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Transcripción
Uno de los duelos más fascinantes que jamás haya tenido lugar en la arena teológica, entre teólogos, fue el duelo que estalló en el siglo XVI entre quizás el estudioso humanista católico más respetado de la época y Martín Lutero. Fue Desiderio Erasmo de Rotterdam, el hombre que reconstruyó el «Texto recibido» del Nuevo Testamento, conocido en todo el mundo por su gran erudición y sagacidad.
En las primeras etapas de la Reforma se puso del lado de Lutero, y escribió «El elogio de la locura», que era una sátira amarga y sarcástica contra las corrupciones del clero dentro de la Iglesia católica; pero, sin embargo, cuando se trataba de los temas cardinales de la Reforma en sí, Erasmo rompió relaciones con Lutero y permaneció fiel a la Iglesia católica romana y luego se dispuso a criticar las enseñanzas de Martín Lutero. El debate se inició en 1524 cuando Erasmo publicó su obra titulada «La diatriba sobre el libre albedrío» en la que hizo una crítica amplia y exhaustiva de la teología de Lutero y de los reformadores.
Al año siguiente, en 1525, Lutero respondió al trabajo de Erasmo con su famoso libro De servo arbitrio, que se llama «La esclavitud de la voluntad». De los más de cincuenta volúmenes que nos llegan de la pluma de Martín Lutero, el propio Lutero consideró como su obra más importante su trabajo sobre la esclavitud de la voluntad y la respuesta que dio a Erasmo, y creo que en su mayor parte los historiadores y teólogos de la iglesia han estado de acuerdo con la evaluación de Lutero de que esa fue su obra más importante. Les recomiendo la lectura de «La esclavitud de la voluntad», ya que sigue siendo un clásico cristiano y ciertamente de vital importancia para toda esta controversia sobre el libre albedrío en lo que se refiere tanto a la doctrina de la elección como a la doctrina del pecado original.
Sabemos, por ejemplo, que el grito de guerra de la Reforma y el tema central del cual se debatió en el siglo XVI fue sobre este concepto de sola fide, que es el lema que significa «por la fe sola», resumiendo de manera breve la doctrina de Lutero de la justificación por la fe sola. Sin embargo, Lutero, en este punto, consideraba que, en cierto sentido, la doctrina de la justificación era solo la punta del iceberg de la controversia y que había un tema teológico aún más serio que estaba oculto por debajo, pero que sin duda estaba en juego y presente en la controversia que dividió a la cristiandad tan profundamente en el siglo XVI. Nos referimos a la doctrina de la sola gratia.
Para Lutero, sola fide surge de sola gratia y se basa en sola gratia y depende de sola gratia para su fuerza, y en su obra sobre la esclavitud de la voluntad, Lutero, al hablar de la doctrina de la elección o predestinación, que es tan controvertida, hizo el comentario de que a su juicio la elección es el núcleo de la ecclesia, o el corazón mismo de la iglesia. Una vez más, hay que recordar que Lutero era un monje agustino, y su principal mentor teológicamente fue Agustín, y fue Agustín quien siglos antes había enfatizado con mucha fuerza su concepto de sola gratia, que somos salvos por gracia y por gracia solamente.
Es por esa razón que la justificación tiene que ser por la fe sola, como Pablo declara cuando habla en Efesios que somos justificados por gracia a través de la fe. Entonces, Lutero estaba tratando de sondear debajo de la superficie el tema central de la justificación y llegar a sus cimientos fundamentales en la doctrina clásica de la gracia, y eso, por supuesto, toca inmediatamente el tema de la extensión de nuestra caída y la fuerza de nuestra voluntad humana.
En la «Diatriba», Erasmo sostuvo que todo el tema del libre albedrío en este debate era un asunto que realmente no era tan importante. Era un punto académico, un tecnicismo, que podría dejarse mejor en manos de los académicos y no algo por lo que la gente debería preocuparse. Recordamos que también en la «Diatriba», si estudias la posición de Erasmo, ves cuán ambigua es y, francamente, creo que hasta confusa, vacilando de un lado a otro entre varias ideas de libertad y de gracia.
