Fieles en las cosas pequeñas donde somos llamados | Ministerios Ligonier
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La fidelidad de Cristo en las cosas pequeñas
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Fieles en las cosas pequeñas donde somos llamados

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Henry tenía un padre negligente que se distraía a sí mismo con la caza y la pesca. En su pereza e irresponsabilidad, envió al joven Henry a un internado y dejó que el director se hiciera cargo de él; llegó hasta el punto de firmar sus cartas como «Tío» en lugar de «Papá». Sin embargo, para Henry Francis Lyte (1793-1847), quien llegaría a convertirse en un buen pastor y un poeta célebre, el evangelio de Cristo redimió su entendimiento de lo que significa tener un Padre, trabajar ante Su cálida sonrisa, llamarle «Abba» y anhelar verle cara a cara.

Tal gozo estabilizante inspiró a Lyte a escribir: «Cristo, mi cruz he tomado», un poema que fue tan conmovedor y centrado en Dios que se le puso música para cantarlo en la congregación. Y a pesar de las dificultades de sus inicios, cuando Lyte estuvo a punto de morir, sus últimas palabras fueron: «¡Paz! ¡Gozo!».

Gozo en cada llamado

En una de las líneas más memorables del himno, Lyte llama a los cristianos a «[hallar] gozo en cada estación»:

Alma mía, eres salva,
deja el miedo y el pecar.
Halla gozo en cada estación
aunque haya más que soportar.
¿O qué Espíritu en ti habita
y qué Padre has de gozar?
Si Jesús vino a salvarte,
¿qué más puedes desear?

En otras palabras, Dios es lo suficientemente grande como para ayudarnos hasta en nuestras tareas más insignificantes. Él es lo suficientemente santo como para santificar nuestros momentos más banales. Él es lo suficientemente grandioso como para darle importancia a las cosas pequeñas de nuestras vidas. Y en ellas, darnos un gozo precioso y peculiar. En Cristo, por medio de Su Espíritu, hay «gozo en cada estación», no solo en los destellos brillantes y públicos de nuestras diferentes vocaciones, sino en los momentos más pequeños, más banales y aparentemente insignificantes de nuestras vidas.

¿En cuáles «cosas pequeñas» de tus estaciones aún no has descubierto el gozo que las acompaña?

Las cosas pequeñas importan. Y nuestros fracasos en ellas muestran cómo subestimamos la grandeza de nuestro Dios. Independientemente de qué tan pequeño sea el asunto, el Dios del Salmo 139 ve, sabe y se preocupa. «¿Adónde me iré de Tu Espíritu, o adónde huiré de Tu presencia?» (Sal 139:7).

Los pequeños hábitos

J. C. Ryle (1816-1900), el obispo anglicano evangélico, publicó una serie de sermones para niños titulada Stories for Boys and Girls [Historias para niños y niñas], en la cual escribe: «Oh, queridos hijos míos, ¿quién puede medir el poder que tienen los pequeños? ¡El poder de los pequeños es maravilloso! Nadie sabe lo que se puede lograr con un poco, y otro poco, y otro poco». Ryle continúa: «Oh, ¡la importancia de los pequeños hábitos! Hábitos de lectura, hábitos de oración, hábitos de alimentación, pequeños hábitos a lo largo del día… todas estas cosas son pequeñas. Pero conforman el carácter, y son de suma importancia».

Cada llamado particular en la vida, en cada etapa específica, nos presenta oportunidades únicas para ser fieles en las cosas pequeñas, con sus respectivos gozos. ¿Has considerado tus llamados y las distintas oportunidades que te ofrecen? Ya sea en el trabajo, en casa o en la Iglesia, ya sea como padre o madre, ya sea como esposo o esposa, ya sea como amigo o vecino, Dios quiere que conozcamos el placer de agradarle; no solo en los momentos grandes y públicos que tendemos a enfatizar, sino también (y especialmente) en los hábitos secretos y aparentemente insignificantes que «conforman el carácter» y «son de suma importancia».

¿En cuáles «cosas pequeñas» de tus estaciones aún no has descubierto el gozo que las acompaña?

En el trabajo

Crecí siendo hijo de un dentista, y solía escuchar a los pacientes de mi padre elogiándolo efusivamente por su trabajo. Más de uno lo llamaba «el doctor indoloro». Otros comentaban alegremente sobre lo agradable que eran las consultas, a diferencia de las experiencias miserables que habían tenido en otros consultorios. En múltiples ocasiones, escuché a los pacientes de mi padre decir cómo podían ver por sí mismos la calidad de los empastes (cosas pequeñas) al mirarse en el espejo comparándolos con empastes hechos por otros dentistas, quienes simplemente «llenaban el hueco».

Muchos de nosotros dedicamos la mitad de nuestras vidas al trabajo, e incluso las ocupaciones públicas más glamurosas están llenas de cosas pequeñas. Así que no debería sorprendernos que, al hablar específicamente acerca de nuestro trabajo, el apóstol Pablo enfatice los aspectos que solemos pasar por alto. «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23); «Servid de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres» (Ef 6:7). En dos ocasiones enfatiza la «sinceridad de corazón» y habla de servir «no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres» (Ef 6:5-6; Col 3:22).

Las cosas pequeñas acaban sumando mucho a lo largo del tiempo, como la manera en que tratamos la propiedad y los recursos de nuestro empleador, si trabajamos con diligencia cuando no nos están viendo, si animamos constantemente a nuestros empleados y compañeros de trabajo y si estamos dispuestos a sacrificar nuestra productividad con tal de escuchar. ¿Dedicaremos unos minutos extra a limpiar un espacio común? ¿Honraremos el tiempo de los demás llegando a tiempo (o incluso más temprano) o no convocando reuniones innecesarias o dejando que se prolonguen más allá del punto en que los rendimientos disminuyen?

