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Antes teníamos un programa de radio de cinco minutos en Ligonier, y el nombre del programa era «Pregúntale a R. C.» y los oyentes eran animados a llamar y hacer sus preguntas teológicas, y luego yo intentaba responderlas en la radio. De hecho, les decía que respondería todas las preguntas que me enviaran, incluso si la respuesta era: «No lo sé», o si la respuesta era incorrecta, pero algo iba a decir. Dimos seguimiento a las preguntas que la gente nos enviaba, y la pregunta número uno que recibimos en términos de frecuencia fue la siguiente: «¿Cómo puedo conocer la voluntad de Dios para mi vida?».
Tal vez te has hecho esa pregunta varias veces. Y mi respuesta a esa pregunta era algo así como una respuesta estándar. Le decía a la gente: «Si me preguntas si debes ser carnicero, panadero o fabricante de lámparas, no puedo responder a esa pregunta. No puedo leer la mente de Dios. Todo lo que puedo decir es que hagas lo que las Escrituras dicen que hagas; es decir, que evalúes con seriedad tus dones y talentos y veas dónde puedes ser usado por Dios en este mundo y trates de encontrar tu vocación de esa manera». Si me preguntas: «¿Debería casarme con Carla o Paty o Elena?» o la que sea, no puedo leer la mente de Dios en eso tampoco.
Pero si realmente quieres conocer la voluntad de Dios para tu vida, el aspecto más importante de la voluntad de Dios para tu vida, puedes ver lo que dice la Escritura. La Escritura dice: «Esta es la voluntad de Dios para ti: tu santificación». ¿Qué significa eso? Eso significa que, como dijo Jesús: «Si buscan primero el reino de Dios y su justicia, todo lo demás les será añadido», de modo que el llamado principal de Dios para tu vida es tu santificación. Pero, ¿qué es eso? La idea de santificación proviene de la misma palabra de la que hemos estado hablando en esta serie. Ser santificado significa «ser hecho santo», y es un proceso que comienza con el inicio de tu vida cristiana. Cuando llegas a ser cristiano, no eres hecho santo al instante.
Una de las mayores dificultades que tenemos como cristianos es que cuando somos cristianos seguimos pecando. Nuestras vidas deben cambiar, debemos crecer y progresar hacia nuestra conformidad con la imagen de Cristo, y ese proceso, ese progreso que requiere tiempo, es lo que llamamos «santificación». Recordemos lo que Dios le dijo a Su pueblo cuando lo llamó por primera vez. ¿Qué dijo? «Sean santos, porque Yo soy santo». Por eso, los cristianos en el Nuevo Testamento son llamados santos, y la palabra que se utiliza para el término en español «santo» significa literalmente «el santo».
Cuando lees las cartas de Pablo, por ejemplo, a los corintios o a los gálatas, él dice: «A los santos que están en Corinto». Luego, tan pronto como se dirige a ellos como «santos», empieza a reprenderlos por su desobediencia y por su pecado: «Ustedes, santos, tienen que dejar de pecar», porque se dio cuenta de que estas personas todavía eran una obra en marcha. Ahora, ese proceso por el cual hemos de llegar a ser santos y santificados es uno que las Escrituras nos dicen que implica trabajo. ¿Qué dice el apóstol cuando escribe a los filipenses? Él dice: «Ocúpense en su salvación». Eso no significa trabajar para tu salvación. No es que seamos salvos por nuestras obras; somos salvos por las obras de Cristo, y en el momento en que tenemos fe en Cristo, Dios transfiere a nuestra cuenta Su justicia y Dios nos considera santos delante de Él. Pero una vez que nos ha aceptado y redimido, nos pone a trabajar.
¿Cómo se supone que debemos abordar esta obra de santificación? Él dice: «Ocúpense en su salvación», ¿con qué? Déjame escribirlo, «con temor y temblor». Ese es el llamado que Dios hace en nuestras vidas: trabajar en nuestra salvación con temor y temblor. ¿Qué te sugiere eso? ¿Alguna vez has iniciado alguna tarea en tu vida con temor y temblor… estando nervioso y temblando? ¿Y por qué estabas nervioso y temblando? Porque te diste cuenta de que esa tarea en particular era sumamente importante y querías hacerla bien, complacer a alguien, complacer a tus amigos, a tus padres, a tu maestro, complacer a alguien, complacer a tu entrenador. Y entonces tomaste esa tarea muy en serio.
