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Transcripción
Cuando escribí el libro «Dispuestos a creer», el libro en el que se basan estas clases sobre el libre albedrío, hice la observación a modo de especulación de que pensaba que si Lutero estuviera vivo hoy y estuviera observando el mundo evangélico de nuestra cultura, en lugar de escribir el libro que resultó tan controvertido e incendiario en su época, al que llamó «El cautiverio babilónico de la iglesia». Pensé que el libro que escribiría hoy sería «el Cautiverio pelagiano de la Iglesia», y la razón por la que hice ese comentario especulativo fue porque cuando miro a mi alrededor, veo un grado sin precedentes de influencia del pelagianismo que se manifiesta en todos los rincones del mundo evangélico de nuestros días; y francamente me preocupa mucho eso.
Ahora, hay varios factores que contribuyen a ese renacimiento del pensamiento pelagiano que ha invadido la iglesia, pero sin duda incluiría entre esos factores contribuyentes el ministerio, el trabajo y la teología de un ministro del siglo XIX llamado Charles Finney. Hace poco la «Teología Sistemática» de Finney ha sido reeditada en una edición de 1994, y en la portada del libro se le anuncia como «El mayor predicador de avivamiento de Estados Unidos», y muchos ven a Finney como el fundador del evangelismo de masas moderno.
Se dice de Charles Finney que en su ministerio evangelístico del siglo XIX guió a más de 500,000 personas a Cristo, y su metodología de evangelismo se convirtió en la estructura básica o el formato para el evangelismo masivo en Estados Unidos desde entonces. Tuvo una profunda influencia, por ejemplo, en Billy Sunday, que fue popular a principios del siglo XX, y para los evangelistas posteriores hasta el día de hoy; y, sin embargo, en su propia época, recibió algunas críticas teológicas serias de algunos de los teólogos más preparados de esa época.
El Dr. B.B. Warfield de Princeton una vez escribió «Dios podría ser eliminado completamente de su teología» -refiriéndose a la teología de Finney- «sin cambiar esencialmente su carácter». Es una gran crítica decir que Dios podría ser eliminado por completo de la teología de alguien sin cambiar sustancialmente esa teología. Menciono eso solo para hacerles saber que en su época hubo quienes criticaron duramente su enseñanza.
En nuestros días, el Dr. Robert Godfrey, presidente del Seminario Teológico de Westminster en Escondido, California, quien también es historiador de la iglesia, ha comentado que cuando da conferencias a sus estudiantes sobre la teología de Charles Finney, ha aprendido a lo largo de los años a asegurarse de que cuando lo haga, les dé tareas de lectura a sus estudiantes de las obras del propio Finney porque, Él dijo: «He aprendido que los estudiantes simplemente no creerán en mi palabra, y que a menos que lo demuestre haciéndoles leer las propias palabras de Finney escritas con su propia pluma, serán absolutamente incrédulos de que alguien pudiera enseñar lo que Finney enseñó y aun así tener el respeto y el renombre dentro de los círculos evangélicos que él tiene en nuestros días».
Y Godfrey continúa diciendo que, a su juicio, nunca ha habido un teólogo en la historia de la iglesia cristiana más consistentemente pelagiano —no semi-pelagiano, sino pelagiano— como el propio Finney. De hecho, hasta cierto punto se puede decir que Finney supera en pelagianismo al mismo Pelagio, y vamos a ver cómo es esto. Ahora, la razón, de nuevo, por la que el Dr. Godfrey insiste en que los estudiantes lean al propio Finney, y recomendaría que ustedes hagan lo mismo, que tomen su «Teología sistemática» y lo vean por ustedes mismos y no confíen en mi palabra sobre lo que Finney dice y enseña, o enseñó, que, sin embargo, la razón por la que Godfrey hizo esto, y recomiendo lo mismo, es porque Charles Finney realmente es tenido como un héroe evangélico. Pero la pregunta que tengo al leer a Finney es si realmente Finney era evangélico.
