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Transcripción
En la última sesión de nuestro estudio de los ángeles en las Escrituras, terminamos con un breve vistazo al pasaje de Josué 5, donde vemos la aparición del comandante, o capitán, del Señor de los Ejércitos, ante quien Josué se inclinó en adoración. Eso planteó la pregunta de la pertinencia de dar adoración, o veneración, a los seres angelicales; este tema se convirtió en un gran problema en la antigüedad con ciertas religiones orientales que practicaban abiertamente la adoración de ángeles en su sistema.
Es un problema con el que la comunidad cristiana primitiva tuvo que lidiar porque algunos de los nuevos convertidos al cristianismo trajeron ese lastre con ellos de la cultura pagana, y así surgió el problema del surgimiento de cristianos participando en la adoración de ángeles. La carta de Pablo a los Colosenses, por ejemplo, es una de las epístolas que trata específicamente con ese problema, pero no hay ningún lugar donde encontremos una postura más completa de la superioridad de Cristo sobre los ángeles que en el libro de Hebreos. De nuevo, recuerden que los ángeles son seres celestiales y provienen de la presencia misma de Dios; pero incluso como seres celestiales, siguen siendo criaturas, y atribuir adoración a una criatura de cualquier importancia o cualquier rango es estar participando en el pecado de la idolatría.
De nuevo, recordamos la enseñanza de Pablo a los romanos en su primer capítulo, que la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que con injusticia restringen la verdad y demás, y lo que él apunta ahí en ese primer capítulo es nuestra propensión a la idolatría – de nuevo, el intercambio de la verdad de Dios por una mentira y el servicio y adoración a la criatura en lugar del Creador. El primer mandamiento, el segundo, el tercer mandamiento, el cuarto mandamiento, todos prohíben, de una forma u otra, cualquier participación en la adoración de una criatura.
Así que pasemos ahora al libro de Hebreos, al primer capítulo, donde leemos en el versículo uno estas palabras: «Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por Su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo». Permítanme parar aquí un momento. Este no es el único lugar en las sagradas Escrituras donde Cristo se revela como el Creador del universo. En el Evangelio de Juan, el Logos, que se manifestó en la encarnación de Jesús, es aquel por quien y por medio de quien todas las cosas fueron hechas.
El libro de Colosenses también enfatiza lo que llamamos el «Cristo cósmico», que es el Creador del universo; y por eso lo que apunta a la singularidad de Cristo en estas palabras introductorias aquí, es la razón por la cual Él es la revelación consumada de Dios. Dios habló de diversas maneras, en distintos tiempos, de distintas maneras en el pasado, pero ahora ha hablado de esta manera: por aquel que es el heredero de Dios y el Creador. Solo Cristo es el heredero designado del Padre.
Nos convertimos en herederos conjuntos con Él en virtud de nuestra adopción, pero solo Cristo tiene – por así decirlo – la relación natural o esencial con el Padre como el único engendrado del Padre, como el legítimo heredero de Dios. Y dice: «…a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo». – Y luego el siguiente versículo, que es un texto maravilloso – «Él es el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder». Esta es la cristología más sublime que encontrarás en toda la Biblia.
Cuando pensamos en la gloria de Dios, la majestad refulgente que resplandece de vez en cuando a lo largo de la historia bíblica, donde esa gloria, como en la nube de Shekinah, o la gloria que rodeó la aparición de los ángeles alrededor de Belén de la que hemos hablado, la nube de gloria que lleva a Cristo a la ascensión, etc., que existe esta luz brillante asociada con la gloria de Dios; y lo que dice el autor de Hebreos es que el Hijo es el resplandor mismo de esa gloria – es decir, pertenece a la esencia del ser divino. De nuevo, en los tiempos bíblicos, atribuir gloria era atribuir deidad.
La gloria era principalmente un atributo divino, y lo vemos en uno de los himnos más importantes de la iglesia cristiana, el Gloria Patri, en el que cantamos ¿qué? «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo» – es decir, los tres miembros de la Deidad están revestidos de gloria – «como fue en el principio, es ahora y siempre será» – es decir, este es un concepto eterno de gloria divina que no tiene principio en el tiempo ni final en el tiempo. Es algo que dura para siempre. Entonces, aquí en Hebreos, la gloria de Cristo, como el resplandor de la gloria del Padre es afirmada, la imagen expresa de Su persona.
