El trauma de la santidad - Ministerios Ligonier
 

El trauma de la santidad

Segunda parte de la serie de enseñanza del Dr. R.C. Sproul "La santidad de Dios".
El Dr. Sproul nos enseña como las Escrituras nos muestran que cuando hombres se encuentran con la santidad de Dios su respuesta es siempre de desesperación.

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Transcripción

No hace mucho, una mujer de Oakland, California, se me acercó y me dijo que estaba enojada. Estaba muy angustiada, y lo que me dijo fue que ella estaba muy enojada con su pastor. Le dije: «Bueno ¿y por qué estás así con él?» Ella dijo: «Tengo la sensación de que por alguna razón, mi pastor, cada domingo en la mañana, hace todo lo posible por ocultar la verdadera identidad de Dios a la iglesia». Me dijo: «Vengo a la iglesia con el anhelo de tener la oportunidad de adorar, que mi alma experimente reverencia hacia Dios y adoración” dijo ella “pero el Dios del que oigo hablar está completamente paralizado. Ha sido reprimido. Lo han vuelto inofensivo y “estoy segura de que la razón por la que el pastor hace eso es porque no quiere atemorizarnos explicando el verdadero carácter de Dios».

Ahora señoras y señores, no sé qué tan cierta fue la queja de esta mujer, pero yo sé que todos tenemos una tendencia a suavizar el retrato bíblico de Dios, y hay una razón para ello. La razón es simple: la santidad de Dios es traumática para las personas no santas, y eso se hace evidente si vemos el resto del texto de Isaías.

Ya hemos visto el relato que Isaías hace de su visión de la santidad de Dios, y lo que me gustaría ver ahora es qué sucedió con Isaías en respuesta a lo que vio. Antes de hacer esto, quisiera comentar que en los primeros capítulos de la “Institución de la Religión Cristiana”, escrita por Juan Calvino. Él hace una declaración parecida a esto: «Allí está el temor y temblor con que los santos de la antigüedad temblaron delante de Dios, (coma) como toda la Biblia lo relata». Lo que Calvino decía es esto: que en la Escritura existe un patrón en las respuestas humanas a la presencia de Dios, y pareciera que mientras más justa es descrita la persona, más temblará cuando entra en la inmediata presencia de Dios.

No hay nada despreocupado ni casual en la respuesta de Habacuc cuando encuentra al Dios santo. ¿Recuerdas la queja de Habacuc, donde vio toda la degradación y las injusticias que se estaban extendiendo a lo largo y ancho de toda su patria? Él estaba tan ofendido por esas cosas, que subió a su puesto de guardia y se quejó contra Dios, diciéndole: «Muy limpios son tus ojos para mirar el mal ni … ver el agravio ¿Por qué ves a los menospreciadores, y callas…?» Y Dijo: «… velaré para ver lo que se me dirá, y qué ha de responder… tocante a mi queja». ¿Puedes recordar lo que pasó? Que cuando Dios se le apareció a Habacuc, él dijo: «… temblaron mis labios; pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí». ¿Qué pasó con Job cuando esperaba la voz de Dios? Y cuando Dios se mostró a sí mismo a Job, él dijo: «… me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza… Una vez hablé, más no responderé… Mi mano pongo sobre mi boca».

Como dijo Calvino, el reporte uniforme de la Sagrada Escritura afirma que todo ser humano que ha sido expuesto a la santidad de Dios, tiembla en su presencia. Eso no fue menos cierto para Isaías. Ahora pensemos en Isaías. No he hecho ninguna investigación moral del siglo octavo en Israel, pero no puedo imaginar que hubiese un humano caminando por la nación judía de aquel entonces que, en términos humanos, fuera más justo que Isaías. Isaías era de los seres humanos más justos que se podían encontrar en aquellos días. Y es él quien tiene ese atisbo de la santidad de Dios, y lo primero que hace al ver la santidad de Dios es gritar de terror, y la versión Reina Valera de 1960 registra sus palabras de esta manera: «¡Ay de mí! que soy muerto». Sé que las traducciones más recientes han tratado de actualizar el lenguaje de Isaías allí porque ya nadie habla más así. Nadie dice: «¡Ay de mí!». Es una expresión un tanto anticuada. Los expertos lo llaman arcaísmo. Es como si alguien dijera hoy «Pardiez» o “Recórcholis (2)» Nadie habla así a menos que seas contemporáneo de Don Quijote.

