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Transcripción
El verano pasado tuve la oportunidad de visitar Roma, la ciudad eterna, visité todos los sitios históricos y lo que más me llamó poderosamente la atención fue la mezcla de los monumentos. Por un lado, tenías todos los monumentos históricos dedicados al poder secular del Imperio romano y por otro lado, tenías todos esos monumentos que quedaron registrados… de los… primeros días de la Iglesia cristiana. Fue como un ejercicio de contrastes en el que vemos una intersección, no, no solo una intersección, una colisión entre las fuerzas seculares de este mundo y las cosas de Dios.
Creo que el momento más dramático para mí, en mi visita a Roma, fue cuando miré el Foro Romano, las ruinas del Foro Romano, donde el Senado se sentaba y se reunía para decidir las políticas del Imperio romano. Tenían todos los bustos remanentes de los Césares famosos. De Julio César, César Augusto, Nerón, Flaviano, Diocleciano, Tito y todos los demás. Y luego, justo al otro lado de la calle, había una zona poco conocida en la que había que bajar bajo tierra a lo que originalmente era una cisterna excavada en la roca, un lugar que contenía agua para la ciudad.
Yo entré en ese lugar, ese agujero en el suelo, justo al otro lado de la calle del Foro. Y me di cuenta de que todos los turistas estaban ocupados mirando el Foro y nadie se amontonaba alrededor de este lugar que yo quería ver. Pero en ese agujero en la tierra, en esa cisterna, estaba el lugar donde el apóstol Pablo estaba prisionero mientras esperaba ser ejecutado por Nerón. Pensé: «Estoy parado en el lugar donde Pablo estuvo encadenado y donde Pablo, que no tiene un monumento dedicado a él aquí en el Foro, representaba algo que sobrevivió con creces al poder de la Roma imperial».
Recuerdo que la ciudad de Roma, según la leyenda y según la tradición de los romanos, comenzó siglos antes del primer siglo con la historia de Rómulo y Remo. Y cuatro años antes de que se fundara ese pueblo, según los historiadores romanos, el profeta Isaías, en Israel, tuvo una experiencia que cambiaría su vida para siempre y cambiaría la historia para siempre, cuando predijo durante su ministerio: la venida del Cristo que trastornaría al Imperio romano. El registro de eso lo encontramos en el libro de Isaías en el capítulo 6, donde nos dice lo que sucedió en esa ocasión. Leemos: «En el año de la muerte del rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de Su manto llenaba el templo».
Él señala que esta experiencia que tuvo ocurrió el año en que un rey en particular murió. Su nombre era Uzías. Quizá no has oído hablar del rey Uzías, has oído de David, de Saúl, de algunos de los otros reyes, quizás de Ezequías. Pero Uzías reinó durante más de 50 años. Imagina tener el mismo rey cuando vas a la escuela; el mismo rey está en el trono cuando te gradúas de la secundaria; el mismo rey está ahí cuando te casas; el mismo rey sigue cuando tienes hijos; el mismo rey sigue cuando tu hija se casa. ¡Cincuenta años! ¡El mismo rey! Cuando murió, fue un momento de trauma para el pueblo de Israel. E Isaías dijo: «En el año de la muerte del rey Uzías vi yo al Señor».
Aquí hay algo importante que fácilmente podríamos pasar por alto. Cuando dice: «Vi yo al Señor», la palabra Señor se escribe así en el texto que estoy leyendo. S mayúscula y en minúsculas: e, ñ, o, r. Luego, en el siguiente versículo, habla de ver al Señor y allí se escribe todo en mayúsculas, S E Ñ O R. Ahora, ¿por qué es así? ¿Por qué ves la misma palabra escrita de manera distinta en el texto? Cada vez que ves eso en la Biblia, lo que el traductor trata de decir es que a pesar de que en español se usa la misma palabra, hay dos palabras hebreas distintas detrás del texto que son traducidas para la palabra «Señor». Y cuando ves la palabra «SEÑOR» en letras mayúsculas – S, E, Ñ, O, R – eso generalmente indica que la palabra hebrea que está en el texto es la palabra «Yahvé», que es el nombre sagrado de Dios. No es Su título, es Su nombre.
