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Transcripción
Continuando con nuestra exposición del pensamiento de San Agustín sobre el tema del libre albedrío y el pecado original, hoy veremos, desde el mismo inicio, que hay un elemento de ironía o paradoja en la forma en que Agustín habla de nuestra condición espiritual. Por ejemplo, habla de esta distinción que hemos visto entre el libre albedrío y la libertad. Tenemos libre albedrío, pero no tenemos libertad. Eso es paradójico en primera instancia, y continúa explicando nuestra condición caída en estos términos: que de acuerdo con las Escrituras, estamos en esclavitud al pecado, y cuando pensamos de la esclavitud o cautiverio, no pensamos en términos de libertad. Pensamos en términos de esclavitud y, sin embargo, Agustín habla de nuestra condición como personas que están libremente cautivas. Ahí está la paradoja y la ironía de lo que quiere decir.
Para ver esa idea más claramente, podemos aplicarla a la forma en que el Nuevo Testamento habla ampliamente sobre nuestra condición como cristianos. Pablo, por ejemplo, cuando se presentaba a sí mismo al escribir sus epístolas, con frecuencia se refería a sí mismo como ¿qué? Un doulos del Señor Jesucristo, y la palabra doulos en muchas versiones ha sido traducida por la palabra «siervo». Pero en otras traducciones más recientes usan el término «esclavo» porque un doulos no era un sirviente contratado en la cultura antigua, sino que era un esclavo, un esclavo que se compraba, al igual que en el comercio de esclavos en Estados Unidos en los primeros días de la historia, donde las personas se ponían a la venta en la plataforma de los esclavos en los puertos de Baltimore y otros lugares, y luego se convertían en posesión del dueño de esclavos; sin los derechos ni privilegios de una persona libre.
Pablo se llama a sí mismo esclavo de Cristo y, sin embargo, al mismo tiempo se regocija en la libertad que disfruta en Cristo Jesús, lo que Santiago llama una libertad real, y Cristo mismo dijo que «Si ustedes permanecen en Mi palabra, verdaderamente son Mis discípulos. Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» y «Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad». Sin embargo, al mismo tiempo, la ironía es esta: que debo convertirme en un siervo de Dios antes de experimentar la cúspide de la libertad humana, y mientras me resista a mi servicio a Dios, pensando que soy libre, en realidad soy un esclavo de mis propias pasiones malas. De nuevo, otra forma de decir esto es que para Agustín, él dijo que el hombre es dominado por sus pasiones pecaminosas, y por lo tanto es un esclavo de su propia pecaminosidad. Pero sirve a su amo voluntariamente.
Ahora, para profundizar en eso, permítanme llamar su atención sobre algunos textos bíblicos con los que obviamente Agustín estaba familiarizado. Uno de los más importantes es la carta de Pablo a los Efesios cuando describe esta condición humana en el capítulo dos. Pablo comienza el segundo capítulo de su carta a los Efesios con estas palabras: «Y Él les dio vida a ustedes». Por «Él» se está refiriendo a Dios. «Y Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados, en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás».
Lo que Pablo hace aquí es describir la condición, de ser vivificados o recibir vida por el poder del Espíritu Santo, de aquellos que estaban previamente muertos. Cuando Pablo habla de esa condición previa, la condición natural de las personas caídas, es que es una condición de muerte espiritual. El propio Agustín hizo la distinción, basándose en este texto, de que la persona caída está biológicamente viva pero espiritualmente muerta. Una vez más, puede tomar decisiones, puede elegir lo que quiere, pero como nunca quiere las cosas de Dios, está muerto a las cosas de Dios, y vive su vida según los deseos de su propia carne.
