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Transcripción
¿Alguna vez has notado algo, que mínimo me parece extraño, en las personas que no profesan ser cristianos? A veces ellos son muy hostiles hacia los cristianos y hostiles hacia la iglesia, pero casi nunca los escuchas decir cosas desagradables sobre Jesús. No están dispuestos a afirmar Su deidad o que Él es el salvador del mundo, pero generalmente dicen que fue un gran profeta o un gran maestro o un gran hombre. La gente es muy amable en su evaluación del Jesús histórico y me hace preguntarme qué fue aquello que enfureció tanto a muchos de sus contemporáneos que en verdad clamaron por Su sangre y, por supuesto, lo ejecutaron.
Entonces, a pesar de lo amables que somos con Jesús desde una distancia segura de unos dos mil años, si retrocedemos en el tiempo y vemos el período en el que caminaba por esta tierra, encontramos a todas estas personas que lo odiaban. ¿Por qué? Creo que hay un par de episodios que están registrados en el Nuevo Testamento que nos dan una idea al menos de por qué tanta gente lo odiaba. El primero se encuentra en el Evangelio según Marcos, donde leemos en el capítulo 4 y en el versículo 35 estas palabras.
Marcos dice: «Ese mismo día, caída ya la tarde, Jesús les dijo: «Pasemos al otro lado». Despidiendo a la multitud, lo llevaron con ellos en la barca, como estaba; y había otras barcas con Él. Pero se levantó una violenta tempestad, y las olas se lanzaban sobre la barca…que ya la barca se llenaba de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre una almohadilla; entonces lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Jesús se levantó, reprendió al viento y dijo al mar: «¡Cálmate, sosiégate!». Y el viento cesó, y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo: «¿Por qué están atemorizados? ¿Cómo no tienen fe?». Y se llenaron de gran temor, y se decían unos a otros: «¿Quién, pues, es Este que aun el viento y el mar le obedecen?»». Esta es una narrativa extraordinaria y tengo un interés especial en ella porque solía enseñar un curso en el seminario sobre ateísmo.
Yo pedía a mis estudiantes de ese curso que leyeran las obras originales de algunos de los defensores más brillantes y formidables del ateísmo. Y me di cuenta, en especial entre los ateos del siglo XIX, que había una corriente común de pensamiento entre ellos donde la gente de ese pensamiento trataba de explicar por qué es que si no hay Dios, hay tantas personas que son religiosas. Una de las voces más importantes de ese período fue la de Sigmund Freud. Todos han oído hablar de Freud, quien es considerado como el fundador del psicoanálisis… el padre del psicoanálisis moderno.
A Freud se le ocurrió la tesis de que la razón por la que la religión surgió en la historia es por el miedo natural de las personas a las fuerzas de la naturaleza. Tenemos miedo de los tornados, de los huracanes, miedo de las inundaciones, las enfermedades que pueden invadir nuestros cuerpos y destruirnos, tenemos miedo de la muerte, etc. Y él dijo que es por causa de ese miedo a la naturaleza que creamos la religión. Creamos un Dios que gobierna sobre la naturaleza con el que podemos hablar, al que podemos suplicar, que podemos tratar de adular con nuestra alabanza y adoración para que tal vez dirija el tornado en otra dirección. Así que, para Freud, es el miedo a la naturaleza lo que hace que nos volvamos religiosos.
Bueno, aquí tenemos una historia en el Nuevo Testamento donde los discípulos se encuentran con una de estas temibles fuerzas naturales. Están cruzando el mar de Galilea, y recuerden que son pescadores veteranos experimentados. Están acostumbrados a los caprichos de los vientos, las corrientes y demás. Pero en cuanto a la ubicación de ese lago en Medio Oriente, sucede que está ubicado en un lugar donde hay casi como un túnel de viento desde el mar Mediterráneo que a veces una tormenta fluye a través de ese túnel y golpea ese mar sin previo aviso y lo convierte en algo tempestuoso. . . catastrófico… un desastre natural. Y eso fue lo que sucedió.
Mientras cruzaban el mar, de repente surgió esta tormenta fuerte y el viento empezó a soplar un vendaval y el agua estaba turbulenta y levantándose. Estaba llenando los botes y amenazando con volcarlos. Todo este tiempo Jesús estaba profundamente dormido en la parte posterior de la barca. Ahora, las Escrituras nos dicen que los discípulos están asustados y por eso corren hacia su líder y lo despiertan y le dicen: «¡Señor, haz algo o vamos a perecer aquí mismo en este mar!». Entonces Jesús se levanta, mira las olas, mira las aguas turbulentas, y da una orden que dice: «¡Cálmate, sosiégate!». Y al instante el mar era como un cristal, no había ni una brisa soplando en el aire. Todo estaba en absoluta calma.
