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Transcripción
Después de que se resolviera la controversia pelagiana entre Agustín y Pelagio, y Pelagio fuera condenado como hereje, algunas repercusiones adicionales siguieron a esa decisión cuando la gente del norte de África, y luego también en Francia, comenzó a plantear objeciones contra la postura de Agustín sobre el pecado original y en especial contra su correspondiente postura sobre la predestinación que estaba muy asociada con la primera. Y esta reacción que siguió realmente encontró su punto central en el sur de Francia con el surgimiento del llamado «semi», como hemos mencionado antes, «semi-pelagianismo».
Hubo varias personas involucradas en este movimiento, pero el líder era un abad de un monasterio en Francia cuyo nombre era Juan Casiano – C-A-S-I-A-N-O. Su nombre romano era Casiano, y a veces el semipelagianismo es denominado casianismo, aunque rara vez se escucha este término hoy en día debido a la postura de Juan Casiano sobre esto. Ahora, Casiano escribió 12 libros para responder y objetar la teología de Agustín, y su principal preocupación sobre la teología de Agustín era su punto de vista de la predestinación porque Juan Casiano quería abogar por la universalidad de la gracia de Dios y también que el hombre caído es moralmente responsable porque todavía tiene vestigios de capacidad moral para obedecer o no obedecer la ley de Dios.
Ahora, en esta discusión que siguió entre Agustín y los seguidores de Casiano, el tono del debate fue mucho menos incendiario. Los historiadores de la iglesia han dicho de la iglesia que cuando Agustín interactuó con estas personas que se oponían a su pensamiento, su tono operativo fue mucho más suave que cuando interactuaba con los seguidores de Pelagio porque, como mencioné antes, las tres grandes categorías del pensamiento sistemático cristiano, del pelagianismo, agustinismo y semipelagianismo -pintando otra vez con la brocha más grande posible- históricamente, el pelagianismo, puro y simple, ha sido considerado por el cristianismo ortodoxo como una teología no cristiana o anticristiana porque rechaza la idea de la caída, y las personas [no] caídas realmente no necesitan ser redimidas, por así decirlo, y por lo tanto su error doctrinal choca contra el corazón mismo de la teología cristiana, de manera que todas las formas de pelagianismo puro han sido vistas en general, históricamente, como fuera del ámbito de la fe cristiana.
Mientras que el debate entre Agustín y Casiano es visto como un debate interno entre cristianos porque a lo largo de la historia de la iglesia hemos visto una discusión y debate continuos entre el pelagianismo y semipelagianismo, el calvinismo, arminianismo, etc., que se centra en los mismos temas básicos: diferentes puntos de vista de la caída, diferentes posturas de la libertad humana, diferentes posturas de la elección divina y la predestinación, pero posturas sostenidas con seriedad y honestidad por personas que son cristianos sinceros. Por lo tanto, es un debate dentro de la familia entre el semipelagianismo y el agustinismo, aunque, les daré un pequeño adelanto, sin embargo, Casiano y sus seguidores también fueron condenados como herejes en la iglesia primitiva.
Pero ese ha sido un debate que no terminó con la muerte de Casiano ni con la muerte de Agustín, sino que se extendió incluso hasta nuestros días. Ahora, de nuevo, cada vez que hay un debate y una diferencia de opinión teológica, o cualquier tipo de argumento, encuentro que es útil apartarnos por un momento del debate y preguntar a los oponentes en la lucha cuáles son sus preocupaciones. «¿Qué te preocupa con esto y qué te preocupa con aquello? Obviamente, no estás de acuerdo en tus conclusiones, pero es posible que encuentres que comparten más preocupaciones de las que creías al principio».
Por este lado, Casiano quiere proteger la universalidad de la gracia de Dios y la responsabilidad moral del hombre, y Agustín dice: «Bueno, también quiero respetar y proteger la responsabilidad moral del hombre, pero no comparto tu preocupación por la universalidad de la gracia redentora de Dios. La gracia de Dios es universal en el sentido de que todos reciben algunos beneficios de su misericordia y su bondad, pero cuando se trata de la gracia de la salvación», según Agustín, «la gracia de Dios es selectiva».