Pero también hace la observación de que en ciertos temas como este, siendo académico, prefería suspender su juicio y no irse hacia un lado o el otro, porque pensaba que eso era lo más prudente que se podía hacer en asuntos de este tipo, a lo que Lutero respondió diciendo, al estilo típicamente luterano: «¡Fuera los escépticos! Fuera los académicos. Spiritus Sanctus non es sceptitus». El Espíritu Santo no es escéptico, y las verdades que Él ha revelado son más preciosas para nosotros que la vida misma. Y con respecto a la importancia del tema del grado de poder que tiene o le falta a la voluntad humana caída, Lutero hace este comentario al responder a Erasmo. Erasmo había dicho que la doctrina del libre albedrío es: «Una de las doctrinas inútiles de las que podemos prescindir».
Lutero dijo: «Es irreligioso, ocioso y superfluo, tú dices, querer saber si nuestra voluntad afecta algo en asuntos relacionados con la salvación eterna o si es totalmente pasiva bajo la obra de la gracia. Pues bien, aquí hablas de lo contrario, diciendo que la piedad cristiana consiste en esforzarnos con todas nuestras fuerzas; y dices que, fuera de la misericordia de Dios, nuestra voluntad es ineficaz. Aquí afirmas claramente que la voluntad es en cierto sentido activa en asuntos relacionados con la salvación, o la representas como un esfuerzo, y nuevamente la representas como el objeto de la acción divina cuando dices que sin la misericordia de Dios es ineficaz. Pero no defines los límites dentro de los cuales debemos pensar en la voluntad como haciendo la obra y como recibiendo la obra. Te esfuerzas por engendrar ignorancia en cuanto a lo que la misericordia de Dios y la voluntad del hombre pueden afectar por tu propia enseñanza en cuanto a lo que la voluntad del hombre y la misericordia de Dios realmente afectan».
Ahora, lo que Lutero está diciendo aquí es esto: que la pregunta sobre qué papel juega Dios en mi salvación y qué papel juego yo en mi salvación tiene todo que ver con nuestra postura religiosa ante Dios y todo que ver con nuestra comprensión de la gracia de Dios, nuestra apreciación de la gracia de Dios, nuestra adoración a Dios y nuestra dependencia de Dios. Es un asunto de importancia crítica, según Lutero, si pensamos que en última instancia nuestra salvación es la obra de Dios o es algo que hasta cierto punto se logra por nuestros propios esfuerzos, nuestra propia lucha y nuestro propio mérito.
Aquí vemos otro de los lemas de la Reforma que acecha entre bastidores (ni siquiera lo voy a escribir), y es la expresión Soli Deo Gloria: solo a Dios la gloria. ¿Debo reducir la gloria que pertenece a Dios para mi redención y atribuirme parte de la alabanza y gloria a mí mismo, o es apropiado en el espíritu religioso del corazón cristiano entender que la salvación es del Señor, que hemos sido rescatados como esclavos que no pudieron liberarse a sí mismos, como deudores que no pudieron pagar su deuda para que cantemos alabanzas a la gracia de Dios a lo largo de nuestras vidas? Lutero dijo: «Este es un asunto de suprema importancia para la salud de la vida del cristiano, por lo que no es solo un asunto que deba reservarse para los pasillos de la academia o solo para los estudiosos».
Ahora, nuevamente, Erasmo estaba preocupado por algunas de las consecuencias prácticas que podrían surgir de la enseñanza de la Reforma sobre la incapacidad moral del hombre y la soberanía de la gracia divina. Dice: «¿Qué puede ser más inútil que publicar al mundo la paradoja de que todo lo que hacemos no lo hacemos por libre albedrío sino por mera necesidad y la opinión de Agustín de que Dios obra en nosotros tanto el bien como el mal, que recompensa sus propias buenas obras en nosotros y castiga sus propias malas obras en nosotros?» Erasmo dijo: «Esto abriría una compuerta de iniquidad y difundiría tales noticias abiertamente a la gente». Luego planteó esta pregunta práctica: «Si se enseñara la doctrina de la elección, ¿qué hombre malvado enmendaría su vida? ¿Quién creería que Dios lo ama y quién lucharía contra su carne?».
Ahora, si recuerdas, cuando vimos el sistema llamado semipelagianismo, y exploramos los escritos de Casiano, Juan Casiano, y lo vimos reaccionando contra la enseñanza de Agustín sobre la naturaleza y la gracia, Casiano planteó exactamente estas mismas objeciones contra Agustín, diciendo que si se enseñara la doctrina de la elección y se proclamara la incapacidad moral del hombre, que sería el fin de la predicación, sería el fin del evangelismo, sería el fin de las personas tratando de mejorar su carácter.