Tal fidelidad en las cosas pequeñas suele comenzar cuando somos estudiantes. La vida universitaria está llena de momentos pequeños y aparentemente insignificantes en los cuales nos entrenamos para una carrera de trabajo diligente y energético, o nos acostumbramos a ceder a la pereza y a preferir el camino fácil. En la universidad, los cristianos pueden honrar a Dios practicando la honestidad académica y estudiando, tal como Pablo exhortó a Timoteo: «… como obrero que no tiene de qué avergonzarse» (2 Tim 2:15).

En Efesios 6 y Colosenses 3, Pablo no solo nos insta a ser industriosos en nuestras labores sino que promete una recompensa. Él quiere que recordemos la bendición y que la anhelemos (Hch 20:35). Nos dice que debemos trabajar duro «sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia» (Col 3:24) y «sabiendo que cualquier cosa buena que cada uno haga, esto recibirá del Señor» (Ef 6:8).

En el hogar

De manera particular, el hogar nos recalca la importancia de lo que no se ve y de lo que no tiene glamur. Para la mayoría de nosotros, el hogar es, por naturaleza, más privado que el lugar de trabajo. Así que es probablemente en nuestras vidas domésticas donde más vemos secuencias de muchas cosas pequeñas.

Para aquellos que trabajan fuera del hogar, estar en él puede ser una sorprendente tentación a la pereza. Si salimos «a trabajar», podríamos asumir que vamos a casa solo para descansar. No hay duda de que el descanso, tanto en las noches como en el día de reposo, suele suceder en casa, pero el hogar no es solamente para descansar. Y eso es especialmente cierto cuando hay niños a tu alrededor.

Aquí los momentos que no se ven son los que más importan. Para los esposos y las esposas, podría tratarse de esas pequeñas consideraciones cuando la otra persona no está cerca. ¿Qué tan dispuestos estamos a hacer las tareas domésticas para evitar que se le acumulen a nuestro cónyuge? ¿Qué tan rápido nos remangamos la camisa para lavar los platos o nos metemos al baño para darle una limpieza que sea verdaderamente cristiana? Cuando estoy cansado, ¿me muestro dispuesto a agotarme para resolver un desastre del cual mi esposa ni se daría cuenta a menos que yo lo deje ahí? ¿Y qué tan dispuesto estoy a invertir la energía extra que se necesita luego de un largo día para pensar y comunicar palabras de afirmación en vez de solo expresar frustraciones?

Las cosas pequeñas de la vida en el hogar también incluyen a nuestros vecinos: saludarlos, detenernos para escuchar, cuidar de sus casas, ofrecerles una mano y ayudarles con un gozo contagioso.

En la Iglesia

Considera cómo todas las cualidades de los ancianos en la Iglesia son cosas pequeñas. Tal como ha observado Don Carson, es significativo ver lo insignificantes que son, en un sentido, los requisitos para servir en la Iglesia (1 Tim 3:1-13; Tit 1:5-9). Son cosas pequeñas que se van sumando. Lo que necesitamos de nuestros pastores, y de toda la Iglesia, no es un intelecto de clase mundial, sino el tipo de fidelidad en las cosas pequeñas que es fundamental para la madurez cristiana y que sirve de ejemplo para el rebaño (1 Tim 4:12; 1 Pe 5:3).

En la vida de Iglesia, las cosas pequeñas son muy útiles (como llegar unos minutos antes al servicio de adoración y quedarse unos minutos más al final para saludar y relacionarse con los demás). Cuando llegas tarde y sales desde que hacen la oración final, no permites que ocurran algunas de las interacciones humanas más importantes de toda la semana, tanto para ti como para otros. Y cada Iglesia local necesita voluntarios para llevar a cabo varios ministerios. Estos voluntarios tienen que presentarse tal y como lo prometieron y cumplir con responsabilidades que no suelen ser celebradas, ya sea cuidando o enseñando a niños, sirviendo como ujier, dando la bienvenida en la puerta o ayudando con el estacionamiento; aparte de orar regularmente por la Iglesia y por sus líderes, y de buscar formas de cuidar tangiblemente a familias que estén pasando por temporadas difíciles.

Entra en el gozo

Mi padre, el dentista indoloro, casi cumple setenta años y pronto llegará al final de su vida laboral. Uno puede ver el fruto de décadas de fidelidad en las cosas pequeñas al ver a tantos levantándose y llamándolo bienaventurado. Como un hijo que ama profundamente a su padre, oro que pasen muchos años más antes de que concluyan sus días en el hogar y en la Iglesia. Pero cuando lleguen a su fin, tanto para él como para el resto de nosotros, cuán increíblemente dulce será escuchar el elogio de nuestro Señor por ser fieles en las cosas pequeñas: «Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:21).

Hasta ahora, han sido muchas las veces que hemos pasado por alto el gozo escondido en las cosas pequeñas de cada estación. Vamos a encontrarlo mientras podamos. Muy pronto llegará el gozo de la estación final, uno que nunca dejará de madurar, de profundizar ni de expandirse.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David Mathis
David Mathis
David Mathis es editor ejecutivo de desiringGod.org, pastor de Cities Church en Minneapolis/Saint Paul, Minn., y autor de Habits of Grace: Enjoying Jesus through the Spiritual Disciplines [Hábitos de gracia: Disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales].