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Transcripción
Ya hemos visto una parte de la guerra de dos frentes que se lleva a cabo con respecto al tema del libre albedrío, en especial, cómo el libre albedrío se relaciona con la soberanía divina y, por supuesto, ese tema en sí mismo es digno de una serie completa porque hay muchos problemas por abarcar allí. Pero en lo que quiero concentrarme en esta serie es en la crisis con respecto al otro frente de la guerra, es decir, con respecto a la doctrina del pecado original en relación con el tema del libre albedrío. Ese tema surgió como una gran controversia en la Iglesia primitiva con la influencia de un hombre llamado Pelagio, y por lo tanto, debido a su nombre, nos referimos a esto como la controversia pelagiana, que enfrentó a Pelagio y sus asociados, Celesto y Juliano, contra el titán de la iglesia en el primer milenio, San Agustín.
Esta controversia estalló hacia fines del siglo IV y se prolongó hasta el siglo V y finalmente se resolvió en el Concilio de Cartago en 418 d.C., concilio en el que Pelagio fue condenado por la iglesia como hereje. Ahora, como suele ser el caso en la historia de los herejes y las decisiones y decretos de la iglesia sobre esos asuntos, el hecho de que la iglesia declare herética una posición teológica y renuncie a ella no significa que simplemente desaparece y se extingue de una vez por todas. Me atrevería a decir que el error pelagiano es uno de los errores más difíciles que enfrenta constantemente la iglesia y ciertamente incluso en nuestros días.
Retrocedamos por un segundo y hagamos la pregunta, ¿de qué se trató la controversia pelagiana en sí? Bueno, para ver eso, primero tenemos que entender un poco los antecedentes biográficos de Pelagio. Pelagio, según la tradición, nació en Irlanda, lo que lo convierte en uno de mis antepasados nacionales. Pelagio era efectivamente británico. Era de las Islas Británicas, fue un monje ferviente y celoso que viajó a Roma y vivió en Roma y quedó muy afectado por el espíritu descuidado que encontró entre el clero y entre los cristianos en la ciudad eterna. De hecho, estaba horrorizado por el libertinaje, la impiedad y la conducta de aquellos que afirmaban ser cristianos, y era un fanático en cuanto al ir tras la justicia. En ese sentido, Pelagio tenía algo en común con los fariseos originales.
Cuando nosotros usamos el término «fariseo», generalmente lo usamos en el sentido peyorativo. Tenemos una connotación negativa de los fariseos porque fueron los fariseos los que siempre fueron tan hostiles hacia Jesús. Pero la primera generación de fariseos no fue así. Los fariseos originales eran los puritanos de su época, hombres que amaban el pacto de Dios, hombres que amaban la ley de Dios, y que estaban muy preocupados por la laxitud moral que había invadido a la comunidad de Israel, y por eso a lo que los fariseos se consagraron fue dedicarse a la búsqueda de la justicia a través de la obediencia a la ley de Dios. Así que sus motivos fueron originalmente restaurar la verdad del pacto y la ley a Israel. Y luego, por supuesto, se volvieron santurrones y pasaron a ser los enemigos de Cristo que entonces encontramos en las páginas del Nuevo Testamento.
Bueno, si miramos a Pelagio, vemos que Pelagio tenía este celo por la piedad y por la justicia y estaba muy preocupado y afectado por la laxitud moral que encontró en la iglesia a fines del siglo IV; y luego lo que lo condujo a la controversia teológica que lleva su nombre fue una respuesta a una famosa oración que había sido escrita por el obispo de Hipona, San Agustín. Agustín, en su oración, había hecho esta declaración: «Oh Dios, concede lo que mandas y ordena lo que Tú deseas». Permítanme decirlo de nuevo. «Oh Dios, concede lo que mandas, y ordena lo que Tú deseas».
¿Cómo respondes a tal oración? La mayoría de nosotros respondería cálida y positivamente a una oración como esa, pero no Pelagio. A Pelagio le dio apoplejía cuando leyó esa oración. Él estaba completamente de acuerdo con la segunda parte de la oración en la que Agustín había dicho a Dios: «Dios, ordena todo lo que quieras». Ahora, obviamente, Agustín no estaba asumiendo que le estaba dando permiso a Dios para ordenar lo que Dios desea, sino que simplemente estaba consintiendo y reconociendo su voluntad de someterse a la ley de Dios, lo que Dios deseara que fuera esa ley, y esa era la intención del sentimiento de la segunda parte de la oración, con la que Pelagio no tuvo problemas ni puso ninguna objeción.
Fue la primera parte de la oración la que lo molestó tanto cuando escuchó a Agustín decir: «Oh Dios, concede lo que Tú ordenas». Él dijo; «¿por qué harías una oración como esa? Si Dios lo ordena, seguramente no tiene que otorgarte el poder o la autoridad para hacer lo que Él ordene». Agustín, por supuesto, estaba diciendo: «Dios, dame un regalo. Ayúdame». Entonces… de lo que Agustín estaba hablando aquí, era de la gracia. Cuando dice: «Dios, concede lo que mandas», estaba diciendo: «Dios, dame la gracia de poder hacer lo que Tú mandas» porque Agustín creía -como veremos cuando lo estudiemos- que el hombre es incapaz de obedecer los mandamientos de Dios a menos que Dios conceda la gracia necesaria para hacerlo.