A veces, se puede escuchar a los judíos decir, » Oy veyzmir», que es la forma judía de la misma expresión, «¡Ay de mí!» No es usual escuchar hablar de este modo en nuestra cultura. Por eso los traductores, tratan de comunicar la Palabra de Dios con expresiones modernas, quitando algunas de estas expresiones arcaicas. Pero al hacerlo, por desgracia, caemos en el peligro de perder otra de esas joyas semiocultas de la literatura bíblica. Hay una razón por la que Isaías utiliza la palabra «ay».

En el Antiguo Testamento, un profeta era un ser humano que fue ungido por Dios para ser portavoz de Dios. La definición más simple que distinguía al profeta del sacerdote en Israel era esta: que era la tarea del sacerdote hablar con Dios en nombre del pueblo. Era la tarea del profeta hablar con el pueblo en nombre de Dios. Cuando el profeta declaraba su mensaje, no presentaba su declaración diciendo: «En mi humilde opinión,» o, «Considero que» o «Creo que quizás este puede ser el caso». Esa no es la forma en que se dirigían al pueblo. Ustedes saben lo que hacían. Cuando entregaban su mensaje, ¿qué es lo que decían al iniciar sus palabras? «Así dice el Señor» porque entendían que eran recipientes de un anuncio divino. Entonces, la forma literaria que era común a los profetas de Israel fue la forma conocida como oráculo.

De seguro que has escuchado del oráculo griego de Delfos, quien entregaba anuncios acerca del futuro. Pues entre los judíos, el recurso literario oracular, el oráculo, era de dos tipos. Existían oráculos de bienestar y oráculos de calamidad. Ahora, esto significa simplemente esto: que había anuncios que procedían de Dios que eran buenas noticias, y había anuncios que venían de Dios que eran malas noticias. Un oráculo de bienestar, o un oráculo de prosperidad, usaba una palabra que, entre los judíos, era importante para este oráculo al presentar buenas noticias, y era la palabra «bienaventurado». Es obvio que Jesús usa la forma del oráculo, consciente de su rol como profeta, cuando predica el sermón del monte. El pueblo de su tiempo habría reconocido la importancia de su presentación al dar esa lista de dichos en las que dice: «Bienaventurados los pobres en espíritu. Bienaventurados los que lloran. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia y los de limpios de corazón»… «Bienaventurados los mansos”. Él estaba pronunciando el oráculo de bienestar de Dios sobre el pueblo, la bendición divina, la bendición para los que hicieran determinadas cosas. Pero la otra cara del oráculo de bienestar era el oráculo de aflicción, que era un anuncio sombrío y aterrador del juicio de Dios. Escucha al profeta Amós cuando anuncia el juicio de Dios sobre las naciones y sobre las ciudades. «Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no revocaré su castigo». Jesús, cuando realizó la dura denuncia contra los fariseos, inició sus palabras de juicio usando el oráculo profético del Antiguo Testamento al decir: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros».

Mencioné en nuestra primera sesión lo raro que es, en toda la Biblia, que algo se levante al nivel repetitivo del superlativo, y señalé que el único atributo de Dios que siempre es repetido al tercer grado es el atributo de la santidad: santo, santo, santo. Pero no es lo único que se repite hasta el tercer grado. El profeta Jeremías, cuando fue y pronunció el juicio de Dios delante del templo de los judíos, les dijo con sobriedad: «No fieis en palabras de mentira, diciendo: templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este”. Jeremías estaba, en efecto, diciendo «Tu hipocresía es a la enésima potencia. Confían en palabras mentirosas, palabras sin valor». Y en la hora más oscura de este planeta se nos predice en el Apocalipsis del Nuevo Testamento, y allí se nos dice que en la última hora, la copa de la ira divina se derramará sobre este planeta, y oímos de esa figura celestial volando por el cielo oscurecido, anunciando el juicio final de Dios con la repetición de una sola palabra. ¿Qué es lo que dice? «¡Ay, ay, ay!» No querrás estar cerca cuando esa ave empiece a cantar.