Históricamente, cuando pensamos en lo que significa ser evangélico, normalmente no incluimos a los pelagianos en esa categoría, ni incluimos en la categoría de evangélicos a las personas que niegan firme y categóricamente la postura de la satisfacción sustitutiva de la expiación. Pero lo más significativo es que el término «evangélico», históricamente, ha funcionado como una descripción para aquellas personas dentro del protestantismo que abrazan la doctrina bíblica de la justificación por la fe sola.
Los evangélicos fueron llamados «evangélicos» por primera vez en el siglo XVI porque la palabra se toma del término griego euangelion del Nuevo Testamento y que pasa al español como evangelio, de donde tenemos el término «evangélico», que era alguien que se suscribía al Evangelio tal como lo articulaban los reformadores protestantes con respecto a la doctrina de la justificación por la fe sola. Ahora, si toman el tiempo para leer la «Teología Sistemática» de Charles Finney, verán que él elabora el punto con respecto a su oposición a la doctrina de la justificación forense y a la doctrina de la sola fide.
Hagamos un repaso. La doctrina de la sola fide, o justificación por la fe sola, afirma que cuando el pecador mira a Cristo por la fe, pone su confianza en Cristo y solo en Cristo, Dios declara legalmente justo a ese pecador en virtud de la imputación, o la transferencia del mérito de Cristo y la justicia de Cristo a la cuenta legal del pecador que carece de mérito y que carece de toda justicia propia. Ahora, según Finney, tal postura de la justificación sería una parodia de la justicia divina, y Dios de hecho nunca haría una declaración legal para llamar justo a alguien que, de hecho en sí mismo, no es justo.
En ese momento, comparte una objeción común a la justificación forense que fue articulada por la Iglesia católica romana en el siglo XVI. De modo que, dice de la justificación del pecador que los pecadores no son justificados por Dios; más bien, son perdonados, que no son declarados justos y la doctrina de la justicia imputada, dice Finney, cito: «se basa en una suposición muy falsa y sin sentido. El mérito de Cristo no es ni puede ser la base de nuestra salvación». Entonces, en un lenguaje inequívoco, Charles Finney rechazó la doctrina de la imputación y, junto con ella, la doctrina protestante histórica de la justificación por la fe sola.
Ahora, permítanme recapitularlo por un segundo. Si la sola fide, o la doctrina de la justificación solo por la fe, es un artículo esencial del evangelicalismo histórico, y Charles Finney lo rechaza, entonces la pregunta es obvia: ¿cómo podría ser considerado evangélico? De hecho, la pregunta puede ser más profunda todavía. Si sola fide refleja con precisión el Evangelio bíblico, y Charles Finney rechaza con vehemencia el Evangelio bíblico, ¿cómo podría ser cristiano? Podría ser cristiano en el sentido de ser un gran admirador de las virtudes de Jesús, y como abogado, como un abogado capacitado que usó todos los poderes de persuasión a su disposición, y que se propuso convertir a las personas para que vinieran a ser seguidores de Jesús, pero no en el sentido bíblico de ser un seguidor de Jesús. Y, sin embargo, se volvió extremadamente hábil en la metodología evangelística y los poderes de persuasión.
Recuerdo que en mi primer año como cristiano, un evangelista vino a la ciudad, y este evangelista me dijo personalmente: «Déjame a solas con cualquier persona durante quince minutos, y te daré una decisión para Cristo», y yo, ya sabes, era un cristiano joven, pero me asombró esa afirmación de que alguien pudiera pensar que podía llevar a cualquier persona a Cristo en quince minutos. Pero no estaba bromeando. Hablaba en serio y estaba convencido de que todo lo que se necesita para guiar a alguien a Cristo es un argumento persuasivo bueno y sólido, y solo con la fuerza de ese argumento persuasivo, una persona podría ser guiada a tomar una decisión por Cristo. En su sentido más amplio, eso es lo que se llama, «evangelismo decisional», donde todo el punto central del evangelismo es persuadir a alguien a ejercer su voluntad para tomar la decisión de seguir a Cristo.
