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Transcripción
En nuestra sesión de hoy vamos a ver la postura católica romana de la voluntad y cómo se relaciona con el pecado original, y al llegar a esta parte de nuestro estudio histórico, inmediatamente nos encontramos con un problema porque hay cierta ambigüedad incorporada en el sistema católico romano para entender la relación de la voluntad del hombre con el pecado original. El problema se agrava por esto: ya hemos visto que en la controversia pelagiana-agustiniana, la iglesia condenó a Pelagio como hereje y exoneró a Agustín en ese debate en particular.
No solo la Iglesia católica romana condenó el pelagianismo entonces, sino que ha repetido esa condena de manera consistente e inequívoca a lo largo de la historia de la iglesia. De hecho, los tres primeros cánones de la sexta sesión del Concilio de Trento sobre la justificación procuran reafirmar el repudio de la iglesia al pelagianismo puro, y también vimos hace poco, en otra clase, que la Iglesia católica romana condenó el semipelagianismo en el Sínodo de Orange en 529.
Así que, con el fuerte repudio del pelagianismo y el semipelagianismo hace siglos, uno esperaría por ende, que la iglesia hubiera continuado abrazando consistentemente la posición agustiniana, pero en el momento de la Reforma y en el momento del Concilio de Trento, parece que la iglesia, al condenar la postura de Lutero y de los reformadores sobre este asunto que, por extensión y en efecto, estaban repudiando la postura agustiniana también y si eso fue ambiguo en Trento en el siglo XVI, quedó perfectamente claro en el siglo XVII en la llamada controversia jansenista, que veremos en unos momentos, que la postura histórica de Agustín también fue condenada por Roma. Eso nos deja con esta pregunta. Parece, al menos en la superficie, que todas las opciones para comprender la relación entre la voluntad y nuestro pecado original en un momento u otro en la historia de la Iglesia católica romana han sido condenadas. Entonces, ¿cuál es su postura?
La mayoría de los protestantes consideran que la teología católica romana moderna ha regresado a una forma de semipelagianismo y, por lo tanto, es inconsistente con su pasado; pero nuevamente, Roma tiene un problema en este punto debido a su declaración de infalibilidad. Alegando infalibilidad en cuanto a su magisterio, sufre de lo que llamamos hemofilia teológica. Si la rasguñas, se desangra hasta morir, porque si una iglesia es infalible, es incapaz de cometer errores al definir las doctrinas de una manera autoritativa. Si condenan todas las opciones, en algún momento, se supone que es porque en algún momento cometieron un error, y eso también militaría en contra de la doctrina de la infalibilidad.
Pero tomemos unos momentos para ver algunas de las declaraciones que Roma ha hecho con respecto a la comprensión del libre albedrío en relación con el pecado original, mirando en primer lugar el Concilio de Trento en el siglo XVI. Me gustaría tomarme un momento para leer el canon número cuatro de la sexta sesión de Trento. Recuerden que hablé hace un momento de los primeros tres cánones, y esos cánones son las denuncias, los anatemas que la iglesia impone a los errores y a las herejías, y siguen un formato similar. Comienzan siempre con la frase: «Si alguien dice», y luego repiten lo que se ha dicho, y luego concluyen con: «Que sea anatema». Como ya dije, los tres primeros cánones de Trento repudian el pelagianismo.
En el canon cuatro, las armas parecen estar dirigidas aquí a los reformadores, pero hay una cierta ambigüedad que encontramos en este canon especial. Dice lo siguiente: «Si alguien dice que el libre albedrío del hombre, cuando es movido y despertado por Dios, al asentir al llamado y acción de Dios, de ninguna manera coopera a disponer y prepararse para obtener la gracia de la justificación, y que no puede negar su asentimiento si lo desea, sino que es algo inanimado que no hace nada en absoluto y es meramente pasivo, que sea anatema».