¿Cómo responde Lutero a estas preguntas? Bueno, escuchen. Erasmo dijo… Lutero lo dice de esta manera: «Dices, Erasmo: ”¿Quién intentará reformar su vida?”». La respuesta que da Lutero, «Nadie». Erasmo – «¿Quién creerá que Dios lo ama?». Lutero responde: «Nadie. Nadie puede, pero los elegidos lo creerán, y los demás perecerán sin creerlo, furiosos y blasfemos». Erasmo dijo que nuestras doctrinas abren una compuerta de iniquidad. Lutero dijo: «Que así sea».
Lutero está dispuesto a ir hasta el final sobre esto. Él dijo: «Oye, lo que está en juego aquí es el carácter de Dios, y si al enseñar lo que la Biblia enseña acerca de nuestra total dependencia de la gracia de Dios para redimirnos, va a hacer que las personas no se esfuercen por venir a Dios en su muerte espiritual». Dijo: «Si esa es la compuerta de iniquidad que se abre, dijo: “Que se abra”, porque en primer lugar, el punto principal es ¿qué? ¿Quién intentará enmendar sus vidas? ¿Quiénes se inclinarán a las cosas de Dios si enseñamos esta doctrina? Nadie, porque nadie puede en realidad, y nadie lo hace de todos modos».
Ese es el punto, como el apóstol lo había dejado claro. Nadie busca a Dios, que en nuestra condición caída estamos tan esclavizados por nuestro pecado que no queremos venir a las cosas de Dios. Ese es el punto que Lutero está tratando de decir. Y entonces dices: «Si le enseño a la gente que en su condición caída nunca se esforzarán o se inclinarán a venir a Dios, que eso hará que dejen de esforzarse e inclinarse a venir a Dios, cuando no pueden hacerlo de todos modos». Eso es absurdo.
De nuevo, está diciendo: «El problema que tenemos en nuestra condición caída es que nadie quiere a Dios. No queremos a Dios en nuestro pensamiento, no queremos a Dios en nuestras vidas, y no estamos buscando a Dios sobre el cielo y la tierra. Estamos huyendo de Dios tan lejos y tan rápido como podemos; y nuestra única esperanza es que Dios nos busque, nos haga volver y nos lleve a Él».
Más adelante, Lutero se ocupa de la definición de libre albedrío que Erasmo da, reproduciéndola en su propio libro. Dice: «Supongo, pues, que este poder de la voluntad humana significa el poder o facultad o disposición o aptitud para querer o no querer, para elegir o rechazar, para aprobar o desaprobar, y para realizar todas las demás acciones de la voluntad. Ahora, lo que significa que este mismo poder se aplique o se aleje, no lo veo, a menos que se refiera a un verdadero querer o no querer, elegir o rechazar, aprobar o desaprobar, es decir, la acción misma de la voluntad. Entonces, debemos suponer que este poder es algo que se interpone entre la voluntad y su acción, algo por lo cual la voluntad misma provoca el acto de querer o no querer, y por medio de la cual se obtiene la acción de querer o no querer, no se puede concebir o imaginar nada más».
Esto puede sonar un poco enigmático para ti. Este concepto que acabo de leerles en Lutero será ampliado con mucha mayor claridad más adelante por Jonathan Edwards, pero el punto simple que Lutero está haciendo aquí es que está haciendo esta pregunta: «Si todo se reduce a tu querer o no querer, tu rechazo o aceptación, tu decisión o no decisión a cooperar con la gracia de Dios, es decir: La gracia de Dios se te da a ti, a esta persona y a esta persona, pero en última instancia, depende de tu libre albedrío o de su libre albedrío determinar tu destino. ¿Qué es lo que se encuentra en tu naturaleza caída que hará que la voluntad de esta persona diga “Sí” y la voluntad de esa persona diga “No”?».
Hay algo entre la capacidad de querer y la acción real de tomar la decisión y, por supuesto, lo que Agustín había dicho siglos antes y Lutero reitera en este punto es que se trata de la inclinación del alma o el deseo. Si esta persona dice: «Sí», a la gracia, solo puede ser porque esta persona quiere decir «Sí», a la gracia, y si esta persona dice: «No», a la gracia, solo puede ser porque esta persona quiere decir «No», a la gracia. ¿Qué podría ser más simple que eso? Bueno, eso es simple: plantear el problema o plantear la pregunta es simple, pero nuevamente, la dificultad está en determinar por qué una persona diría «Sí» y otra persona diría «No».
