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Transcripción
Hace unos años se realizó una encuesta en las afueras de Chicago en la que se visitó a personas que en algún momento de sus vidas habían sido miembros de iglesias cristianas pero que abandonaron su membresía, por lo que el cuestionario entregado a estas personas incluía preguntas como estas. La pregunta principal era: ¿Por qué dejaste de ir a la iglesia? Y cuando llegaron los resultados, tabularon las respuestas que dieron un par de miles de personas y la respuesta número uno que dio la gente para abandonar la iglesia fue esta: La iglesia es aburrida. La respuesta número dos dada por estas personas que dejaron de ir a la iglesia fue la respuesta: la iglesia es irrelevante.
Déjame hacerte una pregunta: ¿Alguna vez has tenido la sensación de que la Iglesia es aburrida? ¿Alguna vez te has aburrido en la iglesia? ¡No mientas! ¿Alguna vez has sentido que lo que estaba sucediendo en la iglesia era irrelevante? Cuando llegas a preguntarte: «¿Qué rayos estoy haciendo aquí?». Bueno, cuando escuché los resultados de esa encuesta, pensé nuevamente en las narrativas que encontramos en la Sagrada Escritura, particularmente en el Antiguo Testamento, de lo que sucede cuando las personas se encuentran con Dios. Ya vimos lo que le sucedió a Isaías cuando se le concedió una manifestación evidente del carácter de Dios.
Permítanme preguntarles esto. ¿Estaba aburrido? ¡No! ¡Imposible! Estaba postrado, gritaba de dolor, y decía: ¡Ay de mí! ¿Cómo respondió Job cuando Dios se le manifestó? Job dice: «Ya no diré nada más. Tomaré mi mano y la colocaré sobre mi boca. Me arrepiento en polvo y ceniza». Habacuc subió a su atalaya, ¿recuerdan? Y levantaba su puño ante Dios exigiendo respuestas de Dios. Finalmente Dios vino a él y Habacuc dijo: «Cuando vino, mis labios temblaron, mi vientre tembló. Carcoma entró en mis huesos».
Lo estudias y te das cuenta de que no todos los que se encuentran con Dios en las Escrituras tienen la misma reacción. Algunos tiemblan, otros se emocionan, otros se regocijan, algunos caen al suelo y se desmayan, etc. Pero nunca, nunca encontrarás en la Biblia un ejemplo de alguien que se encuentre con el Dios vivo y se aburra. Porque no hay nada menos aburrido en toda la realidad que Dios mismo. ¿Te imaginas a alguien como Isaías, tener la experiencia de ver a Dios alto y sublime, y salir de esa situación, salir a la calle, y decir: «Hmm… ¿Y ahora qué? ¿Eso es todo? ¡Eso fue irrelevante!».
Si Dios es santo, de hecho, si Dios existe, eso es todo lo que tenemos que decir, esa es la afirmación más relevante que cualquier criatura puede entender. Por eso es que me impacta tanto cuando la gente dice que la razón por la que no van a la iglesia y que abandonan la iglesia es porque están aburridos y porque lo encuentran irrelevante. Eso me dice una cosa. Me dice que cuando van a la iglesia, no están teniendo ningún tipo de encuentro con el Dios vivo. Van a una reunión humana que se centra en los humanos y no en Él.
También hablé con una señora de San Francisco que ejerce como psicóloga. Se acercó a mí y estaba muy enojada. Estaba enojada con su ministro. Y le dije: «¿Qué pasa?». Ella me dijo: «Estoy convencida de que nuestro ministro hace todo lo que está a su alcance para ocultarnos el verdadero carácter de Dios». Le dije: «¿Qué quieres decir?». Ella dijo: «Bueno, él nunca habla de la ira de Dios. Nunca habla de la justicia de Dios. Nunca habla de la soberanía de Dios y ciertamente nunca habla de la santidad de Dios. De lo único que habla es de la bondad de Dios, del amor de Dios y de la misericordia de Dios. Simplemente nos dice lo que queremos escuchar. Pero tiene miedo de que si predica todo el consejo de Dios y expone todo el carácter de Dios tal como Dios se revela en las Escrituras, la gente se molestará y dejará de ir a la iglesia».
Esa es nuestra versión moderna de la idolatría. En el mundo antiguo, la idolatría era practicada por personas que entraban en su taller, tomaban un trozo de madera y luego tomaban su cuchillo, lo afilaban y tallaban, cepillaban el bloque de madera con la figura de una persona o algún tipo de animal; luego dejaban el cuchillo y pulían bien la madera. Después sacaban la escobilla y barrían el aserrín y las virutas de madera y luego lo echaban a la basura y guardaban el cuchillo en el armario.
