Nuestro llamado a la fidelidad | Ministerios Ligonier
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Nuestro llamado a la fidelidad

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Ser cristiano es ser llamado a una vida de fidelidad. No obstante, el deber de la fidelidad cristiana, propiamente entendido, debe verse como nuestra respuesta a la fidelidad de Dios. Por supuesto, antes de que podamos hablar de la fidelidad de Dios hacia nosotros, primero debemos recordar que Dios es supremamente fiel a Sí mismo. Él siempre actúa en perfecta conformidad con Su propio carácter y propósito sagrados. Su objetivo singular es Su propia gloria y Él es infaliblemente fiel a esa meta. En Isaías 48:9-11, el motivo del Señor para restringir Su juicio es Él mismo y la gloria de Su propio nombre: 

Por amor a Mi nombre contengo Mi ira,
y para Mi alabanza la reprimo contigo
a fin de no destruirte.
He aquí, te he purificado, pero no como a plata;
te he probado en el crisol de la aflicción.
Por amor Mío, por amor Mío, lo haré,
porque ¿cómo podría ser profanado Mi nombre?
Mi gloria, pues, no la daré a otro. 

Del mismo modo, la gran promesa del nuevo pacto en Ezequiel 36 se da en el contexto de la determinación de Dios de actuar por amor a Sí mismo: 

Por tanto, di a la casa de Israel: «Así dice el Señor Dios: “No es por vosotros, casa de Israel, que voy a actuar, sino por Mi santo nombre, que habéis profanado entre las naciones adonde fuisteis. Vindicaré la santidad de Mi gran nombre profanado entre las naciones, el cual vosotros habéis profanado en medio de ellas… Entonces os rociaré con agua limpia… Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros… Pondré dentro de vosotros Mi espíritu y haré que andéis en Mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente Mis ordenanzas» (Ez 36:22-27). 

La gloria de Dios, el honor de Su nombre, está en juego en todo lo que Él hace. Entonces, ante todo, Dios es siempre fiel a Sí mismo. En 2 Timoteo 2:13, la razón por la que Dios permanece fiel incluso si nosotros somos infieles es que «no puede negarse a Sí mismo». Es imposible que Dios sea infiel, incluso frente a nuestras muchas infidelidades. Dios debe ser fiel a Sí mismo. Esta necesaria fidelidad de Dios hacia Sí mismo es el fundamento de nuestra esperanza y la fuente de toda bendición que podamos conocer. De ella brota todo despliegue de la gloria, la grandeza y la gracia de Dios. Sobre ella descansa la confiabilidad de cada una de Sus promesas. Es el fundamento del evangelio y la raíz de la redención ganada para los pecadores en Jesucristo. La encarnación, los sufrimientos y la gloria de nuestro Salvador pueden entenderse como el derramamiento de la fidelidad divina. Jesús vino, sangró y murió porque Dios es fiel a Sí mismo. 

La fidelidad de Dios a Sí mismo y de Cristo al Padre proporciona las raíces profundas de la fidelidad de Dios a Su pueblo pactual.

Esto explica la fidelidad de Cristo hacia Dios. Al comparar a Cristo con Moisés, el escritor de Hebreos nos invita a 

[considerar] a Jesús, el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. El cual fue fiel al que lo designó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios… Y Moisés fue fiel en toda la casa de Dios como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir más tarde; pero Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios (Heb 3:1-2, 5-6). 

La fidelidad de Cristo a Dios es la fidelidad del Hijo hacia Su Padre, procurando nuestra salvación según los términos del pacto de redención. Esto significa que cada vez que hablamos de la fidelidad de Dios en Cristo hacia nosotros, estamos viendo solo la punta del iceberg. La fidelidad de Dios que experimentamos en el evangelio es la parte que podemos ver por encima de la superficie del agua, pero debajo de esta verdad, dándole flotabilidad, sosteniéndola para que podamos conocerla y deleitarnos, está la parte mayor de la fidelidad de Dios, a menudo desapercibida y pasada por alto: Su fidelidad a Sí mismo y la fidelidad del Hijo al Padre en el cumplimiento de nuestra redención para la gloria del nombre de Dios. 

Cambiando la metáfora, la fidelidad de Dios a Sí mismo y de Cristo al Padre proporciona las raíces profundas de la fidelidad de Dios a Su pueblo pactual. Esta gloriosa visión intratrinitaria de la fidelidad divina, a su vez, suministra la vida de la cual brota el fruto de nuestra fidelidad a Dios. Somos fieles a Dios porque Él es fiel a nosotros. Pero, como hemos visto, Él es fiel a nosotros, porque Él es fiel a Sí mismo. Él actúa por «amor a Su nombre». 