Escuchen una vez más lo que Pablo dice aquí, hablando sobre nuestra condición anterior, «en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo». Recuerden que en Romanos Pablo dice: «No hay justo, ni aun uno… No hay quien haga lo bueno. Todos se han desviado». Es decir, nos hemos alejado del curso que Dios ha establecido para que caminemos, y estamos caminando según un curso diferente. Y ese es el curso que Pablo llama aquí «la corriente de este mundo», el curso que sigue al príncipe de la potestad del aire. Es el curso que sigue los deseos de nuestra propia carne y mente. Otra vez, él no está diciendo que las personas no hacen o eligen, sino más bien, que vivimos entre todos aquellos que se conducen según los deseos de la carne, cumpliendo los deseos de la carne y de la mente.
No puedo imaginar que haya una persona adulta en Estados Unidos que no haya pasado por la lucha interna personal de su propia moralidad. Ninguno de nosotros ha tenido su conciencia tan cauterizada que haya aniquilado completamente su conciencia. Todos hacemos cosas que están mal, y lo sabemos. Recuerdo siendo un chico de secundaria que jugaba béisbol y tenía una lengua incontrolable, que mi lenguaje era algo feroz, y solía sentirme mal porque mis maestros me confrontaban, y en una ocasión los árbitros me echaron de un juego por algunas cosas que dije que no fueron muy agradables. Yo no era cristiano ni nada por el estilo, pero como quiera me sentía mal, hasta cierto punto, por esa debilidad de carácter en mí.
No sé cuántas veces puse mi cabeza sobre la almohada por la noche e hice un voto sagrado. Y decía: «Mañana voy a pasar la página. Ya no voy a volver a usar ese lenguaje». Bueno, al día siguiente, en el instante en que algo salía mal, fluía el lenguaje vulgar, y el asunto me siguió inquietando hasta que un día me puse enérgico con esto, y dije: «No voy a usar más este lenguaje», y pasé 17 días seguidos sin improperios. Y me estaba enorgulleciendo cada vez más de mí mismo. Ya se imaginan, decía: «Aquí estoy, enderezando mi vida» y cosas por el estilo.
Estaba jugando un partido de béisbol, jugaba en el campocorto. Venía un roletazo rutinario, alto y rebotando hacia mí, algo que no hay por donde perderse, una jugada súper fácil. Me moví para fildear la pelota, quité la vista de la pelota y miré al primera base, y la pateé. Metí la pata. Ese fue el final de mi racha, y en muchos sentidos se trata de algo menor, pero todos hemos luchado con la batalla del alma en la que dices: «¿Por qué hago las cosas que hago? No quiero hacer estas cosas y, sin embargo, las hago». La razón por la que las hago es porque quiero hacerlas más que lo que no quiero hacerlas. Ese es el dilema de esta experiencia que llamamos libre albedrío, que elijo de acuerdo con mis deseos.
Permítanme desviarme un momento de Agustín, aunque es consistente con su pensamiento, y pensemos en lo que está diciendo aquí. Todos los que están escuchando esto o viendo esto en este momento, y los que están aquí en el salón de clases están aquí porque eligieron estar aquí, y la razón por la que están aquí hoy es que su deseo de estar aquí era mayor que su deseo de no estar aquí. Es posible que desees ponerte de pie y protestar: «Espera un momento. No tenía idea de que iba a venir hoy».
Stacy puede mirarme y decir: «Mi esposo me arrastró a la fuerza, gritando y contra de mi voluntad y me hizo venir hoy. Tenía otras cosas que prefería hacer, pero vine de todos modos, y me sometí a coacción», y así por el estilo. Pero diré: «Un momento, Stacy. En igualdad de condiciones, tal vez no tenías ningún deseo de venir hoy, pero sí tenías el deseo de complacer a tu esposo o de no tener conflictos con tu esposo, y no había igualdad de condiciones. Y cuando llegó el momento, pensaste: “Bueno, prefiero ir y sentarme a ver esta clase aburrida que tener que lidiar con los problemas que podría tener en casa”».