¿Recuerdan cuando Moisés se encontró con Dios en el desierto y Dios le habló desde la zarza ardiente y Moisés le dijo a Dios: «¿Quién eres? ¿Cuál es tu nombre?». Dios le respondió diciendo: «YO SOY EL QUE SOY». Yahvé. YO SOY. Y dijo: «Con este nombre se hará memoria de Mí de generación en generación». Ahora, ese nombre «Yahvé» es el que está protegido por la ley de Dios, por los Diez Mandamientos. Uno de los mandamientos, ¿especifica qué? «No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano». Si te pidieran que escribas una constitución para una nación que comienza y solo pudieras incluir diez leyes en esa constitución, ¿incluirías la prohibición contra el mal uso o el uso irreverente del nombre de Dios?
Cuando Dios creó una nación, Su nación, y dio Su ley a Su pueblo, Él tenía las leyes normales contra matar y contra robar y ese tipo de cosas, pero incluida en las diez leyes principales estaba esta ley: «No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano». En el Nuevo Testamento, los discípulos se acercan a Jesús y le dicen: «Señor, enséñanos a orar». ¿Recuerdan eso? Y Jesús nos da el Padre nuestro. Les haré una pregunta: ¿Cuál es la primera petición del Padre nuestro? ¿Qué fue lo primero por lo que Jesús dijo a sus discípulos que oraran? Recordemos el Padre nuestro. ¿Cómo es? «Padre nuestro, que estás en los cielos…» Ese es el destinatario. Así es como comienzas la oración invocando a Dios, diciendo quién es, etc. A Él estamos orando. «Padre nuestro que estás en los cielos». La primera petición: «Santificado sea tu nombre». ¿Qué significa eso?
Jesús está diciendo que cuando ores, lo primero por lo que debes orar es que el nombre de Mi Padre sea tratado con reverencia; que sea considerado como santo, porque en verdad santo es Su nombre. Esas son las mayúsculas S, E, Ñ, O, R. Yahvé. El nombre sagrado —que antes de mencionar el nombre de Dios, debemos hacer una pausa y hablar de Él solo con reverencia. Sé que las cosas no son así en nuestra cultura. Puedes encender la televisión, la radio, puedes ir al cine y hay ciertas cosas que están prohibidas en la radio, cierto tipo de lenguaje que puedes escuchar en las películas pero no en la radio.
Pero todavía está bien en la radio usar la palabra «Dios» de una manera frívola, ligera y casual. Porque en nuestra cultura no tenemos un sentido de que el nombre de Dios es santo. Tienes que examinar tu propia práctica porque nada, nada revela más claramente cuál es la actitud de tu corazón hacia Dios que cómo usas Su nombre. No hay forma de que puedas ser una persona que ha sido atrapada por el carácter de Dios, la santidad de Dios, y darte la vuelta y usar Su nombre de una manera blasfema. No puedes hacerlo.
El otro nombre realmente no es un nombre, es un título. S mayúscula y minúsculas e, ñ, o, r. Por lo general, cuando ves ese título en español, lo que se encuentra detrás de él en el texto hebreo es alguna forma de la palabra hebrea «adon»: Adonai. Los judíos del Antiguo Testamento tenían toda una lista de títulos que usaban para Dios. Dios era el rey, Él era esto, Él era aquello. Y, sin embargo, el título favorito que estaba reservado para Dios en el Antiguo Testamento era este título «Adonai». Y lo que significa es «el que es absolutamente soberano». El que gobierna todas las cosas. Es incluso un título más alto que el título de «rey». Y estas palabras se encuentran unidas en varios lugares del Antiguo Testamento, en especial en los salmos.