Pero, volviendo al sexto capítulo de Isaías, ¿ves a aquel que es llamado por Dios y separado, cuyas palabras las mismas palabras de Dios mismo en su boca el primer oráculo que pronuncia es un oráculo de condenación sobre sí mismo. «¡Ay de mí!» Tan pronto como se le descubre a Isaías la santidad de Dios, por primera vez en su vida, él entiende quién es Dios; y al segundo de que Isaías entendió quién era Dios, por primera vez en su vida, él entendió quién era Isaías. Y lo que salió de su boca fue algo muy parecido a un grito profundo, en que se maldice a sí mismo. «¡Ay de mí, que soy deshecho!». Las traducciones más modernas utilizan » soy muerto», pero me gusta la vieja versión inglesa King James que dice «deshecho». Porque si nos fijamos en lo que está pasando aquí a través de los lentes del psicoanálisis moderno, describiríamos la experiencia que narra Isaías, como una experiencia de desintegración psicológica, es decir una desintegración.

Utilizamos palabras para describir cuando una persona está sana al decir que está completa. Todo está en su lugar. Y cuando vemos a alguien que lo está perdiendo, ¿Qué decimos? Que se está cayendo a pedazos. ¿No es interesante que un sinónimo que usamos para «virtud» sea la palabra «integridad»? que significa que tenemos todo lo relacionado con nuestra vida bien unido de forma coherente y consistente.

Ahora, señoras y señores, aquí tenemos al hombre que posee la mayor integridad del pueblo judío, quien logra darle un vistazo a la santidad de Dios, e inmediatamente sufre su propia desintegración. Se hace pedazos. Eso es lo que pasa con las personas que le dan una mirada al carácter de Dios, porque ¿Te das cuenta de que pasamos toda nuestra vida escondiéndonos del carácter de Dios? Porque nuestra inclinación natural, amados, es ocultarnos de Dios porque sabemos, instintivamente, que tan pronto como el santo aparece, queda expuesto y se revela todo aquello y todo aquel que no es santo en virtud de ese estándar.

Tenemos un justificativo por cada pecado que cometemos. Somos maestros del autoengaño. Calvino declaró esto: «Mientras nuestra mirada esté fija en el suelo, estamos a salvo”. Nos halagamos. Nos consideramos como semidioses, un poco inferiores a las deidades eternas. Hacemos lo que Pablo nos advirtió que no hiciéramos: «… pero ellos mismos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos».

Déjenme decirles algo de la naturaleza humana. Podríamos salir a las calles de cualquier ciudad y preguntar a todo el mundo, y no creerían cuánta gente contestaría de la misma manera. Si yo preguntara, «¿Es usted perfecto?» Podría apostar que el noventa y nueve por ciento de las personas interrogadas, sin importar cuál sea su trasfondo, dirían: «No, yo no soy perfecto». La afirmación por la que todos los humanos votarían es que nadie es perfecto. “Errare humanum est”: errar es humano. Nadie es perfecto, y eso pareciera no molestarnos en absoluto. No hay persona alguna en el planeta que pueda negar que no es perfecto. (Esta es una doble negación. Lo diré de otra manera): No hay persona alguna en el planeta que pueda afirmar ser perfecta; y amados, no hay una sola persona que entienda la gravedad del no ser perfectos, porque el estándar por el cual seremos finalmente juzgados no es a través del promedio, sino del estándar de la perfección de Dios.