Creo que esto significa más que la humanidad encarnada de Jesús, donde Jesús nos manifiesta la perfección de la imagen de Dios como ningún otro ser humano lo ha hecho jamás. En el fracaso de Adán para ser obediente, él falló en manifestar y reflejar la santidad de Dios, y ese es el pecado de todo ser humano. Seguimos siendo la imagen de Dios en cierto sentido, pero esa imagen ahora está manchada; ha sido empañada porque no reflejamos con precisión la perfección de la santidad de Dios. Pero para eso fuimos creados. Y, por supuesto, el único que logró ese reflejo perfecto, o manifestación, de la santidad divina fue Jesús, en Su humanidad.
Entonces, podríamos leer en este texto que Él es la imagen expresa de Su persona – que podemos decir que es el portador perfecto de la imagen, y eso se refiere a Su humanidad. Puede que eso sea lo que el autor quiera decir, pero no lo creo porque está hablando de que Él es el resplandor de la gloria divina. Eso es una afirmación de Su deidad. Él es la imagen expresa de la persona divina del Padre, y creo que eso es una expresión como la Palabra eterna, que es la expresión eterna de la deidad, en la Palabra. Ese parece ser el contexto de lo que dice aquí en este texto.
Pero, de nuevo, todo esto es una anticipación de lo que viene después, donde dice: «y sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, el Hijo se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, siendo mucho mejor que los ángeles, por cuanto ha heredado un nombre más excelente que ellos». Ahora el énfasis puede estar cambiando al ministerio del Cristo encarnado, porque obviamente no hay elevación de la naturaleza divina por encima de los ángeles como resultado de algún tipo de ministerio terrenal.
La elevación por encima de los ángeles es la elevación del Cristo encarnado sobre los ángeles, porque recuerda, en la creación, como nos dice el salmista, vemos que el salmista plantea la pregunta: «Cuando veo … la luna y las estrellas que Tú has establecido, digo: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, y el hijo del hombre para que lo cuides? ¡Sin embargo, lo has hecho…» ¿qué? «un poco menor que los ángeles». Entonces, las criaturas humanas son un orden inferior de creación respecto a los ángeles. Los ángeles son de un orden superior. Por lo que, el Jesús encarnado, al vestirse de humanidad, la naturaleza humana, al menos, en este punto, es inferior a la de los ángeles; sin embargo, no termina ahí, y veamos eso. «…siendo mucho mejor que los ángeles, por cuanto ha heredado un nombre más excelente que ellos».
Ahora, no se nos dice aquí cuál es el nombre que Jesús recibe que es más excelente. Podría ser, a la luz del contexto inmediato del pasaje, que el nombre que es más excelente que el de los ángeles, simplemente se refiera al título «Hijo», lo cual es el centro de atención aquí. Por otro lado, en otro pasaje de las Escrituras, también se nos dice que Jesús obtuvo un nombre como resultado de la perfección de su obediencia, y ese nombre no es el nombre «Hijo»; es el nombre «Señor».
Lo encontramos en la carta de Pablo a los Filipenses, cuando se nos exhorta a que haya «en nosotros esa misma actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse», –o guardar celosamente– «sino que se despojó a Sí mismo». – No se despoja de su deidad, obviamente – se despoja de Sus prerrogativas, de Su gloria, de Su exaltación, y toma forma de hombre y se vuelve obediente como un siervo, incluso hasta la muerte.
Lo que Pablo está diciendo es: «Miren este patrón que nos ha sido dado por Cristo, quien renunció a sus privilegios que disfrutaba en el cielo para condescender hasta nuestra bajeza, para tomar sobre Sí nuestra humanidad y para soportar la humillación en nuestro lugar». Así es como debemos comportarnos con nuestros hermanos y hermanas, dispuestos no a proteger nuestro propio estatus o nivel, sino a despojarnos en beneficio de los demás. Y al final del pasaje Pablo dice: «Por lo cual Dios… lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre».
