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Transcripción
La Biblia nos dice que la gloria de Dios llena toda la tierra. No sé cuántas veces he leído eso en las Escrituras, pero cada vez que leo sobre la gloria de Dios llenando la tierra, me rasco un poco la cabeza. Cuando miro hacia afuera, no veo mucho de la gloria de Dios. Veo tráfico pesado, luces brillantes, personas que corren de un lado a otro atrapadas en las actividades del diario vivir, lo mismo con el ajetreo que tienes que lidiar todos los días cuando vas al trabajo. No creo que cada vez que entras la oficina te sientes abrumado por un sentido de la gloria de Dios ¿verdad? Estoy seguro de que no, según mi propia experiencia.
De hecho, en toda mi vida puedo contar probablemente con una mano, tal vez dos, el número de veces que he tenido un sentido intenso, pesado y profundo de la presencia de Dios. No quiero sugerir con esto que otras experiencias de la presencia de Dios sean tan raras en mi vida. Cada vez que oro, cada vez que estoy en la iglesia, experimento cierto sentido de la cercanía de Dios. Pero estoy hablando de esos momentos especiales, esos momentos de peso, cuando sientes la sensación casi palpable de la presencia de Dios de manera tan abrumadora y dominante que no puedes ignorarla y te vuelves intensamente consciente de Su gloria.
Por supuesto, uno de los momentos más intensos de ese tipo que he tenido fue cuando llegué a ser cristiano, la noche en que conocí a Cristo. Estaba solo en mi dormitorio de la universidad y de rodillas frente a mi cama. Sin duda, ese momento, más que cualquier otro momento en toda mi vida, cambió la dirección de mi vida a partir de ese entonces. Pero la mayoría de nosotros, o muchos de nosotros al menos, podemos señalar un momento o lugar general cuando llegamos al cristianismo, aunque no todos podemos ser tan precisos. Pero un año después de mi conversión tuve otra experiencia que fue casi tan decisiva para dar forma a la dirección de mi vida, y quiero tomarme un minuto o dos para contarles sobre eso.
Sucedió en la misma universidad, solo que esta vez fue un poco diferente. Me había ido a la cama a dormir, pero no podía conciliar el sueño y daba vueltas y vueltas y mi mente no se apagaba y finalmente tuve esta abrumadora sensación de que tenía que levantarme de la cama y salir de ese dormitorio. Y miré el reloj y faltaban 10 minutos para las 12. Diez minutos antes de la medianoche. Me levanté de la cama, me puse la ropa, me puse el abrigo y salí y tenía mi auto estacionado en el estacionamiento. Pero no me subí al auto. Yo solo quería caminar. Era una noche de invierno en el norte y había nieve en el suelo. La luna llena estaba en el cielo. Era una de esas noches extrañas, silenciosas y tranquilas. Pero tenía que caminar.
No estaba exactamente seguro de hacia dónde me dirigía, pero quería estar solo y quería pensar. Quería reflexionar sobre algunas cosas que me habían sucedido ese mismo día. Así que empecé a caminar hacia el extremo norte del campus universitario donde estudié. Y mientras caminaba solo por esa acera, estaba en medio de un silencio sobrenatural, estaba tan silencioso, que la torre principal de la universidad tenía un campanario que sonaba campanadas cada hora en punto… Y justo antes de que sonaran las campanas, los engranajes del campanario comenzaban a moverse y a prepararse para mover esas enormes campanas que sonarían.
Estaba tan tranquila esa noche que, aunque estaba bastante lejos de la torre, podía escuchar los engranajes sonando en la torre. Y luego, de repente, la torre comenzó a sonar a las doce. Mientras sonaba, pasé por el frente de la torre hasta la entrada de la capilla de la universidad, capilla que había sido edificada en el siglo XIX, construida con piedra. Las puertas de la capilla eran muy pesadas, puertas arqueadas de roble. No sabía si la capilla iba a estar abierta o cerrada durante la noche, pero simplemente empujé la puerta y se abrió. Y entré en el atrio del lugar… de esta capilla, y cuando la puerta se cerró, se podía escuchar el sonido metálico contra la pared y el piso era de piedra. Entré entonces en el santuario. Yo iba a esa capilla todos los días.