Aquí es donde Pelagio se opuso. Él dijo: «No. Todo lo que Dios ordena impone una obligación y responsabilidad sobre la criatura para obedecerlo», y el primer artículo de nuestra teología tiene que ver con la doctrina de Dios, según Pelagio, y Pelagio dijo: «Lo que entendemos tan claramente acerca de Dios es que Dios es justo y siendo justo, Dios nunca y de hecho, nunca podría ordenar a Su criatura que haga algo que la criatura no puede hacer». Que Dios nos ordene hacer algo que no podemos hacer sería imponernos un mandamiento injusto y, lo que es peor, castigarnos cuando no hacemos lo que no podríamos hacer en primer lugar sería diabólico.
Sería como si Dios nos dijera: «Vuelen, sin ayuda, sin ninguna máquina o equipo de Orlando a Chicago», y Dios nos hiciera responsables de eso cuando no nos ha dado alas o plumas o ningún otro equipo para hacer el viaje elevados por los aires. Así que, la idea de que el hombre requería gracia o algún tipo de asistencia divina para cumplir con su deber era completamente repugnante para Pelagio porque, nuevamente, dijo: «Esto arroja una sombra sobre la justicia de Dios».
Ahora, Agustín, por supuesto, respondería a eso y diría: «Espera un momento. El hombre no puede obedecer la ley de Dios sin la ayuda de la gracia porque el hombre está caído, y los efectos de la caída implican, en cierto grado o medida, la pérdida de nuestra capacidad moral». La ley de Dios no cambia. En la creación, Dios dijo: «Sean santos, porque Yo soy santo. Sean perfectos, así como Yo soy perfecto», y la mayoría de nosotros reconoceríamos hoy que la capacidad de ser perfectamente santos, reflejando perfectamente la justicia de Dios, es una habilidad que no tenemos.
Adán lo tuvo en la creación, pero Adán cayó; y con la caída de Adán, toda la raza cayó con él, y la caída significó una caída en un estado de corrupción por el cual nacemos con una naturaleza pecaminosa de tal manera que ya no somos moralmente capaces de obedecer la ley de Dios perfectamente. Entonces, necesitamos gracia. Así que lo que asumió Agustín aquí fue la realidad de la caída. A la luz de la caída, Agustín sostenía: nosotros necesitamos gracia para obedecer a Dios. Así que ahora la disputa se convirtió en una controversia sobre la caída y sus efectos.
Por supuesto, Pelagio no negó que Adán pecó. Lo que dijo es que Adán fue creado bueno, y en su creación fue hecho inmutablemente bueno con respecto a su naturaleza constituyente. Eso significa que, según Pelagio, el hombre fue creado bueno, pero tenía la libertad o el poder de obedecer o desobedecer, de hacer el bien o hacer el mal. Pero incluso cuando elegía hacer el mal, y eso era un pecado real, esa elección no cambiaba su naturaleza. De modo que hasta el día de hoy cada ser humano que nace en este mundo, nace con la misma condición moral en la que Adán fue creado antes de la caída.
Entonces, lo que Pelagio está negando no es que Adán pecó, sino que Adán cayó en el sentido de sumergirse a sí mismo y a sus descendientes en un estado de corrupción moral por el cual sus naturalezas cambiaron. Históricamente, diríamos que somos pecadores no porque pecamos, sino que pecamos porque somos pecadores, es decir, que nacemos con una naturaleza pecaminosa. Ese es el punto que estaba tan agudamente en disputa con Pelagio. Entonces, para Pelagio, el hombre siempre tiene la capacidad de hacer el bien o el mal. No ha perdido la capacidad moral ni el poder moral para obedecer a Dios. El pecado lo afecta, pero no en el núcleo.
Recordarán que en nuestra última sesión, hablé sobre la encuesta de Gallup en la que la mayoría de los evangélicos profesantes que fueron encuestados en respuesta a la pregunta: «¿Crees que el hombre es básicamente bueno?» – es decir, bueno en el fondo – la abrumadora mayoría de los evangélicos profesantes respondieron afirmativamente. Esa es la respuesta pelagiana. La respuesta es que puedes tener pecado en los elementos periféricos de tu vida que te afectan externamente, pero en el fondo de tu corazón, en lo más profundo de tu alma, rasgas debajo de la superficie, y encontrarás una bondad permanente e inmutable en el corazón humano. Y esa, por supuesto, era la posición de Pelagio.
Ahora, otra vez, para Pelagio, aunque Adán cayó, su caída afectó a Adán y solo a Adán. No hubo nada que se transmitiera a sus descendientes, ninguna transferencia o imputación de culpa o ninguna corrupción de la naturaleza que resultara del pecado de Adán, en cierto sentido, ninguna caída. Adán ciertamente falló, pero no hubo consecuencias para Adán ni para nadie más en cuanto al poder de nuestra voluntad y el poder de nuestra naturaleza.