Pero hoy parece que nuestra preocupación por llegar a ser santos, por llegar a ser justos, si es que tenemos una preocupación, es una preocupación apática, ¿no es así? No nos entusiasma tanto. Así que estamos trabajando en nuestra vida cristiana, estamos trabajando en nuestra salvación de una manera displicente y fría. Sin esfuerzo. Pero Dios nos llama a hacer de la búsqueda de Su rostro, la búsqueda de Su reino el punto principal de nuestras vidas.
Me encantaba jugar golf. Jugué golf durante años y años hasta que una lesión en la espalda me sacó del campo. Pero tenía este cuaderno en el que daba seguimiento a cada ronda de golf que jugaba y de cada golpe que daba, y los evaluaba al final de la ronda y veía dónde estaban las fortalezas y dónde estaban las debilidades, y así podía detectar un patrón, para poder ir a entrenar, ir a la salida de la práctica y trabajar más duro en mis debilidades para poder mejorar y progresar. Leí todo lo que pude leer. Tomé lección tras lección tras lección. En otras palabras, me dediqué a alcanzar un cierto nivel de excelencia en el juego del golf.
Recuerdo muchas veces haber ido a la cama por la noche, después de uno de esos entrenamientos, y decir: «¡Guau! Si dieras este tipo de energía y este tipo de compromiso a tu santificación, ¿no sería fantástico?». Yo estaba ocupado en mi juego de golf con temor y temblor, pero no en mi salvación. Porque nos adormecemos pensando que «la justicia no es la gran cosa», y sin embargo Jesús dijo a sus contemporáneos: «Si su justicia no supera a la de los escribas y de los fariseos, no entrarán en el reino de los cielos». Leemos eso y decimos: «¡Ah, gran cosa! Fueron los escribas y los fariseos quienes lo mataron. Los escribas y fariseos no eran más que hipócritas, por lo que no debería ser una gran tarea para nosotros superar en justicia a los escribas y fariseos».
Pero recuerden, los fariseos eran aquel grupo de personas que hacían de la observación de la ley de Dios la actividad principal de sus vidas. ¿Y qué dice Jesús sobre ellos? Él dijo: «Examinan las Escrituras porque piensan tener en ellas la vida eterna», pero eran hipócritas. Eran hipócritas, pero al menos examinaban las Escrituras. Fueron diligentes en su estudio de la Palabra de Dios. Jesús dijo: «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas que pagan el diezmo de la menta y del comino, y han descuidado los preceptos más importantes de la ley: la justicia, la misericordia…!».
En una encuesta reciente se mostró que de aquellas personas que se identificaban en Estados Unidos como cristianos evangélicos, que dijeron que habían nacido del Espíritu de Dios, de ese grupo, el cuatro por ciento diezmaba, lo que significa que el noventa y seis por ciento de los cristianos profesantes, sistemática y regularmente, le roban a Dios. A los fariseos no se les ocurriría hacer eso. Eran tan escrupulosos en el pago de sus diezmos, ya sea de sus productos y de todo lo demás, que si una ramita de menta crecía en su acera, daban una décima parte a la obra de Dios. Algo así como, si encuentras una moneda de diez centavos en la calle, no solo la guardas en tu bolsillo y te olvidas de ella, sino que te aseguras de poner un centavo extra en el plato de las ofrendas el siguiente domingo. Así de escrupulosos eran al respecto.
O en otra ocasión Jesús les dijo: «Escribas y fariseos, hipócritas, que recorren el mar y la tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo, lo hacen hijo del infierno dos veces más que ustedes». Pero, ¿qué hay de su celo por las misiones, qué hay de su celo por el evangelismo? Cruzaban la tierra y el mar para hacer un prosélito. Si alguien me escribe de Los Ángeles y quiere que vaya a hablar a esa ciudad, la primera pregunta que voy a hacer es: «¿Cuántas personas van a estar allí?» porque seguro que no quisiera hacer ese viaje de miles de kilómetros para hablar con una persona. Los fariseos lo hacían. Jesús los reprendió por su hipocresía en sus oraciones, pero fueron diligentes en su vida de oración.
En otras palabras, lo que estoy diciendo es que leían las Escrituras diariamente, oraban a diario, daban al menos el diez por ciento de su dinero a la obra de Dios, estaban comprometidos con la vida de la iglesia, con el evangelismo, estaban comprometidos con las misiones. Y Jesús dijo: «Si su justicia no supera a esas cosas, nunca verán el reino de Dios». Ahora, tal vez todo lo que quiso decir fue: «Por eso deben tener mi justicia», la justicia de Jesús como fundamento de su salvación, porque la justicia de Jesús, por supuesto, supera la justicia de los escribas y los fariseos. Espero que eso sea lo que quiso decir, porque si quiso decir: «Tienes que manifestar el nivel de santificación que va más allá de estos estándares de los fariseos para demostrar que eres realmente cristiano», entonces estamos en problemas, porque no nos acercamos a nuestra santificación con temor y con temblor.