Teníamos capilla, capilla obligatoria todas las mañanas. Mil quinientos estudiantes entraban en este gran edificio de vitrales, techos abovedados y todo lo demás, para asistir a la capilla. El lugar quedaba abarrotado y ruidoso, con los estudiantes caminando de un lado a otro, susurrando entre ellos. Pero esta vez, cuando entré en la capilla, yo era la única persona. Y caminé por el pasillo central del santuario hasta las escaleras del presbiterio. Incliné mi cabeza, literalmente, frente a la mesa de la comunión, y me sentí abrumado por la presencia de Dios. Mi experiencia esa noche no fue la misma que la experiencia de mi conversión a Cristo, pero lo que me sucedió esa noche que nunca olvidaré fue que tuve una experiencia muy abrumadora de la presencia de Dios el Padre.
Sabemos que Dios es Uno en Tres. Un Ser, tres Personas. Pero la mayor parte de nuestra atención en el mundo cristiano se centra en Jesús, en la encarnación de Dios. A veces olvidamos que el propósito para el que Jesús vino fue revelarse a nosotros y restaurar nuestra relación con el Padre. Bueno, lo que me llevó a la capilla esa noche fue algo que sucedió en el aula durante el día. Como dije, era un estudiante de segundo año en la universidad y ya había sido cristiano durante un año y decidí especializar mis estudios en la Biblia porque quería dar mi vida al ministerio cristiano, así que me inscribí para estudiar Biblia.
Pero en mi segundo año tuve que tomar un curso obligatorio de Introducción a la Filosofía. Y pensé que la filosofía era el tema más árido y aburrido del que había oído hablar. De hecho, solía sentarme en la parte trasera de la sala de conferencias y escondía los sermones de Billy Graham debajo de mi cuaderno para que cuando el profesor comenzara a exponer sobre este material, seco como el polvo, sobre filosofía, yo me entretenía o edificaba leyendo estos sermones de Billy Graham. Y lo hice todos los días.
Simplemente ignoraba lo que estaba pasando. Y luego, un día en particular, al comienzo del invierno, el profesor estaba dando una conferencia sobre un filósofo cristiano cuyo nombre era Agustín. Y estaba hablando sobre la postura de Agustín de cómo el universo había sido creado al principio. Y prácticamente en contra de mi voluntad, mientras intentaba leer este sermón y el profesor daba su clase, mi atención quedó atrapada por lo que se decía en la parte delantera de la sala, así que puse el cuaderno a un lado y comencé a escuchar. Y el profesor comenzó a hablar sobre lo que describió como la postura de Agustín sobre el «imperativo divino».
Ustedes saben lo que es un imperativo; es un mandato. Es una obligación, un requisito. Y Agustín, cuando estaba pensando en cómo todo este universo vino a la existencia y reflexionando sobre el primer capítulo de Génesis donde leemos: «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra». Agustín dijo que la única descripción que da la Escritura sobre el cómo de la creación es que habla del poder de la Palabra de Dios. En el principio, cuando el mundo estaba desordenado y vacío, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, las Escrituras dicen que lo que cambió todo fue un mandato de la boca de Dios cuando dijo: «Sea» y al instante eso vino a ser.
Las luces se encendieron y la oscuridad retrocedió, el planeta, el mundo, el universo comenzó a rebosar con todo tipo de energía, poder y vida. Todo por el puro poder de un mandato de Dios. Y me senté allí en ese salón de clases y comencé a pensar en eso y dije: «¿Qué tipo de Ser es tan poderoso, es tan trascendente, es mucho más grande que todo lo que yo haya podido concebir, que haya podido experimentar en este mundo, que pueda crear universos con solo decir una sola palabra?». Y recuerdo haber leído sobre Jesús en el Nuevo Testamento, donde por el sonido de Su voz podía calmar el mar y detener una tormenta o levantar a un hombre de la tumba ordenándole salir de la tumba diciendo: «¡Lázaro, ven fuera!». El poder que se desata cuando Dios habla produce cosas de la nada y vida de la muerte. Y yo dije: «Ese es el carácter de Dios Padre».