En el Salmo 8, por ejemplo, donde el salmista dice: «Oh SEÑOR, Señor nuestro, cuán glorioso es Tu nombre en toda la tierra». Y sigue diciendo, si lo miras en hebreo, «Oh Yahvé, nuestro Adonai». «Oh Dios, nuestro Soberano, cuán majestuoso es tu nombre en toda la tierra». Ahora, la ironía aquí es que en Israel el rey ha muerto. Y humanamente hablando, era Uzías quien era el soberano en Israel. ¡Pero está muerto! Y ahora Isaías puede mirar más allá del velo y tiene una visión de la cámara interior del cielo mismo y no ve a Uzías. ¿Qué ve? Él ve a Adonai, alto y sublime, levantado allí en Su trono celestial. Y leemos en el texto que dice: «Y la orla de Su manto llenaba el templo». Sus vestiduras eran tan magníficas que no se plegaban sobre el borde del trono ni quedaban allí, sino que continuaban y llenaban todo el santuario.
Luego leemos en el texto que «por encima de Él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban». Ahora Isaías nos da una descripción gráfica de estos seres angelicales cuya tarea específica es ministrar en la presencia de Dios en el cielo. Los describe con términos un tanto extraños: ¡que estas criaturas celestiales tienen seis alas! Y estas alas tienen funciones específicas. Ustedes saben que cuando Dios hace criaturas, las diseña de acuerdo con el equipo que necesitan para su entorno. Por ejemplo, cuando hace aves, les da alas, les da plumas, etc., para que puedan volar por el aire.
Nosotros no tenemos alas. No tenemos plumas. No somos aves. Cuando hace peces, les da escamas y branquias y todo ese tipo de cosas, y aletas porque nadan en el agua. Ahí es donde viven. Cuando Dios hace a los ángeles para que estén en Su presencia inmediata, los diseña y hace con todo aquello que necesitan para su entorno. Así que les da seis alas. No necesitan seis alas para volar. ¿Para qué necesitan seis alas? ¿Qué dice? Con dos se cubrían el rostro. Es algo increíble para mí que incluso los ángeles de Dios que están en la presencia inmediata de Dios necesiten apéndices especiales para cubrir su rostro del brillo de la gloria de Dios.
¿Recuerdan a Moisés cuando él subió a la montaña y tuvo la oportunidad de hablar con Dios, por así decirlo, cara a cara, pero eso es solo una forma de hablar? En realidad no era capaz de ver el rostro de Dios, y le pidió por algo grande. Moisés había estado en el Éxodo y había estado en el Mar Rojo y todo eso. Había visto a Dios hacer todos esos portentos. Ahora está solo con Dios en la montaña y dijo: «Está bien, Dios, no hay nadie alrededor. Déjame ver tu gloria. Déjame verla con mis propios ojos». ¿Y qué dijo Dios? «Oye Moisés, te digo una cosa. Acércate y tallaré un pequeño nicho, un lugar hueco en la roca y te pondré en esa roca y te cubriré. Y luego pasaré y te dejaré echar un vistazo momentáneo y breve a mis espaldas, pero Mi rostro no lo podrás ver. ¿No sabes, Moisés, que nadie puede mirar Mi rostro y vivir? Puedes disfrutar de Mi presencia, pero no puedes verme».
De modo que Dios hizo exactamente lo que dijo y vino y por un segundo Moisés echó un vistazo a las espaldas de la gloria de Dios. ¿Qué pasó con el rostro de Moisés? El rostro de Moisés comenzó a brillar. Su semblante comenzó a brillar tan intensamente que cuando bajó de la montaña, ya sabes, la gente decía: «¡Cúbrete la cara, Moisés!». Porque había estado en la presencia de la gloria de Dios. Una de las cosas más increíbles que puedes hacer cuando estudias las Escrituras es comenzar en el Antiguo Testamento y pasar por el Nuevo Testamento y notar cada vez que la Biblia habla de la gloria de Dios manifestada visiblemente. Como la noche en que Cristo nació, y la gloria de Dios los rodeó de resplandor. Y los pastores estaban aterrorizados porque estaban contemplando un espectáculo de luz y sonido como nadie en su generación había visto jamás.
