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Transcripción
En nuestra sesión de hoy vamos a prestar atención al pensamiento de San Agustín con respecto a este tema de la relación entre el pecado original y nuestro libre albedrío. Ahora, en la historia de la iglesia generalmente se concede que Agustín fue el teólogo más grande del primer milenio de la historia de la iglesia, sino de todos los tiempos, y debido a que su pensamiento sobre este tema del libre albedrío y el pecado original fue tan importante y profundo en la iglesia primitiva y porque estableció la dirección básica del pensamiento de la iglesia para los siglos venideros, he decidido dedicar dos sesiones para exponer el pensamiento de Agustín sobre estos asuntos.
En nuestra última sesión analizamos a Pelagio y su respuesta negativa contra Agustín y lo que se conoce como el sistema del pelagianismo. También se ha observado, a grandes pinceladas, que los tres sistemas teológicos principales que han competido entre sí a lo largo de la historia de la iglesia son los sistemas llamados pelagianismo, agustinismo y semipelagianismo. (Algunos han cambiado ese nombre a semi-agustinismo en la medida en que representa un término medio entre Pelagio y Agustín). Ahora, más adelante veremos específicamente el sistema de pensamiento llamado semipelagianismo, pero como surgió después de la controversia de Agustín con Pelagio, lo veremos en ese orden cronológico.
Por ahora, vamos a ver la obra de Aurelio Agustín, quien además de ser el gran teólogo, también fue el obispo de Hipona en el norte de África. Fue el fundador del famoso concepto renovado durante la Reforma llamado sola gratia: que la salvación es por gracia solamente. Recordamos que para Pelagio, la gracia facilita la búsqueda de la justicia de una persona, pero que él no la consideraba necesaria. Para Agustín, la gracia no solo es necesaria, sino que es únicamente como resultado de la operación de la gracia de Dios dentro de nosotros que podemos ser liberados de nuestra condición caída y nuestra esclavitud al pecado.
Agustín estaba interesado en el tema del libre albedrío, e hizo una distinción muy importante que creo que es necesaria para que podamos comprender su línea de pensamiento, y me refiero a la distinción que hizo entre el concepto de liberum arbitrium y libertas. La palabra liberum arbitrium significa, o se traduce con las palabras «libre albedrío», y la palabra libertas se traduce al español con la palabra «libertad». El punto de Agustín con esta distinción era este: que después de la caída, el hombre todavía tenía libre albedrío. Lo que perdió en la caída fue su libertad. Permítanme tomarme unos minutos para explicar eso con un poco más de detalle.
Podemos hacer una analogía entre las facultades del pensamiento y la de la voluntad. Sabemos que el hombre fue creado como una criatura racional con mente y la capacidad para pensar. El hombre también fue creado como una criatura volitiva con una facultad que llamamos la voluntad. Tenía el poder de tomar decisiones. Ahora, en la caída, según Agustín y las Escrituras, toda la naturaleza del hombre se vio afectada. Se perdió algo significativo con la caída.
Cuando Pablo habla de la mente, por ejemplo, en el Nuevo Testamento, habla de la forma en que la mente humana se ha oscurecido, y en términos teológicos hablamos de lo que se llama los efectos noéticos del pecado. Se llama noético porque proviene de la palabra griega nous, que es la palabra griega para «mente», por lo que el efecto noético del pecado simplemente se refiere a los efectos del pecado en nuestra mente. Pablo usa palabras como «nuestro pensamiento ha sido entenebrecido o nublado», y eso significa que nuestra capacidad para la reflexión crítica se ha visto afectada por las influencias de nuestra caída.
Sabemos que nuestros cuerpos experimentan ciertas debilidades como resultado de la caída. Ahora están sujetos a enfermedad y muerte, pero también la mente ha quedado debilitada. No pensamos tan aguda ni tan claramente como solíamos hacerlo. Además de eso, la mente ha sido influenciada por prejuicios. Vemos cómo cuando tenemos prejuicios, que a veces nuestro sesgo o nuestras inclinaciones nublan nuestro pensamiento a tal punto que no vemos claramente los problemas como deberíamos verlos porque nos hemos dejado capturar por cierto sesgo o prejuicio.
