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Transcripción
En nuestro análisis histórico de las controversias que se han producido sobre el tema del libre albedrío, llegamos ahora al hombre que creo que es el estudioso más prodigioso que ha abordado este problema de todos los tiempos, y ese, por supuesto, es Jonathan Edwards. En 1754 Edwards publicó su obra clásica sobre la libertad de la voluntad, y si algunos de ustedes han tenido la oportunidad de leerla, saben que es muy técnica, muy abstracta y muy filosófica. Mezcla un estudio de textos bíblicos junto con una gran cantidad de argumentación filosófica y podría decirse que es la mayor obra de Jonathan Edwards.
En lo personal, creo que es el mejor manejo del tema del libre albedrío que se haya hecho y que nunca ha sido refutado a mi juicio; y recuerden que Edwards fue pastor durante muchos años en su congregación en Northampton, y cuando un hombre de la comunidad sin escrúpulos le hizo acusaciones difamatorias, Edwards fue despedido de su puesto como pastor de esa iglesia en un episodio doloroso en la historia de la iglesia en el cual al dejar Northampton, se fue a Stockbridge y se convirtió en misionero para los indios. En su tiempo libre, mientras ministraba a los indios, se tomó el tiempo para escribir «La libertad de la voluntad», que compuso y completó en un período de tres meses, y eso en sí mismo es asombroso.
Ahora, en este recurso tan importante para estudiar este tema, Edwards trata con la pregunta: «En fin, ¿qué es la voluntad?» porque históricamente era muy común que los estudiosos, antropólogos y filósofos hicieran distinciones nítidas entre estos tres aspectos de nuestra humanidad: la mente, los afectos y la voluntad, o a veces la mente, el corazón y la voluntad, y Edwards estuvo de acuerdo con la necesidad de distinguir entre la facultad de pensar, que es la mente, y la facultad de elegir, que es la voluntad. Así que distingue entre mente y voluntad, pero al hacer esa distinción entre mente y voluntad, Edwards advirtió contra separarlas, y sostiene que la mente y la voluntad están íntimamente interrelacionadas.
De hecho, define la voluntad como «la mente que elige», y esa es una consideración importante porque Edwards, al analizar el funcionamiento de la voluntad, la toma de decisiones humanas y el ejercicio de las elecciones, es decir, lo que está involucrado en la volición, en las elecciones voluntarias, lo miró en primer lugar desde la perspectiva de la ley de causalidad, que enseña que todo efecto debe tener una causa antecedente, que es imposible que un efecto ocurra espontáneamente, ex nihilo, sin una causa, y cuando examinó las elecciones humanas, analizó las elecciones humanas como efectos que requieren causas. Y eso fue lo que hizo que centrara su atención en el asunto que ya hemos tocado en diferentes partes de nuestro curso: la inclinación, la tendencia y la disposición, en otras palabras, que las decisiones que tomamos son tomadas por una razón, y la mente proporciona la razón; y así, las decisiones que tomamos, según Edwards, son decisiones basadas en lo que consideramos bueno para nosotros.
Ahora, cuando usa el término «bueno» allí, no se refiere necesariamente a lo que es moralmente bueno, sino más bien a lo que nos agrada al tomar nuestras decisiones. Consideramos que lo bueno para mí en este momento es elegir lo que más me agrada y escoger lo que yo quiero. Entonces, en términos sencillos, de lo que Edwards está hablando aquí es del papel que desempeña el deseo en la toma de decisiones; pero, de nuevo, el deseo no es algo que pueda reducirse simplemente a un apetito físico, como una experiencia de hambre, sino que la mente está involucrada aquí.
Si, por ejemplo, tengo un antojo físico, un impulso de mi cuerpo para comer, y siento hambre, en términos de apetito, me percato de eso conscientemente, y para mí comer o elegir comer, es porque mi mente está haciendo un juicio sobre lo que es bueno para mí en ese momento o lo que me agrada en ese momento. Y, por supuesto, el juicio de la mente sobre lo que me va a agradar en ese momento puede estar influenciado por mi apetito físico; pero, no obstante, en la elección de comer, la mente no es pasada por alto, y por lo tanto la mente considera, o estima, que una acción particular es buena y agradable para nosotros. Y sobre esa base, se toma la decisión.