Ahora sé que esta es solo una situación hipotética. Me estoy metiendo con Stacy aquí, que obviamente no podía esperar para llegar a esta clase, y fue ella quien tuvo que arrastrar a su esposo, ¿cierto? Pero el punto es que hay muchas cosas que creemos que hacemos que no queremos hacer, pero si las analizamos cuidadosamente, veremos que siempre hacemos lo que queremos hacer. Esa es la naturaleza del libre albedrío, que siempre elegimos según nuestros deseos más fuertes en el momento, y más adelante en nuestro curso veremos a Jonathan Edwards desarrollar esa tesis con mucho más detalle; pero por ahora permítanme decir esto: que no solo podemos elegir según nuestro deseo más fuerte, debemos elegir según nuestro deseo más, más fuerte. Y siempre elegimos según nuestro deseo o inclinación más fuerte en el momento.
Tú dices: «Si ese es el caso, si dices que debo elegir las decisiones que tomo, ¿no destruye eso cualquier idea de libertad?». Veámoslo de nuevo. Si digo que debes elegir lo que deseas más fuertemente en un momento, ¿ese «debes» no destruye el libre albedrío? No, establece el libre albedrío porque la esencia misma del libre albedrío es tener la capacidad de hacer lo que quieras, y cuando digo que no solo puedes elegir lo que quieres, sino que debes elegir lo que quieres, estoy diciendo que tú, que tienes libre albedrío, no puedes no ser libre.
Esta es la esencia de lo que no es determinismo porque el determinismo describe una condición por la cual nuestras decisiones son dictadas y controladas, forzadas y coaccionadas por algún poder, persona o fuerza externos. Eso es lo que es el determinismo. Lo que llamamos libertad, en términos contemporáneos, es autodeterminación. ¿No es eso lo que queremos para ser libres, para poder decidir por nosotros mismos lo que elegimos y lo que hacemos? En lugar de estar determinados por otra cosa, queremos que el derecho, o la capacidad, estén determinados por nosotros mismos.
Bueno, Agustín y todos los grandes pensadores a lo largo de la historia de la iglesia estarían de acuerdo en que el hombre tiene autodeterminación en la medida en que tiene libre albedrío. Sin embargo, esto no significa que las elecciones que hacemos sean completamente espontáneas e indeterminadas, que sean efectos sin causas. De hecho, estamos diciendo que cada elección que hago está determinada. Si me coaccionan, esa elección está determinada por algo fuera de mí mismo, y no soy libre.
Si esa elección está determinada por mí, por mis deseos, por mis inclinaciones, entonces soy libre. Eso es autodeterminación, y el punto que Agustín está diciendo aquí es que el hombre, aun después de la caída, tiene la capacidad de hacer lo que quiera hacer, pero está espiritualmente muerto. Es un esclavo, no de Satanás como tal, sino que es un esclavo de sí mismo, de sus propias malas pasiones, de los deseos de su mente y de los deseos de su carne. Sigue la inclinación y los deseos de su propio corazón. Ahí está su libertad. Ahí está su esclavitud.
Ahora, el gran problema con Agustín y sus oponentes en ese día era el tema de cómo una persona puede lograr no solo el libre albedrío sino la libertad, la libertad se define como el poder moral, o la capacidad moral de elegir lo que es bueno, de elegir lo que es correcto, de elegir las cosas de Dios porque Agustín está diciendo en y por sí mismo: puesto que el corazón del hombre sólo desea siempre el mal, y no tiene ningún deseo natural bueno, sino que es por naturaleza un hijo de ira, que esa persona abandonada a sí misma nunca escogería las cosas de Dios.
No puede elegir las cosas de Dios, no porque no tenga voluntad, sino porque no tiene el deseo de elegir las cosas de Dios. Él no puede porque no lo hará. Nosotros no podemos hacer lo que no haremos. Esa es la incapacidad moral de la que habla Agustín; entonces, para Agustín, ser liberado de esta condición de esclavitud moral requiere absolutamente la intrusión de la gracia de Dios en su vida: que esa gracia no es solo algo que facilita la libertad, sino que es una condición necesaria para la libertad. De nuevo, volvemos a las palabras de Jesús cuando estaba debatiendo este tema con los fariseos, cuando dijo: «Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre».
