Recibe programas por email
Únete a nuestra lista de correo para recibir notificaciones cada vez que salga un nuevo programa. Al inscribirte, también podrás recibir información sobre eventos, capacitaciones, material de apoyo, noticias, artículos, nuevos libros, etc.
Transcripción
En la sesión de hoy haré algo un poco distinto a nuestro procedimiento normal. Voy a empezar con una evaluación sorpresa. Les voy a pedir que vean si pueden identificar al autor de la siguiente cita. Voy a leer la cita que va como sigue: «En la caída, el libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, mutilado, enfermo, jorobado y debilitado, sino que también está encarcelado, destruido y perdido. No tiene poderes excepto cuando es estimulado por la gracia divina».
Creo que si les hiciera esa pregunta a mis estudiantes de seminario y les pidiera que identificaran al autor, ninguno de ellos podría hacerlo, porque la persona que escribió esas palabras fue Jacobo Arminio, el padre del arminianismo, y esa declaración suena tan agustiniana, tan calvinista y reformada como podría sonar una afirmación sobre la naturaleza de nuestra voluntad en la caída. E ilustra algo que debemos decir desde el inicio mismo de nuestra enseñanza de hoy: que muy a menudo en los debates teológicos lo que sucede es que la posición opuesta se construye como un hombre de paja y se ofrece una caricatura a la gente.
No sé cuántas veces he escuchado que el calvinismo se define como la enseñanza de que Dios selecciona arbitrariamente a algunas personas para la salvación y selecciona a otras para la condenación, y que Él trae a los elegidos pateando y gritando, en contra de su voluntad al reino, mientras que al mismo tiempo, impide que otras personas que desean desesperadamente estar allí entren en Su reino. Esa es la distorsión más seria de la teología reformada que se pueda escuchar, y del mismo modo, a veces la teología de Arminio se pinta y retrata como si Arminio fuera un pelagiano recalcitrante, y por supuesto, ese no fue el caso.
De hecho, al comienzo de su carrera, Arminio se distinguió como teólogo reformado, que laboró en una institución teológica reformada en los Países Bajos, y se vio envuelto en una seria disputa con uno de sus colegas sobre el tema del supralapsarianismo y el llamado hipercalvinismo. Y en la respuesta a su colega, en la medida en que discutían y debatían, Arminio comenzó a alejarse cada vez más, no solo del hipercalvinismo sino también del calvinismo clásico, como veremos.
Pero él sí enseñó que en la caída, las tres dimensiones de la naturaleza espiritual del hombre se vieron radicalmente afectadas. Como resultado de la caída, el hombre quedó con lo que Arminio llamó una «mente entenebrecida», un «afecto perverso» y una «voluntad impotente»; y la impotencia de la voluntad y las tinieblas de la mente y la perversidad del corazón constituyen juntas la muerte espiritual, tal como lo dice la Biblia, que estamos muertos y en pecado.
Al comentar sobre eso, Arminio declaró que estar muertos en pecado significa que no somos moralmente libres para hacer ningún bien a menos que primero seamos liberados por Dios, de modo que el primer paso de nuestra redención depende de la gracia liberadora de Dios. Ahora, Arminio articuló este concepto de la gracia liberadora de Dios en términos de lo que él llamó «gracia preventiva». Ya hemos visto esto anteriormente, en otros sistemas, y la interpretación más popular de este concepto se encuentra en la frase «gracia preveniente».
Ahora, cuando usamos la palabra «prevenir» en nuestro lenguaje común y moderno, estamos hablando de evitar que algo suceda. Eso es lo último que Arminio quiere decir con la palabra «prevenir» al usar la expresión «gracia preveniente», sino que está usando «gracia preveniente» del modo en que se entendía cuando se usaba de una manera mucho más cercana a su origen latino. «Gracia preventiva» o «gracia preveniente»: el prefijo significa «antes» y «venio» significa ¿qué? Veni vidi vici – «Vine, vi, vencí».
Vi una sudadera, recientemente, que decía: Veni vidi veggie – «Vine, vi, comí una ensalada». Pero sabemos que el veni significa «vine», y por lo tanto la «gracia preveniente» es una gracia que viene antes de algo, y es la operación previa de la gracia divina la que Arminio ve como un requisito previo necesario para la liberación del alma de la gracia espiritual… de la muerte espiritual. Así que esa gracia, y la gracia preveniente de la que estamos hablando aquí, viene antes de la conversión, y de hecho debe venir antes de la conversión para que la conversión tenga lugar.
Ahora, cuando hablamos de la gracia de Dios, hay quienes distinguen entre la gracia interna y la gracia externa o el llamado interno de Dios y el llamado externo de Dios, y algunos limitan la gracia de Dios a lo que Dios hace fuera de nosotros al darnos Su palabra, al mostrarnos la verdad, acercándonos, atrayéndonos e incitándonos para que vengamos a Él, pero esta asistencia de la gracia permanece fuera de nuestras almas. A eso lo llamaríamos gracia externa; pero la gracia interna significa que Dios hace algo dentro de nosotros.
Es importante entender que para Arminio, él ve la gracia de Dios por la cual llama a los pecadores a la conversión como no limitada a una operación externa del Espíritu Santo, sino que para Arminio, la gracia obra internamente; y mientras se mantuvo enseñando eso, estaba en la misma página que Agustín, Lutero y Calvino, en cuanto a la operación interna de Dios. Pero luego continúa y hace esta observación, que parece ser completamente inconsistente con la primera cita que les di. Él dice: «Todas las personas no regeneradas tienen libertad de voluntad y son capaces de resistir al Espíritu Santo». La persona puede rechazar la gracia y no abrir la puerta, o no abrir a la persona, ni al Dios que llama a la puerta del corazón.
Entonces, aunque la gracia por la cual nos convertimos, según Arminio, es interna, no es irresistible. Entonces, sí podemos ver una imagen aquí de un hombre caído que está en esclavitud al pecado y no puede cambiarse a sí mismo ni la inclinación de su corazón a hacer las cosas de Dios por sí mismo. Necesita la intrusión de la gracia en su alma, y esa gracia opera internamente en su alma. Sin embargo, para que esa persona se convierta, esa persona aún debe responder positivamente a esta operación de la gracia y no rechazarla. Y esta gracia es lo suficientemente poderosa como para convertir, pero no es tan poderosa como para convertir en virtud de su propia actividad. Todavía requiere una respuesta interna de la persona que lo está recibiendo.
Ahora, nuevamente, al describir esta operación en el alma, Arminio dice que la gracia de la regeneración es suficiente para convertir. Es todo lo que una persona necesita para ser liberada de la muerte espiritual y de la esclavitud moral, y ciertamente es algo que necesitamos. No podemos ser liberados sin ella, y la gracia que Dios da a las personas es suficiente. Esa es la forma en que está usando el término «suficiente». Es todo lo que se necesita para hacer el trabajo; pero no es intrínsecamente eficiente, lo que significa que no siempre y en todas partes efectúa la conversión o regeneración.
Ahora, en este sentido, vemos el fuerte contraste entre Arminio y Agustín y aquellos en la tradición agustiniana, como Lutero y Calvino. Los calvinistas hablan con frecuencia sobre el llamado de Dios como un «llamado eficaz», lo que significa que cuando Dios cambia el carácter del corazón a través de la operación del Espíritu Santo en la regeneración, el Espíritu efectúa lo que pretende que suceda mediante esta obra divina y sobrenatural en el alma. Así que esa es la diferencia básica aquí entre la teología reformada histórica y Arminio, es decir, que la teología reformada enseña que la gracia de la regeneración es eficaz. Esa es a la vez interna y eficaz; mientras que para Arminio, es interna pero resistible. No es necesariamente eficaz.