Vemos ahí a lo que se refiere con el nombre que Dios le atribuye a Cristo, y el nombre que le es dado dice: «para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla…y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para la gloria de Dios Padre». Así que el nombre que es sobre todo nombre no es el nombre Jesús. El nombre que es sobre todo nombre es el que se le da a Jesús, de modo que en el nombre de Jesús todos respondan a este nombre que se le ha dado, que es el título reservado para Dios en el Antiguo Testamento, el título ‘Adonai’, o ‘Kurios’, en el Nuevo Testamento.
Por eso la primera confesión de fe de la comunidad cristiana primitiva fue simplemente, Iesous ho Kurios – Jesús es el Señor, reflejando esta acción que ha comunicado el Apóstol de que Dios mismo ha dado su título a su Hijo. Ahora, ese es el contexto más amplio del nombre sublime. Sin embargo, el contexto inmediato de Hebreos aquí habla del concepto de filiación. Veámoslo. El autor utiliza aquí la pregunta retórica de forma muy eficaz porque dice: «¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: «Hijo Mío eres Tú, Yo te he engendrado hoy»…». No llama hijos a los ángeles. Los ángeles son siervos, no hijos, «…y otra vez: «Yo seré Padre para Él, y Él será Hijo para Mí?». De nuevo, cuando trae al primogénito al mundo, dice: …».
Ahora permítanme retroceder otra vez. En la historia de la iglesia, estos pasajes, que estoy leyendo ahora en Hebreos y otros, fueron los que alimentaron una de las peores herejías con las que la iglesia tuvo que lidiar, y fue la herejía arriana en el siglo IV, que terminó provocando el Concilio de Nicea, porque la iglesia estaba amenazada con ser desgarrada entre los arrianos, que eran unitarios, y los cristianos ortodoxos, que eran trinitarios.
Lo que Arrio, quien tenía una postura adopcionista de Cristo, que no vamos a entrar en eso, pero solo de paso, lo que sostenía es que el texto de las Escrituras llama a Jesús engendrado del Padre y primogénito de toda creación, como se le llama aquí en Hebreos. Y el punto principal que Arrio quería hacer es que el primogénito, o el que es engendrado – la palabra «engendrar» es ginomai, o gennao, que significa «ser, venir a ser o suceder», y es la palabra comúnmente usada para indicar a alguien que tiene un comienzo en el tiempo.
Así que si uno es engendrado, eso significa que hubo un tiempo en que no lo estuvo, y Arrio decía: ya que la Biblia dice que Jesús es el primogénito o el unigénito – si hablan de Él como engendrado y como nacido – entonces obviamente es una criatura. Puede que sea la criatura más elevada; puede que sea la primera criatura que Dios creó antes de que creara todo lo demás. Puede que sea el Creador del universo; y la idea es que tal vez Dios primero creó este Logos, o esta criatura, y luego le dio el poder de crear el resto del mundo, que es la postura de los mormones y de los Testigos de Jehová, por ejemplo. Jesús es exaltado hasta lo sumo, pero sigue siendo una criatura. Y esto es lo que Arrio estaba diciendo.
Atanasio y los demás en el Concilio de Nicea dijeron: «No», si leen nuestro Credo de Nicea —algunos de ustedes lo usan en la liturgia de sus iglesias— hay una pequeña frase que es muy significativa, que dice sobre Cristo: «Él es engendrado, no… —¿qué? — creado». Es decir, la gente dice que en las categorías bíblicas, en las categorías del Nuevo Testamento, el concepto de filiación no está relacionado con la biología. Está relacionado con la intimidad entre el Padre y el Hijo, aquel que recibe la bendición, aquel que es el heredero. Eso se indica de varias maneras – primero porque Cristo es llamado el monogenes – el unigénito. Es decir, un engendramiento es atribuido a Jesús por las páginas del Nuevo Testamento, cuyo tipo de engendramiento es singular. Es absolutamente único; no hay duplicados de ella en ninguna parte del mundo.