Vemos el capítulo nueve, por ejemplo, del libro de Romanos, y leemos en el versículo 10: «Y no solo esto, sino que también Rebeca concibió mellizos de uno, nuestro padre Isaac. Porque cuando aún los mellizos no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a Su elección permaneciera, no por las obras, sino por Aquel que llama, se le dijo a Rebeca: “El mayor servirá al menor“. Tal como está escrito: “A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí“».
Luego Pablo, anticipando los pelos de punta que se están levantando en el cuello de los que leen este tipo de declaración hace este comentario: «¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios?» ¿Está Dios siendo injusto? ¿Se está cometiendo una injusticia aquí por parte de la Deidad? Y su respuesta es esta: «¡De ningún modo! Porque Él dice a Moisés: “Tendré misericordia del que Yo tenga misericordia, y tendré compasión del que Yo tenga compasión”». Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Así que Dios tiene misericordia, del que quiere y al que quiere endurece. De nuevo, no es que Dios le dé justicia a un grupo e injusticia al otro grupo, sino que considerando a ambos grupos como en desafío a Él, pecadores caídos opuestos a Él, Él da gracia a un grupo, y Él retiene esa gracia del otro por Sus propias razones misteriosas para que algunas personas obtengan justicia y otras personas obtengan gracia.
Así Agustín dijo: «No», a la idea de la universalidad de la gracia salvadora porque las Escrituras declaran claramente que Dios, de alguna manera especial, da gracia a algunos, pero no a todos. Es Su privilegio ejecutivo perdonar a quien se complace en perdonar para poder mostrar las profundidades y riquezas de Su propia gracia. Pero este era el problema entonces, y sigue siendo un tema candente hoy. Cada vez que se discute la doctrina de la elección, el problema inmediato que se señala y la pregunta inmediata que se plantea es: «No parece justo que Dios declare unilateralmente su gracia y misericordia a algunas personas, pero no a todas».
Simplemente no se ajusta a la forma de pensar que tenemos en el país. La idea es que si soy amable con una persona, entonces estoy obligado a ser amable con todos en el mismo grado. Bueno, por supuesto, desde un punto de vista cristiano y desde el punto de vista de Dios, Dios nunca está obligado a ser misericordioso. Él no está obligado a ser misericordioso con uno, y mucho menos con dos, y si es misericordioso con uno, eso no implica que deba ser igualmente misericordioso con otra persona porque si la gracia es un requisito, ya no es gracia sino justicia. De todos modos, los temas que se plantearon en esta controversia del semipelagianismo se centraron en la doctrina de la predestinación y su relación con el libre albedrío y el pecado original.
Según los seguidores de Casiano, la enseñanza de Agustín sobre la predestinación paraliza la fuerza de la predicación y del evangelismo y da como resultado una especie de fatalismo. Ahora, todos los que alguna vez han enseñado teología agustina han escuchado esa objeción una y otra vez. Si Dios, desde la eternidad, decreta salvar a ciertas personas y no a otras, ¿no destruye eso la predicación y el propósito de la predicación? Recuerdo estar en una clase de seminario hace años cuando el profesor estaba enseñando la doctrina de la predestinación y luego dijo: «Bueno, si la predestinación es verdadera, ¿por qué deberíamos involucrarnos en el evangelismo?» Y fue y preguntó a todos en el salón, y nadie supo la respuesta.
Finalmente se acercó a mí, y yo estaba moviéndome en mi silla, y le dije: «Oye, realmente no lo sé». Dije: «Sin embargo, una pequeña razón por la que deberíamos seguir participando en el evangelismo es que, después de todo, Cristo nos ordena hacerlo». Y el profesor reaccionó con horror y me dijo: «Sí, ¡y qué podría ser una razón más insignificante para participar en el evangelismo que el Señor Dios omnipotente y el Salvador de tu alma te ordene hacer algo! Sabes, aparte de eso, no hay razón para hacerlo», y simplemente me reprendió, y nunca lo olvidaré.