Cuando Dios manifiesta la luz de Su gloria, es abrumador. Ni siquiera los ángeles pueden mirar directamente a la cara de Dios. Tienen que cubrirse los ojos. Con dos, nos dice, con dos de las alas cubrían sus pies. ¿Por qué? Recuerden una vez más a Moisés cuando estaba en el desierto madianita y Dios vino a él en la zarza ardiente y cuando habló por primera vez con Moisés, ¿qué le dijo? «¡Moisés, Moisés!… quita las sandalias de tus pies, porque el lugar donde estás parado es tierra santa». «¡Quítate los zapatos!». ¿Por qué? ¿Cuál es el problema? ¿Qué lo convierte en tierra sagrada?
¡Ciertamente no es la presencia de Moisés lo que la hace tierra santa! Lo que lo hace santo es que Dios penetró en el planeta en ese punto. Dios se encuentra con Moisés en ese momento. Y Él dice: «Quítate los zapatos». ¿Por qué? Bueno, miren el significado, el significado simbólico, de los pies de los seres humanos en la Biblia. ¿Qué nos dice la Biblia en términos de nuestros orígenes? Somos de la tierra, terrenales. Venimos del polvo. Tenemos pies de barro. Son nuestros pies los que, por así decirlo, están unidos al mundo. A esta tierra. De modo que los pies en el simbolismo de la literatura bíblica apuntan al hecho de que somos criaturas.
Aun los ángeles, tan exaltados como son en su estatus, siguen siendo criaturas. Cuando están en la presencia inmediata de Dios, tienen que cubrir su condición de criaturas. Tienen que cubrirse los pies. Tienen que cubrirse la cara y con dos alas vuelan. Pero cuando miramos este texto, lo más importante que encontramos en él no es una lección sobre la anatomía de los ángeles o los serafines. No es a cómo están hechos a lo que quiero que realmente presten atención en términos de lo que está sucediendo aquí en este texto. Es su mensaje. Es lo que dicen los ángeles.
Lo que estamos diciendo, escuchen cómo es que Isaías lo describe. Dijo: «Y el uno al otro daba voces, diciendo: “Santo, Santo, Santo, es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de Su gloria”». De modo que los ángeles ahora en la presencia de Dios están cantando el uno al otro en respuesta antifonal: «Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de Su gloria». Ahí está de nuevo. Pero, de nuevo, esta es una de esas cosas que podemos leer en la traducción al español mil veces y perder el punto. Porque hay un recurso literario aquí que no quiero que pierdan de vista.
Cuando escribo en español y llego a un lugar en la página donde quiero enfatizar la importancia de algo, tengo todo tipo de pequeñas técnicas que puedo usar para llamar la atención sobre la importancia de una declaración en particular. Puedo subrayarlo, puedo ponerlo en cursiva, ¿verdad? Puedo ponerlo entre comillas, entre corchetes, poner las letras en negrita, poner una docena de signos de exclamación. . . ¡No hagas eso! Solo usa signos de exclamación para las exclamaciones, ¿de acuerdo? Estos son los pequeños recursos que usamos para indicarle al lector: oye, esto es importante, no te lo pierdas.