Así que cuando la Biblia habla de Cristo como engendrado, lo hace en un sentido específico – un sentido reservado, ¿ven? Un sentido especial que debería alejarte de hacer suposiciones griegas sobre la generación biológica. En todo caso, aquí en este texto dice –observen esto: «De nuevo, cuando trae al Primogénito al mundo» – esto es Dios trayendo al primogénito al mundo – «Él dice: Y lo adoren todos los ángeles de Dios». Otra vez, si el primogénito de toda la creación es una criatura, nada podría ser más blasfemo que el autor de Hebreos diga, citando los Salmos, que todos los ángeles deberían adorarle, porque Dios prohíbe la adoración de las criaturas; y si Dios ordena la adoración de Su primogénito, es Dios quien está diciendo que el primogénito es divino y no una criatura.
Entonces los ángeles están subordinados a Cristo porque Dios ordena a los ángeles que lo adoren. Y «de los ángeles dice: «El que hace a Sus ángeles, espíritus, y a Sus ministros, llama de fuego». Pero del Hijo dice: «Tu trono, oh Dios, es por los siglos de los siglos, y cetro de justicia es el cetro de Tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la iniquidad; por lo cual Dios, Tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a Tus compañeros». También: «Tú, Señor, en el principio pusiste los cimientos de la tierra», etc. «Pero ¿a cuál de los ángeles jamás ha dicho Dios: «Siéntate a Mi diestra hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies?»». Esto es una referencia a la sesión de Cristo, y la sesión de Cristo se refiere a esas palabras en el Credo de los Apóstoles – «sentado a la diestra de Dios».
Estar sentado a la diestra de Dios es ser colocado en el asiento de autoridad cósmica: que el Cristo resucitado, el Cristo ascendido, no recibe nada menos que autoridad cósmica como Rey de reyes y como Señor de señores, que se sienta a la diestra de Dios. Ningún ángel ha sido jamás elevado a la diestra de Dios. De hecho, ninguna criatura puede ser jamás elevada a la diestra de Dios, ni Dios concedería a ninguna criatura toda autoridad sobre el cielo y la tierra, autoridad que otorga a Su Hijo.
Entonces vemos que este texto enfatiza, tanto como puede, la diferencia entre los ángeles y Jesús: la superioridad de Cristo sobre los ángeles. «¿A cuál de los ángeles jamás ha dicho Dios: «Siéntate a Mi diestra hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies?». ¿No son todos ellos espíritus ministradores, enviados para servir por causa de los que heredarán la salvación?»». Una vez más, tenemos un pequeño resumen de la naturaleza y la función de los ángeles. Ellos no gobiernan el cosmos, pero los ángeles buenos son espíritus ministradores, enviados por Dios; Y no se les envía a ministrar a todo el mundo. Son enviados a ministrar a los herederos de la salvación —a los creyentes— y si tenemos un ángel guardián o el ejército celestial, como el que rodeó a Eliseo, es un tema de debate constante. Pero ciertamente tenemos gran ayuda.
Justo ayer leí un sermón de Martín Lutero, que nunca antes había leído sobre los ángeles, que uno de los miembros de nuestro grupo aquí me dio, en el que Lutero, que era tan firmemente consciente del mundo angelical por el foco de ataque demoníaco que tuvo que soportar toda su vida – Satanás era prácticamente tangible. Dijo que pasó por el anfectum, este asalto desenfrenado de enemigos. Y dijo: «Si no fuera por los ángeles buenos, los ángeles de luz que sostienen la iglesia cristiana, la iglesia estaría completamente destruida por la maldad celestial de Satanás y sus secuaces».
Así que recordemos que Dios ha enviado a Sus ángeles buenos al mundo como espíritus ministradores. Porque Lutero tenía razón: nuestra lucha es contra el mundo, la carne y el diablo, y los ángeles están ahí para ayudarnos mientras luchamos con estas tres cosas, lo que nos lleva al siguiente segmento de este estudio, donde analizaremos a los ángeles caídos y, principalmente, al principio, analizaremos la naturaleza y función de Satanás, como lo encontramos en las Escrituras.