Ahora, no sé qué tan bien pudieron seguir la cita porque es algo compleja, y uno de los problemas que tenemos en todos los ámbitos con las condenas pronunciadas contra los reformadores en el Concilio de Trento en el siglo XVI es que muchos de estos anatemas involucran una especie de disparo de escopeta en el que algunos de los perdigones fallan por completo la posición de los reformadores. pero algunos de los otros perdigones darán directo en el blanco. Veamos con atención los elementos de esta declaración. «Si alguien dice que el libre albedrío del hombre, cuando es movido y despertado por Dios al asentir al llamado y la acción de Dios, de ninguna manera coopera para disponer y prepararse para obtener la gracia de la justificación», permítanme detenerme allí.
Una de las cosas que Roma ha sostenido es que la voluntad debe cooperar con la gracia de Dios que se les da en la justificación a fin de ser salvos, y eso se explicó anteriormente en el Concilio cuando se habló de que la justificación tiene lugar inicialmente cuando la persona recibe el sacramento del bautismo, y el sacramento del bautismo, entre otras cosas, está diseñado para limpiar el alma del pecado original. Y en la gracia del bautismo, según Roma, la gracia se infunde en el alma, o se derrama en el alma, y sin esta gracia, el hombre nunca puede hacer nada que sea agradable a Dios. De nuevo, totalmente opuesto al pelagianismo.
La gracia es necesaria para la salvación. La gracia es necesaria para la justificación, pero para que la justificación tenga lugar, según Roma, esta gracia que se infunde en el alma, debe encontrar una respuesta en la persona, y Roma define esa respuesta como «cooperar y asentir» a esta justificación. Las palabras son «cooperare» y «assentare», y la cooperación y el asentimiento deben ser tal, que la persona, con la ayuda de la gracia, se vuelva inherentemente justa; y solo cuando sean inherentemente justos, Dios los declarará justos.
Ahora, de nuevo, volvamos al canon cuatro. «Si alguien dice que el libre albedrío del hombre de ninguna manera coopera para disponer y prepararse para obtener la gracia de la justificación», ahora aquí está la ambigüedad. Hablan de la gracia de la justificación. ¿Están hablando de la gracia de la regeneración, que es necesaria para despertar a alguien de la muerte espiritual o están hablando de una cooperación que tiene lugar después de la regeneración?
Ahora, permítanme tratar de explicar eso, para no confundirlos. Según los reformadores, el hombre está muerto en pecado y transgresiones, sin ninguna inclinación hacia las cosas de Dios, en esclavitud al pecado, sufriendo de la incapacidad moral de tomar la iniciativa, inclinarse o despertarse de alguna manera para llegar a las cosas de Dios hasta que Dios primero los despierte de la muerte espiritual por la regeneración.
Ahora, la pregunta es esta: ¿Está Roma diciendo que para que una persona sea regenerada debe cooperar con esta gracia que Dios le da, o esa gracia que vivifica de la muerte a la vida obra monergísticamente, como definimos en nuestra última sesión, y de manera efectiva, llevando a esa persona de la muerte espiritual a la vida espiritual? ¿O la gracia de Dios simplemente ayuda a la persona gravemente caída a llegar a un estado de redención con la cooperación y el asentimiento de la voluntad? Ese es el problema.
Ahora, lo que se vuelve aún más confuso es que dice que «de ninguna manera coopera para disponer y prepararse para obtener la gracia de la justificación, y que no puede negar su asentimiento si lo desea». Creo que está claro, y la mayoría de los historiadores están de acuerdo en que lo que esa cláusula tiene en mente es la vieja idea de la gracia irresistible que se remonta a Agustín, cuando Agustín enseñó que la gracia por la cual una persona es liberada de la muerte espiritual y libertada de la esclavitud moral es una obra monergista de Dios que es absolutamente eficaz: que cuando Dios cambia el corazón humano, El corazón humano responde con vida espiritual, y más tarde ese concepto fue llamado «gracia irresistible».
El concepto de gracia irresistible, como veremos más a fondo cuando estudiemos a Juan Calvino, no significa que la gracia por la cual Dios nos vivifica de la muerte espiritual a la vida espiritual sea incapaz de ser resistida por los pecadores caídos. Dejada a nosotros mismos, la resistiríamos con todas las fuerzas, pero la pregunta es si la gracia que Dios ejerce es eficaz. ¿Supera la resistencia de la persona que se encuentra en este estado caído, o hay una cooperación entre la gracia que se da y la respuesta de la persona por la cual esa respuesta, la respuesta positiva, la no resistencia a esa gracia, es un requisito previo para la renovación espiritual?