Ahora, ¿cuál crees que fue la reacción de los discípulos en ese momento? Uno pensaría que lanzaron sus sombreros al aire y dijeron: «¡Gracias, Señor, por quitarnos la amenaza de la naturaleza de forma tan grandiosa!». Pero, ¿qué pasó? La Biblia dice que estaban extremadamente asustados. Ese fue el punto que Freud no consideró, que aunque tengamos miedo de los huracanes, las inundaciones, los incendios y otros desastres naturales, hay algo que nos asusta mucho más que el viento o el mar. Es la presencia de Dios. Cuando los discípulos vieron a Jesús domar la tempestad y el mar con la sola fuerza de Su mandato, retrocedieron horrorizados y se preguntaron: «¿Qué clase de hombre es éste? ¿Qué clase de persona es?».
Piensen en eso. Conoces gente nueva todo el tiempo. Caminas por la calle y ves que vienen extraños y sabes que hay personas que caminan por ahí que son extrañas para ti. No las conoces. También sabes que entre esas personas con las que te encuentras todos los días hay asesinos, violadores, criminales, personas que son hostiles hacia otras personas y que podrían representar un peligro claro y presente para tu vida. Pero no llevan letreros. Solo caminan por la calle diciendo: «¡Soy asesino, cuidado!». «¡Soy violador, cuidado!». ¡No! De modo que cuando caminas por la calle estás mirando hacia el frente y das un vistazo rápido con los ojos hacia cada persona que se te acerca.
Es posible que ni siquiera seas consciente de esto, pero mientras esto sucede, estás pasando por un proceso de clasificación; un proceso de selección. Estás haciendo una evaluación sobre ese extraño que se te acerca en la acera. ¿Cómo es su forma de andar? ¿Está sonriendo? ¿Está frunciendo el ceño? ¿Se ve amigable? ¿Se ve hostil? Y mientras haces eso, estás determinando en tu mente qué tipo de persona es la que viene. Porque quieres saber si con esa persona estás a salvo o si la persona es una amenaza. Lo que pasó a los discípulos en el mar de Galilea fue que comenzaron a través de ese proceso de clasificación y no les cuadraba, porque no tenían una categoría que describiera a alguien que tenía el poder de detener una tormenta con solo hablarle o gritarle. ¿Qué clase de hombre es este que incluso los vientos y el mar le obedecen?
Hubo un estudio hace unos años de las diez fobias más frecuentes que tienen las personas en los Estados Unidos. Una fobia es un miedo intenso. Y en el ranking, el miedo número uno, por cierto, era ponerse de pie y hablar frente a un grupo de personas. La gente le teme a eso más que a la muerte misma. Pero en todo caso en el ranking incluían esta fobia particular llamada «xenofobia». La xenofobia es el temor a los perros. ¡No! Lo que la xenofobia significa es miedo a los extraños. Miedo a los foráneos. ¿No es interesante cómo Hollywood gana todo el dinero que gana produciendo películas de miedo sobre la intrusión en nuestro planeta de extraterrestres? Personas o criaturas de otro planeta o del espacio exterior que son aterradoras porque son diferentes. No sabemos cómo manejarlo.
Observa cómo reaccionamos ante personas de diferentes orígenes étnicos. A veces los inmigrantes tienden a juntarse y vivir a distancia de los locales y los locales viven separados de los inmigrantes. Y hay un miedo entre estas personas porque son diferentes entre sí. Y eso es lo que la xenofobia indica: un miedo o una fobia que tenemos hacia las personas que son diferentes a nosotros. Pero la persona que manifestó la diferencia más radical con nosotros en toda la historia fue Jesús porque era santo. Nadie había conocido nunca a una persona que no tuviera mancha, que fuera absolutamente pura. Y eso nos amenaza.
Ahora, ¿quiénes eran las personas que se consideraban las personas más justas de Israel en el momento en que Jesús apareció? Fueron los fariseos. Los fariseos eran un grupo de personas que se habían dedicado a alcanzar el nivel más alto de moralidad al que se podía llegar. ¿Quiénes eran las personas que gritaban más fuerte por la sangre de Jesús? Fueron los fariseos. Como ven, ellos disfrutaron la aclamación que recibieron del pueblo por ser tan justos, pero su justicia se mostró como trapo de inmundicia tan pronto como el santo apareció en medio de ellos. Tan pronto como llegó el verdadero justo, aquellos que eran fraudulentamente justos fueron expuestos por lo que eran y no pudieron soportarlo.