Cuando terminaban, se arrodillaban frente a este bloque de madera y le hablaban para pedirle que los protegiera y que les satisfaga sus necesidades. ¿Qué podría ser más tonto? Bueno, somos más sofisticados que eso. En lugar de hacer ídolos de piedra o de madera, lo que hacemos es ir a las Escrituras con tijeras y pegamento, y preparamos para nosotros mismos un dios que ha sido despojado de los atributos que no nos gustan; los atributos que nos asustan.
Recuerdo que una vez di una conferencia sobre la santidad de Dios y una viejecita levantó una objeción al final y dijo: «Bueno, mi Dios es un Dios de amor». Yo le dije: «Bueno, ¿cuántos dioses hay? ¿Hay uno para ti y otro para mí?». Le dije: «¿Es Dios como un restaurante bufé en el que puedes ir con tu bandeja por la fila y tomar los atributos de Dios que te gustan: una cucharada de amor, una cucharada de bondad, una cucharada de misericordia y un cucharón de gracia, y luego pasas por alto la soberanía, la justicia, la ira y la santidad?».
¿Ven? El mismo lugar donde descubrimos que Dios es un Dios de amor es la misma fuente que nos dice que Él es santo. Así que nos guste o no, el Dios que es, es un Dios que es santo. Y si vamos a relacionarnos con Dios tal como es, tenemos que tomar en serio Su santidad. ¿De qué estamos hablando? ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que Dios es santo? ¿Qué te viene a la mente cuando piensas en la palabra santo? ¿Qué significa ser santo? La respuesta más simple que puedo ofrecer a eso, la aprendí con la primera oración corta que aprendí en mi familia cuando era un niño pequeño.
Mi abuela visitaba nuestra casa e insistía que antes de cenar teníamos que decir una oración corta de gratitud, y ella me enseñó esta oración corta de gratitud. . . que… podía usar antes de que se sirviera la cena, y decíamos esto, nunca pude entender realmente cómo funcionaba esto, pero era: «Dios es grande, Dios es bueno, y le agradecemos». Ayúdenme, «por esta comida». Pero mi abuela decía «centeno» para hacer que rimara. «Dios es grande, Dios es bueno, démosle gracias por este centeno». Porque «bueno» y «centeno». Ya saben. Así que de todos modos, esa fue la primera oración.
No tenía ningún entendimiento teológico de eso, pero esa oración para niños dice dos cosas sobre Dios. Dice que Él es grande y dice que Él es bueno. En términos bíblicos tenemos una palabra que captura ambas ideas sobre Dios. Es la palabra «santo». Por lo general, cuando le pido a la gente que defina la santidad o la palabra «santo», responden a mi pregunta de esta manera: Dirán, bueno, ser santo significa ser «realmente bueno» o «realmente justo» o de hecho ser «perfectamente puro». Sin ningún defecto, sin nada que ensucie nuestro carácter, etc. Y así, ser realmente santo es ser perfectamente puro.
Ahora, la Biblia usa el término «santo» de esa manera. Cuando la Biblia dice: «Sean santos como Dios es santo», a eso es que se está refiriendo ahí. Se supone que debemos mostrar y reflejar el carácter de Dios, Su justicia, se supone que debemos comportarnos de tal manera que refleje Su propio comportamiento. Pero ese es el significado secundario del término «santo» en la Biblia. Es un uso legítimo de la palabra «santo» y una de las formas en que se usa de hecho, pero en términos de frecuencia numérica, es el segundo. El significado principal del término «santo» se refiere a lo que llamaríamos la «otredad» de Dios. La grandeza de Dios. El sentido en el que Dios es diferente de ti, de mí y de cualquier cosa en este orden creado. Ahora, se refiere a Su majestad trascendente. Esa majestuosidad que está por encima de cualquier cosa en el reino creado.
Ahora, a veces, cuando hablamos de Dios, particularmente cuando enseñamos teología y cosas de ese tipo, podemos definir a Dios como el Ser Supremo. Nos definimos a nosotros mismos como seres humanos. ¿Cuál es la diferencia entre un ser humano y el Ser Supremo? ¿Alguna vez te has preguntado eso? ¿Qué tiene Dios que lo hace diferente o no ser un ser humano? ¿Qué tiene Dios que lo hace supremo sobre todas las cosas? Bueno, hay algo de ironía aquí. Hay una pequeña sorpresa en esta definición. Es esta: si realmente quieres descubrir cuál es la diferencia entre el Ser Supremo y el ser humano, se encuentra en esta palabra: Ser.