Para Agustín, él diría que la gracia de Dios es eficaz —y creo que Tomás de Aquino enseñó lo mismo—, que el primer paso de la gracia, la iniciativa divina, es lo que llamamos regeneración, por la cual Dios hace una obra sobrenatural, inmediata, de cambiar la disposición del alma del ser humano para que la persona entonces, cien de cada cien veces, responda positivamente a Dios y a Cristo. Ahora, de nuevo, la frase «no puede rechazar su asentimiento» o «no puede», ¿cómo es la redacción exacta allí? «No puede negarse a dar su consentimiento si lo desea». Bueno, nadie ha dicho nunca que el pecador es incapaz de rechazar la gracia si quiere rechazar la gracia. Obviamente, si el pecador todavía quiere rechazar la gracia de Dios, el pecador rechazará la gracia de Dios.
Pero aquí, lo que Agustín estaba diciendo y lo que los reformadores habían estado diciendo en el siglo XVI es que lo que hace la obra de la gracia es cambiar la disposición del alma de modo que, donde antes, el alma no quería cooperar con Dios, no quería asentir a Dios, no tenía ningún deseo de ser renovada, lo que Dios hace en la regeneración es cambiar el deseo del corazón, y no es como si Dios trajera a sí mismo a una persona que no quiere venir, sino que la obra de la regeneración cambia el deseo a tal grado que la persona que antes no estaba dispuesta a venir a Cristo ahora no solo está dispuesta sino que corre hacia Cristo porque eso es exactamente lo que quiere.
Pueden ver entonces que la condenación que hacen es contra una especie de hombre de paja, pero cuando llegamos al final de la acusación, llegamos a algo que habla directamente del tema del siglo XVI. «… pero que, como algo inanimado, no hace nada en absoluto y es meramente pasivo, sea anatema». De nuevo, ni Agustín ni los reformadores nunca creyeron que la voluntad del hombre caído sea inanimada. Está viva biológicamente. Está espiritualmente muerta, pero sin embargo no es una cosa inerte que no tenga poder. Está activa, está funcionando, está eligiendo, está tomando decisiones, y en ese sentido está viva y no es algo inerte.
Sin embargo, Agustín y los reformadores enfatizan mucho que en el momento del encuentro entre la gracia regeneradora de Dios y la liberación del pecador del pecado original, el alma es completamente pasiva. He usado la ilustración en el pasado de la pasividad de Lázaro cuando fue resucitado de entre los muertos. Cuando Cristo salió a la tumba de Lázaro, no convenció a Lázaro para que saliera ni le ofreció una mano de ayuda para ayudarlo a salir de la tumba ni siquiera entró en la tumba y le ofreció reanimación boca a boca, y esperó que Lázaro aceptara asentir y cooperar con el poder de Cristo para su resurrección. Cuando Cristo lo llamó a salir de la tumba, Lázaro estaba muerto, y estaba completamente pasivo. Y no fue hasta que volvió a la vida que este cadáver pasivo se reactivó.
Entonces, para Agustín y los reformadores que siguen esta analogía, lo que eso significa es que la persona que está en esclavitud espiritual, que está espiritualmente muerta, es pasiva hasta que Dios el Espíritu Santo la levanta de la muerte espiritual. Ahora, en el momento en que la obra sobrenatural de gracia es realizada por Dios, la persona ya no es más pasiva. La persona que es despertada espiritualmente por el Espíritu Santo ahora actúa. Se mueve, elige, desea, abraza a Cristo porque de hecho ha sido liberado de su condición moribunda; pero en el primer paso, en la iniciativa divina, Agustín insistía en que ese primer paso es monergístico. Sólo Dios hace la obra, y el hombre es pasivo hasta que esa obra se haya realizado dentro de él.