Tuve una estudiante (nunca olvidaré esto). Tuve una estudiante cuando enseñaba en la universidad hace varios años, era una joven que estaba en su último año en la universidad y era una estudiante sobresaliente, solo sacaba A, y realmente estaba muy por encima de todos los demás en la clase. Le daba un examen y no lograba darle un examen lo suficientemente difícil como para dejarla perpleja. La mayoría de los exámenes que entregaba de filosofía y teología tenía que calificarlos por promedio.
¿Conoces a esas personas que rompen la curva donde todos los demás en la clase sacan 50, 40 y 30, y luego está este estudiante que saca 100? ¿Qué pasa cuando tienes un estudiante que rompe la curva todo el tiempo? ¿Todos corren a esa persona después de clase y después de recibir los exámenes le dicen: «¡Felicitaciones! ¡Estamos muy orgullosos de ti! ¡Creemos que lo que hiciste fue fantástico! ¡Ojalá pudiéramos ser más como tú!». ¿Respondes así? ¿O quieres sacar un libro y darle en la cabeza y decir: «No soporto a esa sabelotodo. Ya sabes ¿por qué no pudo ser como todos los demás y reprobar esta prueba?». Esto realmente sucedió. Yo… entregué un examen en una ocasión, segundo semestre, último año, y esta chica reprobó la prueba. ¡No podía creerlo! Dije: «¡Algo no está bien!».
Así que la llamé a mi oficina y le pregunté: «¿Qué sucedió aquí? ¿Qué pasó? ¿Cómo pudiste reprobar la prueba de esta manera?». Y comenzó a llorar. Pregunté: «¿Qué pasa?». Y confesó que había reprobado el examen a propósito, porque sus calificaciones le impedían conseguir una cita y estaba en su segundo semestre de su último año y sufría de lo que llaman «veteranitis». Tenía la esperanza de encontrar un esposo mientras estaba en la universidad y dijo: «Ninguno de los chicos me busca porque se sienten intimidados por mis buenas calificaciones». No la consideraban porque era demasiado buena, demasiado perfecta y la gente se sentía incómoda a su alrededor.
Recuerdo cuando entré por primera vez en el ministerio que fui a este campo de golf local para inscribirme y jugar golf, tenían un descuento para los ministros y pedí ese descuento especial y la señora dijo: «¿Eres ministro?». Yo dije «Sí». Ella dijo: «No pareces ministro». Y no sabía si me estaba dando un cumplido o insultando. Le dije: «¿Qué quieres decir con que no parezco un ministro? ¿Cómo son los ministros?». Ella dijo: «Bueno, ya sabes, un poco piadosos, distantes, como santos». Yo dije: «Oh, bueno. Parezco poco santo y poco piadoso». Entonces ella me dijo que rompía el molde porque no parecía muy recto. Pero el punto es que a ella le gustó eso. Ella dijo: «No quiero que el ministro sea demasiado recto porque no puedo identificarme con él si es así».
Otro incidente tuvo lugar durante la vida de Jesús que es similar al que acabo de señalar y lo veremos en el Evangelio de Lucas. Ocurrió en el mismo lago o en el mismo lugar, el mar de Galilea, y se encuentra registrado en el capítulo 5 del Evangelio de Lucas que empieza en el versículo 1 y lo leeré rápidamente.
«Aconteció que mientras la multitud se agolpaba sobre Él para oír la palabra de Dios, estando Jesús junto al lago de Genesaret, (que es otro nombre para el mar de Galilea) vio dos barcas que estaban a la orilla del lago, pero los pescadores habían bajado de ellas y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, pidió que se separara un poco de tierra; y sentándose, enseñaba a las multitudes desde la barca. Al terminar de hablar, dijo a Simón: «Sal a la parte más profunda y echen sus redes para pescar». Simón le contestó: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero porque Tú lo pides, echaré las redes». Cuando lo hicieron, encerraron una gran cantidad de peces, de modo que sus redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Y vinieron y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: «¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!».
¡Qué respuesta tan increíble! En la superficie no tiene ningún sentido en absoluto. Aquí tienes la imagen de que los discípulos habían estado pescando, ya sabes, de nuevo, son veteranos del mar y no han pescado nada. Jesús dice que saquen las barcas un poco más lejos y echen sus redes, y pueden percibir el sarcasmo que brota de los labios de Pedro aquí en el texto, ¿no es así? Cuando dice: «Bueno, Señor, tú sabes que lo hicimos toda la noche, pero, seguiremos adelante y lo intentaremos». Es como si les dijera a los otros: «Hagámosle el favor. Puede que sepa todo sobre teología y cosas espirituales, pero nosotros somos los que sabemos de pesca. Pero si Jesús quiere que echemos las redes aquí, las echaremos aquí».