Pero estoy usando esto simplemente a modo de ilustración de que nos damos cuenta de que la mente se ha debilitado por la caída a tal grado que Pablo dice que la mente natural está en enemistad con Dios y que, por naturaleza, el hombre no puede conocer a Dios de una manera salvífica debido a esta oscuridad que ha envuelto su pensamiento. Pero esto no significa que en la caída el hombre perdió la cabeza. Todavía tenemos la capacidad de pensar. Todavía podemos razonar. Todavía podemos sumar dos y dos y llegar a cuatro. Puede ser más difícil. Podemos cometer más errores matemáticos de los que habríamos cometido si no hubiéramos caído, pero sin embargo la facultad de pensar permanece intacta a pesar de que ha sido afectada de manera negativa y desfavorable por el pecado.
Ahora, de una manera similar, lo que Agustín está tratando aquí es que aunque la caída ha causado un daño grave a nuestras voliciones, a nuestras elecciones, a nuestra capacidad de tomar decisiones, no ha destruido la voluntad. El hombre todavía tiene la facultad de elegir. Tomamos decisiones todos los días y usamos nuestra voluntad. Somos agentes volitivos. Entonces, en la medida en que todavía tengamos la capacidad de tomar decisiones, que todavía tengamos una voluntad, y esa voluntad permanece libre en el sentido de que la voluntad no es coaccionada o forzada a las decisiones que toma por ninguna agencia o poder externo.
Lo que Agustín dice es: «Antes de la caída, el hombre tenía la capacidad de tomar decisiones según sus propios deseos, según sus propias inclinaciones; y después de la caída, el hombre todavía tiene una voluntad, y todavía tiene un libre albedrío en el sentido de que la voluntad está libre de coerción externa». La misma palabra «libertad» suele ser muy confusa para nosotros. En nuestra propia herencia nacional, el concepto de libertad ha sido valorado, y vemos en nuestra propia historia la Guerra Revolucionaria como un conflicto por la libertad.
Pensamos en Patrick Henry: «Dame libertad o dame la muerte». Y la libertad en el siglo XVIII tendía a definirse en términos de libertad para hacer ciertas cosas, para hacer ciertas cosas sin ser obstaculizados por algún tipo de autoridad externa que nos impidiera hacerlo. Durante el gobierno de Roosevelt, durante la Depresión, él redefinió la libertad para nosotros como libertad de ciertas cosas: libertad del miedo, libertad de la necesidad, libertad del hambre y ese tipo de cosas. ¿De qué estamos hablando cuando decimos «libre»? ¿Es una libertad para hacer algo, o es una libertad de algo?
Bueno, para Agustín, el libre albedrío del hombre todavía tiene la capacidad de tomar decisiones según nuestros deseos. Sin embargo, este libre albedrío que él explica…, que él describe aquí como una voluntad… libre, dice que se encuentra ahora en un estado caído de corrupción, de modo que aunque usa el adjetivo «libre» para definir la voluntad humana, se apresura a agregar a eso (como una aclaración) que la criatura caída tiene libre albedrío, pero el problema es que esa voluntad es ahora una voluntad malvada. Todavía somos libres de hacer lo que queramos, pero el problema está en el «querer», que nuestros deseos, según las Escrituras, solo son malvados continuamente con respecto a las cosas de Dios.
La idea es que después de la caída el hombre ha perdido cualquier deseo innato de buscar a Dios o de agradar a Dios o de tener a Dios en su pensamiento. Esto es lo que las Escrituras llaman una mente depravada por la cual hay una hostilidad básica e interior hacia las cosas puras de Dios que, si nos dejaran a nosotros mismos, dadas nuestras opciones, no elegiríamos a Dios porque no lo deseamos, y con eso es que Agustín está lidiando en sus definiciones y su distinción entre el liberum arbitrium y la libertas.