Es por esto que la fidelidad cristiana se describe como un fruto del Espíritu (Gál 5:22). Siendo Él mismo el don de la fidelidad divina, el Espíritu produce en nosotros la virtud de la fidelidad a Dios. Los santos a quienes Pablo dirige sus epístolas a los Efesios y a los Colosenses son llamados «fieles en Cristo Jesús» (Ef 1:1; Col 1:2). La fidelidad marca a los cristianos, no como la base de su aceptación ante Dios, sino como la evidencia de esta.

A veces, la fidelidad en el Nuevo Testamento se relaciona con la perseverancia. En Hechos 11:23, cuando llegaron a Jerusalén las noticias de la iglesia que había iniciado en Antioquía, la iglesia de Jerusalén envió a Bernabé, el cual, «cuando vino y vio la gracia de Dios, se regocijó y animaba a todos para que con corazón firme permanecieran fieles al Señor». Del mismo modo, en Apocalipsis 2:10, se exhorta a la Iglesia con estas palabras: «Sé fiel hasta la muerte, y [Cristo] te dar[á] la corona de la vida».

Sin embargo, es bueno observar que el Nuevo Testamento usa el vocabulario de la fidelidad más comúnmente en el contexto de la mayordomía de nuestros dones para el ministerio y el servicio. Uno piensa aquí en la punzante reprensión que dio nuestro Salvador a los escribas y fariseos en Mateo 23:23. Ellos pagaban el diezmo «de la menta, del eneldo y del comino», pero descuidaban «los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad». Aquí vemos que la fidelidad está coordinada con la justicia y la misericordia y, por lo tanto, debe referirse a nuestra fidelidad hacia nuestro prójimo en el servicio a Dios. O piensa en las inquisitivas parábolas de Mateo 24:45-51 y 25:14-30, en las que el siervo fiel y sabio entra en el gozo del Señor porque ha actuado sabiamente con los recursos de la casa de su amo. Por el contrario, el siervo infiel es juzgado más severamente y arrojado a las tinieblas de afuera, donde es el llanto y el crujir de dientes. La gran evidencia de una correcta relación con Dios es la mayordomía fiel de Su gracia en nuestras vidas para Su gloria. El fracaso en la fidelidad demuestra que no somos buenos administradores y que no pertenecemos a Su reino. La inactividad en el servicio a nuestro Señor es ciertamente muy peligrosa cuando afirmamos haber sido hechos receptores de Su fidelidad en Cristo. 

Además, Pablo elogia repetidamente la fidelidad como la marca esencial de un consiervo o ministro del evangelio (Timoteo en 1 Co 4:17; Tíquico en Ef 6:21 y Col 4:7; Epafras en Col 1:7; Onésimo en Col 4:9). En 1 Corintios 4:1-2, Pablo dice: «Que todo hombre nos considere de esta manera: como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, además se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel». La fidelidad es la marca de los ministros del evangelio y de los siervos cristianos. Es por eso que Pablo insta a Timoteo en 2 Timoteo 2:2 a encargar su enseñanza «a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros». 

Entonces, queda claro que la fidelidad conlleva la sabia mayordomía de la Palabra de Dios. Implica tanto la diligencia en la ética de trabajo como la habilidad para dar a conocer la verdad siempre que la oportunidad lo permita. Esto es lo que significa ser un fiel administrador. Sin embargo, la fidelidad es un término ministerial que se aplica a todos los cristianos, no solo a los ministros ordenados del evangelio. En 3 Juan 5-6, por ejemplo, el Apóstol describe la práctica de la hospitalidad cristiana como un acto de fidelidad: «Amado, estás obrando fielmente en lo que haces por los hermanos, y sobre todo cuando se trata de extraños; pues ellos dan testimonio de tu amor ante la Iglesia». 

Lo maravilloso de cómo la Biblia presenta la fidelidad cristiana es que cuando los creyentes escuchen al fin las palabras «bien, siervo bueno y fiel» de boca de nuestro Señor en cuya casa hemos sido siervos, sabremos —de maneras que aquí solo vislumbramos y a menudo pasamos por alto— que toda nuestra fidelidad en la tierra no fue más que el producto de la fidelidad de Dios a Sí mismo. Gran parte del gozo del Señor en el cual entraremos aquel día será descubrir que Cristo nos recompensa por el fruto de Su propia gran obra por nosotros en la cruz y en nosotros por Su Espíritu. Nos postraremos y confesaremos que somos siervos indignos, habiendo cumplido tan solo con nuestro deber (Lc 17:10), pero Cristo nos dará Su gloria en abundancia y nos acogerá en Su presencia con gozo en el acto final de la fidelidad del pacto. «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tes 5:24).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David Strain
David Strain
El Dr. David Strain es el ministro principal de la First Presbyterian Church en Jackson, Mississippi, y el presidente del consejo de Christian Witness to Israel (North America) [Testigos cristianos a Israel (Norteamérica)].