Los judíos también tenían todos esos pequeños trucos. Pero tenían otro. Si querían comunicar que algo era importante, simplemente lo repetían. ¿Qué tal en el Nuevo Testamento cuando Jesús enseña a Sus discípulos y a veces lo escuchas decir: «En verdad»? . . . ¿Qué? Dime. ¿Sólo dice «en verdad te digo?» o… «¡en verdad, en verdad!»? Lo dice dos veces. «En verdad, en verdad» o como en la traducción antigua: «De cierto, de cierto». En el texto se usa «amén, amén» de donde obtenemos la palabra «amén». La forma en que decimos «amén» es cuando termina la oración y decimos «amén» o si nos gusta lo que dice el predicador, podemos decir «amén». Pero Jesús dice «amén» antes de dar su sermón. Lo dice en lugar de ellos. Él dice: «Amén, amén». Es decir, «Esto es cierto. Esta es la verdad».
Ahora escuchen. «En verdad, en verdad». Lo dice dos veces. Pablo escribe a los gálatas y les dice: «Oh gálatas insensatos, ¿quién los ha fascinado?» porque iban tras otro evangelio. ¿Y qué les dice? «Si alguno les predica otro evangelio diferente al que les hemos anunciado, sea maldito. Que sea anatema. ¡Anatema!». ¿Qué dice después? «También repito ahora: si alguien les anuncia un evangelio contrario al que recibieron, sea anatema». Lo repite.
Un estudioso del Antiguo Testamento en Inglaterra, Alec Motyer, escribió un comentario sobre Isaías. Cuenta la historia de un texto del Antiguo Testamento donde se encuentra este extraño pozo donde algunos traductores lo tradujeron como un pozo de asfalto; otro como un pozo de betún; otro como un gran pozo; otro como un profundo pozo. Y yo dije: «¿Por qué todas estas traducciones diferentes?». Lo que Motyer señaló fue que lo que tienes en el hebreo es solo la palabra hebrea para «hoyo» repetida. Pero no tendría sentido en español traducir que las personas venían a este pozo pozo.
¿Qué rayos es un pozo pozo? Bueno, en términos hebreos, para el judío hay pozos y luego hay pozos pozos. Una cosa es caer en un pozo. Estás en problemas si te caes en un pozo. Pero si caes en un pozo pozo, estás en graves graves problemas. Porque un pozo pozo es el pozo más lamentable que te puedas imaginar. Pero así es como el judío enfatizaba algo al describirlo. Lo repetía. Como ven, los ángeles no dicen aquí que Dios es santo. No están satisfechos con decir que Dios es santo, santo. Sino que su mensaje es que Él es santo, santo, santo. Esta es la única vez en toda la Biblia que un atributo de Dios es elevado a la tercera potencia, elevado al nivel superlativo.
La Biblia no dice que Dios es amor, amor, amor o justicia, justicia, justicia o misericordia, misericordia, misericordia, sino que Él es santo, santo, santo. Ahí es donde está el énfasis. ¿Y qué sucede en este mensaje? Leemos en el versículo cuatro que «se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo». Estos elementos inanimados del edificio, las puertas, los postes, tiemblan ante la presencia de Dios en su santidad. Y después Isaías grita.
En el Antiguo Testamento, cuando Dios pronunciaba su juicio sobre las personas, usaba una fórmula llamada oráculo. Era el oráculo de condenación. Usaba la palabra «ay». «¡Ay de ti, Damasco!» «¡Ay de ti Israel, lo que sea». Pero aquí, cuando Isaías ve la majestad revelada de Dios, pronuncia una maldición sobre sí mismo. «¡Ay de mí! ¡Estoy arruinado! Me estoy cayendo a pedazos porque soy un hombre de labios inmundos. Tengo una boca sucia y vivo en medio de un pueblo de labios inmundos».
¿Por qué hace esto? Este es el punto: que Isaías nunca, nunca, nunca supo quién era Isaías sino hasta que descubrió quién era Dios. Realmente no sabemos quiénes somos sino hasta descubrir quién es Dios. Y cuando descubrimos quién es Dios, vemos la evidente diferencia entre Su santidad y nuestra corrupción. De eso se trata el mensaje de las Escrituras, y de cómo Dios aborda esa brecha entre quién Él es y quiénes somos nosotros.