Ahora, en sí mismo, no hay nada de malo en tratar de ser lo más persuasivos posible para llamar a las personas a abrazar a Cristo. Ciertamente, la predicación del Nuevo Testamento llamaba a las personas a abrazar a Cristo y a recibir a Cristo, y en ese sentido, usaban todas las herramientas persuasivas que tenían, al mismo tiempo que nos decían que el poder para la eficacia del Evangelio no descansaba en la elocuencia de los hombres o en la persuasión de nuestros argumentos, sino que depende de la persona y obra del Espíritu Santo, quien aplica el Evangelio a los corazones de los que escuchan. Pero están aquellos que creen que el Espíritu Santo no es necesario, si, en realidad, una persona no tiene que ser regenerada por el Espíritu Santo para convertirse.
Ahora, antes de hablar más sobre eso con respecto a Finney, vayamos al siguiente punto, y eso tiene que ver con su postura de la expiación. Rechazó categóricamente la idea de la postura de la satisfacción sustitutiva de la expiación, y lo hizo sobre una base legal. Dijo que no hay forma de que alguien pueda tener un mérito adicional que pueda aplicarse legalmente a alguien que carece de él, de modo que si Cristo tuvo una vida perfecta, Su perfección solo podría contar para Él y no para otra persona; y por la misma razón, Él no podría satisfacer la justicia de Dios cargando con nuestros pecados a través de la imputación de nuestra culpa a Él porque si Dios fuera justo y aplicara estrictamente la ley de Dios, Dios no podría aceptar el pago de la vida de un hombre por la de otro. Y así rechazó de plano tanto el aspecto sustitutivo de la expiación como la dimensión de la satisfacción de la expiación, siendo ambas doctrinas centrales al cristianismo clásico e histórico, y en lugar de esto recurrió a lo que a veces se llama la «teoría gubernamental» de la expiación, y otras veces se llama la «postura de la influencia moral» de la expiación.
Según Finney, Cristo no satisface la justicia de Dios, pero entre comillas hablará de «un cierto tipo de satisfacción de la justicia pública», es decir, por la cruz y la expresión de juicio de Dios sobre Cristo, esto demuestra o exhibe al mundo, que Dios toma en serio el pecado y que debemos tomarlo en serio y que si no nos arrepentimos de nuestros pecados, estaremos expuestos a la justa ira de Dios, y Dios nos salva perdonándonos, no justificándonos sobre la base de la justicia de otra persona. Él nos perdona. Ahora, el hecho de que Él nos perdone por Su misericordia podría llevar a las personas a tener una actitud indiferente hacia la ley y hacia la justicia y alejada de la necesidad de arrepentimiento, pensando que Dios no toma en serio el pecado. Y así, para mostrarle al mundo que Dios toma en serio el pecado, tenemos la cruz, pero la cruz no es redentora en el sentido de que se ha hecho una expiación por ti o por mí; sino que muestra al mundo la seriedad de nuestro llamado a la justicia y la seriedad del mal, y es una ilustración para ser un freno contra un espíritu desenfrenado de antinomianismo. Y de eso es de lo que está hablando en el sentido de «satisfacer la justicia pública».
Pone una salvaguarda contra las personas que piensan que debido a que Dios es misericordioso y lleno de gracia, por lo tanto, tenemos licencia para pecar. Y así, la esencia de la predicación y enseñanza de Finney era llamar a las personas a cambiar sus vidas, a enmendar su vida, a dejar de pecar y comenzar a obedecer, comenzar a ser justos, porque, para Finney, la única forma en que Dios justifica a una persona es si primero es santificada. Dios solo declarará a una persona justa cuando esa persona sea realmente justa.
Entonces, para Finney, la justificación se basa en la santificación, mientras que en la teología protestante clásica, la santificación surge de la justificación y no depende de nuestra justificación. Somos justificados por la virtud de la justicia de Cristo, y luego la forma en que realmente estamos siendo conformados a la imagen de Cristo describe el proceso de nuestra santificación. No es así para Finney. Tienes que convertirte deteniendo tu pecado, alejándote de tu pecado, viniendo a Jesús, para hacer lo correcto, para ser justo, y solo cuando seas justo, Dios te declarará justo.