Podría escuchar esto: «Claro, todos tenemos derecho a un error.» ¿Quién lo dice? ¿Es que acaso Dios dijo: «Puedes cometer un error un pecado gratis, un acto gratuito de traición contra mi autoridad, un insulto gratuito a mi integridad”? Nunca lo dijo, ¿O sí? Pero incluso si lo hubiera dicho, ¿Hace cuánto tiempo que ya usaste el tuyo? ¡Todos tienen derecho a cometer un error! Espero tengamos derecho a más de uno. Por lo menos uno por segundo sería mejor. Pero ya ven, estamos cómodos con nuestra imperfección. Nos juzgamos midiéndonos unos a otros. No importa cuán avergonzado esté de las debilidades en mi vida y, hay veces que cuando me miro a mí mismo llego a sentir asco.

¿Se han sentido así? ¿Alguna vez han sentido repulsión de ustedes? “¡No puedo creerlo! No puedo creer que sea tan egoísta”, o ”No puedo creer que sea tan codicioso” o lujurioso, o lo que sea. Pero somos rápidos para excusarnos porque miramos alrededor y siempre podremos encontrar a alguien que es más depravado que nosotros al menos en la superficie. Podemos ser como el publicano o mejor como el fariseo, del cual Jesús dijo que fue al templo a orar. Él dijo: «Dios te doy gracias porque no soy… ni aun como este publicano». Y así encontramos la manera de excusarnos y halagarnos hasta que vemos el estándar, y cuando eso sucede, quedamos deshechos como Isaías fue desbaratado. Cuando vio la santidad pura, pudo comprender lo que era y lo que él no era. No pudo soportarlo y cayó sobre su rostro, y gritó de dolor mientras decía: «¡Ay de mí, que soy deshecho! Porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey…». Me pregunto por qué dijo lo que dijo. Cuando él clamaba en medio de su terror, dijo, «Estoy deshecho porque tengo una boca inmunda». Me pregunto por qué ¿Por qué su boca? Si leemos las enseñanzas de Jesús, podrán notar que una de las cosas que se observa una y otra vez en su enseñanza es una lección que ya casi nadie llega a creer en nuestro siglo nunca más.

Jesús, sí Jesús de Nazaret, enseñó algo, Él enseñó varias veces que algún día todos los seres humanos serían llamados ante el tribunal de Dios. Que cada uno de nosotros tendrá que dar cuentas ante el Creador santo del cielo y de la tierra, y Jesús dijo que en ese día toda palabra ociosa que hayamos dicho será puesta en juicio, todo aquello que hemos hecho, todo aquello que hemos dicho, cada promesa que hicimos y que no cumplimos, cada declaración blasfema que haya salido de nuestros labios, toda calumnia que hayamos levantado contra nuestro prójimo, todo será traído y puesto sobre la mesa. Jesús dijo: «No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale, esto contamina…». Dios nos ha dado la boca como instrumento para alabarle, para expresar su verdad; en lugar de eso mentimos, hacemos daño a otros, blasfemamos contra Dios. Tenemos labios inmundos. Cuando Isaías vio la santidad de Dios, su mano se dirigió automáticamente a su boca, mientras clamaba y se maldecía a sí mismo.

Ahora, señoras y señores, ¿Qué hizo Dios? ¿Miró Dios desde su trono y vio a su siervo retorciéndose en el polvo en todo su remordimiento y arrepentimiento como un monje medieval en un monasterio, autoflagelándose? ¿Acaso le dijo: «Ya, ya, ya… vamos Isaías. Ya te estás tomando demasiado en serio. No te tortures tanto, preocupándote de forma enfermiza con tu propia culpa. Le vas a dar material de estudio para toda una vida a gente como Sigmund Freud, si sigues así. No seas tan neurótico. Estás con sentimientos de culpa. Seguro que has estado leyendo a Jonathan Edwards o de algún otro puritano con sus excesos acerca de la pureza”?

Eso no fue lo que hizo. Ni tampoco Dios vio a su siervo retorciéndose en el suelo, y le dijo: «Sufre, gusano miserable. Mereces ser destrozado y arruinarte. Continúa así. Que la maldición caiga sobre ti. Estoy harto de personas como tú, Isaías. Nos vemos luego». Eso no fue lo que hizo.