Ahora, esa no era la primera vez en la que… había pensado en eso porque el año anterior, en el momento de mi conversión, que dije que sucedió en esa misma escuela y en la misma habitación de la que había salido esa noche, cuando llegué a ser cristiano estaba tan patas arriba que leí la Biblia completa en dos semanas. Y no porque fuera diligente o disciplinado, sino que era como si estuviera leyendo una novela que no puedes dejar de leer. Nunca lo había leído antes, nunca había estado expuesto a ella. Salí del paganismo y tomé la primera página de la Biblia y leí esa primera página, leí la segunda y seguí adelante. La segunda y tercera página. ¡Leí Génesis, Éxodo, Levítico, y seguí hasta el final!
Puedo recordar que en esas primeras dos semanas de mi experiencia cristiana caminé de un lado a otro en los pasillos del dormitorio a las tres de la mañana caminando como un león enjaulado por lo que había leído en el Antiguo Testamento. Porque a pesar de que crecí en los Estados Unidos de América y que asistí a iglesias por razones sociales y todo lo demás, nunca había oído hablar de este Dios del que estaba leyendo en el Antiguo Testamento. ¿Lees mucho el Antiguo Testamento? ¿Te has encontrado con el Dios de Israel? ¿El Dios que abre la tierra y se traga a los que se rebelan contra Moisés? ¿El Dios que envía un diluvio para anegar todo un mundo compuesto de personas rebeldes? ¿El Dios que hace temblar la montaña en el Sinaí con truenos y relámpagos y que dice: «No te acerques aquí. Si tocas esta montaña, morirás?».
Nunca había escuchado sobre ese Dios en las iglesias que asistí cuando era joven. Así que esta fue mi primera exposición al Dios de Israel esas primeras dos semanas, y lo estaba recibiendo todo de sopetón. Entonces caminaba de un lado a otro como un león enjaulado y decía: «¡Guau! Si voy a ser cristiano, tengo que tomarme esto en serio porque este Dios no está jugando». Yo no entendía el concepto con el que estaba luchando en ese momento. Pero realmente, lo que me golpeó en mi lectura inicial del Antiguo Testamento y al escuchar esa clase sobre la postura de Agustín de la creación, fue la santidad de Dios.
No fue el amor de Dios ni la misericordia de Dios, todas cosas maravillosas que tienen que ver con Su dulzura y Su excelencia, sino que fue Su majestad trascendente lo que me estaba impactando. Y yo decía: «Un momento. ¡No sé de qué trata esto! No lo entiendo; nunca me había topado con esto, pero esto es lo que Dios es. Quiero saber más sobre un Dios que es tan majestuoso, que es tan trascendente». Mi profesor me llevó de viaje a Filadelfia a un seminario donde había una serie de conferencias (de nuevo, en mi segundo año) que trataba con cosas filosóficas de peso, que estaban muy por encima de mi cabeza. No sabía lo que estaba pasando en estas conferencias, pero me quedé quieto y escuché cortésmente.
Luego, después de la serie de conferencias de la mañana, fuimos a la cafetería para almorzar. Y resultó que me encontré sentado frente al jefe del Departamento de Filosofía de esta institución en particular y el primer plato de nuestro almuerzo fue sopa. Todos tomamos nuestros pequeños tazones y yo tenía mi pequeño tazón frente a mí y este profesor sentado frente a mí levantó su mirada y me dijo: «Joven, ¿dirías que Dios es trascendente o inmanente?». (Risas) Literalmente escupí la sopa de mi boca porque no sabía lo que significaba la palabra «trascendente». Tampoco sabía lo que significaba la palabra «inmanente».