Ahora, en contra de Edwards y en contra de la teología clásica, el quid de la teología de Finney está en su rechazo categórico del pecado original. Al igual que Pelagio antes que él, concede que las personas pecan, pero no pecan porque hay algo inherentemente corrupto en su naturaleza. Pecan como un asunto de ejercicio de su voluntad, pero el hombre, en su estado natural, tal como nace ahora, tiene tanto la capacidad natural de ser justo como la capacidad moral. Ahora, desde el principio, Finney quedó impresionado con las enseñanzas de Jonathan Edwards, pero cuando escribió su «Teología sistemática», estaba haciendo todo lo posible para criticar la teología de Jonathan Edwards, particularmente la postura de la distinción de Edwards entre la capacidad moral y natural. Edwards dijo que tenemos la capacidad natural de tomar decisiones, pero no tenemos la capacidad moral de hacer las cosas de Dios.
Finney rechazó completamente eso, diciendo que el hombre todavía tiene dentro de su naturaleza, sin la ayuda de la gracia, la capacidad de vivir una vida de obediencia perfecta, y en ese momento es pelagiano hasta la médula. Define la regeneración como un cambio que se produce por la elección de un ser humano. Es un cambio de mentalidad, es un cambio de comportamiento que tiene lugar cuando una persona está convencida de la necesidad de cambiar y toma la decisión de cambiar. Permítanme leer al propio Finney con respecto a su postura sobre la regeneración. Dice que «la regeneración consiste en un cambio en la actitud de la voluntad o en su preferencia o intención de elección final».
Ahora, dice esto: «El cambio es tanto pasivo como activo». ¿En qué sentido? Bueno, él lo explica. «Es pasivo en la percepción de la verdad presentada por el Espíritu Santo. Sé que esta percepción no es parte de la regeneración, pero es simultánea con la regeneración. Induce la regeneración. Es la condición y la ocasión de la regeneración. Por lo tanto, el sujeto de la regeneración debe ser un recipiente pasivo o receptor de la verdad presentada por el Espíritu Santo en el momento y durante el acto de la regeneración. El Espíritu actúa sobre él a través de la verdad o por la verdad, y por tanto, es pasivo. Él abraza la verdad, y por ende está activo. Ni Dios ni ningún otro ser puede regenerarlo si él no se convierte. Si no cambia su elección, es imposible que sea cambiado, porque la regeneración es un cambio de elección».
¿Escuchan lo que está diciendo? Que somos pasivos en nuestro entendimiento, al aprender ahora lo que el Espíritu Santo nos está enseñando. Es por eso que es tan importante que el predicador sea persuasivo y claro en su argumento, para cambiar el pensamiento de la persona para que la persona ahora tome las decisiones correctas, pero no hay necesidad de la invasión del Espíritu Santo en el corazón o en el alma para cambiar la naturaleza constituyente del pecador para que esa persona se arrepienta. Se trata de una decisión, y solo de una decisión, por una voluntad que ya no está o nunca ha estado en esclavitud al pecado.
El hombre natural de Finney está vivo y bien. Está infectado por malas decisiones, pero puede recuperarse a través de un acto de su propia decisión moral. Esa postura de la conversión ha venido a ser, según las encuestas, el informe mayoritario en las iglesias que dicen ser evangélicas, y creo que aquí, como dijimos al principio, el problema que enfrentamos es la intrusión en la comunidad cristiana de una postura pagana del hombre, de una postura pagana y humanista de la voluntad que niega fundamentalmente el impacto de la caída sobre nosotros y la esclavitud de la voluntad de la que nos habla el Nuevo Testamento.
Hemos llegado ahora al final de nuestro breve estudio de la historia de las controversias que han surgido en el pasado con respecto a la extensión y el alcance de la caída humana, como resultado del pecado original. La razón por la que hemos prestado atención a estas cosas es para que podamos llegar a entender la gracia de la gracia. Las Escrituras nos dicen que donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Y también nos dicen realmente que donde no está el Espíritu del Señor, solo hay esclavitud. Y se nos dice en el Nuevo Testamento, que cuando el Hijo nos hace libres, somos verdaderamente libres.
Él nos ha liberado de la esclavitud del pecado y del cautiverio moral. Y miramos esto no simplemente para especular sobre asuntos abstractos de filosofía y teología, sino para que en nuestra nueva libertad, podamos atribuir el honor, la gloria y la alabanza de esa libertad a quien le pertenece: a la gracia de Dios, y solo a la gracia de Dios.