Bueno, al principio de nuestra discusión aquí sobre la santidad, vimos la experiencia que tuvo Isaías cuando vio a Dios alto y sublime, y tuvo la visión de los serafines cantando el trisagio «Santo, santo, santo». ¿Recuerdan que cuando leímos ese relato me detuve en el punto donde Isaías pronunció aquella maldición sobre sí mismo, donde dijo: «¡Ay de mí, porque perdido estoy!», estoy deshecho o estoy arruinado. Lo que Isaías estaba experimentando cuando tuvo esta visión de la santidad de Dios fue el proceso psicológico que llamamos «desintegración». ¿Han escuchado a alguien decir: «Bueno, ese es fulano; él tiene las cosas claras. Lo tiene bajo control. Es una persona completa»? Tener las cosas claras, tener todo bajo control significa que cada aspecto de tu vida está entrelazado de manera coherente; está integrado.
Cuando algo se desintegra, se desmorona, y eso es lo que Isaías está diciendo cuando grita: «¡Ay de mí, perdido estoy!». Me estoy deshilachando. Antes de ver quién era Dios, estaba seguro. Pensé que era un tipo bastante bueno, y todos me felicitaban por mi rectitud. De hecho, la gente me consideraba un dechado de virtud en Jerusalén, y luego vi la verdadera santidad y fue devastador. Me destruyó. Pero, ¿qué pasa con el resto de la historia? ¿Qué dijo Dios? «Quédate rostro abajo, Isaías. Así es que debes estar. Tienes razón. Tu boca está sucia y habitas en medio de un pueblo de labios inmundos. Así que solo revuélcate en la tierra, y te voy a aplastar donde estás». Eso no fue lo que sucedió, escucha lo que sucedió. «Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas. Con él tocó mi boca».
Aquí está Isaías temblando ante Dios, aterrorizado. Hablando de temor y temblor, si alguna vez un ser humano estuvo en un estado de temor y temblor total, fue Isaías en ese momento. Y mientras él estaba llorando y gritando esta maldición sobre él, Dios dirige a uno de los ángeles, a uno de los serafines al altar donde tenían el brasero encendido, el cual está lleno de carbones encendidos. Está tan caliente que ni siquiera el ángel puede tocarlo, así que toma unas tenazas y toma una de estas brasas con las tenazas, vuela hacia Isaías ¿y luego qué? Se lo pone en la boca. Es decir, podías escuchar el chisporroteo.
Ese carbón encendido contra la carne, una de las partes más sensibles del cuerpo humano, cuando besas a alguien, usas tus labios debido a la intensa sensación que se puede comunicar allí, e imagina poner tu boca alrededor de un carbón encendido caliente que se toma de una parrilla en tu patio. ¿Por qué hace Dios esto? ¿Para atormentar o torturar a Isaías con su culpa? No. ¿Quieres saber cómo luce el arrepentimiento? Lo estás leyendo aquí, cuando Isaías está reconociendo su culpa ante Dios y clama a Dios.
Ahora, si esto se escribiera en la cultura actual, sería algo así. Isaías grita: «Soy un hombre de labios inmundos. Habito en medio de un pueblo de labios inmundos, ¡ay de mí!». Dirías: «Vamos Isaías. No seas tan duro contigo mismo. Vas a terminar con una mala imagen de ti mismo. Me quedaré preocupado con tu autoestima. Mira, no es la gran cosa. Los muchachos son así. Simplemente levántate y continúa por el resto del día. Tú no pecas. Tú tomas malas decisiones». No. Dios no niega la realidad de esta experiencia, y el carbón en la boca no está diseñado para torturarlo; está diseñado para limpiarlo. Dios está cauterizando la herida. Está purificando la herida en los labios de Isaías.
Has visto películas. Películas de vaqueros o películas de guerra civil, cuando alguien recibe un disparo y después de que extraen la bala, entonces calientan en las brasas el hierro de marcar que tienen en el rancho hasta que brilla, y luego usan ese hierro de marcar para quemar la herida, para limpiarla de todas las bacterias infecciosas, cauterizándola, haciéndola pura. Luego, escucha lo que Isaías oyó: «Con él tocó mi boca, y me dijo: “Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado”». Tu iniquidad ha sido quitada, Él la ha quitado y la Biblia dice: «Como está de lejos el oriente del occidente, así Dios alejó de nosotros nuestras transgresiones».