Obviamente, la persona que dijo «Sí» tiene un deseo positivo hacia Dios, incluso antes de nacer del Espíritu. La otra persona no tiene una inclinación positiva hacia Dios, y la persona que tiene la inclinación correcta tomará la decisión correcta. La persona que tiene la inclinación equivocada tomará la decisión equivocada, y si eso queda determinado estrictamente, en última instancia, sobre la base de la operación de la voluntad humana, eso significa que esta persona ha hecho lo justo, esta persona ha hecho lo malo. Esta persona tiene algo de lo que jactarse; esta persona no tiene nada de qué jactarse.
A menudo explico esto a la gente del siguiente modo: les digo: «¿Por qué eres cristiano y tu vecino no lo es?». Y dicen: «Bueno, porque yo elegí serlo y ellos eligieron no serlo». Y les digo: «Bien, ¿es porque eres más justo que tu vecino?». Ahora, ¿qué debe responder el cristiano normal a esa pregunta? Sabes lo que se supone que debe responder. Sabes que nunca se supone que debes ponerte de pie y decir: «Bueno, la razón por la que soy cristiano, y alguien más no lo es, es porque soy más justo». Este sería realmente el cenit o la cúspide de la justicia personal, decir que la razón por la que estoy en el reino y alguien está fuera del reino es porque yo soy justo y ellos no. Suena como el fariseo en el templo que se jactaba de su relación con Dios. La mayoría de los cristianos no se atreverían a decir: «Es porque soy más justo», pero se quedan callados en ese punto.
Entonces les digo: «Bueno, ¿es porque eres más inteligente que esa persona?». No, no quieren decir eso porque saben que si lo dicen, lo siguiente que voy a decir es: «¿De dónde sacaste esa inteligencia? ¿La ganaste o la recibiste? ¿Fue un logro o un regalo?». Y luego la discusión de su parte quiere terminar. Dicen: «No es porque sea más justo», y yo digo: «¿Por qué no es porque eres más justo? ¿Tomaste la decisión correcta?». «Sí». ¿Tu vecino tomó la decisión equivocada?». «Sí». ¿Es bueno que hayas tomado esta decisión?». «Sí». ¿Es malo que hayan tomado esa decisión?» «Sí». Entonces, ¿por qué no dices que eres más justo que esa persona?». Porque saben que no se supone que deban hacerlo, pero tienen que hacerlo si realmente creen que, en última instancia, lo que determina su inclusión en el reino de Dios es la elección correcta y buena que hicieron cuando tuvieron la oportunidad.
Ahora, el otro punto que Lutero debatió con Erasmo fue este asunto que leí hace unos momentos de Erasmo quejándose de la necesidad. Dice que, según Lutero, si Dios sabe todo de antemano y lo que va a suceder, entonces todas las cosas que suceden en este mundo suceden por necesidad, y si todas las cosas suceden por necesidad, entonces no podemos ser libres en absoluto. Para Erasmo, la necesidad significa coerción. Si mis acciones son necesarias con respecto a la presciencia de Dios, según Erasmo, entonces deben tener lugar a través de algún tipo de coerción.
Lutero dijo: «No, no, no, no, no, no». Él dijo: «Dios no me obliga a tomar las decisiones que tomo en mi vida diaria normal, pero son necesarias con respecto a Su conocimiento, porque si Dios sabe hoy lo que voy a hacer libremente mañana, sin Su coerción, ¿lo haré mañana? ¿Es seguro que lo haré mañana? Es por necesidad de certeza en la medida en que ciertamente sucederá porque Dios no comete errores en Su conocimiento, pero eso no significa que Dios me esté obligando a hacerlo, o que me vea obligado por casualidad o cualquier otra cosa. Que Dios sepa de antemano lo que voy a hacer no significa que tenga que coaccionarme para que lo haga», por eso Lutero hace la distinción entre la necesidad de la consecuencia y la necesidad de lo consecuente, que es una distinción técnica para explicar esto.
Pero lo que le está diciendo a Erasmo es: «No estamos enseñando, con nuestra visión de la elección, o de la soberanía divina sobre la caída del hombre, que Dios coacciona a los pecadores a pecar». Él dice: «La gente elige lo que quiere, pero el problema es que lo que quiere es malvado. Es seguro que elegirán lo que quieren en virtud del conocimiento que Dios tiene de ello, pero Dios no los obliga, a los que desean hacer el bien, a hacer el mal, ni obliga a las personas que solo quieren el mal a hacer el bien».