Ahora, continúa diciendo que si el hombre no asiente a esta gracia suficiente y preveniente, y por lo tanto no se convierte, la culpa recae exclusivamente en el hombre. ¿Recuerdan cómo comenzó toda esta controversia en primer lugar entre Pelagio y Agustín, y que Pelagio estaba molesto por la oración de Agustín: «Dios, concede lo que Tú mandas»? Pelagio estaba diciendo que si se requiere la gracia de la mano de Dios para que cumplamos con nuestro deber, entonces Dios no sería justo al exigir que las personas crean y lo sigan si, para cumplir con ese requisito, Dios tuviera que hacer algo para ayudarlos.
Ahora, Arminio no está de acuerdo con Pelagio hasta el punto de decir que Dios tiene que ayudar para que seamos piadosos, pero que la ayuda que Él da no es tan eficaz como para hacer la diferencia final en cuanto a si una persona es salva o no. El mismo punto que preocupaba a Pelagio también preocupaba a Arminio, aunque lo resolvieron de diferentes maneras. Ambos estaban preocupados por la justicia de Dios, y particularmente en lo que se refiere a la doctrina de la elección.
Si Dios solo da gracia eficaz para la conversión, para la liberación, para la regeneración a algunas personas y no a otras, entonces, en última instancia, es Dios y no el hombre quien recibe el crédito por su salvación, pero también recibiría la culpa si a alguno le falta; y así, tratando de proteger a Dios de cualquier sombra o indicio de arbitrariedad, Arminio deja esta isla de capacidad dentro del hombre caído para cooperar con la gracia que se le da o para rechazarla. Así que el punto, nuevamente, es que para Arminio, la gracia de la regeneración es resistible.
Ahora, hay una nota interesante al pie de la página para entender todo esto. Debido a este esquema, por el cual dice que la gracia no es irresistible, puede decir que si una persona no se convierte, la culpa está en la persona. Él no dice lo contrario. No dice que si una persona es salva porque no se resistió a esta gracia y dio la respuesta adecuada a esa gracia, no llega a la conclusión de que si una persona toma la decisión correcta, por lo tanto es piadosa en ese momento.
Pero la pregunta que planteo y que otros críticos del arminianismo han planteado es esta: que si tienes dos opciones, consentir a esta gracia o rechazar esta gracia, y si el rechazo de ella es claramente una falta, ¿por qué entonces el asentimiento y la aceptación de ella no es realmente una virtud? El hecho de que Arminio no llegue a esa conclusión se debe, creo, a su comprensión de las Escrituras que excluye la jactancia de la persona humana en todo el drama de la redención, y ciertamente fue lo suficientemente astuto como para darse cuenta de que si había algo virtuoso en esta aceptación, entonces, de hecho, el pecador tendría algo de qué jactarse.
Ahora bien, para ilustrar la pobreza de la condición humana y la grandeza del papel de la gracia en nuestra redención, Arminio ideó una famosa analogía para ilustrar su visión de este asunto. Contó la historia de un hombre rico y un mendigo. Ahora, el mendigo estaba en la indigencia. Vivió una vida de miseria total. Era completamente incapaz de aumentar su posición financiera. No tenía ni las herramientas ni la capacidad para hacer eso, y un hombre rico viene a él y le otorga libremente un regalo muy valioso al mendigo, un regalo que enriquecería y liberaría a este mendigo de su miserable condición.
Es decir, el rico viene ahora, ofreciendo al mendigo todo lo que el mendigo podría esperar para salir de su miserable condición, y el rico ofrece libre y gratuitamente este maravilloso regalo al mendigo; pero todo lo que el mendigo puede hacer para recibirlo es extender su mano y aceptarlo. No se lo ha ganado. No lo recibe por ninguna virtud dentro de sí mismo, ni por ningún poder que esté ejerciendo, porque es impotente para cambiar su condición sin el regalo del hombre rico.