El hombre todavía tiene la capacidad de elegir lo que quiere, pero como no quiere a Dios en su pensamiento o en su vida, y no tiene ningún deseo por las cosas de Dios -está espiritualmente muerto-, lo que ahora le falta es lo que Agustín llama libertad. Para él, la libertad es la libertad de hacer el bien y de hacer el mal. Es el poder moral para abrazar las cosas santas de Dios. Más bien, Agustín dice que esta voluntad caída es libre en el sentido de que tiene el poder de hacer lo que quiere, pero no libre en el sentido de que tenga el poder en sí misma para dirigir o inclinar su propio corazón hacia las cosas de Dios.
Para expresar la diferencia en la condición de Adán antes de la caída y del hombre después de la caída, voy a poner una tabla de términos latinos en la pizarra, no para oscurecer las cosas, sino que el propósito de usar el latín es aclarar las cosas, y tomaremos prestada esta tabla de Agustín. Agustín primero observó el estado de Adán antes de la caída, y dijo: «Adán, antes de la caída tenía el posse peccare», y de la palabra posse obtenemos la palabra «posibilidad» o «poder»; y peccare es la forma infinitiva del verbo latino que significa «pecar».
Si decimos que algo es impecable, queremos decir con eso que no tiene pecado. Podemos hablar de pecadillos. Los pecadillos no son esos pequeños animales cubiertos con una especie de armadura que corren por la calle por la noche, sino que los pecadillos son pequeños pecados, y ambas palabras, impecable y pecadillo, provienen de la misma raíz latina. Entonces, el posse peccare simplemente significa «la capacidad o el poder de pecar». Adán obviamente tenía el posee peccare, y lo sabemos bien ¿por qué? Porque pecó, y lo que hizo era obviamente posible, o no habría podido hacerlo. De modo que antes de la caída, el hombre tenía la posse peccare, pero también tenía la posse non peccare, que simplemente significa «el poder de no pecar».
Podía pecar o no pecar, dependiendo de la decisión que tomara, y esa era la estructura básica de su libre albedrío. Ahora permítanme dar un comentario en este punto. Esta idea, de que el libre albedrío significa la capacidad de pecar o la capacidad de no pecar, concedemos, como lo concedió Agustín, que era el estado de Adán antes de la caída. Ahora, Pelagio enseñó que esta posibilidad gemela permaneció intacta después de la caída, y así para Pelagio, todos los hombres, en todo momento, siempre han tenido tanto la posse peccare como la posse non peccare.
La visión humanista y pagana del libre albedrío que domina en la civilización occidental sostiene lo mismo. Cuando en nuestra sociedad actual se habla de libre albedrío, lo que quieren decir es que «tengo el mismo poder para hacer el bien o el mal, que no sufro de ninguna inclinación previa o sesgo hacia lo uno o lo otro». Ahora, antes de la caída, el hombre tiene la capacidad de pecar y la capacidad de no pecar. Ahora, hay dos cosas que no tiene. No tiene el non posse peccare.
No quiero confundir a nadie aquí, pero ahora esto es simplemente la capacidad de pecar con lo negativo que se le pone delante, lo que significa la incapacidad de pecar. Obviamente, dado que Adán tenía la capacidad de pecar, no podríamos decir que al mismo tiempo podría tener la capacidad de pecar y no tener la capacidad de pecar, pero la incapacidad de pecar es algo que tú también atribuirías a Dios. Dios no puede pecar, no porque carezca del poder físico para llevar a cabo la acción si así lo deseara, sino porque sus deseos solo se inclinan hacia la justicia perfecta en todo momento. Carece del motivo para pecar. Del mismo modo, esperamos con ansias ese estado en el cielo.