Ahora, por supuesto, también es Edwards quien, al analizar todo este proceso de tomar decisiones, llega a la conclusión de que todas las decisiones son causadas por algo. No ocurren ex nihilo, como dije, y lo que causa las decisiones en última instancia son las inclinaciones. Entonces, ese es el primer punto que tenemos que entender: que las decisiones están motivadas o impulsadas por inclinaciones.
Ahora, Edwards entendió que como seres humanos somos criaturas complejas. Tenemos ideas complejas en nuestra mente. Tenemos, a veces, sistemas de valores opuestos con los que estamos lidiando, y también tenemos motivos y deseos complejos dentro de nuestras vidas. Si echamos un vistazo al apóstol Pablo, por ejemplo, cuando explica sus luchas en el capítulo siete de Romanos, dice: «Pues no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico», y suena como si Pablo estuviera diciendo que tiene la habilidad, en y por sí mismo, de hacer algo que realmente no quiere hacer.
¿Es eso lo que está diciendo el apóstol o lo que está diciendo es: «Tengo una guerra dentro de mí entre deseos opuestos e inclinaciones en conflicto. En igualdad de condiciones, siempre quiero obedecer a Cristo. Siempre quiero hacer lo que le agrada. Tengo un deseo de Dios. Tengo un deseo de obediencia. Sin embargo, mi carne tiene deseos contrarios al Espíritu, y a veces sigo los deseos de la carne en lugar del deseo del Espíritu»? Y así, en ese sentido, cuando Pablo reconoce que peca y se rinde a los deseos del viejo hombre, no está diciendo en ese momento que está completamente vacío de cualquier deseo contrario a las cosas de Dios. No, la guerra continúa; y así es como Edwards entiende la forma en que Pablo habla de esta situación diciendo: «El bien que quiero, no lo hago».
Ahora, Edwards llenó los espacios en blanco del texto y le dijo al apóstol: «La razón por la que no haces el bien que quieres es porque hay un “no quiero” que es más fuerte en el momento de tu pecado que el que tienes de hacerlo. Es decir, hay un conflicto de inclinaciones». El punto apremiante de Edwards es este: que siempre y en todas partes, en cada situación volitiva en la que nos encontramos, elegimos según nuestra inclinación más fuerte en el momento. Esto es importante, nuestra inclinación más fuerte en ese momento.
Algunas personas ven esto y dicen: «Bueno, ¿no significa eso que ya lo hemos determinado?». Como ya expliqué anteriormente en esta serie, hay una diferencia entre el determinismo, por el cual nuestras decisiones están controladas por fuerzas externas que nos coaccionan, entre el determinismo y la autodeterminación, por el cual las decisiones que tomamos están determinadas por nosotros, no por algo fuera de nosotros mismos; pero aún así, a lo que Edwards quiere llegar es a que las decisiones están determinadas en el sentido de que son causadas por algo, y por lo que son causadas es por ti y tus deseos y por lo que tu mente considera más bueno para ti en este momento o más agradable. De nuevo, dice Edwards: «Siempre elegimos según la inclinación más fuerte que tenemos en ese momento».
Ahora, entendemos que el deseo es algo variable, y hay un continuum de deseos en nuestros corazones. Algunas cosas ocasionan deseos intensos y ardientes en nosotros, otras solo inclinaciones leves, pero cuando llega el momento de la elección, el que sea más fuerte es el que seguimos. Eso no niega la libertad, según Edwards, pero esa es la esencia de la libertad, es decir, tener el poder o la capacidad de elegir según tus inclinaciones, elegir lo que quieres, elegir lo que la mente considera bueno para ti en ese momento. Si tu mente considera que algo es preferible, y tienes una inclinación a elegirlo pero no tienes la capacidad de elegirlo, entonces de hecho no eres libre. Pero la esencia misma de la libertad es poder elegir según lo que quieras en el momento.