¿Me siguen con la historia? Eso espero. Pero en última instancia, todavía tiene que abrir la mano y recibir el regalo. Sin embargo, todavía es posible que el mendigo sea tan feliz en su miseria o tan orgulloso que no acepte la ayuda y la benevolencia del hombre rico, pero puede resistirse incluso al regalo y no extender su mano para aceptarlo, mantener sus manos cerradas y rechazar la maravillosa donación que se le ha ofrecido.
Ahora, en los círculos modernos del arminianismo, se escuchan analogías similares de la condición humana. Escucho dos de ellas con frecuencia: una describe al hombre como si estuviera en una condición tan desesperadamente miserable que es como una persona con una enfermedad fatal que está en su lecho de muerte. Es completamente impotente para curarse a sí mismo, y para poder sanarse, tiene que recibir medicamentos que puedan curar su enfermedad; y esa medicina ahora le es traída con la garantía de una cura.
Pero el hombre está demasiado débil para tomar la medicina y beberla por su cuenta. Alguien tiene que verter el medicamento en una cuchara, sostenerlo en los labios de la persona que está tan débil, y la persona todavía tiene que abrir la boca y recibir el medicamento. La otra analogía que he escuchado y de la que he hablado es el hombre que se está ahogando y se está hundiendo por tercera vez. No sabe nadar. Su condición es desesperada. Está a punto de perecer. De hecho, se ha hundido y lo único que queda por encima del agua es su mano y, a menos que alguien le arroje un salvavidas, y el salvavidas tiene que ser arrojado perfectamente, justo contra su mano, pero aun así este hombre tiene que agarrar el salvavidas.
Billy Graham lo expresa de esta manera: «Dios hace el 99%, pero ese último 1% tiene que ser hecho por el pecador». Ahora, la postura reformada, por supuesto, es que la medicina no se ofrece a un hombre moribundo, sino la resurrección a uno que ya ha muerto y que la analogía del hombre que se ahoga no tiene la postura bíblica de alguien que está muerto en sus delitos y pecados. Esa persona está muerta como una piedra en el fondo del océano, y la única forma en que puede ser restaurada es si Dios se sumerge en el agua, lo levanta, le da reanimación boca a boca y lo devuelve a la vida. De manera que la disputa aquí es sobre ese 1%, o ese poquito de habilidad humana.
Ahora, después de la muerte de Arminio en 1609, al año siguiente, algunos de sus discípulos se vieron envueltos en una controversia llamada la controversia remonstrante en los Países Bajos, en la que los remonstrantes presentaron cinco objeciones contra la enseñanza de la Reforma de aquellos días; Y esas cinco objeciones fueron estas: – en su respuesta al calvinismo histórico, dieron cinco tesis finales, y estas tesis fueron 1) que Dios elige a las personas sobre la base de Su presciencia, sobre la fe prevista: Él elige aquellos que sabe de antemano que responderán positivamente a esta oferta de gracia; 2) Cristo murió por todos los hombres: la intención de la expiación era salvar a todos; sin embargo, solo aquellos que cooperan con esta gracia son realmente salvos; 3) el hombre es tan depravado que la gracia es absolutamente necesaria; 4) la gracia puede – puede ciertamente ser resistida; y 5) La pregunta de si una persona que una vez fue redimida puede perder su salvación o si persevera en la fe es algo que está abierto a dudas.
Estas fueron las cinco declaraciones históricas ofrecidas por los remonstrantes. Esto condujo al Sínodo de Dort en 1618, donde todos estos cinco artículos fueron condenados. Y fue en respuesta a los remonstrantes y a esta controversia histórica que terminó en el Sínodo de Dort que surgieron los famosos cinco puntos del calvinismo: los cinco puntos de la depravación total, la elección incondicional, la expiación limitada, la gracia irresistible y la perseverancia de los santos fueron elaborados como refutación a los seguidores de Arminio en la controversia remonstrante de la primera parte del siglo XVII.






