objeto inamovible. Entendemos que la idea de una fuerza irresistible es un concepto que puede ser concebido.
Podemos imaginar la idea de algo que tiene tanta fuerza que nada podría resistirla; y por otro lado podemos concebir un objeto tan fuerte que nada podría moverlo, que llamamos objeto inamovible. Y así, aunque los dos conceptos tomados por separado son ideas posibles, lo que es imposible es su coexistencia. Aprendemos eso, sino a través de los textos de filosofía, a través de la canción popular de mediados de este siglo: «Cuando una fuerza irresistible como tú se encuentra con un objeto inamovible como yo, bueno, de alguna manera, de alguna manera, en algún lugar, algo tiene que ceder».
¿Recuerdas eso? Algo tiene que ceder porque si imaginas el encuentro de la fuerza irresistible y el objeto inamovible, si la fuerza irresistible golpea el objeto inamovible y no lo mueve, ¿qué te dice eso? Eso te dice que la fuerza irresistible no era irresistible. Era capaz de ser resistida. Por otro lado, si la fuerza irresistible golpea el objeto inamovible y el objeto inamovible se mueve, tenemos que cambiar su título. Ahora se conoce como un objeto móvil y no como un objeto inamovible. No puedes tener a ambos coexistiendo en el mismo universo.
Pero una de las cosas que vemos en la visión bíblica del asunto es que la Biblia en ninguna parte enseña, ni siquiera insinúa la idea, de que si tenemos algún grado de libertad, esta se eleva al nivel de autonomía. De hecho, los estudiosos bíblicos han dicho por siglos que el pecado principal de Adán y Eva en el huerto fue en su búsqueda de autonomía y que la tentación de la serpiente en el huerto era que las criaturas serían como dioses, y que lo que buscaban era más libertad que la que Dios les había dado.
Dios dotó a sus criaturas de libertad, libertad que era real, libertad que era de largo alcance. «De todos los árboles del huerto», dijo, «puedes comer libremente». Pero esa libertad no era absoluta. Dios puso una restricción a esa libertad bajo Su soberanía y dijo: «De este árbol, no puedes comer. Ni siquiera puedes tocarlo porque el día que comas de él seguramente morirás». El pecado fue el resultado del intento del hombre de aumentar el alcance de la libertad con la que había sido dotado por su Creador.
Ahora, a menudo he escuchado decir, con demasiada frecuencia, y para mí, una vez ya es demasiado a menudo, pero he escuchado decir muchas, muchas veces en la comunidad cristiana que hay un límite a la soberanía de Dios, que Dios es soberano hasta cierto punto, que lo que limita la soberanía de Dios es la libertad humana. La soberanía de Dios está limitada por la libertad humana. ¿Qué tiene de malo esa idea? Si la soberanía de Dios está limitada por tu libertad, ¿entonces quién es soberano?
Si tu libertad tiene la capacidad o el poder de detener la soberanía de Dios en seco, entonces tú eres el soberano, en lugar de Dios. No, no, no. Es la idea opuesta la que se nos comunica claramente en la Sagrada Escritura, es decir, que la libertad humana es real, pero siempre está limitada por la mayor libertad de Dios. Dios es libre, y tú eres libre, pero Él es más libre que tú. Y cada vez que tu libre albedrío quiere hacer algo que el libre albedrío de Dios no quiere que hagas, hay un conflicto y vas a perder. Y vas a decir: «Bueno, ¿qué pasa cuando peco?».
Él me permite pecar. Él lo permite. Él no lo sanciona, pero incluso eso, no podrías pecar a menos que Dios, en Su soberanía, eligiera dejarte pecar. Eso no significa que Él te obligue a pecar. Eso no significa que Él bendiga tu pecaminosidad, pero Él puede pararse allí y decir: «Aunque tengo el poder de detenerte en seco, de vaporizarte con Mi palabra y evitar que hagas cualquier cosa que planees hacer, y sé lo que planeas hacer, y puedo detenerlo ahora mismo, pero voy a dejar que suceda porque tengo Mis razones». Eso tiene que ver con el concepto de cómo Dios gobierna providencialmente.
Lo hemos visto en nuestra serie de conferencias sobre la providencia de Dios, cuando hablamos del concepto de concurrencia por el cual Dios pone en operación su soberanía en este mundo, Dios pone en operación su libertad suprema en, por y a través de las elecciones reales de sus criaturas. El texto más claro que ilustra eso está al final del libro de Génesis, el momento en que José se reúne con sus hermanos, y ahora ellos saben, o José sabe quiénes son ellos y ellos saben quién es José, están aterrorizados de que José vaya a exigir la justa venganza que tenía todo el derecho de exigirles por su traición, y tiemblan ante su poder y su soberanía terrenal. Y ustedes recordarán las palabras de José a sus hermanos?
Él dijo: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien». Es decir, que la buena voluntad de Dios se abrió camino hacia afuera, dentro y a través de las malas intenciones de los hermanos de José. ¿Pueden por eso subir al tribunal y decir: «Dios, solo estábamos haciendo tu voluntad. Es decir, obviamente tú intención era buena. Esa era nuestra intención todo el tiempo, también»? No, no, no. Dios dijo: «Actuaron en base al conocimiento que tenían, a los deseos que tenían, a las decisiones que tomaron que fueron decisiones reales y concretas».
Dios no los obligó a hacer lo que hicieron, sino que hizo uso de las decisiones que tomaron para lograr Su propio propósito. Del mismo modo, Judas, cuyo acto de deslealtad y traición condujo a la crucifixión de Cristo, Judas lo hizo para mal. Sin embargo, sin su mala decisión, el evento más grande de nuestra redención no habría tenido lugar. Este es el misterio de la providencia y de cómo Dios obra su voluntad a través de las elecciones reales de Sus criaturas.
Ahora, en teología, como dije, nos encontramos con el texto: «Ustedes pensaron hacerme mal. Dios lo cambió en bien». Cuando analizamos lo que está sucediendo en las elecciones morales, en lo que llamamos «volición», una de las cosas que entendemos que tiene que ver con la responsabilidad moral es la intencionalidad. Hablamos de accidentes que ocurren, o chocamos con nuestro automóvil contra la parte trasera del automóvil de otra persona, saltamos, nos disculpamos con la persona. Decimos: «Lo siento. No lo hice…» – ¿qué? «No quise hacerlo. No te golpeé a propósito. Fue un accidente».
No fue intencionadamente. Si fuera intencionalmente, sería culpable no solo de dañar el automóvil de mi vecino, sino que podría ser arrestado por intento de homicidio vehicular si embistiera deliberadamente el automóvil de otra persona. Y así entendemos la importancia moral de la intencionalidad, y de lo que la Escritura nos dice con respecto a los actos humanos y las decisiones humanas: que funcionan con intencionalidad real. Sin embargo, incluso nuestras intenciones están sujetas al poder y la autoridad supremos de Dios porque las Escrituras nos dicen que en Dios vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.
Puedo tener una mala intención, tomar una mala decisión y realizar una acción malvada. Pero aun en eso, estoy funcionando como un agente causal real, algo que produce un efecto. Decimos en teología que nosotros, como agentes causales reales, somos, en el mejor de los casos, agentes causales secundarios porque no tengo ningún poder excepto cuando lo tomo prestado de aquel en quien vivo, me muevo y tengo mi ser. De modo que incluso sobre mi pecado Dios sigue siendo soberano, pero esa soberanía no se manifiesta de tal manera que me obligue a hacer lo que hago o me excuse de hacer lo que he hecho.