Pero el punto es que realmente tenemos ese mandamiento, e independientemente de cuál sea nuestra doctrina de la predestinación nunca, nunca debe debilitar la resolución de la iglesia de ser obediente a la gran comisión de proclamar el Evangelio a toda criatura viviente. De hecho, me anima a hacerlo, sabiendo que Dios ha prometido que Su palabra nunca volverá a Él vacía, y también estoy encantado de saber que el efecto del Evangelio, en el análisis final, no se basa en mí o en mi capacidad o en mi elocuencia o en mi brillantez, sino que es Dios quien trae la cosecha.
Como dijo Pablo: «Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento». De todos modos, esta era la preocupación. Es la preocupación ahora entre los que son semipelagianos. Además, creían que la postura de Agustín sobre la predestinación era una especie de exageración. Era una postura más fuerte de lo necesario para repudiar el pelagianismo, y yo diría que eso es cierto. También estoy de acuerdo en que la postura de Agustín era cierta. No creo que sea cierto que fue exagerada, pero sí que no había que ir tan lejos como Agustín para rechazar el pelagianismo.
Realmente hay una diferencia entre pelagianismo y semipelagianismo. El semipelagianismo difiere del pelagianismo en ese punto. Recuerden que Pelagio enseñaba que no hubo ningún efecto en la raza humana por la caída de Adán, que la caída de Adán afectó a Adán y solo a Adán. No hubo transmisión de culpa o pérdida de poder o capacidad moral, no hubo una caída real a la naturaleza constituyente de la humanidad como resultado de la caída de Adán.
El semipelagiano dice: No. Realmente hubo una caída, y los hombres se han corrompido, y nacemos en un estado de corrupción y la voluntad del hombre se ha debilitado severamente, debilitada hasta el punto de que nadie puede llegar a ser justo o redimido sin la gracia. Y en ese punto, cada semipelagiano es muy diferente del pelagianismo puro que dice que la gracia puede ayudar pero que de ninguna manera es necesaria para la salvación.
Los semipelagianos dicen: «Tienes que tener gracia». Pero dijeron que el hombre no está tan muerto en pecado y transgresiones como para que no le quede ninguna habilidad moral. Todavía tiene la capacidad en su naturaleza caída de cooperar o no cooperar con la gracia de Dios, y que Dios da Su gracia universalmente, y ayuda a cada hombre a tomar la decisión correcta de venir a Cristo y responder al llamado de Dios para que Dios desee salvar a todos y dé la posibilidad de salvación a todos.
Pero a final de cuentas, una persona será salva o no será salva dependiendo del grado de cooperación de ese pecador caído con lo que se llama la gracia preventiva o preveniente de Dios, aquella gracia que viene antes de la decisión. Si Dios ofrece salvación a todos, ayuda a todos, pero algunos dicen: «Sí» y otros dicen «No». Aquellos que dicen «Sí» son redimidos. Aquellos que dicen: «No», sobre la base de su débil voluntad, pero no de su voluntad muerta, esos perecen.
Ahora, permítanme decirles que creo que en nuestra iglesia y sociedad contemporáneas, el semi-pelagianismo, no el pelagianismo, el pelagianismo es la postura de la cultura secular, el semi-pelagianismo es la postura dominante dentro de la iglesia hoy, no la postura de Agustín. Pero la postura de Agustín, por supuesto, repudió la postura pelagiana al decir que el debate aquí es si el hombre todavía tiene algún núcleo de poder moral para inclinarse a responder a la oferta de gracia, para cooperar con ella o no cooperar con ella. El asunto entre el agustinismo clásico y el semipelagianismo es el tema entre lo que llamamos monergismo y sinergismo, con respecto a la regeneración, o la vivificación del alma, el ser vivificado de la muerte espiritual a la vida espiritual.
El término monergismo: el prefijo «mon» es el prefijo que significa «uno». «Mono», un monorriel, un monoplano, etc., monopolio, eso significa uno. Y sabemos lo que es un «ergio». Un «ergio» es una unidad de trabajo. Es parte de la palabra «energía» o «energizar», por lo que el monergismo significa «uno que trabaja». Es decir, en un acto monergístico, solo una única persona está realizando el trabajo. No es una empresa conjunta o una actividad cooperativa, sino que es una acción unilateral y única de una de las partes. Eso es lo que el monergismo significa.