Porque, ya saben, realmente no somos seres porque «ser» es estar en un estado de esencia pura que nunca cambia. Cualquier cosa que cambie como tú, estás envejeciendo desde que empezaste aquí esta mañana. ¿Sabías eso? Ustedes están cambiando. Todos cambiamos, ¿no? Envejecemos, nos volvemos más delgados, engordamos, nos hacemos más altos, lo que sea, siempre llegando a ser algo. Siempre estamos en movimiento. Siempre estamos cambiando. No hay nada permanente en lo que somos. Pero Dios nunca cambia. Dios nunca envejece, ni es más alto ni pesa más porque es eternamente perfecto en lo que es y quién Él es.
Ahora, la mayor diferencia entre cada criatura y Dios es esta: que yo, como criatura, no puedo vivir por mi propio poder. Tuve un comienzo en el tiempo, ¿cierto? Tengo un cumpleaños y tú también. ¿Cuánto tiempo se puede vivir sin oxígeno? No mucho. ¿Cuánto tiempo se puede vivir sin agua? No mucho tiempo. ¿Cuánto tiempo se puede vivir sin comida? Si te faltan estas cosas, ¿qué sucede? Mueres. Porque eres una criatura dependiente. Eres frágil. Tu vida podría terminar esta tarde.
Pero Dios no puede morir. No necesita agua. No necesita comida. Él no necesita nada porque tiene el poder de estar en y por sí mismo. Y no solo tiene el poder de existir en y por sí mismo, sino que tiene el poder de la existencia de todos. La Biblia dice: «En Él vivimos, nos movemos y somos». No te puedes mover sin el poder de Dios. No puedes vivir sin el poder de Dios. No puedes existir sin el poder de Dios porque solo Dios tiene vida en sí mismo, de sí mismo y por sí mismo. Tú no tienes ese poder, y yo no tengo ese poder, y el universo no tiene ese poder.
Tenemos personas que se ponen muy ansiosas en esta época tratando de dar una explicación sobre ti, sobre esa mesa y sobre este universo sin tener que apelar a Dios. Dicen cosas tales como, el universo simplemente explotó a la existencia por sí mismo. Recurren a ideas totalmente irracionales para alejarse de. . . Y tienes que entender que si algo existe en este momento, si existes, si esa mesa existe, si ese libro existe, si esa alfombra existe, si hay algo en existencia, entonces algo debe tener una existencia eterna.
Dado que una vez hubo un tiempo en el que no había nada, absolutamente nada, no hay que ser un científico espacial o filósofo para saber que si alguna vez hubo un momento en el que no hubo absolutamente nada, piénsalo, absolutamente nada, ¿qué podría haber ahora? Nada. Pero hay algo. Así que en algún lugar, de alguna manera, trascendentemente, algo tiene que tener el poder de ser o nada podría ser. Y eso pertenece a Dios y solo a Dios. Solo Dios tiene la grandeza de tener el poder de existir en sí mismo. Y cuando contemplas ese mismo concepto de ser puro, te pones de puntillas y comienzas a mirar hacia abajo a la pregunta más profunda que la mente puede considerar cuando contemplas la idea del ser puro.
A principios del siglo XX, un filósofo que también era sociólogo estudió varias religiones del mundo y, —más allá de los límites del cristianismo—, examinó cómo las personas en diferentes culturas, diferentes partes del mundo y diferentes sociedades reaccionaban o respondían a lo que pensaban que era santo. Descubrió que hay una especie de patrón, un patrón uniforme, en todo el mundo que cada vez que un ser humano entra en un encuentro con lo que considera sagrado o santo, la reacción universal es la misma: Miedo. Y este teólogo/antropólogo/sociólogo identificó este sentimiento como lo que él llamó el mysterium tremendum. El misterio tremendo. Y la parte del mysterium y la parte del tremendum también llaman la atención sobre cómo respondemos a lo sagrado.
Ahora, puedo recordar algo que ninguno de ustedes puede recordar en su tiempo; la llegada de la televisión abierta. Soy lo suficientemente mayor como para haber crecido como niño sin ver televisión, sino escuchando la radio antes de que saliera la televisión. Y cuando escuchabas la radio todas las noches y todos esos diferentes programas, tenías que usar tu imaginación. Tenían todo tipo de historias de aventuras e historias de policías y ladrones y todo lo demás.
Pero hubo una historia, un domingo por la noche, que fue la historia más aterradora de todas. Tenían un par de historias que daban miedo. Una de ellas se llamaba Suspenso, ya sabes. Rrrrrr. Un poco espeluznante. Pero la más aterradora… al inicio de ese programa de radio escuchabas una cripta, esa puerta ruidosa de la bóveda del cementerio que se abría por la noche. EEEE-RRRRR-OOOOO. Escuchabas este crujido en la radio. Y luego una voz espeluznante salía al aire y anunciaba el programa. ¿Saben cómo se llamaba el programa? Inner Sanctum.