Bueno, ya saben lo que pasó. Tan pronto como dejaron caer la red en el agua, ¿qué sucedió? Todos los peces del mar de Galilea saltaron a la red y las redes estaban al tope de su capacidad. Los hilos de las cuerdas empezaron a romperse, por lo que tuvieron que traer otro bote, traer las otras redes y llenar ambos botes repletos de peces hasta el punto de que empezaron a hundirse. Recuerden que Simón Pedro era judío y era un hombre de negocios., ¿Qué crees que haría un hombre de negocios judío en una situación como esa? Si hubiera estado allí, ¡sí sé lo que hubiera hecho!
Habría sacado un contrato de mi manto y le habría dicho a Jesús: «Te diré una cosa, Jesús. Aquí está el trato. El cincuenta por ciento del negocio es tuyo, gratis. Todo lo que tienes que hacer es venir aquí al muelle un día del mes y hacer este pequeño truco que acabas de hacer. Llena las redes así, hagamos el negocio, te llevas el cincuenta por ciento de las ganancias». Eso es lo que habría hecho. Eso no fue lo que hizo Simón Pedro. Sorprendentemente, le dice a Jesús: «Apártate de mí, porque soy un hombre pecador». «Jesús, por favor vete. No puedo soportar esto. Me abrumas de una manera que me enloquece».
Ahora, de nuevo, Pedro no está dando esta respuesta porque Jesús está parado allí dando un mensaje sobre evangelismo y diciéndole a Pedro que él es un pecador malvado, que tiene que arrepentirse o va a perecer. Jesús no acaba de dar un sermón sobre el infierno que aterrorizó a la gente. Todo lo que hizo fue realizar este milagro de proveer la pesca de estos peces. Y cuando Pedro lo ve, dice: «Me voy de aquí. Tengo que irme de aquí porque soy pecador». ¿Qué fue lo que le reveló a Simón Pedro que él era tan pecador? Fue la presencia y el poder de Cristo.
Cuando Simón Pedro vio a Cristo y vio quién él era tan claramente en ese momento, se sintió abrumado tal como Isaías había sido abrumado siglos antes. Miró en el espejo de su propia alma y se dio cuenta de que, frente al estándar de la perfección, al lado del estándar de pureza absoluta, en presencia de Aquel que era completamente santo, no podemos hacer nada más que temblar y estremecernos ante el contraste. Por eso Simón quería irse.
Se puede llamar a esto el Principio de Peter. Habrás oído del Principio de Peter en los negocios, donde las organizaciones tienden a ascender a las personas hasta su nivel de incompetencia, de modo que si te va bien en el trabajo, obtienes un ascenso, más responsabilidad y un salario más alto. Y si te va bien en ese trabajo, asciendes y obtienes un trabajo con más responsabilidades aún e incluso un salario mayor, y la tendencia en el mundo empresarial es aumentar los ascensos de las personas, promoverlas, hasta que finalmente las asciendes al nivel en el que son incompetentes y fracasan.
La persona que escribió ese libro dijo que hay otros tipos de problemas con las empresas. También está la persona súper incompetente. La persona súper incompetente nunca llega al segundo peldaño de los niveles porque es tan incompetente que en el punto de entrada al trabajo falla tan estrepitosamente que lo despiden. Por lo tanto nunca asciende. Y luego hablan de otro tipo de persona. La persona súper competente. La persona súper competente es una persona que tiene una de las mayores dificultades para ascender de nivel.
¿Por qué? Porque las personas por encima de esa persona están celosas y amenazadas por la habilidad superior de esta persona. Y así, la forma en que avanza la persona súper competente, según este libro, es mudándose a otra empresa que esté buscando talento. Aún ahí tendrá que irse a otra empresa para ascender al siguiente nivel donde no se le tenga como una amenaza para los demás. Y eso, a nivel empresarial, expresa nuestra hostilidad natural hacia lo que es mejor que nosotros.
¿Por qué fue asesinado Cristo? Fue asesinado no porque dijera: «Mira los lirios cómo crecen», sino porque dijo: «Considera a los ladrones cómo roban». Y porque dijo: «Considera a los fariseos cuán hipócritas son». Y lo odiaban porque Él era santo.