Sinergismo: el prefijo «SIN», S-I-N, es el que proviene del griego SYN que significa «con», y puedes pensar en la palabra «sinagoga» donde las personas se reúnen para estar juntas. Hablamos de sincronizar nuestros relojes, porque hacemos que coincidan. Hablamos de sinónimos, dos palabras que significan lo mismo, y así por el estilo. Entonces, la palabra «sin» – prefijo S-I-N – significa «con», y nuevamente la misma raíz – «ergio» – «obrar» – por lo que significa «obrar con», o «co-laborar», o un principio de «cooperación». De nuevo, ¿qué es opera? Opera es la palabra para obras. Si operas algo, lo haces funcionar. Entonces, la idea aquí es que Dios da esta gracia, la pone a disposición de todos, y una persona que está en su condición caída elige ya sea cooperar con esa gracia o rechazar la gracia.
Ahora, la presentación de la gracia es algo que Dios hace por sí mismo, pero el efecto de ella en el ser humano, para el semi-pelagianismo, está determinado por su disposición a aceptarla, cooperar con ella u obrar con ella. Agustín está diciendo que no, que la liberación de la persona caída se logra por la obra del Espíritu Santo y por la obra del Espíritu Santo solamente. En el estado inicial de nuestra vida en Cristo, somos completamente pasivos, y Dios y solo Dios nos levanta de la muerte a la vida; mientras que en la posición semipelagiana es una empresa conjunta. Y esa es la controversia en curso al respecto porque lo que Agustín está diciendo es que aunque todavía tenemos libre albedrío, no tenemos libertad, y en ese sentido no tenemos la capacidad moral ni siquiera de decir: «¡Sí!» a la oferta de la ayuda de Dios; pero el semipelagiano dice: «No estamos tan muertos en las transgresiones. De hecho, sólo estamos gravemente enfermos. Todavía tenemos esta isla de poder intacto por la cual, en nuestra debilidad, todavía podemos alcanzar y cooperar con la oferta de la gracia».
Ahora, esto está directamente relacionado con, nuevamente, el asunto de la predestinación. Agustín enseñaba que desde la fundación del mundo Dios, según el buen consejo de Su voluntad y el beneplácito de Su voluntad, decretó salvar a ciertos individuos, y en el espacio y el tiempo intervino para llevarlos a la salvación; mientras que para Casiano, tenía una postura de la predestinación que se basaba en el conocimiento previo. Dios sabía desde toda la eternidad que iba a ofrecer gracia salvadora a todos. Su deseo era que todos cooperaran con ella y fueran redimidos, pero sabía de antemano que no todos dirían «Sí» a la oferta.
Él sabía de antemano quién diría «Sí» y quién diría «No», y así Dios, basado en Su conocimiento previo, mira hacia el corredor del tiempo. Él ve de antemano quién cooperará con la gracia y quién no, y sobre la base de ese conocimiento, elige salvar a los que cooperan en lugar de a los que no lo hacen. Entonces, en última instancia, aunque la elección es la obra de Dios, ser incluido en la elección, en el análisis final, se deja en manos del individuo, quien tendrá la última palabra en el sentido de que emite el voto final en cuanto a si será redimido.
Agustín dice que si Dios miraba hacia el corredor del tiempo y elegía a aquellos que sabía que cooperarían con la oferta de la gracia, nadie sería elegido porque Dios no vería a nadie cooperando con esa gracia porque vería una masa humana sin ningún deseo de cooperar con esa gracia. Entonces, de nuevo, para Casiano, la libertad del hombre se debilita por la caída, pero no se pierde por completo. Casiano y el semipelagianismo fueron condenados como heréticos en el Sínodo de Orange en 529.
Lo que queremos ver en nuestra próxima sesión es lo que sucedió posteriormente en la historia de la iglesia. Una de las ironías aquí es que la iglesia católica romana condenó el pelagianismo, condenó el semipelagianismo, y luego, con Lutero durante la Reforma, condenó el agustinismo, y uno se pregunta cuáles son las opciones que quedan. Pero lo veremos en la próxima sesión.