Pero lo que me estaba preguntando era si Dios es trascendente en el sentido de que Él está muy por encima y más allá de la esfera normal de las cosas humanas que encontramos o si Dios está cerca, al alcance de la mano, algo que podemos abrazar. Ser inmanente. Él me explicó la diferencia entre esas dos palabras y luego me señaló que el Dios bíblico es tanto trascendente como inmanente. Por un lado, está por encima y más allá de todo lo que sea criatura y, sin embargo, en Su posición exaltada, todavía visita a Su pueblo. Él se hace presente en términos de Su Espíritu Santo, en términos de Cristo viniendo a plantar Su tienda entre nosotros, y en términos de irrumpir en nuestras vidas aquí.
Pensé en un pasaje del Antiguo Testamento al que quiero llamar la atención de ustedes por un momento y que tuvo lugar en el libro de Génesis, en la vida de Jacob. Jacob había dejado a su familia y se iba en un viaje para buscar una esposa y se encontraba en medio del desierto, y se nos dice que al final del día, cuando cayó la oscuridad, allí es donde decidió acampar. No tenían un Holiday Inn en cada esquina. Uno viajaba lo más lejos que podía hasta el anochecer, pues después de que oscurecía era demasiado peligroso viajar debido a los merodeadores, ladrones, animales salvajes, etc. Entonces, dondequiera que estuvieras en el desierto, simplemente te acostabas y te ibas a la cama.
Así que eso fue lo que hizo Jacob. Tomó una piedra y la usó como almohada y se fue a dormir allí en medio del desierto. Luego las Escrituras nos dicen que le sobrevino un sueño profundo. Mientras dormía, Dios le dio esta visión de una escalera que se extendía desde la tierra hasta los cielos y vio ángeles que subían y bajaban por esa escalera. ¿Recuerdas esa historia de la escalera de Jacob? Jesús hace referencia a ella en el Nuevo Testamento cuando Natanael se encuentra con Jesús por primera vez y Jesús ve venir a Natanael y lo mira y dice: «Ahí tienen a un verdadero israelita en quien no hay engaño», no hay falsedad.
Natanael dijo: «Espera un minuto. ¿Cómo sabes sobre mí? Nunca te había visto antes». Es como si Jesús hubiera dicho: «Si eso realmente te sorprende, aún no has visto nada. Llegará el día en que verás a los ángeles de Dios ascendiendo y descendiendo sobre el Hijo del Hombre». Deténganse por un momento y piensen en eso. Jesús le dice a Natanael. . . Él está diciendo: «¡Oye, Natanael! ¿Has leído aquella historia del Antiguo Testamento sobre Jacob donde había una escalera que unía el cielo y la tierra, el reino trascendente —el lugar santo de Dios— y este lugar de tierra y polvo, que parece que nosotros no podemos lograr conectar el cielo y la tierra?». Él dijo: «Yo soy esa escalera. Yo soy el puente entre el cielo y la tierra». Eso es lo que Jesús estaba diciendo.
Mientras tanto, volvamos al suelo del desierto donde Jacob está tratando de comprender todo esto y tiene esta visión en la noche. En la visión… leemos lo siguiente: Que el Señor estaba sobre la escalera y dijo: «Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en la que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. También tu descendencia será como el polvo de la tierra. Te extenderás hacia el occidente y hacia el oriente, hacia el norte y hacia el sur; y en ti y en tu simiente serán bendecidas todas las familias de la tierra». Ahora, escuchen esto, esto que dice. Dios le dice a Jacob: «He aquí, yo estoy contigo y te guardaré por dondequiera que vayas y te haré volver a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he prometido».
No sé cómo es con ustedes, pero hay muchas veces en mi vida en las que no siento que Dios esté conmigo. Simplemente no. . . no se siente así. Se siente como si estuviera lejos. A veces pienso que me ha abandonado o que hay algo malo en mí. Recuerdo una vez que fui a predicar en una iglesia donde el ministro estaba en el hospital al otro lado de la calle de la iglesia. Había sido el pastor de esta iglesia durante 30 años y ahora estaba en su lecho de muerte al otro lado de la calle, luchando por su vida, y los ancianos me habían llamado y me habían pedido que fuera a la iglesia y predicara en lugar del pastor.