Ahora, la idea de que siempre elegimos según nuestra inclinación más fuerte toma en cuenta esta idea del continuo. Daré un par de ejemplos de eso. Me pongo a dieta porque, en igualdad de condiciones, sé que sería lo mejor para mí, el médico no tiene que discutir conmigo largo y tendido para convencerme de que sería mejor para mi salud general si perdiera 30 libras, no solo para mi salud general, sino también para mis dolores de espalda y todo lo demás; que mi condición física mejoraría drásticamente si pierdo 30 libras. Y no solo eso, sino que cosméticamente me vería mejor. Mi ropa me quedaría mejor.
Puedo darte una serie de razones positivas por las que estaría bien perder 30 libras, y si el médico dijera: «¿Quieres perder 30 libras?» Yo diría: «Sí, tengo el deseo de hacer eso». Y ese deseo, sin embargo, cambia en su grado de intensidad de un momento a otro. Después de tener una gran fiesta el día de Acción de Gracias, y con mi estómago saciado, habiendo satisfecho completamente mi hambre, no siento una fuerte necesidad de comer, y en ese momento, mi deseo de perder peso aumenta y se intensifica, por lo que no como durante las próximas seis horas. Pero seis horas después, mi deseo de comida cambia, y en igualdad de condiciones, no quiero agregar más peso, quiero perder peso, pero de repente todas las cosas ya no son iguales.
Llega un momento en que mi deseo por ese helado de chocolate es mayor que mi deseo de perder peso, y en el momento en que eso sucede, ¿qué hago? Me como el helado de chocolate porque eso es lo que quiero hacer, y me parece bien en ese momento hacerlo. Así es como funciona el conflicto de deseos. Ahora, eso es fácil de ver cuando tienes un conflicto de deseos físicos como ese, pero tomaste una decisión: aquellos de ustedes que están en la audiencia aquí o que lo están viendo por video, quizás están sentados en algún lugar en una silla. ¿Por qué estás sentado donde estás sentado? Dices: «Bueno, fue completamente arbitrario. No pensé en dónde quería sentarme. Entré y me senté donde quería, y luego entró el camarógrafo y me hizo moverme. Ya sabes, me coaccionó».
Pero, ¿por qué estás sentado en la parte de atrás de la sala o al final del pasillo, o en el medio del pasillo, o en la parte delantera de la sala? ¿Por qué? No fue porque vinieras a esta reunión cuatro horas antes y te quedaste afuera esperando que se abrieran las puertas para asegurarte de que pudieras tener el asiento que querías. Puedes hacer eso si vas a escuchar a los Tres Tenores o vas a un partido de baloncesto o algo así, tomas medidas extraordinarias para satisfacer tu deseo de tener un asiento en particular, pero en una conferencia como esta, entras en la sala, ves un asiento que está libre, vas y lo tomas, no es gran cosa.
Lo que te estoy sugiriendo es que hay una razón para esa elección, y la razón puede estar motivada por una pequeña y débil inclinación en ti. Puede ser que no te guste sentarte en la parte delantera de la sala porque es posible que te llamen y te sientes más cómodo en la parte de atrás de la sala, o puede ser que te guste sentarte en el extremo de la fila porque te pones un poco claustrofóbico si estás apretado en el medio, o lo que sea. Hay todo tipo de razones por las que la gente elige sentarse, de hecho, han hecho estudios de bancos vacíos en el parque Central Park donde dejan un banco vacío y una cámara oculta, y observan a las personas que llegan y se sientan, y muchos de ellos se sientan en un extremo.
Otros se sientan justo en el medio, y luego comienzan a entrevistar a las personas para averiguar por qué se sentaron en el extremo del banco cuando eran la única persona allí, o por qué se sentaron en el medio. El tipo que se sentó en el medio dice: «Bueno, esperaba que alguien más viniera y se sentara porque estaba buscando compañía, tener alguna conversación». El otro dijo: «Quería que me dejaran solo, así que me quedé en el extremo del banco». Hay razones por las que hacemos estas cosas aparentemente inocuas. Puede que no sean intensas, pero el punto que Edwards está haciendo es que sin una inclinación, no habría decisión.