En la cruz, leemos en el Nuevo Testamento que Cristo realiza una obra de expiación, y lo que significa la expiación es la eliminación de nuestra culpa. Ha sido removida. ¿Recuerdan que en el Israel del Antiguo Testamento, cada año en el día de la expiación, se mataba a más de un animal? No solo se sacrificaba y ofrecía el cordero, sino que antes de todo eso, primero estaba el macho cabrío. ¿Recuerdan la historia del macho cabrío? Donde este era llevado ante el sumo sacerdote y él se acercaba y ponía sus manos sobre su lomo y ¿luego qué? El macho cabrío era enviado fuera del campamento, al desierto, a un área abandonada, lejos de la presencia de Dios.
¿Cuál fue el significado simbólico de eso? Cuando el sacerdote imponía sus manos sobre el macho cabrío, lo que estaba haciendo simbólicamente era tomar los pecados de la gente, su culpa, y los transfería a la espalda del macho cabrío. Luego el macho cabrío era enviado fuera del campamento, fuera de donde la presencia de Dios se concentra, a las tinieblas de afuera, al lugar del abandono. Esto es exactamente lo que le sucede a Cristo cuando Dios toma tu pecado, tu culpa, tu boca sucia, cuando clamas a Él como lo hizo Isaías, y Dios lo pone sobre Cristo. Y cuando hizo eso, ¿qué sucedió? Las luces se apagaron, llegaron las tinieblas. Cristo es ejecutado fuera de Jerusalén, fuera del campamento.
Él es el macho cabrío, pero también es el Cordero que satisface las demandas de Dios. El Cordero sin mancha, cuyos labios no estaban sucios, se ofrece a Dios, paga el castigo que merecemos, luego nos transfiere la justicia que Él se ganó para Sí mismo. Por lo que la vida cristiana empieza con el perdón. Comienza con nuestra justificación, y lo que sucede en nuestra justificación es esto, que nosotros que somos impíos, que somos injustos, somos declarados justos por Dios.
¿Recuerdan cómo David plantea la pregunta? Dice: «Si Tú tuvieras en cuenta las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podría permanecer?». ¿Si el Señor sacara ese libro negro del que les estaba hablando que tuve con mis estudiantes y registrara en ese libro cada vez que quebrantas Su ley, cada vez que lo desobedeces, cada pecado que cometes, y te juzgara sobre la base de eso? David dijo: «Si Tú tuvieras en cuenta las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podría permanecer?». Es una pregunta retórica. La respuesta es obvia, «Nadie».
Nadie podría permanecer. ¿Cómo podría una persona impía sobrevivir al juicio ante un Dios santo? La única manera es si su impiedad es purgada, si su impiedad es eliminada, si su impiedad es cubierta. De eso se trata la redención. Es que Cristo en Su santidad nos concede Su santidad porque no la tenemos; y luego, cuando nos reconcilia con Dios, cuando nos justifica ante Dios, entonces dice: «Ocúpense con temor y temblor. Ocúpense en esta salvación».
Ahora, a menudo me he preguntado cómo me sentiría si no escuchara a un misionero o un ministro o un predicador o un evangelista diciéndome que mis pecados podrían ser perdonados. Pero lo que realmente siento es que si estuviera solo en una habitación y Cristo entrara y pusiera sus manos sobre mi cabeza y me dijera: «R. C., escúchame. Te perdono de cada pecado que hayas cometido. Elimino las transgresiones de tu vida tan lejos como el oriente está del occidente. Te limpio de tu culpa, te hago limpio». Si Cristo te dijera eso: «Te limpio, te perdono, te dejo sin mancha a los ojos de Dios», ¿qué harías?
Esto fue lo que Dios dijo tan pronto declaró: «…es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado», entonces Isaías dijo: «Y oí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”». He notado en la Escritura que Dios nunca dice: «Vengan a mí», sin decir a los que vienen a él: «Vayan». Venimos a Él, Él nos sana, nos perdona y luego Él nos envía. «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por mí?». E Isaías dice: «Aquí estoy; envíame a mí».
¡Gracias, Dios! «Si vas a perdonar todos mis pecados, si vas a limpiar mi boca sucia, si me vas a permitir estar en Tu presencia aunque no sea santo, caminaré por el fuego para contarle a todos con los que me cruce sobre Tu misericordia y sobre Tu gracia». «Sean santos», dice Dios, «porque yo soy santo». Y es porque Él es santo y nosotros no lo somos que necesitamos un redentor santo que no solo nos justifique, sino que nos dé el Espíritu Santo para ayudarnos a buscar nuestra santificación. Ocúpense en su santificación. Ocúpense en su salvación con temor y temblor. ¿Por qué? “Porque Dios es quien obra en ustedes, tanto el querer como el hacer.