Ahora, lo que Pelagio continuó diciendo fue que no se oponía a la gracia. Entendió que la Biblia tiene mucho que decir sobre la gracia, y que la gracia es algo bueno, no algo malo, y no hay nada de malo en orar por gracia, pero para Pelagio, la gracia, la palabra clave es «facilita», la obediencia o la justicia. Es decir, con la ayuda de la gracia, es más fácil vivir una vida de perfección moral, ser totalmente obediente a la ley de Dios, pero no es necesaria. Ayuda. Lo facilita, pero no es algo que se requiera. De nuevo, ¿por qué dice eso? Él está diciendo, si la gracia es necesaria para ser justo, entonces la persona que no es justa, sin la ayuda de la gracia, ya no es responsable ni moralmente culpable de haber pecado porque no pudo hacer nada más que pecar.
Pelagio está encarnando la respuesta de la arcilla al alfarero: «¿Por qué me has hecho así?» y objetando cualquier concepto de caída que haga necesaria la gracia para ser justo. Pero él no solo dice que la gracia facilita la justicia sino que no es necesaria para la justicia, además continuó argumentando que algunas personas, de hecho muchas personas, no solo pueden vivir vidas perfectas, sino que muchas de hecho lo han hecho, sin el beneficio de la gracia.
En contraposición a esto, Agustín había declarado su opinión de que la raza humana era una masa de perdición y que no solo nadie vivió una vida perfecta, sino que nadie nunca ha hecho realmente una acción absolutamente buena, que nuestras mejores acciones son, en el mejor de los casos, lo que Agustín llamó «vicios espléndidos». Recordarás, por supuesto, la enseñanza del apóstol Pablo en Romanos tres: «No hay justo, ni aun uno. No hay quien haga el bien, ni uno». Frente a eso, Pelagio está diciendo: «Muchos son justos, sí, muchos. Muchos hacen el bien, sí, de hecho muchos», en oposición directa a la clara enseñanza del Nuevo Testamento.
Ahora, entonces, lo que está en juego con el ataque pelagiano no es solo la idea de la necesidad de la gracia, sino todo el concepto de nuestra salvación, toda la comprensión de lo que está sucediendo en el drama de la salvación, ya que la gracia de Dios ahora es solo una posdata concluyente y no científica, que no es algo absolutamente esencial para que seamos salvos, y allana el camino para el resurgimiento del neonomianismo, o el legalismo puro donde una persona puede ser justa en y por sí misma.
Esto es lo que llamamos justicia propia, una justicia que se lleva a cabo y se logra por nuestros propios poderes naturales sin la ayuda de la gracia. Esto incluso arroja una sombra sobre lo que Cristo ha hecho por su pueblo en términos de la obra suprema de la gracia de Dios, la cual es darnos un Redentor que vive una vida de perfecta justicia en nuestro lugar sobre la base de cuya justicia los que creen son declarados justos a los ojos de Dios.
Para Pelagio, no somos justificados sobre la base de la imputación de la justicia de Cristo, somos justificados ¿sobre la base de qué? Nuestra propia justicia que logramos ejerciendo nuestro libre albedrío. A medida que este tema comenzó a calentarse, Pelagio incluso llegó a enseñar que la forma principal en que Cristo obra a favor de nuestra redención es proporcionándonos un ejemplo estelar de perfección moral. Hemos visto esto aparecer muchas, muchas veces en la historia de la iglesia donde la expiación es destruida y reemplazada por algún tipo de teoría de influencia por la cual Jesús nos salva al darnos un buen ejemplo y al ser una influencia moral, mostrándonos el camino correcto para lograr la justicia.
Agustín vio esto como un ataque no a un mero punto menor o a un simple detalle de la teología cristiana, sino contra algo que toca el corazón mismo de todo nuestro concepto de salvación y redención porque antes de que podamos ser salvos, primero tenemos que comprender nuestra necesidad absoluta de salvación y nuestra pobre condición para comprender que somos deudores que no pueden pagar sus deudas. Una vez más, para Pelagio, nadie estaba endeudado, e incluso si estaban endeudados, tenían dentro de sí mismos la capacidad de pagar su deuda.
Esta es la teología definitiva del «esfuerzo propio» por la cual las personas se ganan su camino o merecen su camino hacia el reino de Dios. Y así, Agustín vio esto como una estaca en el corazón de la gracia, una estaca en el corazón del concepto bíblico de la salvación y, como dijo Adolf von Harnack, el gran historiador de la iglesia alemana: «Esta controversia se libró en los términos más claros de cualquier controversia teológica en la historia de la iglesia con la posible excepción de la controversia arriana que culminó en el Concilio de Nicea, pero que esta disputa aquí fue una disputa en la que ambas partes entendieron claramente lo que decía la otra parte, y no hubo ninguna ambigüedad estudiada que estuviera involucrada en la discusión».
La pregunta es, ¿es la gracia un requisito previo absoluto para la salvación, o es simplemente una ayuda?