Ahora, en ese momento, está argumentando con filósofos paganos y con algunos teólogos que arguyen que el hombre no es realmente libre a menos que la voluntad sea totalmente indiferente. Si la voluntad no es totalmente indiferente, sino que tiene una propensión, disposición o inclinación previa, no se puede decir realmente de ella que es libre, es decir, que a menos que tenga el mismo poder u oportunidad de ir a la izquierda o a la derecha, no es realmente libre.
Les recuerdo la historia de «Alicia en el país de las maravillas» cuando llega a la bifurcación del camino y titubea. No sabe si ir a la izquierda o a la derecha, y mientras reflexiona en su condición, mira hacia arriba y ve al gato de Cheshire sonriéndole desde el árbol. Y entonces le dice al gato: «¿Qué camino debo tomar?» y el gato dice: «Eso depende. ¿A dónde te diriges?», y Alice dice: «No lo sé». Y el gato dice: «Entonces no importa». Es decir, si no tienes un destino en mente, si no tienes ninguna razón para ir en un sentido u otro, ¿qué diferencia hace? Sería algo completamente indiferente, así que puedes tomar cualquiera de los dos caminos.
Pero Edwards dice: «Una decisión indiferente es un concepto irracional por dos razones. Uno, si elijo una cosa sobre otra sin razón alguna, de una manera completamente arbitraria, ¿cómo tendría eso un significado moral?». Porque Edwards entendía que bíblicamente, el tema de la intención y la intencionalidad es esencial para una decisión moral, para un acto voluntario. No elegimos que nuestros corazones latan a un cierto ritmo. Esa es una acción involuntaria de nuestros cuerpos. Para que sea una decisión moral, tiene que haber una razón o una intención detrás de ella.
Pero Edwards va más allá y dice: «Si no hay inclinación en un sentido u otro, no solo sería imposible tener una elección moral, sino que sería imposible elegir en absoluto porque ahora la elección no tendría causa. Habría un efecto sin causa, y eso es imposible». Lo que está diciendo es que tanto filosóficamente como teológicamente, la idea de una elección indiferente es un concepto sin sentido.
Finalmente, Edwards es quizás más famoso por su distinción entre lo que él llama nuestra capacidad natural y nuestra capacidad moral. Esta distinción es muy similar a la distinción que Agustín hizo siglos antes entre el libre albedrío y la libertad. Edwards dice que «Tenemos la capacidad natural de tomar decisiones. Como seres humanos, es parte de nuestra naturaleza ser criaturas volitivas. Tenemos una facultad de elegir que se llama “voluntad”, y la voluntad no es forzada o coaccionada por actores externos, por lo que en la medida en que tenemos la capacidad por naturaleza de tomar decisiones, tenemos una capacidad natural».
No tenemos la capacidad natural de volar por el aire sin la ayuda de máquinas porque por naturaleza no hemos estado equipados con alas y plumas y todo ese tipo de cosas; pero como seres humanos con voluntad, tenemos la capacidad natural de tomar decisiones. Lo que nos falta, según Edwards, es la capacidad moral de elegir las cosas de Dios. ¿Por qué? Porque en la caída hemos perdido nuestro carácter, nuestro deseo y nuestra inclinación por Dios.
La razón por la que el hombre no puede elegir a Dios a menos que Dios lo elija primero es simplemente porque el hombre no elegirá a Dios, y no podemos elegir lo que no queremos, por lo que el problema con nosotros en nuestro pecado original se encuentra, según Edwards, en el deseo. La Biblia dice que «Los deseos del corazón son solo hacer siempre el mal». No tenemos ningún instinto, inclinación o disposición natural hacia Dios sino hasta que el Espíritu Santo lo cree dentro de nuestras almas.