En este momento, si somos cristianos, todavía podemos pecar, ¿y cómo sabemos eso? Porque todavía pecamos, pero nuestra esperanza es que en el cielo, cuando hayamos sido glorificados y nuestra santificación haya sido completada, ese pecado ya no existirá. Se convertirá prácticamente imposible debido a la redención de nuestras vidas, de modo que estaremos mejor en el cielo de lo que Adán estaba en el paraíso porque Adán todavía tenía el posse peccare. Pero la distinción en esta tabla que ha provocado la mayor cantidad de controversia y problemas en el debate sobre el libre albedrío es esta siguiente categoría, que se llama non posse non peccare.
Ahora, eso puede ser un poco confuso porque aquí el latín está usando un negativo doble, equivalente a una prohibición absolutamente negativa. Ahora, estoy usando el latín porque creo que es más fácil de seguir en este sentido. El non posse non peccare significa «no es posible no pecar» – es imposible que una persona en esta condición viva sin pecado, y esta es específicamente la forma en que Agustín describe la condición moral del pecado original – que como resultado de la caída, hemos perdido nuestra justicia original, hemos perdido nuestra inocencia, y hemos estado tan sumergidos en la corrupción moral que ahora es imposible para nosotros vivir una vida sin pecado.
Escuchamos los axiomas populares Errore est humanum – «Errar es humano, perdonar es divino», e incluso el humanista más optimista estará de acuerdo en que nadie es perfecto; y cuando hacemos esa estipulación de que nadie es perfecto, la pregunta que se plantea en la estipulación es ¿por qué? ¿Por qué no tenemos algunos ejemplos de personas que han vivido vidas impecables y sin pecado? Bueno, Agustín está diciendo que es debido a nuestra naturaleza como seres humanos caídos que ya no podemos vivir sin pecar.
Ahora, por supuesto, esto lo lleva a colisionar de frente contra Pelagio, porque Pelagio sostenía que no solo es posible que las personas vivan vidas perfectamente justas, sino que, de hecho, algunos de ellos lo han logrado y continúan alcanzando la perfección. No así para Agustín. Esta es su descripción del estado de pecado original: que nos quedamos con -si puedo usar un término teológico más moderno- un estado de incapacidad moral, lo que significa que por nuestro propio poder no tenemos la fuerza moral para inclinarnos o volvernos a las cosas de Dios. Permítanme decirlo de nuevo. La incapacidad moral significa que no tengo el poder de elegir a Dios por mí mismo porque no tengo ningún deseo de elegir a Dios por mí mismo, y sin el deseo o la inclinación nunca elegiré lo que no quiero o no deseo.
Ahora, obviamente, la pregunta inmediata que se plantea, como fue planteada por Pelagio, es: «Un momento, si nací en un estado en el que no puedo dejar de pecar, ¿cómo puede Dios hacerme responsable de ser un pecador cuando de hecho es mi naturaleza pecar?». ¿No es ese el dilema? Aquí tenemos a Dios responsabilizando moralmente a las personas ante un estándar de justicia que no pueden alcanzar o lograr, y a primera vista parece ser manifiestamente injusto y, como creía Pelagio, un insulto a la justicia de Dios. Agustín decía, tal como declaran claramente las Escrituras, que esta condición caída que produce esta tendencia hacia el pecado, ya es un castigo por el pecado.
La razón por la que Adán cayó en ese estado, y todos sus descendientes cayeron en ese estado, fue porque Adán sirvió como nuestro representante, la cabeza de toda la raza humana, pero no pasó la prueba, como nos dice la Biblia: «Por el pecado de un hombre, la muerte vino al mundo, y el pecado pasó a todas las generaciones». Cuando Adán cayó, la raza humana cayó con él como resultado del juicio de Dios sobre una raza de criaturas que despreciaban Su autoridad. Bueno, veremos con mayor detalle los puntos de vista de Agustín en nuestra próxima sesión.