Les diré algo más que Él no hizo, señoras y señores. Dios no dijo a Isaías una sola palabra acerca de la gracia barata. Dios no dijo: «Mira Isaías, todo lo que quiero que hagas es poner tu nombre en una tarjeta de visita o levantar tu mano. Así podrás entrar en mi reino». No, Dios vio su siervo en dolor, e hizo una señal a uno de los serafines, y el serafín se acercó al altar, donde los carbones encendidos al rojo vivo ardían en el lugar santo. Y las brasas estaban tan calientes que incluso la piel del ángel no podía tocarlas. Tuvo que usar unas tenazas, y con ellas tomó uno de esos carbones al rojo vivo, y voló hacia Isaías; y leemos en el texto que colocó este carbón caliente en sus labios. ¿Saben cuán sensibles son los labios humanos? Es con nuestros labios que expresamos una de las formas más íntimas de comunicación táctil el beso. Las terminales nerviosas de los labios son hipersensibles y este hombre tuvo que saber lo que es tener un carbón caliente en sus labios. Lo que pasó fue que tan pronto el carbón tocó sus labios, apareció una enorme ampolla sobre ellos. Se podía oír su carne chisporroteando. ¿Por qué? ¿Porque Dios estaba siendo cruel y bárbaro en su castigo para con Isaías? No. El carbón se aplicó para cauterizar sus labios, para purificarlo, para sanarlos, a fin de prepararlos para el mensaje que iba a dar. Escucha lo que dice. «Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con las tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado».

Soy protestante por convicción, pero una de las cosas que echo de menos de la tradición romana es el confesionario. Sé que el confesionario está en el centro de la controversia protestante, pero es sólo uno de los elementos, y tenemos la tendencia a botar al bebé junto con el agua de baño. Qué ganas de poder ir a algún lugar, a alguien al que puedo ver, oír y experimentar su con una presencia real y decir: «Padre, he pecado. Esto es lo que he hecho», y enumerar mis rebeliones, sacarlas de mi pecho, y luego ser capaz de ponerme de rodillas y escuchar a alguien decir en el nombre de Jesucristo, «Te absuelvo» te libero. Tus pecados te son perdonados. Cómo me gustaría oír a Cristo entrar en este salón ahora mismo y caminar hasta ti, de forma privada, y que te diga: «Conozco cada uno de tus pecados, pero ahora mismo quiero decirte que todo pecado que alguna vez has cometido es perdonado. Tu maldad ha sido borrada: toda. Nunca más tendrás que preocuparte por los pecados que cometiste contra Dios. Yo te perdono y te limpio en este momento y para siempre». ¿Cuánto darías por escuchar a Jesús decir eso hoy? Eso es lo que Dios le dijo a Isaías. «Se ha ido, Isaías toda tu culpa. No tienes que hablar más de la maldición. La he quitado. Tus pecados son perdonados. Han sido expiados».

Y ahora, mientras Isaías trata de lidiar con eso, Dios habla una vez más, y le dice: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?» Y ¿Qué es lo primero que dice Isaías después de maldecirse? «Heme aquí, envíame a mí». Noten que él no dijo: «Aquí estoy». Eso sería decirle a Dios su ubicación geográfica. No, él dijo: «Dios, aquí estoy». Difícilmente podía decirlo a través de esos labios. Señoras y señores, el precio del arrepentimiento es muy, muy doloroso. El verdadero arrepentimiento es sincero delante de Dios, y el entrar en la presencia del Dios santo es algo doloroso, pero cuando venimos con humildad, como Isaías; cuando vamos rostro a tierra, Dios está listo para perdonar, limpiar, y enviar. La única justificación para la misión de cualquier misionero, para la predicación de cualquier predicador, es que esa persona ha experimentado el perdón de Dios.

Padre, también tenemos bocas inmundas, y no podríamos sobrevivir en tu presencia de no ser por la expiación que has hecho por nosotros en Cristo. Oramos para que podamos conocer tu perdón ahora y siempre, y que podamos decirte «Heme aquí, envíame a mí». Amén.