Ahora vamos a un período posterior en la historia de la iglesia, como dije, al siglo XVII, donde tuvieron lugar otros sucesos en la Iglesia católica romana. En primer lugar, estaba el teólogo cuyo nombre era Miguel Bayo, que fue condenado por la iglesia en el siglo XVII. Hubo 79 tesis que fueron condenadas por una bula papal emitida por el Papa Pío V, y entre estas tesis que la iglesia condenó en Bayo estaban estas: 1) que la voluntad sin gracia solo puede pecar, y 2) que el pecador es movido y traído a la vida únicamente por Dios, es decir, decía Bayo, en dependencia directa de Agustín siglos antes, que aparte de la gracia regeneradora, el pecador es libre solo para pecar. Esa tesis que fue proclamada por primera vez por Agustín y ahora en el siglo XVII reiterada por Bayo, fue condenada por una encíclica papal.
En el siglo XVII también vimos lo que se llamó la controversia jansenista, y la controversia jansenista involucró el pensamiento, como su nombre lo indica, de un teólogo llamado Jansen. Y los jansenistas, que tenían su movimiento partidario más fuerte en Francia, eran un partido de pensadores que estaban involucrados (pensadores católicos romanos) que estaban involucrados en una especie de resurgimiento del estudio de San Agustín, y ellos, como los reformadores del siglo XVI, estaban tratando de mantener una posición agustiniana con respecto a estos asuntos.
Jansen escribió un libro, y su libro esbozó varios puntos de un acuerdo con San Agustín que fueron cuestionados por los jesuitas de aquellos días. En 1653 el Papa Inocencio X condenó cinco de las tesis de Jansen. Permítanme mencionar algunas de ellas. Primero, «Algunos mandamientos de Dios son imposibles de obedecer para los hombres justos si desean y se esfuerzan según los poderes que actualmente tienen. También carecen de la gracia que haría posible la obediencia». Eso fue condenado por Roma.
Dos, «Aquellos cuya naturaleza está en un estado caído nunca ofrecen resistencia a la gracia interior». Una vez más, la idea de la gracia eficaz y regeneradora de Dios fue afirmada por Jansen, y fue condenado por eso. «Para ganar mérito o demérito en el estado de naturaleza caída, el hombre no requiere libertad de la necesidad» – explicaré ese concepto más adelante. «La libertad de coerción es eficiente». En este punto, Jansen se está alineando con Lutero, y fue condenado por eso, y etc. Finalmente, llegamos a las últimas declaraciones de la Iglesia católica romana con respecto a la voluntad que se encuentran en el Nuevo Catecismo que se publicó en 1994.
Hay varias secciones del catecismo que tratan con el asunto de la libertad y la responsabilidad humanas. Llamaré su atención sobre una de esas declaraciones. Cito: «La libertad es el poder arraigado en la razón y la voluntad de actuar o no actuar, de hacer esto o aquello, y así realizar acciones deliberadas bajo la propia responsabilidad de cada uno. Por el libre albedrío uno da forma a su propia vida. La libertad humana es una fuerza para crecer en la madurez, verdad y bondad, y alcanza su perfección en cuanto a las cosas de Dios. Entre tanto la libertad no se haya ligado definitivamente a su bien último, que es Dios, existe la posibilidad de elegir entre el bien y el mal y crecer en perfección o de fracasar y pecar. Esta libertad caracteriza propiamente los actos humanos, y es la base de la alabanza o la culpa, el mérito o el reproche».
Aquí está el punto crítico: que según el catecismo, el hombre todavía tiene el poder de elegir el mal o el bien. El poder de elegir entre esos dos permanece intacto después de la caída. Esa declaración se opone 180 grados a la enseñanza de Agustín y a los reformadores protestantes que decían que el hombre todavía tiene libertad para elegir lo que quiere, pero que la libertad es solo en una dirección, la libertad de elegir entre males alternativos, pero no tiene el mismo poder para elegir entre el bien y el mal. De hecho, esta afirmación suena no solo semipelagiana sino también pelagiana, dando lugar a que algunos teólogos dijeran que Roma realmente nunca, nunca fue más allá del pelagianismo.