«Nadie», eso es un negativo universal, «puede» eso describe el poder o la habilidad. «Nadie puede», ¿puede hacer qué? Venir a Cristo, «si no» —la frase «si no» apunta, de nuevo, a una condición necesaria, una condición sine qua non- algo que tiene que pasar antes de que ocurra un efecto deseado. «Nadie», dijo Jesús, «puede venir a mí si no lo trae el Padre». Requiere una acción de Dios, un don que Dios da gratuitamente a las personas para que puedan salir de ese estado de esclavitud. Entonces, para Agustín, el ingrediente clave y necesario para libertas, o libertad, es la gracia liberadora de Dios.
Ahora, volvamos a Efesios 2 donde Pablo estaba hablando de esta situación. Recuerden que comenzó el capítulo 2 diciendo: «Y Él les dio vida a ustedes que estaban muertos», y luego dice: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos…» ¿A qué hora? ¿Después de que se nos dio vida? No. Mientras estábamos muertos, en el estado de muerte espiritual, «aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados), y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe».
La pregunta es, ¿cuál es el antecedente de «esto»? «Es el regalo de Dios». ¿Cuál es el don de Dios? Fe. Agustín dice que es solo por la fe que una persona puede ser removida o movida fuera de ese estado de muerte espiritual y corrupción moral, y entonces la gente se detendrá y dirá: «Oh, entonces todo lo que necesito hacer para obtener la libertad es creer». Agustín dice sí y no. Por un lado, es cierto que la condición necesaria que debes de tener para salir de este caminar según el curso de este mundo es la fe, pero es una habilidad que no tienes, el poder de crear dentro de ti mismo.
Es por eso que dice que es por gracia a través de la fe, y la fe en sí misma es un don de Dios, que Dios provee la fe que es la condición necesaria que debe cumplirse para ser liberado. Es por eso que para Agustín toda la obra de liberación es obra de Dios y solo obra de Dios. No es una empresa cooperativa entre nosotros y Dios porque lo que tiene que suceder es que tenemos que resucitar de entre los muertos, y si puedo usar la analogía de la resurrección de Lázaro por parte de Cristo, que estuvo en la tumba durante cuatro días y estaba en estado de descomposición, cuando Cristo lo resucitó, ¿cuánta ayuda prestó Lázaro?
No había nada que Lázaro pudiera hacer. Lázaro estaba muerto. Era completamente pasivo. El poder activo que estaba obrando para llevarlo del estado de muerte biológica al estado de vida biológicamente era el poder de Cristo. Solo Dios puede resucitar a las personas de la muerte biológica a la vida biológica, y a modo de ilustración, eso es lo que Pablo está haciendo aquí, que lo mismo es cierto para la muerte espiritual, que estamos muertos al llegar a este mundo, espiritualmente, y que lo único que puede liberarnos de este cautiverio es el poder inmediato y activo de Dios cuando cambia el corazón y cambia la disposición del alma. Y es esa obra sobrenatural de la gracia la única que puede liberarnos de esta condición.
Esto plantea inmediatamente el tema de la elección y la predestinación, y Agustín obviamente no pasó por alto eso, ni sus oponentes lo pasaron por alto porque para Agustín, Dios no les da este regalo a todos, sino que en el misterio del propio plan y propósito de Dios, Él les da a algunos el regalo y a otros los deja a sí mismos. Algunas personas obtienen justicia, otras personas obtienen gracia. Pero el punto de Agustín era que es por gracia, y por gracia sola, que alguien es levantado de la muerte espiritual y entra a la libertad.