También dijeron que ese domingo en particular estaban celebrando la santa cena y que yo administrara el sacramento y predicara. Y dije que sí. Toda la semana trabajé en mi sermón porque me di cuenta de que la gente de la iglesia estaba en un estado de crisis. Su líder había caído. Su líder estaba a punto de morir. La persona a la que acudían para su guía espiritual estaba enferma de muerte. Y yo tenía un fuerte deseo de ministrarles… …darles un sermón inolvidable y hacer que la Cena del Señor fuera lo más significativa posible. Y así, llegó el domingo por la mañana y la gente se congregó. Yo di mi sermón y los guie durante la Cena del Señor. Y tengo que decirles que no puedo recordar un solo momento en toda mi vida en el que haya estado más consciente de la ausencia de Dios que ese.
No sentía que estaba predicando realmente. No sentía nada. Las cosas simplemente no me salían. De hecho cuando terminé, quería encontrar un agujero para esconderme y luego cerrarlo. Lo último que quería hacer al final del servicio era ir a la puerta de la iglesia y estrechar la mano de estas personas porque tenía la abrumadora sensación de que los había decepcionado por completo. ¡Y sucedió lo más extraño! Voy a la parte trasera de la iglesia y saludo a la gente. Y persona tras persona pasa junto a mí con aspecto de zombi. Sus ojos estaban vidriosos. Tenían una mirada extraña en su rostro. Y me agarraban la mano y decían: «¡Gracias!». Y uno tras otro me dijeron lo abrumados que habían estado esa mañana por la sensación de la presencia de Dios.
Salí de allí y me dije: «¡Guao! Todos los demás en este lugar sintieron la presencia de Dios menos yo». Dos cosas: A partir de ese día dije: «Nunca en el resto de mi vida voy a depender y confiar en mis sentimientos para determinar si Dios estaba presente. Más bien, voy a confiar en que Dios dice que estará con nosotros, dice que estará conmigo, promete que no me dejará, promete que estará allí cuando lo necesite, incluso si es en el valle de sombra de muerte. Y no importa si lo siento o no». En otras palabras, dije: «Ya no voy a ser un cristiano emocional. Sino que voy a confiar en que el Señor Dios, cuando hace una promesa como esa, que no me dejará ni me abandonará, que Él quiere decir lo que dice y que cumplirá su palabra». Y la otra cosa que pensé es que ocurrió exactamente lo que sucedió aquí en este texto con Jacob.
Escucha lo que sucede. En el versículo 16. «Despertó Jacob de su sueño y dijo: “Ciertamente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía”». Luego dijo: «Cuán imponente es este lugar». ¿Alguna vez has entrado en una iglesia, tal vez en una catedral, donde tan pronto como cruzas el umbral, entras por la puerta, sientes lo mismo que yo sentí esa noche en la capilla esa noche invernal donde experimentas una transición de lo común a lo extraordinario… …Que estás cruzando un umbral de lo secular a lo santo; de lo profano a lo sagrado. Dónde… Sabes… entras y tienes el techo y las piedras y los vitrales, y sientes esa inquietante sensación de la trascendencia.
¿Alguna vez has experimentado eso? Donde nadie tiene que decirte que adoptes una actitud de reverencia. Sabes, intuitivamente, que la reverencia es la única respuesta apropiada. Eso fue lo que dijo Jacob. «Cuán imponente es este lugar». Lo llamó Betel, la casa de Dios. El lugar donde se encontró con un Dios santo y dijo: «Tuve miedo». Esa es una de las cosas que vamos a ver en nuestra serie. ¿Qué tiene la majestad de Dios que provoca terror y temor? Y por qué es que en nuestros días parece que hemos perdido nuestra capacidad de temblar ante Dios. Pero si lees las Escrituras, cada relato de cada persona que alguna vez se encuentra con el Dios vivo, esa persona tiembla ante Él.