Bueno, nunca lo noté realmente cuando era niño, cuando escuchaba este programa me moría de miedo. . . Solo sabía que había una puerta chirriante y una voz aterradora, pero nunca pensé realmente en el título del programa. Pero el título del programa, Inner Sanctum, significa «dentro de lo santo». Después cuando descubrí el carácter de Dios, dije: «Hmm… no es de extrañar que la industria del entretenimiento en este país, cuando estaban tratando de encontrar alguna manera de asustar a la gente con un programa de radio, entendieron intuitivamente que lo más aterrador que se les podía ocurrir era estar en la cámara interior del lugar donde Dios estaba. Donde estaba lo Santo».
Como en Israel, donde la parte más interna del Tabernáculo y del templo era el sanctus sanctorum, el Lugar Santísimo, donde solo a una persona se le permitía la entrada y esa persona iba una vez al año. E incluso, después de haber pasado por un elaborado ritual de limpieza. Porque, como pueden ver, había una barrera allí. Y la barrera, la razón de la barrera, era simple. Dios, que habita en el lugar santísimo, es Él mismo completamente santo y nosotros no somos santos. Los que no son santos temen todo lo que es santo. La Biblia nos dice que la reacción de las criaturas caídas es huir cuando nadie los persigue. Que el pagano tiembla ante el susurro de una hoja.
Cuento la historia de un amigo que era golfista profesional. Una tarde él estaba preparándose para jugar en un torneo de la gira. Y el día antes de que comenzara el torneo, hubo una ronda de práctica. La ronda de práctica estaba compuesta por un grupo de cuatro hombres: El hombre que había sido el campeón reinante de este evento en particular; quien también, el año anterior, había sido el jugador del año, y estaban otras tres personas jugando con él en ese torneo. Estaba Jack Nicklaus, el presidente de los Estados Unidos y Billy Graham.
Así que imagínense el cuarteto compuesto por Nicklaus, el campeón (no te voy a dar su nombre), el presidente de los Estados Unidos y Billy Graham. Así que mi amigo vio a estos tres dar el primer golpe y luego él hizo su propia práctica, y después, al final del día, vio cuando este cuarteto terminó su ronda y su amigo, el otro golfista, salió del green del hoyo 18. Mi amigo se acercó a él y le dijo: «¡Vaya! ¡Dime cómo fue jugar golf con Billy Graham!». Y el tipo le contestó mal y casi lo muerde. Le dijo: «No necesito tenerlo pegado a mi oreja hablándome de religión».
Se alejó furioso y se fue a la salida de la práctica, tomó un balde de pelotas, sacó su palo y comenzó a golpear esas pelotas hasta la muerte. Y mi amigo se quedó allí pacientemente y lo observó hasta que el tipo se calmó. Finalmente le dijo: «¿Billy realmente se puso fuerte contigo en el campo de golf?». El hombre suspiró y puso su palo en su bolsa y se volvió hacia mi amigo y le dijo: «No». Él dijo: «No, en realidad», «Billy no dijo una sola palabra. Simplemente tuve una mala ronda».
¿Qué pasó ahí? Este hombre se sentía muy incómodo en presencia de Billy Graham. Billy nunca le dijo una palabra. Pero todo el mundo sabía lo que creía Billy Graham y lo que representaba. Y este hombre se sentía incómodo y probablemente se habría ido a casa y habría dicho: «Billy Graham es uno de esos que se creen más santos, santurrones, bla, bla, bla, bla, bla…». Si eres cristiano, no tienes que decir una palabra a nadie. Si la gente sabe que eres cristiano, serás acusado de ser santurrón, aun si nunca has pensado en ser santurrón porque representas algo que en realidad ninguno de nosotros es, en y por nosotros mismos. Tú representas a Aquel que es santo.
Hay una incomodidad natural e incorporada en cada ser humano. Es por eso que la gente huye de Dios. Es por eso que las iglesias transigen la integridad del mensaje de las Escrituras porque sabemos que las personas tienen miedo del Dios que realmente es. Esa es la gran tragedia porque lo que el cristianismo nos está diciendo a todos es que en Cristo, Dios quita el velo. Él no deja de ser santo, pero nos dice a nosotros que somos impíos… Él nos da la justicia de Cristo, por lo que dijo: «Ustedes pueden venir a mi presencia. No tienen que tener miedo. Les doy paz, les doy acceso. Acérquense a Mí». Pero es lo más difícil que podemos aprender. Hay un sentido en el que incluso en Cristo siempre tendremos, espero, un temor saludable, el miedo de respeto, el miedo de asombro, de que cuando contemplemos quién es Él, todavía tendremos la capacidad de temblar ante Él.






